jueves, 22 de octubre de 2009

Museo Sacro en la Residencia de San José de El Escorial



Julia Sáez-Angulo


En 2002 se hizo la reforma de la hermosa Residencia de San José de El Escorial, rodeada de jardines y construida en los años 1966 por el arquitecto Aranguren. Fue entonces, con motivo de la reforma, cuando la provincia norte de la congregación decidió aunar en ella los bienes histórico-artísticos de su propiedad, a modo de museo o conjunto de colecciones, que hablan de su historia fundacional, trayectoria y logros a lo largo de más de dos siglos en España. La mayoría de los numerosos libros antiguos que atesoran quedaron en la biblioteca de la gran sede en Miranda de Ebro (Burgos), el enorme convento de San Francisco, la casa madre, que adquirieron de los franciscanos al llegar de Francia. Convento que estaba abandonado tras la desgraciada desamortización de Mendizábal, verdadero azote del patrimonio histórico artístico español.

Este Museo de los Sagrados Corazones de la zona norte de España está dentro del edificio de la Residencia de San José, en un precioso espacio zigzagueante de la parte superior, con todas las garantías de seguridad posibles, desde la térmica –se conserva a una temperatura constante- a la antirrobos. El pequeño gran museo de los SS.CC. alberga casi un millar de piezas custodiadas, que se reparten por colecciones o temas: pintura, escultura, grabados, ornamentos textiles; objetos litúrgicos... También cantorales, antiguas Biblias (una de ellas políglota en cinco lenguas clásicas muy apreciada en la comunidad), viejos testamentos en pergamino y libros sagrados, además de colecciones singulares de relojes de bolsillo y de muñeca, plumas estilográficas y monedas conmemorativas. Las joyas de este museo estarían en una serie completa de grabados de Durero, de la que sólo se han expuesto veinticuatro y una hoja manuscrita del autor de la Summa Theologica de Santo Tomás, Aquino. Junto a ellas una Virgen románica francesa en marfil; un bello y sereno Ecce Homo, de pintura española; una deliciosa talla estofada de la Inmaculada del siglo XVIII; dos Cristos filipinos de marfil...

“Buena parte de esta instalación se debe a Santiago López, que fue padre provincial y falleció el año pasado”, explica José Antonio del Río, religioso al cargo de la Residencia San José, donde, además de acoger a los religiosos ancianos y jubilados de la congregación, tienen lugar reuniones de todo tipo, desde la conferencia episcopal a capítulos de diversas órdenes o congregaciones religiosas, amén de retiros y convivencias espirituales. “Santiago López era un hombre muy preparado, estudió Filosofía y Letras y conocía muy bien el arte. El mismo era un pintor notable, sobre todo como paisajista. Le gustaba la naturaleza y la plasmaba en su pintura. Él fue el artífice principal de este museo del que nos sentimos orgullosos”.

El padre Del Río es consciente de que el hecho de agrupar las piezas valiosas en estas colecciones ayuda a preservarlas y controlarlas. “Se ha hecho un inventario cuidadoso y exhaustivo que permite su identificación y control en todo momento”. Hay piezas de mobiliario que vienen de las familias de los religiosos, como el escritorio con dos sillones de cordobán del XIX o primeros del XX. También de algunas donaciones de particulares para las casas conventuales, que hoy se estima más conveniente que estén en el museo, así se le llama interiormente.

Por otro lado y en diferentes vitrinas se exponen curiosas colecciones, una, de casi doscientos relojes antiguos de bolsillo, y, otra, de cucharillas de agua para la Santa Misa, recopiladas en su día por el padre José Luís Lozano. A ellas se suma otra vitrina con relojes de pulsera de caballero. “Buena parte de los ejemplares vienen de los religiosos, familiares o amigos que los entregaban al padre Lozano, el coleccionista ya fallecido”, explica J. A. del Río. Junto a estas vitrinas, otras con una colección de más de medio centenar de plumas estilográficas y otra de monedas y medallas conmemorativas de efemérides religiosas, fundamentalmente de la santa Sede, con efigies de diversos papas y santos.


Conjunto de pinturas de Santiago López


Esta Congregación fue fundada el 24 de diciembre de 1800 por el padre francés José María Condrín y por la aristócrata Henriette Aymer de la Chevalerie. La Congregación ha procurado, sobre todo en los últimos tiempos de contar con buenos arquitectos y artistas a la hora de construir y equipar iglesias, residencias o centros. La iglesia del Padre Damián, en la plaza de los Sagrados Corazones de Madrid, inaugurada en 1963, se encargó al arquitecto García de Pablos. Allí se colocó un espléndido Cristo gótico de unos dos metros de altura procedente de La Rioja, y se contó con el artista contemporáneo Vaquero Turcios para que hiciera el Vía Crucis. Para el convento de San Miguel del Monte en Burgos, se le encargó en su día un gran azulejo al artista Padrós sobre las cuatro edades de Cristo: infancia, vida oculta, vida pública y crucificada. Allí quedó instalado después de vender el gran caserón a la Diputación de Burgos para una residencia de ancianos. De San Miguel procede una gran tabla sin policromar, de bella factura, que representa la Asunción de la Virgen y que hoy se guarda en el Museo de la casa de El Escorial.

Por su parte, la Residencia de San José cuenta, entre otros, con cuadros de algunas firmas contemporáneas, como la del pintor José Luís Olea, en un interesante nocturno sobre el monasterio de El Escorial o las pinturas de Santiago López. Para las habitaciones se encargó una curiosa serie de El Cristo roto, siguiendo la poética de los versos del padre Cué, que, después de la aparición de la imagen de un crucificado sin brazos, tras el desastre de la Guerra Civil de 1936, habla de que “mis brazos sois vosotros”, refiriéndose a los cristianos.

Podría decirse que los religiosos de los SS.CC. siguen las pautas recomendadas por la Santa Sede, a través de su comisión de Cultura, de que se cuide la ornamentación litúrgica y la imaginería o iconografía del culto, contando con artistas señeros y respetuosos de nuestros días. Después de todo, es la manera de seguir adecuadamente la historia y la tradición de la Iglesia en numerosas catedrales, conventos, colegios y otros recintos sacros.

Volviendo al Museo de los Padres de los SS.CC. en El Escorial cabe destacar el apartado de ornamentos textiles sagrados, donde se conservan numerosos ternos y capas pluviales de terciopelo bordados en oro y plata o de distintos brocados; casullas góticas de guitarra; estolas, porta-corporales, paños de hombros, amitos y antiguos hábitos, en su mayoría con el escudo de los Sagrados Corazones rodeados de la corona de espinas. También estandartes con temas eucarísticos. Todo un despliegue textil de gran valor, instalado en parte en antiguos confesionarios de rejilla con tres cuerpos de madera.

Muy cerca, bajo un viejo palio, tres grandes custodias de plata o plata sobredorada, muy queridas en la congregación: una de ellas, con los cuatro evangelistas rematada por una cruz de esmaltes con la Inmaculada y enriquecida con pedería; otra, con gran profusión y riqueza de halos o resplandores. No olvidemos que la congregación profesa una gran devoción a la Eucaristía, por lo que, junto al palio, a modo de instalación memorial, se ha colocado un reclinatorio neogótico sobre el que reposan un Libro de Horas y una antigua capa roja con la que los religiosos llevaban a cabo la adoración nocturna.


Ciriales, píxides, portapaces, patenas


Junto a las custodias, números objetos litúrgicos como candelabros, hachones, ciriales, incensarios, navetas, píxides, portapaces, relicarios, patenas, porta-comuniones... “De todo ello había muchas más piezas, que tristemente fueron desapareciendo en etapas más confiadas, de puertas abiertas en nuestras casas, por ello ahora hemos querido inventariar, fotografíar y custodiar la obras que tenemos en nuestro haber. Son nuestra historia”, explica el padre del Río.

El ámbito de crucificados y cruces es numeroso en formas, tamaños y materiales: desde los citados cristos filipinos en marfil o en talla de madera, hasta cruces pectorales en azabache, lapislázuli, ágatas, amatistas, pórfido... pasando por la Cruz de Jerusalén, en madera taraceada de nácar o una cruz relicario con Lignum Crucis, procedente de Santo Toribio de Liébana, regalo de los padre Jerónimos a los corazonistas, en agradecimiento por la custodia de sus bienes litúrgicos en tiempos de la guerra civil del 36. Junto a ellas una cruz del siglo XX con un Cristo de Subirach, procedente de Cataluña.

Una serie notable de iconos, en su mayoría rusos, hablan de la presencia de los corazonistas en Rusia, antes de la llegada del comunismo. Muchos de ellos están recubiertos en metal plateado o dorado al gusto ortodoxo y en su mayoría representan al Patocrator o a la Virgen Teotocos, rodeados de santos.

Para que nada falte, tres obras del siglo XX sobre papel del artista sevillano Francisco Gordillo. “Llegaron aquí porque el pintor estaba emparentado con un padre corazonista”, explica Del Río.

En un habitáculo aparte se encuentra el Espacio del Padre Damián, el misionero de los leprosos en la isla de Molocay (Haway), en el que se han instalado piezas de su iconografía en pintura, escultura o devocional, así como reliquias textiles del gran santo, cuya vida fue llevada al cine. También hay algunas piezas etnológicas de la isla oceánica.

La trayectoria misionera de la congregación les ha llevado a valorar el arte étnico de otras latitudes, principalmente de África, ya que el museo cuenta con un espacio en el que se muestra una apreciada colección de genuinas máscaras del continente, muchas de ellas estimados regalos de jefes de tribu agradecidos a los corazonistas por su labor humanitaria y religiosa. Junto a las máscaras, algunos instrumentos musicales de curiosa belleza formal y un Nacimiento tallado en madera clara, que luce no lejos de otro más grande, procedente de Paraguay, con las figuras navideñas en cerámica.

El Museo de los religiosos de los Sagrados Corazones tiene valor material, artístico y testimonial de la historia de una congregación durante dos siglos. Valdría la pena, quizás, que en un futuro se abriera al público, al menos un día a la semana, si se contara con un espacio que no interfiriera la marcha de la vida comunitaria y una museografía aún más protegida y adecuada para una exposición segura. La Comunidad de Madrid podría apoyar esta gestión para enriquecer su panorama museístico. No olvidemos que son cada vez más numerosos los monasterios y conventos que exponen sus bienes artísticos para disfrute y educación cristiana de peregrinos y ciudadanos. Una valiosa red de museos monásticos y conventuales que enriquecen el panorama artístico del país.


No hay comentarios: