jueves, 2 de febrero de 2017

"El negro del bombillo", relato en la República Dominicana de 1999





Carmen Valero

            Madrid, 02.02.17.- Con la furgoneta Toyota pickup que la organización de Cáritas puso a mi disposición en la República Dominicana, yo acabé haciendo toda clase de servicios sociales, desde desplazamientos a puntos remotos de la isla para solventar problemas puntuales, hasta de furgón funerario, para transportar el ataúd de un muerto al cementerio. En cierta ocasión, camino de Haití, paramos en un pueblo paupérrimo –casi todos los eran- para hacer una gestión y nos encontramos con que la gente estaba muy afligida y de velorio, porque había muerto un negro de la comunidad. Los animales, gallinas, patos, perros y gatos vagaban por el descampado como habitantes de pleno derecho junto a los hombres, mujeres y niños. La persona que me acompañaba, Julio Cesar Campuzano, y yo fuimos a presentar nuestras condolencias a la familia y al entrar en la casa vimos el ataúd con el muerto encima de la mesa del comedor, ataúd que más parecía un cajón hecho con cuatro tablas. Amablemente me puse a disposición de la familia, por si deseaban que llevara el féretro al cementerio; los familiares me miraron circunspectos, pero no dijeron nada. “Aquí se suelen llevar los féretros a hombros de los hombres del lugar”, me explicó mi acompañante. Pero pasada media hora, un familiar vino a pedirme si efectivamente podría llevar el ataúd en mi furgoneta, y le dije que sí, que por supuesto. “Atilio se lo merecía”,  dijo muy solemne el familiar, refiriéndose al negro difunto. “Para esta gente, ir en coche, aunque sea muerto, es un lujo. Se van a sentir como ministros, por llevar su deudo al cementerio en camioneta ”, me explicó Julio César.

            Esperamos una hora hasta el sepelio y los hombres cargaron el ataúd de Atilio en la furgoneta. Mi sorpresa fue cuando, después de hacerlo, comienzan a subirse todos ellos a los laterales y alguno hasta se sentó encima del ataúd, porque no quedaba más espacio. Yo no decía nada, porque desde que llegué a Dominicana en 1998, ya estaba curada de toda capacidad de sorpresa y asombro, por lo que todo me parecía normal y natural. A través de un camino embarrado de veras, mi vehículo todo terreno avanzó hasta el cementerio, un lugar cercado lleno de cruces, matojos y yerbajos sin camino alguno. Mientras yo conducía, me preguntaba a qué color viraría la piel de un negro, tras la muerte, ¿sería a verde como la de los blancos o a blanca por ser de negros? Se lo comenté a mi acompañante y éste me dijo que lo podría comprobar por mí misma, porque una vez en el cementerio, sacan al muerto del ataúd y lo ponen en una sábana o una manta, antes de colocarlo en el hueco excavado en la tierra. “El ataúd ha de servir para el muerto siguiente y los que vengan. No es cuestión de desaprovecharlo”, me explicó. Desde que comenzó el entierro hasta su final, no cesaron los trabucos de lanzar tiros al aire, no supe muy bien si en señal de información, duelo, o salvas, porque el alma de Atilio habría subido al cielo. Julio Cesar no explicó nada en esta ocasión y a mí, que guardaba respetuoso silencio en aquel momento, se me olvidó preguntar más tarde.

            Efectivamente, la operación de trasvase del muerto del cajón/ataúd a la sábana, se hizo con toda firmeza y seguridad en medio de sollozos, lloros y llantos de los allí presentes. El rostro de Atilio el negro presentaba un inequívoco rigor mortis  y su cutis había derivado a un apagado tono cerúleo.

            Regresamos al pueblo, esta vez con una carga entera de seres vivos que nos agradecieron aquella felicidad de hacerlo en vehículo motorizado, así como por llevar a Atilio a su última morada. Al despedirme de todos ellos, pregunté interesada y deferente:

            -¿De qué murió Atilio?
            -Prendió un bombillo, me respondió la viuda.

            Como la electricidad está en manos de una empresa de los Estados Unidos, todos culpan a los yankys de estas muertes, me explicó Julio César. La pobreza es tan extrema en este país, que la gente roba la electricidad de los postes de control. FIN




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