lunes, 19 de octubre de 2009

Paco Sáinz, la escultura de vuelos imaginarios





Julia Sáez-Angulo



El escultor vizcaino residente en Valencia, Paco Sainz, hizo recientemente una exposición retrospectiva en Cuenca, que permitió una visión global de su trabajo artístico. Tiene su taller en la localidad de Ahillas, pedanía de Chelva, donde se ha agrupado una interesante comunidad de artistas que exponen cada año durante las vacaciones de Semana Santa. Paco Sáinz prepara una muestra del grupo para Valencia durane el mes de diciembre de 2009.

Escribir sobre un artista es una mera redundancia, decía Josep Pla en el prólogo de la biografía del escultor catalán Manolo Hugué, lo que no fue óbice para la escribiera y la reeditara varias veces. Los críticos de arte sabemos que, en el circuito artístico, el proceso nace con la génesis de la obra del artista, se divulga la imagen con la reproducción fotográfica y se reflexiona con el discurso teórico. Ciertamente la obra de arte es la semilla del árbol, pero las ramas son tan infinitas como las miradas, auténtica escuela de la vida. Una vez que la obra artística sale de la mano de su creador, la interpretación de la misma es libre porque cada mirada sobrevuela sobre ella con sus referencias personales, culturales o intelectuales para asumirla e interpretarla. Cada persona es una caja de resonancia ante cada obra de arte, empezado por la crítica de arte, que no puede ni debe de ser dogmática, por mucho que esté al tanto de las raíces de la creatividad del autor o conozca a fondo la Historia del Arte con todos sus movimientos y autores.

Dicho esto me avengo a comunicar mis reflexiones ante la obra artística de Paco Sáinz, uno de los escultores más singulares y relevantes del panorama plástico español de hoy, que ha sido seleccionado en diversos certámenes internacionales. El arte es concepto, además de plasticidad. El artista ha de ser intuitivo, culto o rico en experiencias, para transmitirlo todo en su obra, de lo contrarío su trabajo adolecería de ingenuo, sería naïf. La entrega y dedicación del escultor a su trabajo aislado y silencioso en la aldea de Ahillas (Valencia) le permite llevar a cabo una obra intensa, con cargas de profundidad en el pensamiento y alusiones poéticas en su significado.

La escultura de Paco Sáinz navega por las inquietudes del hombre, que son las mismas inquietudes del arte: el amor y la muerte; el haz y el envés de la vida, el paso del tiempo, en suma, el misterio de la existencia. No hay otros temas en la literatura, en la música o en las Bellas Artes. Temas que se demoran y travisten en el discurrir del tiempo, con sentimientos intermedios o pasajeros como la soledad, la esperanza, la búsqueda del origen, el deseo, el ansia de conocimiento del más allá, la idea del viaje como exploración o la esperanza de encontrar un paraíso perdido o una Arcadia feliz. No es otra la desazón del hombre, que el artista vehicula y plasma en una condensación plástica de formas.

En arte, la esencia se traduce en la materia debidamente conducida hacia la forma en pro de una idea. Paco Sáinz goza y disfruta con los materiales, los más habituales en su trabajo son la piedra y la madera –también el bronce-, porque, al tenerlos delante, su mente creativa y su maestría de artista ven en el interior la forma que espera emerger de aquellos. Como el arpa becqueriana que espera la mano de nieve que arranca las notas musicales de sus cuerdas. El gran Miguel Ángel Buonarotti también percibía las figuras que iban a emerger del bloque de mármol que seleccionaba en las canteras de Carrara, y a veces dejaba esas formas a medias para interpelar y hacer partícipe al espectador, para que su ojo y su mente siguieran esculpiendo la pieza. El propio artista italiano elogió, por otra parte, la poética de la ruina por lo que tenía de fragmentación y aparente inacabado.

De esta tradición, entre otras, se nutre la escultura de Paco Sáinz. Así se aprecia en sus espléndidos bustos o cabezas humanas en las que ofrece su trabajo a base de gubia, cincel y pulido, junto a fragmentos naturales del material elegido, para mostrar al espectador de su obra, de donde parte la idea o en qué materiales de la naturaleza se apoya. Y junto al lenguaje escultórico del autor, hecho de pensados relieves y oquedades en un diálogo continuo con los materiales empleados, el artista quiere que persista la idea de bloque de piedra o permanezca la visión de tronco del árbol.

Secuencia dual de materiales y formas

Quizás venga todo de la secuencia dual se percibe en las piezas del escultor vasco-valenciano o valenciano de adopción: materia/forma; piedra/madera; textura/color o continente/contenido.


Al escultor no le gusta hablar de su inspiración o siente un pudor innato para hablar y explicar sus esculturas. La obra está ahí, parece decirnos. Mi lenguaje está en la piedra, la madera o el bronce; no cabe expresar con palabras lo que he hecho porque si la palabra fuera mi lenguaje me dedicaría a la escritura. Las palabras contienen con frecuencia una ambigüedad semántica muy peligrosa que puede contaminar. Hablar o reflexionar de la obra de arte queda para el crítico o para el espectador después de haberla contemplado.



El escritor francés Baudelaire, entusiasta de la pintura y, en algunos párrafos, denostador de la escultura, decía algo ilustrador aunque suene fuerte: “La escultura es un arte brutal y objetivo como la propia naturaleza”. El poeta galo, que se recreaba en el ilusionismo de la bidimensionalidad de la pintura, estimaba que la escultura era un arte de presencia tan real y tangible que asustaba. La escultura no es en esencia ilusionística sino rotunda y palpable; está hecha para tocar aunque no permitan que lo hagamos en las exposiciones y museos. La escultura, frente a la pintura, es un arte que puede tener 360 grados y abarca los cuatro puntos cardinales, por eso permite una contemplación de infinitos ángulos que van ofreciendo imagen y perspectivas diferentes.



“La escultura es la más grande y ambiciosa de las bellas artes ya que se empeña en fijar, en las tres dimensiones, la figura huidiza del hombre, sometiendo el desorden de sus gestos a la unidad del gran estilo”, decía Albert Camus, otro escritor francés, que discrepaba de Baudelaire.



La escultura de Paco Sáinz toma los materiales más rotundos de la naturaleza –como denunciaba Baudelaire-, la piedra y la madera, y los pone a dialogar en un encuentro audaz, ágil y sutil al mismo tiempo. El resultado final aparece como una pieza armónica, fruto del proceso enérgico y paciente que ha llevado a cabo el autor. En ese proceso hay que conocer “el arte de saber escuchar la resonancia en la piedra o la madera”, como señalaba con gracia la escultora británica Bárbaba Hepworth.




De la estatua al objeto escultórico, desde la vanguardia

La escultura ha sido el arte que más avanzó desde el período de las vanguardias históricas de primeros de siglo en París, a las vanguardias radicales de los años 60 en Nueva York. Frente a la estatua tradicional grecolatina o la de bulto redondo en la talla barroca, nace el objeto escultórico que libera las formas de una tradición muy limitada. Curiosamente en la primera renovación de la escultura en las vanguardias hay nombres españoles clave: Picasso, Miró, Dalí, Julio González... Este último revolucionó la escultura en hierro con la utilización de la soldadora autógena.

Paco Sáinz viene de la tradición de las vanguardias, que se ha enriquecido con las aportaciones sucesivas de otros nombres como Henri Moore –que bebió en las fuentes de escultura yacente inca-, Barbara Hepworth, Brancusi o Naum Gabo; más cerca, Oteiza y Eduardo Chillida y más recientes aún, algunos de sus profesores en Bellas Artes en Valencia y, sobre todo, en Chicago, donde adquirió dominio en la talla de la madera y guarda un recuerdo impagable del taller del artista Salvador Calvo.

El arte es una cadena imparable cuyos eslabones se unen desde el menhir, el dolmen o el cromlench del megalítico a nuestros días. Un artista sin tradición, sin conocimiento de la historia del arte, sería un hábil hacedor de formas, sin el diálogo necesario con el pensamiento de los autores del pasado. La memoria de menos de tres mil años no interesa, señalaba Goethe con acierto.

Paco Sáinz se recrea hablando de los árboles de su entorno con la adoración de un druida. Los distingue y conoce a todos en su belleza y consistencia. Cita la forma de las hojas del serbal, los frutos del almez... y conoce a fondo la dureza o resistencia del olivo, el olmo y la sabina, sobre todo de esta última conífera, porque su madera ha dado soporte y vida a muchas de sus obras, por tener el color y la textura deseadas.
Otro tanto cabe decir de la piedra, cuando cita con entusiasmo la diversa variedad de los mármoles que utiliza en su trabajo, que van desde las diversas variedades del pórfido –granítico, diorítico o sienítico- hasta los diferentes colores y mármoles de Novelda, Calatorao, Macael... Cromatismos y sonoridades diferentes para distintas composiciones más o menos densas o cristalinas, que precisan de un instrumental y tratamiento variado, de acuerdo con su composición y resistencia.

En la escultura de Sáinz se aprecian los distintos estilos y ritmos: orgánicos, biomórficos, antropológicos e incluso ciertos acentos constructivistas. La leyenda artúrica del Medioevo, por su valor emblemático y conocimiento universal, ha sugerido al autor dos piezas rotundas: “El último viaje” y “Merlín”. La primera se presenta en la forma de una soberbia barcaza con alternancia de madera de sabina y fragmentos de mármol; todo un símbolo del viaje del rey Arturo en el bote de Avalón. Una navegación que supone el tránsito de un lugar a otro, sin saber que depara el futuro, que misterio aguarda al rey –hombre más corona, según la representación ancestral- y con él a todos nosotros. La pieza mereció también el sutítulo de “Sinfonía para varias gubias”.

“Merlín” es otra pieza muy distinta, donde la piedra esculpida emerge del tronco del árbol. El escultor parece así liberar al gran mago, personaje clave en la leyenda universal de Bretaña, conocedor de los secretos de los bosques, símbolo de la oscuridad y el misterio; conocedor de las leyes y propiedades de de la naturaleza; órfico y jovial; versado en magias y encantamientos... Criatura festiva por antonomasia, que Sáinz ha recreado en su obra, para devolvernos con él la libertad y la alegría, al tiempo que contemplamos la escultura. Volvamos a reír y a gozar con Merlín, parece decirnos. No podemos quedarnos en la parte racional, seria, triste o trágica de la vida, sino que hay que danzar con la alegría del mago y el juego de su alquimia. En esta pieza se logra con gran elocuencia el machihembrado de piedra y madera, que caracteriza al escultor. Y que revela la mencionada dualidad de continente/contenido.


“Leda” es otro título de su repertorio escultórico. En este caso ha retomado una figura mítica de Grecia y Roma; la mujer hermosa seducida por Júpiter en forma de cisne. El artista lo ha resuelto esculpiendo una anatomía femenina que se eleva y prolonga en un largo cuello que se abre finalmente a una cabeza. Una resolución que conjunta la idea de la mujer y el hombre en una misma figura, en una fusión indisoluble a través de la forma fálica en la piedra.

“Lunas” es otra pieza de gran carga poética, donde el gran disco central de piedra pulida se ve flanqueado por dos troncos, anterior y posterior que parecen protegerla y ocultarla al mismo tiempo. Una luna que se hace árbol o se esconde en el bosque. ¿Qué ha querido decir el artista?, se preguntan algunos con cierta ingenuidad ante una obra de arte. ¿Qué ha querido representar o reflejar Paco Sáinz en esta misteriosa conjunción de formas escultóricas. Un crítico de arte señaló la conjunción de luna, noche y muerte o un posible homenaje a García Lorca, también “perito en lunas”. Yo daría una interpretación más abierta y telúrica; la luna como luz en medio de la oscuridad del bosque. Selene dejó tras de sí a sus seguidores, los selenitas, que le brindan culto en las noches de luna llena. El escultor sería por tanto un licántropo muy particular que adora a Selene en lo oculto de la noche... Pero estamos hablando de escultura y como se ha señalado con acierto: ¡hay que respetar el misterio del arte! Que cada mirada componga su idea y recabe su mitología, más allá o más acá de lo que el autor pretendió o de lo que proponga su título. La obra de arte navega en libertad.

“Político inhumado”
una pieza llena de reflexiones





El escultor toma prestados los nombres o elementos míticos por su valor comunicativo. Todas las mitologías reflejan la epopeya del hombre en la tierra. Los títulos dinamizan la interpretación del tema, pero son las formas, el lenguaje del autor, lo que en definitiva define la obra plástica. Entre sus obras más sobresalientes de última hora destaca la pieza titulada “Político inhumado”, de 460 x 60 x 70 cm. El escultor se enfrentó al reto de perforar, esculpir y pulir un largo bloque de mármol que iba a contener en su seno un gran tronco de sabina, igualmente trabajado. Una gran oquedad de piedra que insertaba en su vientre un tronco de gran dimensión en madera ligeramente tallada. Un mármol manipulado a base de arcos consecutivos de distancia asimétrica para facilitar el contraste y la contemplación de dos materiales que se aúnan y complementan en la mente y la escultura del autor.
La obra es gigante, exigente y ambiciosa. Ha necesitado jornadas de catorce horas diarias de trabajo, en posición tumbada del escultor, que iba avanzando en su interior a modo de estación espeleológica. Catorce meses ha durado la realización de “Político inhumado”, pero ha valido la pena. Poco importarían los esfuerzos del autor si la obra definitiva fallara. Nada más lejos en esta pieza rotunda y espectacular.


Dentro de la obra del escultor podemos detectar, en ocasiones, algunas muescas, incisiones o escrituras arcaicas o antiguas, que el artista no muestra -sin esconder- en primer plano, como si deseara que el espectador las descubriera por sí mismo en una mirada atenta y despaciosa. Nada es inocuo en el trabajo del creador. Hay que estar atentos a sus guiños y juegos.



En la escultura de Paco Sáinz se reafirma el valor de la masa pétrea como elemento constitutivo de la escultura, en dialéctica con la presencia de la madera, el hueco o el vacío espacial. Cada material requiere una concepción propia y una energía peculiar para su expresión, que puede variar cuando el artista detecta una veta o un hueco con los que no contaba al inicio. Concepto y maestría se han de aunar para que resplandezca la escultura. La obra de arte.



Un último apunte sobre el título de la exposición, donde el escultor ha querido jugar de nuevo con la dualidad Cuerpos y Almas, porque sus obras albergan la presencia y tensión corpórea de los materiales –para él siempre nobles- de la piedra y la madera, al tiempo que su significado, una vez manipulados por la mano creativa que les da forma artística.




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