Mostrando entradas con la etiqueta Mamá. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mamá. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2026

MAMÁ Y MAMA SIN ACENTO. Relato

Foto Nestlé

Julia Sáez-Angulo

lunes, 7 de septiembre de 2026

    Yo era pequeña cuando descubrimos que Celia lloraba cada vez que se sentaba a comer en nuestra mesa. Eran los años 50.

    Al principio no sabíamos qué le pasaba. Había comida de sobra, como todos los días, y Celia tenía su plato delante. Pero, en cuanto empezaba a comer, se le llenaban los ojos de lágrimas. Mi madre se dio cuenta y, después de mirarla durante varios días, le preguntó:

—Celia, ¿por qué lloras?

Celia no respondió.

    Mamá se lo volvió a preguntar. Y otra vez. Y otra más. Hasta que Celia bajó la cabeza y dijo:

—Es que aquí no falta comida y mi madre viuda, en el pueblo, se muere de hambre.

    Todos nos quedamos callados. A mí me pareció que aquella frase se había quedado sentada en medio de la mesa, ocupando el sitio de alguien.

Celia nos explicó que su madre estaba sola en el pueblo y que, cuando ella comía con nosotros, no podía dejar de pensar en ella.     Quería guardarle un poco de su cena, pero el pueblo estaba muy lejos y no podía llevársela.

    Mi madre se quedó pensando un momento. Luego dijo:

—Pues tráetela a casa.

    Celia levantó la cabeza, como si no hubiera oído bien.

—¿A mi madre?

—Sí, a tu madre. Que viva contigo en tu habitación. Le pondremos un plato en la mesa todos los días.

    A mí me pareció una idea enorme. Como si mi madre hubiera dicho que podíamos traer a casa a cualquiera que tuviera hambre.

    Y así fue.

    La madre de Celia llegó a nuestra casa y, desde entonces, tuvo su sitio en la mesa.

    Celia la llamaba mama, sin acento. Nosotros empezamos a llamarla también mama, sin acento, porque así la llamaba Celia. Y yo tuve dos madres.

    Una era mamá, con acento. La otra era mamá, sin acento.

    Yo notaba la diferencia cuando las decía. Una sonaba como la mamá de mi casa. La otra sonaba como la mama de Celia y como las madres que vivían en su pueblo.

    No sabía explicar muy bien por qué sonaban distintas. Solo sabía que una tenía un acento y la otra no. Y también sabía que las dos eran mamás.

    A veces las decía en voz baja, una después de la otra, para escuchar cómo cambiaban. Mamá. Mama. Me parecía raro y bonito tener dos palabras casi iguales para querer a dos personas.

    La madre de Celia había llegado a casa para ser su madre, pero poco a poco se convirtió también en un poco madre nuestra, de mi hermano y yo. Nos quería a todos por igual y nunca parecía que le sobrara cariño para nadie.

    A mí me gustaba mucho verla cuando iba al colegio.

    Se vestía como una niñera de cuento. Llevaba un delantal blanco muy limpio, el pelo recogido en un moño alto y unas horquillas bonitas que parecían florecitas. Se arreglaba con mucho cuidado, porque decía que tenía que representar bien a la casa que la había acogido, la casa donde le daban de comer y le ponían un plato en la mesa todos los días.

    Yo me ponía contenta y me sentía orgullosa cuando la veía llegar a recogerme en el colegio. Me daban ganas de decirles a todos:

—Es mi mama, sin acento.

    Pero luego pensaba que también era la mama de Celia y que, de alguna manera, era de las dos.

    Entonces todavía era niña, pero empezaba a entender algunas cosas. Entendía que un plato en la mesa podía ser algo muy importante. Que compartir una habitación podía cambiarle la vida a alguien. Y que una madre podía dejar de pasar hambre, porque otra madre había dicho:

—Pues tráetela a casa.

    Con los años comprendí que aquella frase no solo había abierto una puerta. También había hecho sitio en nuestra familia, en nuestra mesa y en nuestros corazones. Desde entonces, cada vez que pronunciaba mamá o mama sin acento, escuchaba dos voces distintas y el mismo amor al responderme.

    Una mamá. Y otra mama. Dos mujeres, dos acentos, dos maneras de abrazar. Pero un solo lugar donde cabían las dos: mi corazón.