03.08.2026.- Madrid.- Ignacio Puras Trimiño (Burgos, 1959). Se formó en la Escuela de Artes aplicadas de La Bourse en Bruselas (Bélgica) y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Licenciado en las especialidades de Teoría de las Artes y de Pintura en las Universidades de Venecia (Italia) y Bruselas (Bélgica). Desde 1976 ha participado en multitud de exposiciones colectivas y algunos concursos en diversos países de Europa, América y Asia. Coordina el Grupo "Por Amor al Arte".
lunes, 3 de agosto de 2026
IGNACIO PURAS. Gran dibujante realista con el grafito
03.08.2026.- Madrid.- Ignacio Puras Trimiño (Burgos, 1959). Se formó en la Escuela de Artes aplicadas de La Bourse en Bruselas (Bélgica) y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Licenciado en las especialidades de Teoría de las Artes y de Pintura en las Universidades de Venecia (Italia) y Bruselas (Bélgica). Desde 1976 ha participado en multitud de exposiciones colectivas y algunos concursos en diversos países de Europa, América y Asia. Coordina el Grupo "Por Amor al Arte".
Diario Escurialense XI.- MICHI MUELA Y LA COLECCIÓN DE ELEFANTES
Julia Sáez-Angulo
Fotos: J.S.A.
El Escorial, 2 de agosto de 2026.- Hay vidas que no se miden por los años, sino por los objetos que han ido recogiendo el paso del tiempo. Basta entrar en una casa para descubrir quién ha vivido en ella. Un libro abierto, una escultura, un cuadro, una porcelana… Todo habla en voz baja. La casa de Michi (Ana María Muela) ha sido, durante muchos años, un pequeño museo de afectos.
Fue corredora de seguros cuando aquella profesión exigía recorrer oficinas, llamar a muchas puertas y convencer con la palabra. Eran los años ochenta y noventa. Ella recuerda aquel tiempo con una serenidad desprovista de nostalgia. Confiesa, sin rodeos, que ganó mucho dinero. «Tenía poder de convicción», dice. Pero enseguida explica que la convicción nacía del entusiasmo. Nunca vendía con artificios; hablaba con fe en aquello que ofrecía.
Su aspecto acompañaba siempre esa manera de ser. Vestía traje sastre de impecable corte, zapatos discretos y un pequeño sombrero sujeto sobre el cabello. Sin ostentación. Sin joyas llamativas. Con esa elegancia silenciosa que no busca llamar la atención y, precisamente por eso, la consigue.
El sombrero la caracterizaba. Tiene una buena variedad de ellos.
Nunca olvidó el comentario que un día hizo el director de una importante empresa constructora. La condujo hasta la sala donde trabajaban todos sus empleados y, señalándola con cordialidad, dijo:
—Así debe venir una persona a trabajar. Tomen nota.
No era un elogio a la moda. Era un homenaje al respeto por el trabajo bien hecho.
Con los años Michi fue comprando cuadros, esculturas, grabados y libros de artista. Decía que adquirir una obra era también una forma de ayudar a quien la había creado. Las paredes comenzaron a llenarse, los rincones desaparecieron bajo nuevas piezas y terminó comprando un chalet en la sierra oeste de Madrid, donde el arte encontró por fin espacio para respirar.
Pero había otra colección mucho más entrañable.
Desde muy joven comenzó a reunir elefantes. Llegó a juntar 500.
No fue un capricho. Ella misma cuenta que descubrió en la India la extraordinaria nobleza de ese animal. Le impresionó verlo ayudar al ser humano, transportar personas y cargas con una paciencia inmensa y una fuerza siempre obediente. Comprendió entonces que la grandeza puede ir unida a la mansedumbre.
Había además un recuerdo de infancia. En los circos, cuando aparecía el elefante, los niños olvidaban todo lo demás. Su inmensa presencia despertaba admiración y ternura al mismo tiempo. Era el gigante bueno, el animal capaz de llenar por sí solo toda la pista con su caminar pausado.
Quizá por eso comenzó una colección que la acompañaría durante toda la vida.
Elefantes de porcelana, bronce, ónice, obsidiana, metal, cristal, papel maché… Grandes y diminutos. Familias enteras con padre, madre e hijo en fila india. Colgantes, pendientes, pequeñas figuras traídas de viajes y otras regaladas por amigos que conocían aquella pasión.
Hoy, cuando frisa los ochenta años, contempla aquella inmensa manada con una sonrisa tranquila. Ya no siente deseo de conservarla. Al contrario. Quiere que cada elefante encuentre un nuevo hogar. Muchos los entrega a mercadillos solidarios de la Iglesia para que, al venderse, continúen haciendo el bien de otra manera.
He almorzado hoy con ella es su chalet de Las Matas. Al despedirnos, abrió una vitrina y dijo con toda sencillez:
—Escoge un elefante. Quiero que lo tengas como recuerdo mío.
Recorrí lentamente la mirada por aquella multitud de elefantes y me detuve en uno de bronce, pequeño, sobrio, con la trompa levantada hacia el cielo. Descubrí que en aquella trompa podía colgar mis anillos cuando llegara a casa.
Ahora permanece sobre una cómoda. Algunas tardes la luz se posa sobre el bronce y parece devolverle vida. Entonces comprendo que aquel elefante no es solamente un recuerdo. Es el símbolo de una amistad, de una mujer que supo trabajar con entusiasmo, vivir con elegancia, apoyar a los artistas y desprenderse de sus tesoros con la misma alegría con la que los reunió.
Tal vez esa sea la más hermosa de todas las colecciones: la de las personas que dejan huella sin hacer ruido, igual que los elefantes, cuyo paso parece lento, pero permanece para siempre en la memoria de quienes los han visto pasar.
Más información
https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=Ana+Mar%C3%ADa+Muela
Michi Muela, corredora de Seguros y coleccionista.domingo, 2 de agosto de 2026
Diario Escurialense X. MI VOCACIÓN DE PERIODISTA. EL DIARIO “Ya” LLEGABA A CASA CON UN FAJÍN. La Escuela de El Debate, por don Ángel Herrera Oria
Julia Sáez-Angulo
2/8/26.- El Escorial.- Recuerdo perfectamente cuándo nació mi vocación de periodista. No fue en una Facultad ni en una redacción. Nació en casa, siendo niña, cuando el cartero dejaba cada mañana el periódico dirigido a mi padre, el “Ya”. Llegaba doblado, sujeto por un fajín de papel donde figuraba cuidadosamente escrita la dirección en Uruñuela, municipio de La Rioja. Para mí era un pequeño acontecimiento cotidiano. A veces había retraso y llegaban dos o tres ejemplares juntos
Nunca entendí por qué mi padre no estaba suscrito al periódico de nuestra tierra, Nueva Rioja, hoy simplemente La Rioja. Mis abuelos, Juan y Antonio, sí lo estaban, como la mayoría de mis tíos. Cuando visitaba sus casas, el periódico descansaba abierto sobre la mesa del comedor o doblado en el aparador. Aquellas páginas formaban parte de la vida familiar como el pan, el café o la conversación de la sobremesa. Nunca pregunté en casa por qué nosotros elegimos el “Ya” en vez del periódico local, así que me quedé sin saberlo.
Poco me importaba entonces la cabecera del diario. Lo verdaderamente importante era el milagro que encerraban aquellas hojas impresas. Comencé leyendo los titulares, después las fotografías y, sin darme cuenta, terminé leyendo también las noticias que parecían destinadas únicamente a los adultos. Quería saber qué ocurría en España y en el mundo. Descubrí que detrás de cada página había una ventana abierta a una realidad mucho más amplia que la de mi calle o mi colegio.
Una firma me llamaba la atención, Julia Arroyo, porque era tocaya mía y, vulnerable a la vanidad, pensé que debía de ser maravilloso, escribir y publicar con tu propio nombre. Yo ya tenía veleidades escribidoras, hacía un diario con constancia y escribía relatos como el Romeo y Julieta particular entre dos familias nobles renacentistas, enfrentadas por el trono de Isabel I de Castilla o Juana la Beltraneja. Todos estos escritos se guardaron en el alto de la casa de mis padres, que con el tiempo llegó a heredar mi hermano y se perdieron entre las prisas de la vida y el desinterés por el pasado.
Cuando dije que quería estudiar Periodismo, a mi padre le pareció bien, era tolerante, pero mamá se opuso. Esa carrera no era universitaria y lo que ella deseaba de verdad era que sus dos hijas fueran a la Universidad, lugar donde a ella le hubiera encantado estar. Por la misma razón, prohibió a mi hermana estudiar Magisterio, porque no figuraba en la Universidad. Afortunadamente, hoy los dos títulos figuran en ella, con rótulos más pomposos de Ciencias de la Información y Ciencias de la Educación.
Me matriculé en la Facultad de Derecho de la Complutense. Tenía 16 años y pronto cumpliría los 17. Al llegar al tercer curso, un compañero me habló de la cercana Escuela de Periodismo, era privada y las clases se impartían por la tarde. Podría compaginarlo con Derecho. Lo propuse en casa y me permitieron ambas matrículas y libros.
La escuela de Periodismo de El Debate
Con el tiempo supe que el periódico “Ya” pertenecía a la Editorial Católica y que estaba unido a una cabecera legendaria del periodismo español: El Debate, ambos fundados por una figura que habría de despertar mi admiración: don Ángel Herrera Oria (1886-1968).
Los mentideros de Madrid, que son tremendos, decían: "El Debate" tiene una querida por la tarde, vestida de rosa, que se llama "Ya". Este último diario salía con páginas color asalmonado, como la prensa ecónomica de hoy.
Herrera Oria fundó aquella primera Escuela de Periodismo de España, la Escuela de Periodismo de El Debate en 1926 y la Escuela de Periodismo de la Iglesia en 1960. Trajo ideas novedosas para el periodismo de los Estados Unidos. Fue un pionero. La Escuela Oficial de Periodismo no llegaría hasta 1941, con Juan Aparicio.
Cuanto más leía sobre Herrera Oria, mayor era mi respeto. Había fundado una verdadera escuela de periodistas. El periodismo, para él, no consistía en llenar páginas ni en buscar sensacionalismo. Era un servicio a la verdad, una responsabilidad moral y una tarea de formación de la sociedad. El periodista debía informar con rigor, escribir con claridad y actuar con independencia de conciencia. Aquella concepción del oficio me impresionó profundamente.
Años después, don Ángel Herrera Oria, vocación tardía de sacerdote en la Iglesia, llegó a cardenal, comprendí que en su vida no existía contradicción entre la fe y el periodismo. Ambas vocaciones nacían de un mismo compromiso con la verdad. Esa idea me acompañó siempre; me la grabaron en la Escuela.
España ha dado dos grandes cardenales a la Curia Vaticana: Rafael Merry del Val, gran diplomático y Ángel Herrera Oria, gran periodista.
Sin darme cuenta, yo ya había decidido mi camino. Comencé a leer los editoriales con tanta atención como las noticias. Descubrí el placer de una buena crónica, la fuerza de una entrevista y la elegancia de un artículo bien escrito. Aprendí que un periodista debía observar antes de opinar y escuchar antes de escribir. Entre los columnistas se encuentran muy buenos escritores. No me los pierdo.
Los periódicos fueron mis primeros maestros. Mucho antes de conocer profesores o manuales de redacción, fueron ellos quienes me enseñaron el valor de la palabra escrita.
Con el paso del tiempo llegaron mis primeras colaboraciones en la sección de Tribunales, por haber estudiado Derecho, los artículos, las entrevistas, las crónicas culturales... Este último campo me captó: arte, literatura, música…He escrito miles de páginas y he conocido a personas extraordinarias. He asistido a exposiciones, conciertos, congresos, premios y acontecimientos de toda índole. Cada nuevo trabajo ha supuesto para mí la misma emoción que sentía de niña, cuando abría el periódico recién llegado.
Llegué a conocer a Julia Arroyo, ella se sumó algo tarde a la tertulia que formamos las periodistas Lourdes Ventura, Carmen Santamaría y Ana Vikandi. Todas con vocación literaria al escribir también narrativa.
A veces me preguntan por qué elegí esta profesión. Siempre respondo lo mismo: no la elegí un solo día. Fue el periodismo quien me fue eligiendo poco a poco, cada mañana, al ritmo con que el cartero depositaba aquel periódico en casa de mis padres.
Alejandro Fernández Pombo, profesor de la Escuela de Periodismo, nos dijo una vez que el Periodismo nos daría muchas satisfacciones, pero no nos privaría de algunos disgustos. Tenía toda la razón.
Recuerdo con particular simpatía al profesor de Inglés, Peter Miles, Un cincuentón con pelo ralo teñido de rubio. Un año, al cabo del tiempo lo vi en misa del Gallo en la parroquia de Covadonga. Al año siguiente, me dijeron que se había suicidado.
sábado, 1 de agosto de 2026
Diario Escurialense IX. “MARRUECOS ES UN PAÍS DE PATRIOTAS QUE TIENE AL REY COMO FLEJE", declaró, en su día, el ex presidente Felipe González. La invasión de Ceuta crea desafección grande entre españoles y marroquíes
Julia Sáez-Angulo
1/8/26.- El Escorial.- “Marruecos es un país de patriotas que tiene al rey como fleje", declaró, en su día, el ex presidente Felipe González. Esto lo contó, de acuerdo y con asentimiento, un diplomático español en el Norte de África, en una conversación con varias personas. Dado mi interés por esa geografía del norte del continente africano -mis dos libros "Historias y personajes del Norte de África" lo avalan, me hacía aguzar mi oído.
Un marroquí será y se sentirá siempre islámico/marroquí, por más que les des la nacionalidad española o de cualquier otra nacionalidad, y aunque pasen dos o tres generaciones”, añadió un funcionario internacional, que ejerció su servicio público en la misma geografía. "Eso no hay que perderlo de vista".
No hay que olvidar que Mohamed VI es el Amir al-Muminin (Comendador de los Creyentes), la máxima autoridad espiritual y jefe religioso del islam en Marruecos. Este título le otorga un poder sagrado y político que une la religión con el Estado.
Mohamed VI es un rey que se comporta como un sultán, y eso no hay que perderlo de vista. Tiene súbditos, no ciudadanos. Le obedecen por la cuenta que les tiene. Marruecos es un régimen político autoritario.
La invasión - no una simple crisis migratoria- sufrida por 60.000, marroquíes en su casi total mayoría, sobre Ceuta era una ocupación anunciada, un goteo de gente que se acercaba a la ciudad autónoma, perteneciente a España mucho antes de que existiera el sultanato de Marruecos, no era baladí. Procedían de Tetuán, Tanger, Casablanca...Las redes sociales bien estudiadas por los servicios de seguridad y algunos medios informativos lo anunciada.
Era una repetición vis de la “marcha verde” de Hassan II aggiornada, puesta al día. Una chulería como la de los “influencers” que se han hecho videos diciendo descaradamente: “Estamos en Ceuta”. Efectivamente, una ciudad con una población traumatizada por un tiempo, debido a la inacción de su Gobierno central. Los regresados han vuelto con su Comendador de los creyentes.
El “sultán” Mohamed VI ni siquiera ha sido agradecido por el regalo del Sáhara, que le hizo Pedro Sánchez, presidente trincado por los contenidos de su móvil en el caso Pegasus, que los españoles desconocemos. “Cogido por las pelotas”, que dicen los castizos.
La invasión, para más inri se hizo en la Fiesta del Trono, celebrada en Madrid, este año y otros, en la residencia de la embajadora de Marruecos. Allí estaba, entre otros políticos, el propio ex presidente Felipe González, que junto a los otros españoles invitados podrían haber dejado discretamente la embajada.
Pedro Sánchez y la embajadora, ambos a dos, hablaron de las mafias como claves y causantes de la invasión y ocupación temporal de Ceuta. ¡Ja, ja, ja!, por la simplificación del argumento.
(Estuve en una ocasión en esa Fiesta del Trono, acompañando a un historiador español, experto en el Magreb. Quisimos esperar hasta el final, dada la larga cola, y cuando llegamos ya no quedaba comida para los rezagados).
En fin, el incidente de la masiva ocupación de Ceuta consigue en primer lugar una desafección tremenda entre los pueblos español y marroquí, resultado más triste, quizás, que las consecuencias políticas que se verán a largo plazo. Y se ha empezado a decir "No compres productos marroquíes".
A la memoria me ha venido la anécdota que contaba con humor el periodista Enrique Vázquez, amante del mundo árabe, cuando un magrebí huyó con la bolsa de una asociación de amigos y un viejo colega le dijo: "Desengáñese Vázquez, el moro siempre es traidor".
Luego viene el argumento fácil de que si racismo o xenofobia. Que cada cual calibre su conducta.
Los españoles no son idiotas, no se chupan el dedo, no se tragan las inmediatas versiones de políticos que tienen como pedigrí el abuso y la mentira. Lo de “que viene el lobo” llevó a Pedro, el del cuento, a no creerle y a ver cómo devoraban a su rebaño.