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sábado, 3 de octubre de 2026

MAITE FONOLLOSA, EMPRESARIA, CUMPLE 80 AÑOS. La primera mujer que dirigió una fábrica: Fundiciones Cercós, en Rubí, cuando falleció su padre el gran industrial Gabriel Moliné

 

Castelldefels


Carmen Valero Espinosa

2/10/26.- Castelldefels (Barcelona).- La empresaria Maite Fonollosa Cercós (Terrassa, 1946)  ha cumplido 80 años tras una vida plena de estudio, trabajo y familia. Sus dos hijos Eric y Marta -ambos médicos-, más seis nietos: Alba, Adriana, Guillem, Berta y Clara, junto a algunos amigos, entre los que me encuentro, celebramos su trayectoria vital, familiar y profesional en el restaurante….
    Educada en Barcelona, Suiza e Inglaterra, poliglota, ella ha sido la primera mujer que dirigió la empresa de fundición en Rubí, al fallecimiento de su padre Gabriel Fonollosa Moliné, que también contaba con la empresa Moliné, que fabricaba maquinaria textil en Terrassa.

Los Fonollosa: Una escuela de aprendizaje mercantil
    A mi amiga Maite Fonollosa la conocí en los años 70-80 el Mount Carmel de Wimbledon, regido por las Hermanas Carmelitas de la Caridad. Cuando los padres de Maite viajaban a Inglaterra, nos invitaban a comer a las amigas de su hija con ellos, en el célebre restaurante español Martínez que se encontraba en la calle Swalow, al lado de Picadilly Circus. Era el único restaurante español conocido.

    En verano, Maite Fonollosa venía a Villacastín un mes de vacaciones con mi familia y yo otro mes con la suya a Comaruga. Mi hermana Cuqui me acompañó a la costa catalana algunos veranos. Dado este trato familiar, Gabriel Fonollosa, que me denominaba su “hija de Madrid” y me llamaba Carmeta, me llevaba a sus empresas y visitas de trabajo. Yo era entonces estudiante de Derecho. Con él aprendí mucha práctica en las empresas, porque las veía en su compañía y él me explicaba las características y el funcionamiento. Me llevaba incluso a los consejos de administración y me sentaba a su lado; me decía antes de empezar: “Carmeta, si ves, algo que no se deba hacer, me haces una seña o me das una patada debajo de la mesa”. Cuando yo lo hacía, el comentaba en voz alta: esto hay que preguntárselo a la abogada. Yo daba mi opinión jurídica, a punto de licenciarme y especializarme en Derecho en la Universidad Complutense. 
        Gabriel Fonollosa era un emigrante de Castellón listísimo, hombre admirable hecho a sí mismo. Así empecé a colaborar con los Fonollosa y como él tenía muchas empresas –era un emprendedor nato- me pidió que las visitáse todas y que le diera mi opinión. Entre sus empresas, una gran fundición de acero inoxidable, Fundiciones Cercós, en Rubí, tomando el apellido de su mujer María Cercós, excelente colaboradora en todos sus emprendimientos, desde el inicio de los mismos. Otra trabajadora nata. El secreto del tener no era otro que el de trabajar mucho para vivir bien. En aquel momento las gestorías hacían actas de reuniones inexistentes de consejo, que daban a firmar a los accionistas. Le avisé de esta mala práctica y dio orden de que se rectificase. A partir de entonces se vio con más claridad la remuneración de las acciones, haciéndose efectivas en las juntas de accionistas.

    Gabriel Fonollosa tenía buen humor; era muy simpático y buen comercial. Los viajes internacionales los hacía acompañado de su hija Maite que hablaba tres idiomas: inglés, francés y español, además de catalán. En cierta ocasión que viajaron a Ciudad El Cabo, donde Gabriel esperaba encontrar buenos contactos empresariales, lo que vio fue muy decepcionante. Cuando regresó a España y le preguntaban qué tal en Sudáfrica, él respondía humorísticamente: “Los negros sólo sirven para bailar”. Fue así. La frase se hizo eco entre los comerciantes y amigos. No era políticamente correcta, pero Fonollosa hablaba sin censura alguna. Le gustaba llamar a las cosas por lo que pensaba que eran. A su hija Maite que le acompañó a Sudáfrica como traductora, le compró un diamante del tamaño de un garbanzo gigante.

    El padre de Maite era un español convencido de la unidad de España. Era un hombre que se había hecho a sí mismo y había llegado a tener empresas de maquinaria textil y una fundición de acero inoxidable, que fue la primera, que se hizo en Cataluña. Yo lo admiraba mucho y ambos nos caímos muy bien desde el primer momento.
    Gabriel Fonollosa tenía buen humor; era muy simpático y buen comercial. Los viajes internacionales los hacía acompañado de su hija Maite que hablaba tres idiomas: inglés, francés y español, además de catalán. En cierta ocasión que viajaron a Ciudad El Cabo, donde Gabriel esperaba encontrar buenos contactos empresariales, lo que vio fue muy decepcionante. Cuando regresó a España y le preguntaban qué tal en Sudáfrica, él respondía con humor: “Los negros sólo sirven para bailar”. Fue así. La frase se hizo eco entre los comerciantes y amigos. No era políticamente correcta, pero Fonollosa hablaba sin censura alguna. Le gustaba llamar a las cosas por lo que pensaba que eran. A su hija Maite que le acompañó a Sudáfrica como traductora, le compró un diamante del tamaño de un garbanzo gigante, digamos que en pago a su compañía y trabajo.

    Con las catalanas que estaban en la residencia de Wimbledon, me fui informando de la cuestión catalana. Eran personas bien situadas, porque sus padres eran directivos de firmas textiles de altura o de granjas poderosas, como la del alcalde de Tortosa, dueño de Industrias Fabra. Ellos comercializaron los primeros pavos en España. Era 1964. Al mismo tiempo, conocí al padre de Maite, el singular empresario Gabriel Fonollosa, que era un español convencido de la unidad de España. Era un hombre que se había hecho a sí mismo y había llegado a tener empresas de maquinaria textil y una fundición de acero inoxidable, que fue la primera, que se hizo en Cataluña. Trabajaba, entre otros, con Industrias Barreiros de Automoción; de ahí mi amistad con Eduardo Barreiros que me prestaba sus pistas para correr durante los fines de semana. Yo admiraba muchoa Gabriel Fonollosa y ambos nos caímos muy bien desde el primer momento.

                UN COMPLICADO CASO MERCANTIL 
                EN EL PORTUGAL DE LOS CLAVELES
    Cuando yo estaba en quinto curso de Derecho, Gabriel Fonollosa Moliné, , me encargó un asunto, que lo habían perdido en el despacho del abogado Cuatrecasas. Gabriel quería recuperar una máquina de tintura textil de la empresa Moliné S.A. que se había perdido durante la revolución portuguesa de los claveles en 1974. Era una máquina de 10 x 20 x 5 metros. Frente al trabajo sedentario habitual en los despachos de abogado, mi método fue acudir primero a Lisboa y posteriormente a Oporto, reconstruyendo el itinerario de la máquina. 
    Residí durante diez días en Vigo, porque no podía quedarme en Oporto, ya que los españoles eran mal vistos y mal tratados en ese momento revolucionario portugués, así me lo aconsejó el representante luso de Moliné. En aquellos momentos revolucionarios, detenían los trenes en la frontera y la policía examinaba a las personas con mucho detenimiento, uno por uno. Yo no tenía miedo. Al fin logré que el cliente que no había pagado la máquina, aprovechando el desorden político-social, la devolviera a Tarrasa (Barcelona). La operación se consideró un éxito en Moliné y entre los empresarios del textil. Después de esta operación me llegaron diversos clientes, aún sin terminar mis estudios de Derecho. Yo era persistente y ejecutiva. Empecé a llevar diversos asuntos de empresarios catalanes en Madrid, con claro éxito.
Antes de ir a Portugal, advertí a los profesores García Villaverde y Joaquín Azcárraga, que iban a examinarnos de final de carrera, la licenciatura, que yo pensaba volver para hacer los ejercicios finales. Medio en broma, les dije si querían algo y me pidieron unas botellas de Oporto. Yo se las traje y cuando nos llamaban en la puerta para pasar al aula de ese examen final, Rafael gritó tres veces: Carmen Valero Oporto (él tenía mucho sentido del humor, yo entonces, no tanto). Crucé la puerta de entrada al aula, muerta de vergüenza. Quería desaparecer. Lo cierto es que García Villaverde estaba admirado del caso que yo había resuelto en Oporto y me hizo explicarlo en clases prácticas a los alumnos de los cursos siguientes.
Gabriel Fonollosa me decía con humor: Carmeta estoy seguro de que después de morir el Abuelo (se refería a Franco), los políticos se van a comer el cordero que les ha dejado y después ¿a ver qué hacen?, porque el país se endeuda cada vez más. Él era un hombre cabal de los que recibía el Rey don Juan Carlos, cuando iba en una representación de empresarios catalanes al palacio de La Zarzuela. Su hija Maite lo acompañaba con frecuencia, sobre todo a viajes y ferias comerciales, pues era una intérprete extraordinaria.
La esposa de Fonollosa, María Cercós Vizcarra, fue una mujer que trabajó mucho en la sombra de la familia y de la empresa. Una colaboradora estupenda para su marido, al igual que su hijo Pedro. El matrimonio se llevaba muy bien. A mí me consideraban una más de la familia. En 1975, Fonollosa padre fue un día a la Renault y compró dos R. 5., modelo muy en boga, uno para su mujer y otro para mí, por haber terminado la carrera de Derecho. Su hija Maite, ya tenía un coche deportivo precioso. Yo había hecho viajes a Barcelona en Vespino, y con el R.5, él quería que yo hiciera los viajes en coche. Fue el primer coche que estrené, pues hasta entonces yo solo manejaba el de mi padre, primero un Gordini y después un Seat 124.
Con Maite Fonollosa Cercós, ahora octogenaria como yo, sigo teniendo la misma amistad. Cuando me operan, ella se presenta de inmediato en Madrid para cuidarme y eso me llena de orgullo. Voy con frecuencia a su casa de Sabadell y desde allí me gusta percibir la situación política y social de Cataluña, tan preocupante en los recientes años. Adoro Cataluña y amo de veras a los catalanes, amigos y clientes inmejorables, con los que no he tenido problemas mercantiles de pago jamás. 
Los Fonollosa, padres e hijos, han sido y son para mí como mi familia. Los Fonollosa han sido muy importantes en mi vida. Una escuela de amistad, humor, buenos ratos y aprendizaje mercantil.