miércoles, 29 de abril de 2026

MES DE MAYO, MES DE LAS FLORES, MES DE LA VIRGEN. (Cuento y debate teológico)

Vallisoletano,  andaluz y  bilbaíno.

Virgen medieval hispánica en Madrigal de las Altas Torres.
Virgen de la Esperanza de Triana

    Julia Sáez-Angulo

    01.05.2026

El obispo me pidió predicar un curso de Mariología a un buen número de sacerdotes en un centro espiritual de Madrigal de las Altas Torres, Valladolid. El lugar tenía ese silencio denso de las casas de retiro, donde hasta las pisadas parecen pedir permiso. El oratorio era amplio, cómodo, con bancos de madera bien lustrados y, al fondo, un retablo que sostenía una Virgen barroca de una belleza que, sin exagerar, imponía recogimiento.

No era una belleza fácil. No era dulzona ni complaciente. Tenía algo de gravedad en el rostro, una melancolía apenas insinuada en los ojos, como si supiera ya el destino que la tradición le había asignado. Aquella imagen no pedía halagos; pedía silencio.

Comencé las clases explicando un documento de la Santa Sede de 2025, Mater Populi Fidelis (Madre del Pueblo Fiel), aprobado por León XIV, que insistía en un principio fundamental: la mariología debía situarse siempre dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia, evitando tanto la exageración devocional a María, como la reducción racionalista. El documento pretende evitar el título de “corredentora”. Redentor es solo Cristo. Tampoco repetir lo de “mediadora de todas las gracias” u “omnipotencia suplicante”, para utilizar el gran títulos de la Tradición: “teotokos”, madre de Dios, o intercesora.

Uno de los sacerdotes intervino:

—Sin embargo, la piedad popular a veces va más allá de estos límites…

—Sí —respondí—, y ahí está nuestra responsabilidad pastoral. No para sofocar esa piedad, sino para iluminarla. La fe del pueblo no es un error; pero necesita ser purificada, orientada, conducida hacia su centro, que es Cristo. Esto —continué— no empobrece a María. La sitúa en su verdad.

Expliqué que la tradición de la Iglesia había afirmado con precisión los dogmas marianos —la maternidad divina, la virginidad, la Inmaculada Concepción, la Asunción— no como privilegios aislados, sino como expresiones del designio salvífico de Dios en Cristo. Decir que María es Theotokos, Madre de Dios, no es tanto hablar de ella —insistí— como confesar quién es Cristo.

La mañana transcurrió con atención razonable. Algunos tomaban notas, otros asentían con gravedad, y unos pocos —los menos— mantenían esa media sonrisa escéptica de quien ya ha decidido no dejarse convencer. Hablé de la historia de los dogmas, de cómo el título de Theotokos no era un adorno, sino una afirmación cristológica decisiva. Hablé también del peligro de convertir la devoción mariana en una especie de competencia afectiva donde cada región, cada cofradía, cada sensibilidad, quiere a “su” Virgen más poderosa, más cercana, más eficaz.

Al terminar la conferencia, cuando el murmullo comenzaba a llenar el oratorio, oí detrás de mí una conversación que me detuvo.

Un sacerdote de Valladolid, que se sentía poco menos que anfitrión de la casa, señalaba el retablo con orgullo:

—¿Has visto qué Virgen tan hermosa tenemos en esta tierra?

El aludido, un cura andaluz de voz cálida y gesto expresivo, inclinó la cabeza, la miró un instante… y respondió con una sinceridad desarmante:

—Hombre… es más bien fea. Tendrías tú que ver las vírgenes andaluzas.

El castellano se quedó rígido, como si le hubieran tocado un nervio íntimo.

—Pues esta —replicó, señalando con el mentón— en cuanto le dices una jaculatoria o un piropo de la letanía, le salen los colores. A ver si las tuyas la igualan.

El andaluz soltó una pequeña risa, de esas que no buscan herir, pero tampoco ceden terreno.

Yo, que escuchaba a pocos pasos, no sabía si intervenir o disfrutar en silencio de aquel duelo teológico-estético que, en el fondo, era profundamente humano. Porque no discutían de arte; discutían de pertenencia, de memoria, de infancia, de procesiones, de madres y de abuelas.

En ese momento llegó don Aitor Echevarría, de Bilbao.

—¿De qué habláis?

Su voz tenía ese tono de quien no pregunta para saber, sino para ordenar la conversación.

No pude escuchar la respuesta. Conocía a don Aitor. Como buen nacido en Bilbao, llevaba consigo una convicción firme —y nada discreta— de que las cosas, bien hechas, solían venir del norte, sobre todo de Bilbao. Preferí retirarme. Había en aquel intercambio algo que ninguna intervención mía iba a mejorar. Al contrario: corría el riesgo de empobrecerlo.

Salí al claustro. El aire de Madrigal de las Altas Torres tenía una claridad seca, casi pedagógica. Me senté un momento y pensé en la conferencia de la tarde. Tocaba hablar de Iconografía mariana.

Y entonces entendí que no tenía que “poner orden” en nada. Tenía, más bien, que abrir un espacio.

*****

Por la tarde, el oratorio volvió a llenarse. La Virgen barroca seguía allí, en su sitio, ajena a nuestras discusiones, a nuestras comparaciones, a nuestras pequeñas batallas regionales. Comencé despacio.

—Esta mañana —dije— hemos hablado de títulos, de dogmas, de palabras que intentan decir lo indecible. Esta tarde quisiera que habláramos de imágenes. Pero, antes de nada, conviene recordar algo sencillo y difícil a la vez: la imagen no es la realidad, sino su representación.

Algunos asintieron. Otros fruncieron ligeramente el ceño.

—La imagen —continué— sirve para recoger los sentidos, para orientar la atención, para ayudar a la oración. En el caso de la Virgen, no es María. No la contiene. No la agota. Y, a veces, puede incluso traicionarla.

Se hizo un silencio más atento.

Hablé de la ambigüedad de las imágenes en la Historia del arte, de cómo pueden elevar o distraer, sugerir o deformar. De cómo una misma advocación puede adoptar rostros distintos según los pueblos, las épocas, las sensibilidades. Una Virgen morena en Andalucía, una Virgen severa en Castilla, una Virgen casi doméstica en algunos rincones de Europa.

—Y, sin embargo —añadí— ninguna de esas imágenes es “más verdadera” que otra en sí misma. Lo verdadero está en lo que señalan, no en lo que son.

Vi al sacerdote vallisoletano mirar de reojo al andaluz. Y al andaluz sostenerle la mirada con una media sonrisa.

—Si olvidamos esto —seguí— corremos el riesgo de hacer de la estética un criterio teológico. Y entonces discutiremos sobre belleza, como si estuviéramos defendiendo la fe. Pero la fe no depende de si la talla nos parece más o menos lograda.

Hice una pausa.

—El corazón de la figura de María en la historia de la cristiandad no está en su representación artística, sino en su relación con Cristo. Por eso el título de Theotokos, Madre de Dios, es la clave. Todo lo demás —devociones, letanías, piropos incluso— tiene sentido si nos conduce ahí. Y pierde su norte si nos aleja de ello.

El silencio ya no era solo atento; era denso.

—Podéis seguir queriendo a vuestras vírgenes —concluí—, podéis emocionaros ante ellas, discutir incluso sobre cuál es más bella. Eso es humano y, bien llevado, puede ser incluso hermoso. Pero no olvidéis nunca que la belleza que importa no es la de la madera o la policromía, sino la de lo que esa imagen os invita a contemplar.

El riesgo de nuestra predicación —añadí— no es amar demasiado a María, sino hacerlo de manera desordenada. Cuando la devoción se independiza de la revelación, se debilita. Cuando, en cambio, se arraiga en ella, se fortalece. Volvamos a las fuentes: la Escritura, la tradición viva, la liturgia. María en el Evangelio no habla mucho. Pero cuando lo hace, su palabra es decisiva: “Hágase en mí según tu palabra”. Esa es su teología fundamental.


Me levanté y me acerqué al retablo.

—Miren esta imagen —dije—. No predica por sí misma. Remite. Toda verdadera imagen mariana es, en el fondo, cristológica.

Al terminar, nadie aplaudió. Tampoco era necesario. Mientras salíamos, el cura de Valladolid se acercó al andaluz.

—Bueno… —dijo—, fea del todo tampoco es.

El andaluz sonrió.

—Y las mías… tampoco son todas guapas.

Se rieron los dos.

A unos pasos, don Aitor, el bilbaíno, observaba la escena en silencio, como si estuviera evaluando si aquello merecía su aprobación. Al fin intervino:

-Sí, pero la virgen de Begoña…

No pude oír más. Otro cura se acercó a consultarme una duda

La Virgen barroca del retablo, seguía igual: inmóvil, serena, ajena a nuestras categorías. Y quizá, pensé, ahí estaba su verdadera enseñanza.

Virgen de Begoña o Madre de Dios de Begoña. (Vizcaya)


ISABELLE HIRSCHI, FOTÓGRAFA: ECUADOR CULTIVA ROSA PARA EL MUNDO ENTERO

Rosas ecuatorianas



 


martes, 28 de abril de 2026

LUCÍA ETXEBARRÍA, AUTORA DE "PATOCRACIA. Cómo destruir un país en ocho años"", POR VIRGILIO VIVAS Y JULIO TOVAR.

Lucía Etxebarría, escritora.
Virgilio, Lucía y Julio


Julia Sáez-Angulo
Fotos: Luis Magán

28/4/26.- Madrid.- Lucía Etxebarría es la autora del libro "Patocracia. Cómo destruir un país en ocho años", presentado por los escritores Virgilio Vivas y Julio Tovar en un amplio reservado del restaurante “El Sur de Atocha” (Atocha, 74).
    El libro, editado por La Esfera de los Libros, utiliza el término patocracia para describir sistemas de poder dominados por personas con personalidades patológicas.         La autora analiza el panorama político y cultural de España, integrando su experiencia personal de cancelación pública con una crítica a las políticas de los últimos ocho años, especialmente por discrepar sobre los trans, el feminismo y la situación de Venezuela.
    Etxebarría denuncia de la llamada "cultura de la cancelación" y analiza las consecuencias de leyes específicas, como la Ley Trans, y la proliferación de organismos públicos que denomina "chiringuitos".
    El libro “Patocracia”, cuenta diversos episodios de acoso personal sufridos por la autora a raíz de sus opiniones y señaló otros, como el caso del escritor Sabater. 
Lucía Etxebarría se manifestó como socialdemócrata que ha votado sistemáticamente siempre al PSOE, hasta comprobar la exclusión y cancelación que el partido lleva a cabo con las personas que manifiestan cierto disenso. “El PSOE de hoy no es la verdadera socialdemocracia”, dijo. Denunció el lenguaje de perroflautas de algunos políticos y el peligro de España de caer en un chavismo, con actuación que van desde intervenir y deslizarse en los medios informativos, en los jueces, en la cooptación de empresas, la falta de viviendas y  la expropiación de facto de muchas viviendas al tolerar los okupas…
    Para seguir en el poder, los políticos del Gobierno han ideado, no solo por el reconocimiento masivo de emigrantes sin garantías, sino la peligrosa Ley de hijos y nietos de republicanos exiliados, que no han estado nunca en España y puede ser un coladero para manipular el censo electoral, al concederles la nacionalidad española de modo general.
    Lucía Etxebarria de Asteinza (1966) escritora, licenciada en Periodismo y graduada en psicología, además de máster en Neuropsicología con especialización en Escritura Expresiva. Es madre de una hija.
    Doctora honoris causa en la Universidad de Aberdeen (Escocia), donde impartió clases de escritura y guion, y participó en diversos seminarios y conferencias.
    Hasta la fecha ha escrito catorce novelas, tres libros de poesía y una docena de ensayos, además de obras teatrales y guiones. Su primera novela, Amor, curiosidad, prozac y dudas (1997) fue un revulsivo en su momento y sigue reeditándose desde entonces. Beatriz y los cuerpos celestes (1998) mereció el Premio Nadal; De todo lo visible y lo invisible (2001), el Premio Primavera de Novela, y Un milagro en equilibrio (2004), el Premio Planeta. Sus dos últimas obras son Selene y los cuatro elementos (2021) y La escritura que cura (2024).
    Durante el acto también se habló del libro del venezolano Virgilio Vivas, titulado “Alejandro y el comandante” Kalathos Ediciones. 2026, con prólogo de Lucía Etxebarría.
    El evento estuvo muy concurrido de público, con diversos escritores, como Andrés Villavicencio.

Lucía Etxebarría










Asistentes hasta en el suelo de "El Sur de Atocha"







"El año del hambre en Madrid", de José Aparicio. El Museo del Prado inaugura el formato expositivo “Una obra, una historia”

Detalle de El año del hambre en Madrid (1818) de José Aparicio. Museo Nacional del Prado, en depósito en el Museo de Historia de Madrid

En su día fue el cuadro más popular y más apreciado por Fernando VII

             L.M.A.

            28.04.2026.- Madrid.- El Museo del Prado inaugura el formato expositivo “Una obra, una historia”, con el El año del hambre en Madrid, de José Aparicio. Este enorme cuadro (315 x 437 cm), hoy desconocido para el gran público, acaparó en su día todas las miradas en el museo, donde llegó a eclipsar a las figuras de Francisco de Goya y José de Madrazo durante el reinado de Fernando VII.

    “El objetivo es invitar al espectador a contemplar una obra que, más allá de sus méritos estéticos, nos ayuda a reflexionar sobre aspectos de la historia del arte que a menudo pasan inadvertidos", según Miguel Falomir, director del museo.

     Aclamada como un gran hito artístico de su tiempo, jaleada en la prensa, multiplicada en estampas, celebrada en canciones y poemas, esta pintura de historia también sirvió como artefacto político. La reconstrucción de su ubicación original en el Museo del Prado en 1819, convertida en uno de sus principales iconos —por encima de obras hoy indiscutibles como Las meninas—, desvela el peaje ideológico que impuso el absolutismo de Fernando VII.

     La muestra analiza, hasta el 13 de septiembre en la sala 66 del edificio Villanueva, el auge y caída de una gloria nacional que pasó de ser la metáfora visual más potente de la España del siglo XIX a convertirse en mera anécdota local. Mediante este ejercicio expositivo, el Prado invita a reflexionar sobre los vaivenes del arte y de la crítica, la propaganda, la invención del gusto y el papel de los museos.

Más información

https://www.youtube.com/watch?v=cbrqKZj3K6s

https://www.youtube.com/watch?v=ktvCyquN1Pc


“AUNQUE VIVA CIEN AÑOS”, DE SILVIA RIBELLES DE LA VEGA, UN RETRATO DURO Y REAL SOBRE LA GUERRA CIVIL EN ASTURIAS

Oviedo, 1936: Adiós a la inocencia

La historiadora asturiana rescata la memoria del asedio a la capital del Principado a través de los ojos de un niño, Cesáreo, que perdió su infancia y su mundo bajo las bombas.


Silvia Ribelles, escritora

L.M.A.

MADRID, 20 de abril de 2026 – Oviedo, septiembre de 1936. “Nunca le había gustado doña Delfina porque era una chismosa, pero, en aquel momento tan trágico, su abrazo significaba mucho. Un humo negro y espeso se levantaba sobre las ruinas de lo que había sido su casa. Un olor fuerte y tóxico lo impregnaba todo a su alrededor; el calor del fuego aún sin extinguir le laceraba la espalda (...)” Así comienza Aunque viva cien años. De la familia al completo, padre, madre, abuela y el hermano Juanín, apenas sigue en pie un niño. Las bombas han borrado en un instante todo cuanto conocía Cesáreo: el calor de una cocina, la voz del hermano o la madre, las tardes de fútbol, aquel beso. Y, aun así, no puede quedarse. Solo si consigue huir habrá conservado la vida y su memoria. ¿Es acaso eso salvarse?  ¿Qué queda, entonces, de nosotros cuando los que nos conocieron ya no están? La novela se presenta no solo como una ficción narrativa, sino como un acto de justicia poética con una generación que está empezando a desvanecerse.

    Aunque viva cien años, novela escrita por Silvia Ribelles de la Vega y que publica Almuzara, levanta desde las cenizas el mundo que una guerra destruye, narrado por voces que aún lo ignoran irretornable, y lo enfrenta dialécticamente con los días rotos de después, donde la suerte es dejada, en su tragedia, a merced de extraños rostros de indiferencia o compasión entre los que tal vez cabe algún viejo conocido. Cesáreo está solo. Él es su única familia: “Sonó otra explosión, afuera, aún distante. Estaba solo en aquel enorme recinto. De repente sintió que, si pudiera, se quedaría allí toda la guerra, toda la vida. El silencio, entre bombazo y bombazo, era casi total; le inspiraba una paz y un sosiego que solo había sentido alguna vez tirado bajo un árbol, mirando las nubes pasar entre el verdor de las ramas una tarde de verano, o sentado en el sillón de su casa mientras la lluvia repiqueteaba en los cristales (...)”.

    Dos épocas se van entrelazando, mutuamente tensándose y doliéndose, mientras Cesáreo combate a un tiempo por quedarse y marcharse, por seguir siendo. Silvia Ribelles de la Vega firma, con esta atípica y preciosa novela, una mirada única sobre la última contienda civil española… y sobre todas: la de aquellos a quienes la historia condena a sobrevivir en tierra de nadie. Cuando la idea no redime, su relato nos redescubre la virtud liberadora del recuerdo y el precio silencioso de olvidarse de vivir.

    En un panorama literario actual a menudo volcado en la inmediatez, Ribelles de la Vega propone un viaje pausado hacia la introspección. Aunque viva cien años explora los hilos invisibles que unen a las familias, las heridas que el tiempo no siempre cierra y la sabiduría que reside en lo cotidiano. El presente durísimo de Cesáreo se alterna con los recuerdos de una vida de niño, sin preocupaciones, con el único deber de estudiar y jugar. Los chavales del fútbol, las excursiones, el nuevo colegio, don Atilano, la playa… Y la figura salvadora del tío Jacinto, un hombre que viaja por todo el mundo y del que guardan, él su hermano, verdaderos tesoros traídos de África.

    Con una prosa cuidada y una sensibilidad propia de quien conoce bien los recovecos de la historia, la autora logra que el lector se identifique con las vivencias de sus protagonistas. La obra destaca por la ambientación emocional, un retrato vívido de las raíces y el sentido de pertenencia, la fuerza de los personajes, mujeres y hombres reales, con luces y sombras, que atraviesan décadas de cambios sociales, además de por su valor histórico que deja ver el trasfondo de la realidad española, narrado con la precisión de una historiadora pero con el corazón de una novelista.

    La novela discurre por una geografía emocional ligada al norte de España que sitúa al lector en enclaves emblemáticos que cobran una nueva dimensión bajo la pluma de la escritora, Oviedo y Gijón (el preciso día de playa, las visitas a la casa de la tía Felicitas, madre del tío Jacinto) en el presente y en los recuerdos, son dos personajes más que van enseñando sus plazas, sus calles angostas, sus comercios, sus librerías.

    Silvia Ribelles de la Vega (Oviedo 1969) es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y doctora en Historia por la Universidad de Extremadura. Especialista en las relaciones entre España y Gran Bretaña durante II República y la Guerra Civil, también ha explorado el papel de los comunistas españoles exiliados en la Francia de Vichy y la deportación española a Mathausen. 

    Fruto de ello son, además de un puñado de artículos académicos, su estudio La Marina Real británica y la Guerra Civil en Asturias (1936-1937) [2008] y sus biografías Luis Montero Álvarez, Sabugo: en los abismos de la historia [2013] y Un diplomático al servicio de Su Majestad: sir George Dixon Grahame (1873-1940) [2021], así como la obra El galeón de Manila. La ruta que cambió el mundo [2023; coescrita con Rafa Codes]. 

    Ha colaborado con el Instituto Cervantes de Los Ángeles y, como conferenciante, con la Armada en España. Forma parte como investigadora del proyecto Newsreels, desarrollado conjuntamente por The Packard Humanities Institute y UCLA Film & Television Archive, que ha digitalizado el archivo de filmaciones inéditas de la guerra civil española de W. R. Hearst. Reside en Los Ángeles con su familia.


NUEVA EDICIÓN DE "VERSIONA THYSSEN", DEL 27 DE ABRIL AL 17 DE MAYO DE 2026 . CON LA COLABORACIÓN DE LA COMUNIDAD DE MADRID


___________________________________________________________________________________________________________________ Imágenes de izq. a dcha. de arriba a abajo: La sala del concejo del Ayuntamiento de Amsterdam (h.1663-1665), de Pieter Hendricksz. de Hooch; Retrato de una joven dama con rosario (h. 1609-1610), de Peter Paul Rubens; Bodegón con gato y pescado (1728), de Jean Baptiste Siméon Chardin; Calle con prostituta de rojo (1914-1925) de Ernst Ludwig Kirchner; Atardecer (1888), de Edvard Munch, y Retrato de un hombre de la isla de Dominica (?) (h. 1770-1780), de Círculo de sir Joshua Reynolds (?). 

L.M.A

28/4/26.- Madrid.- Los artistas invitados son Lucía Solla Sobral, Mister Piro y Belin El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, con la colaboración de la Comunidad de Madrid, presenta la vigesimoquinta edición de #VersionaThyssen, una convocatoria que, por primera vez, elimina el límite de edad, permitiendo que cualquier persona a partir de los 16 años pueda dar rienda suelta a su imaginación y realizar una versión de una de las obras elegidas de la colección permanente. 

Hasta el 17 de mayo está abierto el plazo para presentar las creaciones en Instagram, incluyendo los hashtags #VersionaThyssen25 y #VersionaThyssen, la mención a @museothyssen, el título de su obra y el título del cuadro versionado. Cada participante puede enviar todas las reinterpretaciones que quiera y optar así a alguno de los premios de esta convocatoria, que van de 500 a 1.000 euros y ventajas en el museo. 

Las seis obras propuestas para versionar en esta edición son: Retrato de una joven dama con rosario (h. 1609-1610), de Peter Paul Rubens; La sala del concejo del Ayuntamiento de Amsterdam (h.1663-1665), de Pieter Hendricksz. de Hooch; Bodegón con gato y pescado (1728), de Jean Baptiste Siméon Chardin; Retrato de un hombre de la isla de Dominica (?) (h. 1770-1780), de Círculo de sir Joshua Reynolds (?); Atardecer (1888), de Edvard Munch, y Calle con prostituta de rojo (1914-1925) de Ernst Ludwig Kirchner. 

Los artistas invitados de esta convocatoria son Lucía Solla Sobral, Mister Piro y Belin, como ya lo fueron anteriormente Hugáceo Crujiente, Flavita Banana, Coco Dávez, Rocío Quillahuaman, Lara Lars o Polinho Trapalleiro, entre otros. Además, forman parte del jurado que seleccionará los trabajos ganadores, junto a representantes del museo y de la Comunidad de Madrid. 

La entrega de premios tendrá lugar el viernes 27 de mayo a las 21:00 horas, durante la apertura nocturna de varias salas de la colección permanente en las que se podrán ver algunas de las versiones presentadas al concurso junto a las obras originales. El evento contará con la actuación musical de Las Petunias y las entradas serán gratuitas, previa reserva online a partir del 25 de mayo. Toda la información relevante sobre el concurso puede encontrarse en la web del museo: 

https://www.museothyssen.org/concurso-versionathyssen


AURÈLIA MUÑOZ. "ENTES", la retrospectiva más ambiciosa de la artista que renovó el lenguaje escultórico textil del siglo xx ​​​​

Se podrá ver desde el 29 de abril hasta el 7 de septiembre de 2026

        L.M.A.

            28.04.2026.- Madrid.- La exposición, que conmemora el centenario de su nacimiento, recorre cinco décadas del universo creativo de Aurèlia Muñoz a través de más de 150 obras, muchas de ellas inéditas, o no expuestas hasta ahora en museos. En ella se podrán ver sus emblemáticos macramés, los bordados, la serie de Pájaros-cometa o sus libros alados, entre otros.​​​​ 

Aurèlia Muñoz. Entes, 2026. Vista de la Sala 2: La escultura anudada. Fotografía: Fátima Sanz ©Herederos de Aurèlia Muñoz.

    El director del Museo Reina Sofía, Manuel Segade, ha presentado hoy la exposición Aurèlia Muñoz. Entes junto con Elvira Dyangani, exdirectora del MACBA (2021–2026) y el equipo curatorial de la Fundació EINA, con los comisarios Manuel Cirauqui y Rosa Lleó, junto con Sílvia Ventosa, responsable del Archivo Aurèlia Muñoz.

    Entes es la retrospectiva más ambiciosa que se ha hecho hasta la fecha de la artista Aurèlia Muñoz (Barcelona, 1926–2011), una figura clave en la renovación del lenguaje escultórico textil europeo del siglo XX.  Organizada por el Museo Reina Sofía y el MACBA, Museu d’Art Contemporari de Barcelona, para conmemorar el centenario de su nacimiento, la muestra recorre toda la trayectoria de la artista, desde sus inicios, en los años 50 hasta principios del siglo XXI.

    Exposición organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el MACBA Museu d’Art Contemporani de Barcelona.