viernes, 2 de diciembre de 2016

Exposición “Carlos III. Majestad y Ornato en los escenarios del Rey Ilustrado” en Palacio Real de Madrid


Del 6 de diciembre de 2016 al 31 de marzo de 2017


Carlos III por Mengs



Patrimonio Nacional y la Fundación Banco Santander presentan, a partir del día 6 de diciembre la Exposición “Carlos III. Majestad y Ornato en los escenarios del Rey Ilustrado”, en el Palacio Real de Madrid.

Las Salas de Exposiciones Temporales acogen 131 obras emblemáticas y programas decorativos relacionados con Carlos III, que no pueden ser contemplados de manera conjunta desde el siglo XVIII. Soberano ilustrado, el monarca constituye el referente indiscutible en la fértil relación que han mantenido la Corona y la Cultura en España durante la Edad Moderna.

Algunas de las obras no han sido mostradas al público en los últimos años o proceden de colecciones extranjeras de difícil acceso. Además, es la primera vez que se muestra el Retrato de Carlos III, pintado por Mengs y regalado por el Monarca al Rey Federico V de Dinamarca en 1765.

                  Estarán en la inauguración Alfredo Pérez de Armiñán, Presidente del Patrimonio Nacional; Alicia Pastor, Gerente del Patrimonio Nacional; José Luis Díez, Director de las Colecciones Reales; Borja Baselga Canthal, Director General de la Fundación Banco Santander; y los Comisarios de la Exposición, Pilar Benito, Javier Jordán de Urries y José Luis Sancho.



-->

Una gran retrospectiva sobre la obra fotográfica de Alberto Schommer llega a Kutxa Kultur Artegunea en Tabakalera de San Sebastián

Del 2 de diciembre de 2016 al 19 de marzo de 2017

José Hierro, poeta, 1990. A Schommer



L.M.A.

Alberto Schommer…hacia la modernidad, una muestra muy completa de la obra del artista vitoriano, es la propuesta expositiva de Kutxa Kultur Artegunea en el segundo año de vida de la nueva sala en el edificio Tabakalera.
La exposición, que permanecerá abierta desde el 2 de diciembre de 2016 hasta el 19 de marzo de 2017, se compone de 87 obras y repasa la trayectoria de quien es considerado genial artista y padre de la fotografía moderna en España y Europa.
Todo el trabajo de Schommer se ha caracterizado por una poderosa personalidad y una constante voluntad de ruptura formal que le ha llevado a explorar todo tipo de territorios estéticos. Aquí está su plataforma hacia la Modernidad. Con esta exposición, Kutxa Kultur Artegunea da comienzo a una programación que la sala dedicará íntegramente a la fotografía en 2017.
La mayoría de las obras que se muestran pertenecen a la colección del Museo de Bellas Artes de Bilbao, como parte de la donación que realizó Alberto Schommer al museo tras la exposición Alberto Schommer. Retrospectiva1945-2009 comisariada por Alejandro Castellote en 2016. La muestra se complementa con obras no tan conocidas pertenecientes a la Fundación Schommer, según selección de Nicolás Casla, sobrino del fotógrafo.
"La obra de Schommer, es toda una vida. Toda la vida que él ha entregado al arte por supuesto, pero también adicional. Con sus fotos Schommer ha producido una segunda colectividad humana, con sus ciudades sus parques, sus bailes, sus gobernantes, sus obispos, sus niños y sus fantasmas. Un universo, en fin, que siempre quedara como el testimonio de un artista, que al trabajar confería a su obra incontables dosis de amor y de poesía e interminables maneras de verla y contarla", en palabras de Vicente Verdú. 
La exposición
Las fotografías que conforman la exposición están reunidas en series y se han dividido en tres grandes ámbitos:
Primera época
Comprende la década de 1950 a 1960. Realiza en Vitoria-Gasteiz, su ciudad natal, sus primeras imágenes, como un ejercicio de afirmación de autor: cuidadas composiciones con una gramática personal, alejadas del reinante pictoralismo tardío. Entra en el colectivo AFAL, un grupo de fotógrafos con los que comparte sus renovadoras inquietudes y realiza sus primeras exposiciones dentro y fuera del país. Continúa explorando nuevas soluciones formales emparentadas con la fotografía subjetiva alemana, que transparentan la influencia de la estética neorrealista del cine italiano o los ensayos de carácter humanista de las grandes revistas ilustradas internacionales. Ya en Madrid frecuenta el colectivo ZAJ, fotografiando su estética musical y conforma el grupo Orain, de manos de su amigo Jorge Oteiza, junto al Gaur de Gipuzkoa al Emen de Bizkaia y al Danok de Navarra, propiciando una renovación a la plástica vasca de vanguardia. 
Paisajes y escenarios urbanos
En la serie de Máscaras iniciada en 1985, Schommer se codeó con cuadros de los maestros Velázquez o Goya en el Museo del Prado, en mayo del 2014. Mediante una sola luz cenital y de una manera casual, surgió esta serie de rostros, en los que el paso del tiempo, convierte la arruga de los protagonistas en metafóricos paisajes de su biografía, guardando una similitud conceptual con los paisajes negros. 
Puesta en escena y Experimentación
Alberto Schommer escapa de la mera transcripción de la realidad y acumula trabajos que se instalan en los límites fotográficos sirviéndose de todo tipo de técnicas y soportes ligadas a la experimentación formal. Buena muestra de ello son sus Retratos psicológicos, publicados en el dominical del periódico ABC, en 1972. Con el estilo barroco de sus retratos, cercanos a una estética surrealista, consiguió escenificar el poder, la economía y la cultura de la sociedad española, entre 1970 y 1980, para posteriormente y a través del diario El País, llegar a ser una crónica visual de la transición. 
Schommer da rienda suelta a su imaginación y consigue dar vida a metacrilatos de color, vidrios, espejos rotos, cables de acero, hasta alcanzar esta serie de bodegones contemporáneos en una especie de "fotopintura”, que recuerda a sus primeros óleos. Otra casualidad le llevó en 1973 a sus primeras Cascografias, mediante el craquelado previo del papel fotográfico. Posteriormente evolucionarían hacia esculturas fotográficas, añadiéndole una tercera dimensión física, conceptual y atemporal, semejante a las texturas resultantes al deterioro de las esculturas clásicas. 
Biografía
Alberto Schommer nació en Vitoria-Gasteiz en 1928. Hijo del fotógrafo alemán Alberto Schommer Koch y de la vitoriana Rosario García, comenzó su carrera artística como pintor. Aunque también trabajaba en el estudio de su padre.
En 1952 viaja a Hamburgo a estudiar fotografía. Sigue pintando y viajando por Europa visitando museos. Su mente inquieta y consciente de que la fotografía era la técnica con la que quería contar la realidad, hicieron que abandonara definitivamente la pintura, para dedicarse de lleno a la fotografía. 
En 1960, tras cruzarse en su vida el director de la agencia Publicis, una de las mayores empresas francesas de publicidad, viajó a París. Conoció a los grandes fotógrafos parisinos y fue contratado por Cristóbal Balenciaga como fotógrafo oficial de la Casa. De nuevo en casa, durante un tiempo fotografiará a todas las personalidades que pasaron por Vitoria. Trata de aportar una mirada diferente al clásico mundo del retrato. También trabajó haciendo fotografías industriales para conocidos arquitectos.
En 1966, se instala en Madrid y su éxito es tan grande que tiene que cambiar su estudio en la calle Ferraz por otro más grande con plató para poder realizar anuncios. Trabajó para ABC y El País y fue el fotógrafo oficial del rey Juan Carlos, con quien dio la vuelta al mundo en sus múltiples viajes.
1989 supone un punto de inflexión en su carrera, deja el mundo del retrato en lo más alto, y vuelve a echarse a la calle con cámaras de pequeño formato como en sus primeros años. En 1996 ingresa en la Real Academia de San Fernando, con el discurso titulado: “Elogio de la fotografía”, en el que afirma que “la fotografía es el modo de enseñar el mundo tal y como es”.
En 2013 recibe el Premio Nacional de Fotografía. Uno de los aspectos que más valoró el jurado para concederle el premio fue su carácter innovador. 2014, fue en palabras del propio fotógrafo “un año de soledad y de éxito”. Por la muerte de su mujer y por convertirse en el primer fotógrafo en exponer en el Museo del Prado.
Muere en su casa donostiarra el 10 de septiembre de 2015, dejando un legado de más de 60 libros en los que se recogen sus famosas series de fotografías.
Kutxa y la Fotografía
La de Alberto Schommer es la segunda exposición de Kutxa Kultur Artegunea. La primera, el año pasado, fue Historias compartidas. El siglo XX en la Colección Kutxa, que ha recibido más de 100.000 visitantes.
Kutxa siempre ha tenido un especial compromiso con esta expresión artística, compleja y heterogénea, que viene siendo un eje importante en la programación de las otras salas de exposiciones de Kutxa Fundazioa. Sin olvidar el esfuerzo de recuperación, conservación y difusión de la fotografía que realiza por medio de la Fototeka Kutxa, ubicada en el mismo edificio de Tabakalera.

Datos prácticos

Alberto Schommer…hacia la modernidad
Del 2 de diciembre de 2016 al 19 de marzo de 2017

Kutxa Kultur Artegunea en Tabakalera 
Plaza de las Cigarreras, 1
20012 Donostia/San Sebastián 
Tf. 943 00 17 30
Email: artegunea@kutxa.eus

Horario
De martes a domingo de 11.30 a 13.30 y de 17.00 a 21.00 horas. 
Entrada libre.

JOSÉ ELGARRESTA: “¿QUIÉN QUIERE SER OTRO?”

              
EDICIONES VITRUVIO PUBLICA “SOLO LOS DIOSES NUNCA DUERMEN”














Escribíamos hace unos meses: “Una excepcional y muy lírica colección de poemas conforman el libro de José Elgarresta titulado “Instantáneas de un rostro infinito”. Elgarresta, escritor muy crítico con la sociedad y la cultura que nos acoge, en este caso se convierte en un analista del amor y sus consecuencias. Para él vale más una mirada que un millón de euros, moneda que lleva camino de un notorio desprestigio gracias a la serie de políticos descabellados y de capitalistas egoístas que pretenden hacer un mundo a su imagen y semejanza” Precisamente ese es uno de los poemarios contenidos en un ejemplar de 475 páginas publicado por Ediciones Vitruvio (Madrid, 2015) que, con el título de “Solo los dioses nunca duermen”, contiene otros libros de versos, precisamente los escritos a partir del año 2000, pues los anteriores 1975 se nos habían ofrecido en un volumen denominado sencillamente “Poesía (1975-2000)”.


Añadir apelativos a la labor de este autor es, simplemente, reafirmar su compromiso con un mundo en permanente crisis no sólo cultural o social. “Dioses y reyes/inventaron los hombres/huyendo de su fugacidad,/pero, ¿quién inventó al hombre?” se pregunta Elgarresta, hombre cercano a los ámbitos literarios y a la labor de otros escritores pero, a la vez, preocupado por el momento actual de la poesía, tan abandonada por el mundo editorial, a veces secuestrada por determinados personajillos y grupos que manejan concursos literarios, encumbran a autores o dirigen la, supuesta, crítica oficial incluso de periódicos nacionales de gran tirada cuyas empresas, curiosamente, también han devaluado sus acciones y (medio)arruinado a quienes confiaron en su aparentemente brillante gestión económica.



Pero este es un comentario sobre los versos de José Elgarresta y ya estamos en “Derecho de asilo” que se abre con una dedicatoria (“A mi nieto Álvaro Anta Elgarresta”). “Cada vez oscurece más deprisa”, comienza aclarando el poeta, tal por presentir un mundo abierto a todas las eternidades. Precioso ese poema titulado “Mundo fugitivo”: “Hoy me siento la mano  de la noche,/mi propia mano/acariciando los rostros de las cosas…”. Es como ir abriendo los senderos, indagar en la luz que quiere ocultarse, detonar la pólvora de las emociones, transitar por la inspiración para mostrar el futuro. A veces la poesía de Elgarresta nos trae sonoridades de otros creadores, por ejemplo de Jesús Hilario Tundidor, de Nicolás del Hierro, de algún Leopoldo de Luis luminoso y combativo, del Neruda de aristas sociales, Blas de Otero…Y es así porque la vida se confunde con los versos, con la intimidad de la experiencia, con la angustia vital que a todos nos oprime:”Siéntate y descansa bajo las sombras oscilantes de los helechos./El camino de ida es el camino de vuelta,/pero ya conoces a quién por él avanza”. Algunas palabras parecen grandiosas, infinitas, por ejemplo las contenidas en poemas como “La perplejidad de T.S. Eliot”, “Los últimos momentos de Wittgenstein”, “Galileo” donde aparece la armonía, la comprensión, la vitalidad del ser humano y su entorno, su enorme quehacer en el raro universo de todas las pasiones: “En sus últimos momentos de lucidez/Wittgenstein descubrió/que su vida había sido maravillosa”. Sigue la escritura rememorando al hombre como un ser desheredado, arrinconado a su propia soledad. Por eso el universo comienza a desmoronarse ante ese derecho, esa necesidad, de encontrar un lugar en que asilarse, en que hallar el espacio de todas las generosidades. De ello habla esta parte titulada “Cantos al atardecer”, reflexiones inmediatas en torno a la vibrante necesidad de subsistir. “Tiempo vendrá en que la ciudad te parezca/el más deshabitado de todos los desiertos,/no cuentes conmigo para llenarla”, escribe en “Charlando sobre la vida”. Vienen después los treinta y ocho poemas, de “El libro de los instantes” con consejos explícitos en torno a la labor del poeta, leves indagaciones acerca de la soledad, comentarios de un mundo en descomposición, reflexiones sobre el ser humano, metáforas: “Viene el joven poeta/con sus poemas henchidos/de ilusión y vacío./Yo debería decirle:/ deja la poesía,/esa dama caprichosa/que otorga su favores/a quienes no los merecen,/en y acuéstate con la vida/antes que ella también te desdeñe./Pero en vez de eso,/le sonrío y me marcho,/pensando que todos vivimos/en una tela de araña/y tal vez un movimiento imprevisto/hará acudir al monstruo antes de tiempo”. Una rara mesura nos permite penetrar en el alma de las cosas y, por ello, comprenderlas. “Contra el mundo” es, casi, un alegato de disconformidad con todo lo creado, con la crueldad de nuestras vidas siempre condenadas al fracaso.”¿Pasaremos veloces y anónimos/como las gotas de agua bajo el puente/sin conservar en nosotros nada de lo que fuimos?”, se pregunta el poeta, aunque su inquietud venía de antes “Si nos está vedado regresar./¿Por qué será?./Si a los cristales rotos/les está prohibido reconstruir el vaso/¿a qué se debe?”. Son las eternas preguntas, la calamitosa sensación de ser algo inútil en el inmenso concierto del universo. También José Hierro ahondaba en esta idea: “Después de todo, todo ha sido nada/a pesar de que un día lo fue todo”. Así es.



En “El sacerdote Invierno”, el siguiente poemario, Elgarresta continúa con este tema: “Seguimos a la muerte/como becerros ligados/por una argolla que le atraviesa la nariz”. Deliciosamente triste es el último corto poema de la primera parte (“La casa sin puertas), el titulado “De pronto”:”De pronto no encontramos refugio en el pasado,/no podemos esperar el futuro/y el presente se vuelve confuso./Tenemos enfermedades de viejos,/aunque somos jóvenes/e ilusiones de jóvenes/aunque somos viejos./Estamos subidos a una escalera/a punto de sernos retirada/y no sabemos volar”. Son meditaciones doloridas, indagaciones en torno al misterio de la y a la finitud de los deseos, insondables materias que la poesía mantiene forzosamente vivas siglo tras siglo. Este tono sigue en “Diario de un superviviente”, pues el escritor se sabe parte de esa nada irremediable. “¿Te enseñaron a amar solo lo perfecto?/Entonces es el mundo el que está equivocado./Solo el ángel de la muerte es perfecto”, versos que nos recuerdan a los escritos por Luzmaría Jiménez Faro: “Solo es usted el ángel de la muerte/y usted y yo tenemos una cita”. A pesar de ello el ser humano, digamos, egoístamente quiere supervivir, permanecer, incluso siendo imperfecto, padeciendo dolores, atropellos e iniquidades. Sometidos a los juicios de una sociedad perversa, el ser humano quiere ser parte de ella y todo eso le causa demasiadas preocupaciones pero las afronta por un único motivo: permanecer a la espera de nuevas madrugadas. En su tercera parte, “Un canto en la sombra” aparecen poemas luminosos también, brillantes, claros: “Mujer, roca desgastada,/tienes la belleza de los cantos antiguos”. Aparece como una desilusión ante lo que nos rodea, lo que nos mantiene cerca de los demás, como cuando, en “Era mentira”, leemos, “Me dijeron/que el amor y/la fragancia de las rosas/eran para siempre./Pero no eran las mismas rosas”. A veces versos leves, fulminantes, ideas certeras y claras sobrevuelan todas las cimas para hacerse palabra extendida, reflexión que todos pueden comprender y estimar. Precisamente entonces es cuando surge una confianza, la idea de alcanzar la dicha o alejar la angustia:”…yo solo sé que estarás a mi lado”, exclama el poeta. Buena esa dosis de confianza en hallar un minuto de sosiego. Al menos. La cuarta parte, “Encuentros de la vida oculta”, nos habla de la gente sencilla, de quienes pretenden vivir con un libro en las manos, de las mujeres que desean escribir poesía, de los seres anónimos que encontramos a cada paso, de la vida social elevada a incongruencia, del tiempo transcurriendo ferozmente, de quien se acerca a un museo o visita un cementerio célebre. “Aquí estoy/como el escriba del museo del Louvre/con el folio sobre mis rodillas/viendo pasar la historia de la humanidad….”, de los poetas antiguos y modernos.. “Una mosca en el espejo”, quinta parte, contiene claras palabras acusadoras, para quienes dirigen el mundo, en “Canto a la globalización” :”Sólo queremos que nos expliquéis/la razón de este desvalimiento colectivo,/por qué tenemos la sensación/de ir en un tren que ya habéis abandonado”, para la pobreza de un mundo desolado,, la técnica asesina, el engaño masificado, la mentira y la soledad a que nos arrastran las perezas cotidianas: “El amor es un lujo tan caro/que solo los muy pobres/pueden permitírselo”. El poeta avisa: “¡El universo es un gran esquizofrénico”.



Llegamos a “Escritos de la zona oscura”, es una interesante colección de versos, que Elgarresta dedica “A Victoria y a Ana y Javier, mis nietos”, con títulos muy sugestivos y que podrían considerarse reflexiones cotidianas, instantes líricos en los que el autor analiza su entorno y sus propias insatisfacciones en determinados momentos de su labor. Ya escribía Carlos Edmundo de Ory “Un poema me pisa los talones”. Efectivamente estamos en la zona oscura de la existencia cuando Elgarresta se pregunta “¿Es que alguien saber para quién trabaja el tiempo?”, cuando estamos en manos de empresarios depredadores, políticos infames y ciudades contaminadas. También anota: “Me vuelvo a una cabeza de ciervo que cuelga en la pared”, recordando esa bárbara costumbre de gentuza sin nombre, aunque entre todos recordemos a ministros, reyes, nobles y deportistas disparando contra animales diversos para luego llevarse el trofeo o bares muy bonitos cerca de la Puerta del Sol con cabezas de toros que fueron masacrados en el ámbito de la llamada Fiesta Nacional, cantada incluso por inspirados poetas y filósofos que sabían alemán. Preciosa biografía la de “La muchacha que se creían Van Gogh” (“su vocación la había impulsado/a sacrificar sus éxitos/en otras actividades más rentables”), los datos aportados en “Un hombre feliz” (“…concebía la existencia/como un viaje que uno debía realizar/rodeado de buenos amigos…”) o ese innato “Proyecto de poeta”: (“…comprendió que la poesía no es un paño de lágrimas,/sino una forma de existir fuera de la jaula,/enfrentándose a uno mismo y al universo sin compasión,/dejándose poseer por la verdad y la verdad siempre duele”).



“El mar es un corazón salvaje”, poemario muy completo dedicado “A Ramón Hernández/gran escritor y amigo/y a Victoria Díaz Corralejo/la mujer que amé/incluso antes de conocerla”, es un nuevo compendio de preguntas, algunas sin respuesta, y  reflexiones de cierta violencia existencial, como cuando al final de “Los campos interiores” recuerda que “El hombre es su propio verdugo” ahora, precisamente, que los nazis vuelven a tener fuerza y representación parlamentaria en Alemania. ¿Porqué el mundo ha de estar sometido continuamente a la  vejación de verse sucumbir ante los grandes criminales de la historia, y hablo sólo de los más cercanos como Napoleón Bonaparte, Hitler, Stalin, Hiro-Hito o de aprendices como el bien considerado por sus paisanos Truman, o los condecorados Trujillo, Duvalier, Franco, Pinochet, Videla, Mugabe. “Un viento en busca de rostro” contiene poemas frágiles, doloridos, casi imperceptibles donde asoma cierta insatisfacción o la pereza de las madrugadas:  “Paraguas en la calle,/Dentro de mí nada me cubre”. Pero el poeta sigue su andadura, su reflexión casi intimidatoria. Producto de ella es el intenso texto de esa “Metapoética” que abre “El silencio que habitamos”:”…todo lo visible está permeado por el mundo de lo invisible. De él nos llegan temblores, signos, intuiciones, como llegarían a los habitantes de un universo bidimensional noticias de la tercera dimensión”. La poesía no es un pozo sin fondo sino, más bien, un universo abierto a todas las preocupaciones, a todos los temores. Elgarresta habla de todo ello aunque a veces se sienta cohibido ante las tribulaciones de quienes viven siempre al borde la duda. El escritor francés Raymond Radiguet escribía: “Mi corazón estaba en la edad en que todavía no se piensa en el porvenir”. Lo que sucede es que, a veces, el porvenir está demasiado cerca, por eso a veces nuestro autor recuerda “Estamos gobernados por el miedo”. La parte que da título a este espacio contiene poemas fluidos, diáfanos, rítmicos, apetentes como “Mujer, tu cuerpo”: “Mujer, cuando me recibes/siento como si me recibiese el mundo./Leo a los poetas antiguos:/somos pavesas en un incendio…”. De “El cazador de sombras” nos quedamos con los suculentos versos de “Ala eterna”: “Tocado por el alba,/mi corazón piensa:/¿habrá un nuevo amanecer?”. Y de “Viajero extraviado” el último poema. “Noche, oscura caverna en que me siento caer,/¿quién vendrá desde la aurora?/Cual paloma que olvidó el mensaje en el camino/fui enviado./¿Me esperará mi Señor?”. Enfrentarse a la cuartilla en blanco siempre es difícil pero remover el mundo, adaptarlo a nuestras vivencias se convierte en una pesadilla cuando vemos lo que me rodea, la ignorancia, la maldad, el latrocinio, la vileza. Seguir escribiendo sobre ello nos anima a intentar recomponer nuestras propias ideas, a seguir buscando la concordia.


Posiblemente no nos habíamos dado cuenta pero Elgarresta afirma, en un delicado poemario, que “El universo comienza un martes”, tal vez porque el lunes es algo demasiado temprano o que el miércoles inicia ya el declinar de la semana, como pensaría un pesimista. “La vida es una lámpara de sombras/en las manos de un loco”, leemos. Cualquier momento es bueno para mirar a nuestro alrededor, para mostrar nuestras dudas. Los poetas lo hacen de continuo gratuitamente, pues el suyo es un producto excesivamente rentable o que importe a casi nadie. Recuerdos, mentiras, historias, trenes, despertares, amor, alucinaciones, decadencia (“Me gusta la belleza ajada por el tiempo”), van sembrando de vitalidad las palabras del autor y él, modestamente, las esparce no a las inocentes cuartillas sino al ancho mundo de los seres humanos. “Con el tiempo aprendemos el clamor de la vida”, escribe Alicia Aza. Y estas existencias limitadas por cierta angustia van surgiendo amigos, modernidades, mensajes a la nada o ciertas insinuaciones: “Cada día es sutilmente distinto del anterior,/lo contiene y es contenido por él,/pero solo/si no se agota en sí mismo./¡Crece como árbol y no como hierba!”. Nos movemos en los territorios de poesía libre, rítmica como fuente que manda continuamente, intensa, dialogante. Un elegante poema titulado “Comparaciones” dice: “¿Me creo el más excelso de los poetas?/Digamos que sí,/pero ¿cuántos millones de poetas piensan lo mismo?”. Ah, que alguien nos conteste, si puede. ¿Será verdad, como dice Elgarresta, que “sólo los dioses nunca duermen”?


Ya hemos citado “Instantáneas de un rostro infinito”, el elegante poemario dedicado a Elvira Daudet, bien recibido por amigos y críticos: “Nunca os enamoréis del pasado/ni hagáis planes para el futuro/porque el pasado y el futuro no existen”, se nos dice.
Llegamos a un libro-sorpresa, inédito hasta ahora, dedicado “A Alberto Infante, a José Luis Fernández Hernán, a Pablo Méndez y a Rafael Soler, amigazos” y titulado, ¡nada menos!, “Lo que no somos”. Suele suceder que los poetas se confiesan ante la nada, van escribiendo una biografía, muchas veces, dirigida a escasos lectores y, al mismo tiempo, indagan en las circunstancias que rodean su inmensa soledad o su imperfecta dicha. “Cuando yo llegué/ya estaban escritos todos mis libros:/ni un punto fuera de lugar,/ni una coma,/ni una palabra menos/de cuanto debía ser dicho”, escribe Elgarresta. Ante tal aserto no es fácil seguir hablando de estos poemas pues, de pronto, se convierten en confidencias, en esbozos de una especie de autobiografía clara, concisa, extensa. Pero ya que este abultado volumen se titula “Solo los dioses nunca duermen”, dejamos como muestra del quehacer lírico de tan trabajador autor el poema XXI de este penúltimo grupo de versos: “Amarse a uno mismo no es bastante,/suplicar a los eternos tampoco es suficiente,/solo es feliz quien desprecia a hombres y dioses igualmente/y en la tierra se acuesta en un lecho resplandeciente”, aunque no sea cierto que el poeta descanse. La suya es una labor cotidiana, continua, esperanzada y, a pesar de todo, gratificante.
El broche lírico a estas miles de afirmaciones, preguntas y respuestas sobe la vida y la eternidad lo pone José Elgarresta con unos singulares “Poemas a Lucía” que, realmente, se convierten cuarenta, generalmente breves, poemas repletos de emoción, intención e intimismo. Alguien ha dicho que el poeta escribe siempre el mismo poema, una necedad como tantas otras, pero sí puede ser cierto que la intención de quien escribe es comunicar sus afectos, sus pasiones, su vitalidad, sus constantes y cotidianas preocupaciones. Probablemente pensemos en algún momento lo que decía Alejandra Pizarnik: “Tú haces de mi vida/esta ceremonia demasiado pura”. De esa pureza vive el enamorado, el soñador, quien busca acercarse al calor de una sonrisa y, a veces, desprecia la soledad de la nada. “La vida es la flor del instante./Si durase para mí/el tiempo de un abrazo contigo/¿qué más podría desear?!, pregunta el poeta, éste poeta.

Manuel Quiroga Clérigo








-->

RAFAEL SOLER: “EL VIENTRE ESTERIL DE LO ETERNO”



-->
    EDICIONES VITRUVIO PUBLICA “NO ERES NADIE HASTA QUE TE DISPARAN”




María Moliner define la poesía como “género literario exquisito”. Existen otras denominaciones pero la del Diccionario de Uso del Español nos parece afortunada. El poeta no es sólo un creador; es alguien que se identifica con los escenarios más hermosos. La inspiración perpetua es su mejor aliada, aunque los versos no nacen de la nada sino que, por el contrario, precisan de una elaboración detenida, de una capacidad especial para enfrentarse a la página en blanco y, gracias a ella, mostrar la belleza de la realidad. Y, así, llegamos a la poesía de Rafael Soler que antes fue narrador (recordemos “El grito”, Primer Premio Ámbito Literario 1979), y lo sigue siendo, que transita por las aulas universitarias y ve el universo con el optimismo de quienes tienen fe en el valor de la palabra. Nos interesa su nueva etapa de versificador, esas “espadas como labios” de Aleixandre, e inquietante ideador de estrofas e imágenes. En su biografía hay otros libros,  premiados y bien recibidos incluso varias décadas después de sus primeras ediciones. Esta etapa, de la mano de Ediciones Vitruvio, comenzó precisamente con un título iniciático y revelador de unas ansias de trabajador literario maduro: “Maneras de volver”, al que siguieron poemarios diferentes, algo cáusticos y preferentemente indagadores en la psicología de nuestros sufridores contemporáneos, como han sido “Las cartas que debía”, testimonio de su tal vez ansiada reincorporación a ese esclarecido y abandonado grupo de personas que siguen escribiendo versos, y “Ácido almíbar”, claro referente de una poesía moderna, lúcida, combativa y elocuente.

Ahora, ya, viajamos al tomo nº 590 de la Colección Baños del Carmen con que Vitruvio continúa una andadura de claras intensidades y referencias siempre estimables, pues en ella han aparecido muy importantes nombres de los ejercicios literarios que en nuestro idioma han tenido lugar. “No eres nadie hasta que te disparan”, el nuevo poemario de Rafael Soler con sus 118 páginas repletas de indagaciones, reflexiones, pensamientos y acción, se nos antoja una completa colección de vivencias y de situaciones donde el ser humano tiene un especial protagonismo. Su desarrollo en detenidos versos llenos de ritmo y de intención nos hablan de una sociedad caótica, de unos entornos de rara musicalidad, de unos personajes vitales y, acaso, un poco perversos. Apenas se nos permite respirar desde el momento en que en el primer apartado, “El cuaderno de Elvira”,  surge una historia que sin emular a la novela negra tiene la clara intención de permitirnos penetrar en los espacios de una modernidad un tanto claudicante, afincada en una soledad arbolada y serena. Poemas como “La falta de pulcritud de los escombros” (“De espaldas a la pared/los locos crónicos son de natural pacífico/y muy conversadores”) o “Catadora de ron en los entierros” dignifican el noble arte de escribir versos y, además, nos permiten penetrar en un relato que tendrá su detenido programa de consolidación pues, ya se dice en el inicio, “Hacen falta dos para bailar”. O sea, Elvira se encuentra con Martín o tal vez con el mismísimo Kafka, con Rilke, con los primeros hermanos de la Biblia, pues siempre han de existir los buenos y los malos, los amantes y los desengañados. “La mujer que fui y nada espera/sacude las alfombras/deja su aliento sobre el vidrio/que un día fue su corazón…”. La vida comienza su recorrido, sus recovecos, sus distancias: “…el punto de fuga es un capricho cónico/la soledad de un pájaro/y tú el extranjero”. Esa búsqueda de las emociones perversas ha comenzado…

Sigue “Cuaderno de Martín”, segunda parte, con un crimen acaso simulado: (“a tocante cañón sonó el disparo/y por verte llegar caí despacio”, como si las hazañas de la maldad pudieran tener, eso, “un martes a las diez de la mañana”, cualquier momento es bueno para delinquir, y sino que se lo digan a los políticos en general. Ya Albert Camus puso en boca de Calígula: “Tan culpables son unos como otros”, de ahí los disparos en la cabeza, las caídas de bruces o el lado positivo de no morir por “un trastorno gástrico”: lo cierto es que estamos ante la anarquía más refinada y ni siquiera salir de viaje, besar a una muchacha en algún Sena o asistir a ciertos espectáculos minimiza el delito. Veamos más imágenes: “Todo empezó/con Carla de Cárpatos desnuda/Eva y su escote extravagante/Fuencisla la terrible manumisa/se cruza una mujer y te detienes/se cruzan dos y te detienen/se cruzan tres y tú no tienes/en mi jaula un proceso digestivo/en la tuya con paciencia un armisticio/pero nunca este final al portador/que hizo de un gatillo tu vigilia” (“Una traición es la suma de cien fotografías”). Claro que la poesía es más que una intuición y, si ya leíamos antes “Alguien cela al dios de los amantes”, debemos convenir que nada es lo que parece, ya ni el amor es lo que era, ni siquiera el euro, pronto por debajo del dólar. Todos somos “fantasmas vivos de personas cuya verdad es la muerte”, escribió Bueno Vallejo en “Las Meninas”.  La sociedad está suficientemente podrida como para perdonar a quienes somos parte de ella. Por eso el poeta Soler exclama “no es lo mismo morir a que te mueran”. A lo mejor nos podemos acostumbran a transitar por esa poesía valiente, decidida: “Cuando llegó el Comisario/yo seguía en idéntica postura…”. No es Agatha Christie en “La señora Mcginty ha muerto” sino un escritor caminando por Chamberí y recordando que la poesía está en las esquinas. Claro.

“Cuaderno de Abel” (3) donde “Hay máscaras que son lo que parecen” inicia un recorrido con bailarina. El primer poema es “Titán con pies de bailarina”: “usted dice conocer/ la oblicua dirección de su futuro”, pero ¿qué futuro?, el de los desempleos ordenados, el de los besos a medias..,  Conviene que entren nuevos personajes, que se aísle el lector del asesinato como cuando Calígula sigue estando vivo camino de la historia, a un paso de ser asesinado ante el espejo roto o al situarnos en esa “tarde de abril/sin primavera” que preconiza el uruguayo Nelo Curti. Desfilan “Antoñito y su níspero incompleto/Luis Manuel de nácar revestido/Jeremias afilando una navaja”, ciudadanos de un mundo de sonetos “indiferente a la música de Bach/los ojos tristes de Picasso/y al despertar de Manuela”. Surgirán “los labios submarinos de  Ava Gadner” y algunos respetables consumidores de arrabales dormidos. Después de regresar de Corfú y obviar a Marylin Monroe o Monica Belluci llegan “don Moisés y su calva retumbante/don Hilario y sus dedos acechantes/don Gabriel y su pene basculante”. Imprescindible el poema “Abierto domingos y festivos”: “Todo Caín tiene su Abel…”.Pero no nos engañemos, “Todo acabó un martes a las diez de la mañana”, aunque puede aparecer un McDonald´s, “en plano general Martín avanza/al encuentro de Abel que indiferente/ladea un poco la cabeza/con el aire de quien duda/ante un puesto de hortalizas” y John Wayne, en su propio mito ”limpiaría con cerveza sus espuelas”. También queda un corto poema:“Se abre el telón/aparece usted/desaparezco yo/¿cómo se llama la película?”. Los muertos no pueden mirar por la ventana. O sí.

Vicente Huidobro pidió que se le enterrase parado, como se dice en Chile, o sea de pie para seguir mirando al Pacífico desde su ladera cercana a Isla Negra. El apartado 4 del libro de Soler es “De cuanto pudo acontecer y no sucede” con el frontis “La vida es un atropello consentido” aunque Ory suplicaba: “Oh no te mates      Aguarda en este hondo valle/la llegada de los grandes lobos”. Abel sigue vivo en los versos de Soler, no así las víctimas de las guerras que el imperialismo y el putinismo siguen alentando. “Seguimos en el lugar de los hechos” mantiene el hilo conductor de un crimen  imaginado con abundantes imágenes e inacabadas expresiones: “la víctima no es todavía un código de barras/lector que repasa su diario/y la noche un asunto inquisitivo/puerta y umbral para el espanto”. “Lo difícil es vivir”, o algo así pues citamos de memoria, decía Carmina Martín Gaite. Los humanos somos imprevisibles, acaba de decir una preciosa locutora de color en TV2. En “El Reino de los Leves” que ya se paseó antes por el libro hay una cuenta atrás, una frontera, la “resurrección de los amargos”. No es la levedad de Kundera, podría ser la del Canal de Isabel II, la de Elvira de repente desaparecida, la de Martín gozando de  impenetrabilidad, la sensación de desamparo de “No es lo mismo morir a que te mueran”: “Salón de los espejos mudos/qué alma encontrarás en su alacena negra/en blanco el corazón por no servir de blanco/qué voz entonces qué grito inaugural/qué lance qué abrazo qué enemigo/así resucitado en el silencio ajeno/susurran las horas concedidas/y no hay cima que puedas rebasar/ni sombra más alta que la tuya/galeote sin remo/obtuso perdedor/que ejerce su albedrío/napoleón en llamas”. Seguir en la vida antes de asistir a nuestros sepelios. Es cuando todo se encuentra “De par en par cerrado por derribo”:”buenas noches don Abel”.

“El cine, en el cine” (5)  son páginas de pasión cultural, desde “Cuaderno de rodaje”, cálida descripción de la mayoría de las mejores estrofas del poemario, perfecto guión para un cortometraje digno de ser premiado y exhibido en la Sala Berlanga, hasta esas andaduras por las intimidades del lector, a quien se invita sin decirlo, a interactuar con las palabras del poeta, por ejemplo, cuando se precisa “Usted necesita dormir, usted necesita dormir”, recomendando cierta docilidad siendo “indiferente a la música de Bach/y el fervor que distingue a los humildes”, resultado completo de lo que viene a suceder cuando te disparan, que ya lo han hecho, y sigues buscando ese “Happy hour en el salón de baile”, ahora que Montoro anuncia la subida del impuesto al alcohol y el gobierno promete estudiar el problema de los atrevidos jubilados que escriben libros y pretenden cobrar por ello. La poesía se ha convertido en una leyenda capaz de transformar la realidad más angosta, que hay muchas, aunque para ello es necesario atender a la recomendación de Eduardo Mendoza, Premio Cervantes de hoy mismo, de “Hablar con propiedad y citar con exactitud”. El “Epílogo, y no”, como magnífico colofón de esa novedosa colección de versos con todas sus interrogantes o dudas certifica algo que ya suponíamos: “…es preciso indagar/es preciso indagar/solo así da su fruto/el vientre estéril de lo eterno”. Dice un actor: “La vida nos habla”.  Manuel Quiroga Clérigo           San Vicente de la Barquera, 30 de noviembre de 2016.






-->