lunes, 18 de abril de 2022

"El desierto de los tártaros" (1940), libro impactante de Dino Buzzati, para no olvidar



Julia Sáez-Angulo

    Hay lecturas que marcan a uno, como la meditación en una noche prolongada y obscura. El desierto de los tártaros (1940) de Dino Buzzati fue una de ellas. Es entonces cuando la magia de la lectura parece existir y se toca con el silencio sobrecogedor y la poesía envolvente de una historia bien narrada: la del teniente Giovanni Drogo, devenido oficial, en la fortaleza Bastiani, perdida en la frontera con el desierto de los tártaros que un día atacaron y que podrían volver a hacerlo.

No es un libro de actualidad, porque fue escrito en 1940, pero guarda la belleza y la frescura de una obra clásica, es decir permanente, que trasciende el tiempo por la fuerza de su escritura, con apenas argumento. Fondo y forma se imbrican con una pasmosa fluidez, están machihembrados sin solución de continuidad. 

Pocas veces un libro te arrastra a las profundidades del relato. Escrito con narrador omnisciente, la lectura nos introduce de lleno en la atmósfera espesa y silenciosa del baluarte, de la mente de Drogo, en la mentalidad confusa y domesticada del militar protagonista. Todo resulta fantasmagórico, como un cuadro surrealista que sobrecoge. El libro me “golpeó”, como dicen los italianos. Me impactó. Lo leí en una edición de Alianza.

Una aventura sin historia o una historia sin aventura. Pero El desierto de los tártaros guarda hitos y quiebros, para alertar al oficial y al lector al mismo tiempo. Todo transcurre en un no-lugar geográfico real, por lo que es metáfora de todos los lugares del mundo y de todas las vidas.

Curiosamente, el libro de Dino Buzzati (1906-1972), a veces, me traía a la memoria Esperando a Godot, la obra dramática de Samuel Becket, donde casi todo es diálogo, pero también cruza la idea del silencio y la espera.

Algunos han visto en El desierto de los tártaros una atmósfera kafkiana, yo no lo veo así. La poesía que transpira la obra de Buzzati es más fluida y menos ominosa que el ambiente del escritor checo. El libro está escrito por un periodista del Corriere della Sera, Dino Buzzati. ¿Quién ha dicho que los periodistas narran solo “como periodistas” cuando escriben narrativa? Los casos de brillantes narradores periodistas son muchos, para rebatir ese dicterio sin más, si bien Buzzati quiso siempre que lo calificaran como periodista, que de vez en cuando escribía relatos.

Más adelante, el escritor Coetzee, premio Nobel 2003, escribió una novela que parangona de algún modo el título del libro italiano, se trata de Esperando a los bárbaros (1980). Nada que ver, salvo esa alusión de espera. Toda una metáfora de la vida del hombre en espera, con sus sueños, rutinas, monotonía, aspiraciones, decepciones y reajustes sobre la marcha en el trascurrir del tiempo -esa es la clave decisiva-, pero sin aspaviento melodramático alguno.

La primera edición de El desierto de los tártaros llevó como ilustración de portada una pintura del propio Buzzati, que dominaba el arte del dibujo y los pinceles (Saint Exupery hizo lo mismo con sus ilustraciones en su libro “El Principito”)

El desierto de los tártaros se me antoja una obra maestra, lograda, redonda. Una novela que solo aparece en su singularidad de cien en cien años. El libro fue llevado al cine por Valerio Zurlini en 1976, pero ciertamente la película, sin estar mal, no llega a la altura sublime de la novela.

    Con el tiempo supe, que el libro El desierto de los tártaros también le había gustado al escritor Jorge Luis Borges. Me alegré coincidir con él.

domingo, 17 de abril de 2022

CRÓNICAS DE JERUSALÉN IX. De la Cruz de los Caballeros del Santo Sepulcro, la lengua hebrea y la propiedad del Registro


El Cirio Pascual en la Iglesia Latina. Al fondo las estatuas de Simeón y Juan Bautista

Consulado de España en Jerusalén


Julia Sáez-Angulo

        Jerusalén, 18/4/22.- “Verdaderamente el Mesías ha resucitado”, replican los cristianos árabes cuando se les felicita la Pascua de Resurrección, en sintonía con el Regina coeli laetare, que la piedad cristiana reza desde la Pascua hasta la Ascensión del Señor a los Cielos. 

    “Los árabes cantan muy bien, con voces empastadas como si fuera un coro ensayado”, me cuenta Carmen R. Eyre, que asistió a los oficios pascuales de la iglesia árabe. Yo preferí asistir a la basílica del Santo Sepulcro, porque en latín iba a seguir mejor la liturgia. Además, es la iglesia de la Anástasis, la Resurrección, por más que el pueblo soberano -usuario, que no dueño, de la lengua, como subraya el profesor de latín, Raúl Lavalle- se empeñe en llamarla la iglesia del Santo Sepulcro.

No creo que haya en Roma más curas y monjas que en Jerusalén. Durante los oficios y ceremonias de Pascua, todas las personas consagradas tienen preferencia en los asientos y sitios reservados de la basílica del Santo Sepulcro, respecto a nosotros los laicos. Lógico, por un lado, pero envidiable, por otro. 

        ¡Qué grande es la Pascua! ¡Qué pena que el Rey de España, descendiente histórico de Su Majestad Católica, haya prescindido de asistir a la misa de pascua en la hermosa catedral de Mallorca junto al mar. Ha estado mal aconsejado. Hay Historia y tradiciones que no se pueden omitir en su cargo, porque le va en él, aunque no lo crea. La fiesta de la Resurrección es la más grande para los cristianos, más incluso que la Natividad. Hay que celebrarlo cada año, porque el Mesías ha resucitado.

Tras la misa en español en la iglesia del Patriarcado Latino, he visto como una persona entregaba en recepción un pequeño regalo para el patriarca Pizzaballa. Era un bizcocho casero rodeado de huevitos de Pascua para compartir. “Él no puede tomar chocolate”, me explicó la portadora del obsequio.

    La Cruz de Jerusalén, una cruz griega de brazos iguales rematados con rectas, que alberga otras cuatro cruces más pequeñas, aparece por todas partes cristianas, altares, muros y vidrieras. El número cinco representa las cinco llagas del cuerpo de Cristo en la Pasión. Otros dicen que las cruces pequeñas representan los cuatro Evangelios y la grande, la misma cruz de Cristo. Es la enseña cristiana de la Ciudad de David, la que lucen orgullosos los Caballeros del Santo Sepulcro. También sirve de tatuaje para los más osados y modernos. El lenguaje de los símbolos, como el de los gestos es inmediato, directo y visual, centra sobre el concepto, lugar y tiempo. Era lenguaje necesario en el Medioevo, ante la gente iletrada. 

    El Cirio Pascual encendido, símbolo de Cristo y su luz luce hoy en todas las iglesias y capillas del orbe cristiano. Es un símbolo hermoso y potente. El no va más.

En Jerusalén, la lengua griega prima en presencia sobre la latina, a menos en el Santo Sepulcro. Lógico, este lugar quedó en la parte del Imperio Bizantino. La Historia suele escribir con trazos gruesos. En unas excavaciones, en Nazaret, apareció una antigua piedra escrita en griego, en la que se prohibía sacar los cadáveres de las tumbas, en alusión al supuesto robo del cuerpo de Jesús el Nazareno. Pero no, Cristo, el Mesías, resucitó de entre los muertos. 

El idioma hebreo actual (como el vasco batúa de la actualidad, confeccionado con 21 dialectos de caserío (Julio Caro Baroja dixit) y adecuación actual del español y el francés), es un idioma de laboratorio que actualizó el hebreo clásico con las muchas necesidades vicarias de una lengua moderna. Le faltaba literatura contemporánea, que es realmente la que nutre a fondo un idioma, una lengua, tal y como lo dejó dicho y escrito con claridad el profesor Carlos Pujol (1936-2012), cuando decidió escribir en español en lugar de hacerlo en catalán. Pero el idioma hebreo tenía que ser la partícula coagulante de todos los judíos que regresaron a Israel de la diáspora, después de la II Guerra Mundial, en 1948, procedentes de toda Europa y después de haber padecido la ignominia humana de un holocausto. 

El PNV -el recoge nueces de los árboles tronchados- viajó en su día ex profeso a Israel para conocer a fondo cómo había sido el proceso de implantar e instalar una nueva lengua a un nuevo pueblo de origen variopinto. Nuevas lenguas para unificar dispersos, al tiempo que quedan en retaguardia como posibles cargas de profundidad frente a la otredad.

El Consulado español en Jerusalén es un pequeño pero buen edificio, se encuentra en la ciudad santa desde antes de 1948. Desconozco si tienen los documentos de propiedad en mano o la sola usucapión, como otros muchos edificios de la ciudad santa. Los Archivos de propiedad de Jerusalén se incendiaron cuando la ocupación -¡qué casualidad!- y a determinados ciudadanos les cuesta demostrar la propiedad sobre sus casas. He ahí el drama de los ciudadanos más incómodos o desprotegidos. Supongo que el Consulado de España no tendrá dificultad alguna. Conquistar Jerusalén palmo a palmo es un objetivo de todos.

    El Consulado español se estableció en la ciudad de David en 1853, por decreto de la reina Isabel II, para gestionar directamente el dinero disperso, enviado por España para sostener los Santos Lugares y evitar otras intervenciones o conocimientos extraños.

Resurrección de Cristo. El Greco. Retablo de Doña María de Aragón. Museo del Prado

PEPA JORDANA. Exposición "ENTRE PUERTAS Y MUROS" en la Casa de Vacas del Retiro

Exposición "ENTRE PUERTAS  Y MUROS" de Pepa Jordana

Centro cultural Casa de Vacas

Paseo Colombia, 1- Retiro

Del 7 de a abril al 2 de mayo de 2022

Cerámicas de Pepa Jordana




Maica NÖIS

    18/04/2022-Madrid.- Es un precioso día de abril en este magnífico parque que adorna el centro más intenso cultural de la capital. Entrar en una exposición bajo el contexto de "exposición de  esculturas" incita a programarse en otros referentes.

De inmediato, desde su primera contemplación, se puede constatar que estamos ante un alma poética con un elegante pronunciamiento estético. Acompasada de la técnica adecuada para desarrollar los temas.

Los títulos de las obras lo van evidenciando: "Jardín escondido", "Escapando", "Torre roja", "En Azul", "¿Te atreves?", "Noche complicada", "Paseando con los amigos".....

Concretamente este último se compone de una gran repisa central con unos diseños cerámicos muy geométricos, como es su usual en su inspiración. y al pie en un reguero enfilado unas cerámicas más coloristas que son como pasos que han sido dejados para acompañarnos.

Esta provocación es muy acertada teniendo en cuenta que nos encontramos en un jardín de paseantes que pueden disfrutar con el fulgurante resplandor del verdor y floral de la primavera recién estrenada.

Para poder recrearnos en las obras la autora se apoya en materiales que va definiendo: refractario y engobes de porcelana, refractario negro con engobes oxidados y esmalte, porcelana con papel y óxidos, gres rojo......

Un acierto acompañar a este medio centenar de obras entre cuadros y esculturas, los dibujos y collages preparatorios realizados en su mayoría con papeles hechos a mano reciclados que constituyen en sí mismos una nueva obra muy apreciable.

Abraham Rubio Celada, Doctor en Historia del Arte, lo explicita al inicio de la exposición que "es un gran placer poder de nuevo contemplar las cerámicas de Pepa Jordana, enriqueciendo este espacio icónico madrileño en la sala de exposiciones temporales de la Casa de Vacas. Una nueva exposición en que se pueden ver obras nuevas y algunas ya conocidas con un estilo muy reconocible entre la abstracción geométrica y evocaciones figurativas. Son el fruto de sus profundas reflexiones como reflejan sus bocetos previos. La mayor parte de sus obras se engloban en el llamado Arte Conceptual. Las composiciones escultóricas, tanto bidimensionales como en tres dimensiones que siguen reglas reforzadas por sus texturas tan regulares y su cromatismo austero en blancos, negros, ocres y manganesos fundamentalmente. Un conjunto que trasmite serenidad y espiritualidad como reflejo de sí misma"

Se "ven" puertas y muros que nos incitan a "mirar" abriendo esas puertas y esos muros que a la vez son un soporte protector. En todo caso son una llamada a construir esos ensamblajes arquitectónicos en civilizaciones actuales apoyadas por otras predecesoras. Sería fácil traspoblar cualquiera de ellas a un tamaño mayor.

Pepa Jordana se presenta y explica al principio e la exposición : Mis comienzos en la cerámica fueron tardíos. Me gradué como decoradora de interiores en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos. Por mi gran afición al papel estuve 12 años como restauradora de documento gráfico sobre papel en el Centro Nacional de Restauración. Más tarde me atrajo el trabajo con la arcilla como muy especial y permitir mayor libertad. Por lo que vendí el tórculo y me compré un horno y dejé la restauración de papel. No fui a la Escuela de Cerámica, pero hice talleres con ceramistas con lo que aumentaba mi trabajo en esta materia. Cursos en Dinamarca, Holanda .... Obtuve lo que fue más determinante una beca para trabajar en Japón dos meses. Estuve 15 años como profesora de cerámica en un centro de adultos de la Comunidad de Madrid lo que resultó una gran aportación para mi trabajo.

"Esta exposición es un poco el reflejo de los últimos dos años y el encierro en el taller al no haber podido estar tanto con los amigos y las charlas de café......dándole vueltas a nuevos proyectos. También en estos dos años han ocurrido muchas cosas personales que están ahí un poco reflejadas".

Estas palabras confesionales de la autora -artista son vitales para entender el recorrido de la exposición que nos deja con un vibrato alto de los acordes que nos envuelven en la sala revelando un espíritu depurado y con la contención de lo que siempre fue máxima "más es menos, menos es más". Todo un acierto.







sábado, 16 de abril de 2022

CRÓNICAS DE JERUSALÉN VIII. De continuos memoriales en la ciudad; el león de Judá y la genealogía de Cristo

Una de las mansiones en la Colonia alemana

Molino en el barrio de Montefiore en la Moshava



Julia Sáez-Angulo

17/4/22.- En Jerusalén levantas la rama de un arbusto o miras una piedra atentamente y leerás algo así como “Memorial de tal o cual Dama, o de los esposos Fulano y Mengana….”, casi siempre son de norteamericanos judíos que financian esos memoriales y que van, desde Universidades y Escuelas a parques, jardines o monumentos varios. Ciertamente la vinculación de los judíos de la diáspora con Israel y más concretamente con Jerusalén, es una realidad visible y palpable, que no se queda en un simple lobby en el país de origen, sobre todo en el Congreso de los Estados Unidos. Cerca de mi residencia hay un gran complejo dedicado a mujeres jóvenes judías no israelíes, que obtienen una beca para conocer Israel y alojarse en la ciudad del rey David. Aquí se les conceden cursos y estancias.
Jerusalén es tan variado, que sería un error limitarse a conocer la Ciudad Vieja, pues cuenta con barrios externos sorprendentes como el de la Colonia Alemana. En él hay calles y comercios elegantes, panaderías, restaurantes y cafés con clase, donde se puede uno sentar y disfrutar de belleza y tranquilidad. Fue fundado en el XIX  por los miembros de la Sociedad del Templo Alemán. Hoy en día la Moshava, como se la conoce popularmente, es un barrio de lujo partido en dos por la calle Emek Refaim, una avenida bordeada de tiendas de moda, restaurantes y cafés.
El otro barrio vecino es el de Moshe Montefiore, yerno de Rothchild, otro ejemplo de casas pintorescas entre jardines, hoy codiciadas por artistas, cineastas, escritores y otros creadores de arte. El aroma de las flores en primavera -lilas, rosas, caléndulas, geranios o margaritas- emite un aroma dulzón que embriaga al acercase a la miel, el néctar o la jalea real. Un gran molino recuerda que allí se molió harina para los vecinos y expone en el exterior la presencia númerica de pobladores judíos, islámicos o cristianos en Jerusalen, cuatro épocas. Hoy el molino es atractivo y punto de entrada a la singular barriada, a la que no pueden pasar automóviles, que han de quedarse en los aparcamientos colectivos cercanos a cada grupo de calles, siempre escalonadas para atenerse a la orografía de los montes de la ciudad santa.
Ambos barrios están seguidos uno del otro. En un momento dado, a partir de 1948, los judíos askenazis expulsaron paulatinamente a los sefardíes de estos barrios, pues el clasismo existe con frecuencia entre ellos.
Jerusalén está a 700 metros de altura, por lo que después del calor en los días de verano, viene a refrescar para poder dormir. Hoy y mañana, a 31 grados centígrados de temperatura.
    José Boublil, el amigo coleccionista de arte, cuando contemplamos desde lo alto los barrios de otros montes a la vista, me explica que las casas judías tienen los depósitos de agua en lo alto y son de color blanco y las árabes, de color negro, porque son distintos sistemas de almacenar aquella y depurarla.

El león de Judá es el símbolo de la municipalidad de Jerusalén y, además de verlo en la fachada extramuros de la entidad, se encuentra en el mobiliario urbano, incluidos los contenedores, lo que suele ser motivo de incendio, cuando se quiere protestar contra el Ayuntamiento, sobre todo por parte de los árabes.
Recordemos que Cristo es de la estirpe del rey David y de la tribu de Judá, curiosamente no pertenece a la de Leví, que era la casta de los sacerdotes judíos en el templo. Cristo, como cuenta la Escritura y la liturgia es Sacerdote eterno, al modo de Melquisedec, ese personaje bíblico que vivió tantos años, que  se llegó a olvidar su genealogía y origen. Su sacrificio, a diferencia del de Aarón con animales, fue con el pan y el vino, como después hizo también Cristo, que conocía bien las Escrituras mosaicas y así se las explicó a los discípulos de Emaús, cuando iban de camino tras la muerte del Señor.
¿Por qué estáis tristes? es el título del hermoso libro del sacerdote don Joaquín Paniello, que versa sobre la conversación de Cristo con los dos discípulos, camino de Emaús (san Lucas no entra en la conversación, se limita a elogiarla). En sus páginas se ve la conexión de la antigua y nueva Alianza con Dios. Toda una lección de teología de manera amena y divulgativa. Ahora se vende el libro en Amazon, pero en breve se publicará en Jerusalén por la editorial EmausFootprints, con un apasionante prólogo del patriarca latino, Monseñor Pizzaballa. Es un libro de no perdérselo, que se ha traducido, de momento, al inglés e italiano.
    En Jerusalén, hasta las piedras hablan de Cristo, con su origen o clara genealogía. Recordemos las Berits o pactos de Dios con los hombres, porque nunca nos ha dejado abandonados (Mis delicias son estar con los hijos de los hombres. Proverbios, 8, 31). De mis antiguos estudios de Teología recuerdo la proto-alianza de Dios con Noé para que no hubiera más diluvios universales contra la humanidad; después la alianza de Dios con Abraham en Ur; la siguiente alianza, con Moisés en el monte Sinaí (23 siglos más tarde) y, por último, la alianza a través de Cristo, Dios mismo, (otros 23 siglos más tarde), que hace al hombre merecedor de la gloria junto al Padre. Ahí está toda la historia de nuestra salvación. En ella se ve que el hombre es tiempo y Dios, eternidad.
       Pacta sunt servanda, decimos con el Derecho Romano. Dios nunca incumple sus promesas.
      Y lo dejo aquí, porque Jerusalén me puede y me lleva por estos derroteros. Por eso viajé a esta ciudad santa.
Más información

José Boublil en el barrio de Montefiore

Don Joaquín Paniello, autor del libro "¿Por qué estáis tristes?",  junto a don José Benito en la iglesia del Santo Sepulcro

Primera versión del libro "¿Por qué estáis tristes", en Amazon

Cristo con el lábaro triunfal de la Resurrección

viernes, 15 de abril de 2022

CRÓNICAS DE JERUSALÉN VII. La Pascua cristiana y la judía coinciden al tiempo que el Ramadán. Siempre algaradas


Centro de Estudios de Israel, para mujeres judías de fuera del país. Barrio de Arnona

Vista de Jerusalén. Iglesia de la Dormición al fondo


Julia Sáez-Angulo

17/04/22.- Jerusalén.- La Pascua cristiana coincide este año con la judía, así que nuestros “padres en la fe”, como los llamó Benedicto XVI, a diferencia de Juan Pablo II que los llamaba “nuestros hermanos mayores en la fe”, y que lo cambió, cuando un rabino le dijo que lo de “hermano mayor y menor” le resonaba a Esaú y Jacob o lo que es peor a Caín y Abel. Pues lo dicho, nuestros padres mayores en la fe, con los que compartimos Biblia, es decir Antiguo Testamento, celebran su Pascua al tiempo que la nuestra en esta ocasión. Además, los musulmanes celebran el mes del Ramadán, que en Jerusalén se hace muy presente con “algaradas” tradicionales entre palestinos y policía israelí en la esplanada de la mezquita de Al Aqsa. Es cuestión de fechas y lunas en primavera, porque, en esto, seguimos todos la antigua tradición que nos une a los ancestros.

La cocina es una manifestación cultural que hace familia como nada, y la “mama judía” que, según dicen es más amorosa y absorbente incluso que la italiana, prepara comidas exquisitas desde una semana antes, después de haber hecho limpieza profunda en la casa, como nosotros por San Juan -un feng sui, que dice algunos cursis-. Los judíos arrojan y queman todo lo que tenga levadura, y organizan una hogueras improvisadas y peligrosas en las calles, que no se tolerarían, pienso, a los árabes. Nosotros, los cristianos, tenemos los huevos de pascua, aunque este año los rusos de Fabergé no están muy de moda. La situación no va para aplausos eslavos.

Entre tanto seguimos bebiendo y saboreando Jerusalén que tiene licor para rato. Entre mis proyectos: visitar el valioso Museo de Israel con el coleccionista José Boublin, y Saxum Center, Centro de Interpretación de Tierra Santa, con la periodista Isabel R. Maisterra; Masada con... ya se verá. La vida sigue en estos veinte días de visita a la ciudad santa, aunque ya quedan menos y hay que aprovechar los días. 

    La compra de cerámica armenia en Jerusalén no puede faltar. Es buena y típica. Cuatro generaciones de armenios la llevan a cabo en la ciudad santa, desde que se quedaron en ella, para no volver a su país, después de restaurar la mezquita de la Roca y para evitar el genocidio turco en Armenia cuando pensaron en volver. Los Karakashian son los artesanos más célebres.

Las puntualizaciones llegan. Un amigo culto como Tomás Paredes escribe: “Sefardita se utiliza para el mudo antiguo y sefardí para el reciente, como israelita e israelí. Los actuales son israelíes y los bíblicos israelitas”. Me parece muy acertado. Y añade: “En los lugares sagrados nuestra emoción se manifiesta y se pule. Buen día y aprovecha el presente”. 

El escritor Emilio Porta también me escribe y me cuenta que a él también le interrogaron y marearon de no muy diplomática manera, cuando viajó a Australia; que los modales de los funcionarios del país eran “manifiestamente mejorables”, por decirlo con expresión diplomática. Como sigan así las cosas, van a viajar solo los seguratas de aeropuerto y las tripulaciones. Habría que filmar algunos de estos interrogatorios, para estudiar su tolerancia jurídica. Y para conocimiento de la IATA.

    La tortuga Mili se alimenta de lechuga y comida sintética especial. A veces la pongo a pasear por la terraza y, al poco de dejarla, desaparece de mi vista y me obliga a buscarla entre las macetas con cierta dificultad, pues se mimetiza muy bien con su color pardo. Todos los días me hacer recordar la metáfora del filósofo griego Zenon sobre la célebre carrera en el estadio entre Aquiles y la tortuga, con su extraña conclusión de que siempre la tortuga ganará la carrera. Leibnitz y su cálculo infinitesimal dieron la clave del asunto. Muy complicado. Léanlo en Google.

    Floren me preguntó si en España todo el mundo publica libros. Ella es hispana. Me deja perpleja su pregunta y me aclara: su ex marido, su suegro y su cuñado españoles han escrito y publicado libros de distinto género. No sé que responderle. Me acuerdo de José de Larra y su afirmación de que “En España, escribir es llorar”, de que yo soy soy una escribidora nata, de que practico el lema nulla die sine línea, como el Tostado de Ávila y de que me entrego de lleno a la escritura, sin obtener beneficio económico alguno a cambio. “Bueno… no sé… verás… yo escribo, porque no sé hacer otra cosa, incluso haciendo dejación de las tareas domésticas…”, le digo por decir algo. “Escribir es más fácil que publicar”, añado vacilante. No sé si le satisfizo la respuesta, pero no se me ocurrió otra.

Dice la UNESCO que, junto a la escuela, aprendemos un tercio de nuestros conocimientos en la existencia diaria. De hablar y cambiar impresiones con la gente y los amigos, se aprende mucha sustancia de la vida. Boublil por ejemplo dijo sobre la marcha que “afortunadamente la vida no se gobierna solamente por lo racional. Nos perderíamos muchas cosas". Tiene razón. 

¡FELICES PASCUAS!

Cerámica armenia en Jerusalén

LAILA GRUARIN: Su Pintura junto a la Moda de Galerías Pacífico en Buenos Aires


Laila Gruarin ante su cuadro junto a la moda




L.M.A.

        Buenos Aires, 15.04.2022

LAILA GRUARIN: Su Pintura junto a la Moda de Galerías Pacífico en Buenos Aires

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Laila Gruarin ante su cuadro junto a la moda



Laila Gruarin ante su cuadro junto a la moda

EL PEREGRINO JEROSOLIMITANO. Relato

peregrino descalzo en la basílica


Julia Sáez-Angulo


A Conchita Reixa y Teresa Alzugaray

Nadie sabía de dónde llegó, ni qué lengua hablaba, pero él entendía a todos y se hacía comprender con sus gestos. Todos lo consideraban un ser estrafalario. llegado de no se sabía dónde. Quizás un perturbado. El peregrino, contemplaba, con mirada recogida, la ciudad de Jerusalén al tiempo que rezaba de rodillas a lo largo de la Vía Dolorosa.  

    Cuando levantó la vista,  vio la estrella de seis puntas de David, el poeta rey, en una colgadura blanca; escuchó seguidamente la voz de llamada del muecín desde un minarete, y al momento, las esperadas campanas de la cercana basílica de la Anástasis, donde se encuentra el Santo Sepulcro. Habían estado calladas desde el Viernes Santo. Aquel repicar le recordó la fiesta dominical de la Pascua y su corazón daba gracias a Dios por haber podido seguir los pasos del Maestro en la ciudad santa, a la que tantas veces Él había subido con sus discípulos. Sabía que, en Jerusalén, después de recorrer la Vía Dolorosa, el Mesías acabó por entregar su vida al Padre, en rescate por todos los hombres. Las campanas de la Pascua hablaban ya de Resurrección.

Glorifica al Señor, Jerusalén... Jerusalén, Jerusalén, cantaba el peregrino, entonando el salmo 147 en su fuero interno y, de vez en cuando, a voz en grito, ante la mirada circunspecta de los viandantes. Dirigió sus pisadas guiado por las cúpulas grises de la iglesia del Santo Sepulcro y al entrar en la iglesia, siguió de rodillas en la prolongada fila que conducía al edículo dónde había reposado el cuerpo de Nuestro Señor.     

    Los demás peregrinos, en pie, miraban con estupor la extravagancia orante de aquel hombre magro, enjuto y diminuto, con vestimenta blanquecina polvorienta. Un hombre, seguramente un mendigo, que viajaba en solitario desde misteriosas tierras, vestía ropas raídas y avanzaba hacia la entrada del edículo, despellejando sus rodillas, para cumplir una promesa, o implorar, quizás, la salud de un hijo.

Una potente melopea copta llegó a los oídos del peregrino, quien escuchó atento aquel canto llano que, como él, parecía dirigirse a Dios con urgencia, con insistencia. El peregrino recordó las palabras de san Agustín: cantar es orar dos veces, por lo que se sumó a aquella entonación litúrgica monocorde, que parecía venir de la noche los tiempos y él seguía con la mimética repetición de un responso. 

Al fin el peregrino llegó a la entrada del Santo Sepulcro. Un pope barbado le ayudó a poder entrar. Hay que bajar la cabeza para no golpearse, le advirtió. Al pasar la diminuta puerta, el peregrino vio a dos serafines esculpidos en el muro, que veneraban de continuo el lugar donde reposó el cuerpo beatísimo del Más Alto. 

    El peregrino oró arrodillado ante el Sepulcro sagrado y siguió cantando la melopea copta, pese a la petición de silencio del pope. El peregrino quería rezar mil veces en aquel lugar santo. La sangre de sus rodillas mojó el suelo del edículo sagrado y el peregrino pensó que se habría mezclado con la del Salvador. Tras besar la piedra, el hombre salió del Santo Sepulcro creyéndose pariente del Señor, por haber unido sus sangres. 

    Cuando caminaba por las calles de Jerusalén, el peregrino se sintió un jerosolimitano más, que seguía a Cristo. Ya nunca abandonó la ciudad tres veces santa. Nadie supo jamás de dónde llegó aquel hombre, ni qué lengua hablaba, pero él comprendía a todos y se hacía entender con sus gestos. FIN

Jerusalén, 06/11/17

Publicado en la revista Oriflama en 2018