lunes, 24 de agosto de 2026

EL MISTERIO DE LAS DOS REINAS MUERTAS EN VILLACASTÍN

Antiguo parador de Villacastín. Casa de Señor Conde de Campo Alanje.

Julia Sáez-Angulo

        24 de agosto de 2026.- Villacastín.- Habían nacido hermanas, hijas de Fernando I de Aragón y Leonor de Albuquerque, pero el destino las había llevado por caminos distintos, entre coronas, matrimonios y reinos enfrentados. Leonor de Aragón, reina viuda de Portugal, había regresado a España tras la muerte de su esposo y se había refugiado en Toledo. Allí llevaba ya varios meses sin noticias ciertas de su hermana María de Aragón, reina de Castilla por su matrimonio con Juan I.

La incertidumbre terminó imponiéndose a la prudencia. Leonor decidió ir a verla a Villacastín.

El encuentro tuvo algo de regreso a la infancia. Las dos hermanas se abrazaron largamente, como si en aquel abrazo pudieran borrarse los años, las distancias y las desgracias. Después hablaron durante horas. Recordaron a la familia, evocaron los días de juventud y conversaron sobre los reinos que les había tocado gobernar desde la sombra de sus matrimonios.

María le contó a Leonor las dificultades que atravesaba Castilla. El enfrentamiento entre su esposo, Juan II, y los infantes de Aragón había alcanzado extremos que parecían inconcebibles. Ella había tomado partido por sus hermanos los Infantes. Esto agravó la situación. El rey Juan II había sido hecho prisionero y encerrado en una torre, aunque finalmente había logrado escapar de su cautiverio en el castillo de Portillo (Valladolid).

    Eran tiempos turbios. La corte vivía rodeada de sospechas, intrigas y silencios.

Doña María atribuía buena parte de aquellas desgracias a la influencia del privado del rey, el bastardo don Álvaro de Luna, hombre poderoso cuya voluntad pesaba sobre los asuntos del reino y cuya sombra parecía alargarse sobre cada decisión.

    Durante los primeros días, sin embargo, las dos mujeres lograron apartarse de la política. El recoleto palacio de Villacastín les ofreció un breve refugio de intimidad. Conversaban junto al fuego, recordaban el pasado y quizá se preguntaban qué habría sido de sus vidas si el destino no las hubiera colocado tan cerca de los tronos.

    Pero al cuarto día Leonor comenzó a sentirse mal.

    Primero llegó un dolor de cabeza intenso, profundo, como si algo le oprimiera las sienes. Después aparecieron las dificultades para respirar y unas extrañas manchas cárdenas sobre la piel. María, alarmada, permaneció junto a ella sin separarse de su lecho.

    El 18 de febrero de 1445, Leonor de Aragón, reina viuda de Portugal, murió en el palacio de su hermana, en Villacastín. No hubo tiempo para comprender aquella muerte.

    Al día siguiente, María comenzó a padecer los mismos síntomas. También ella sufrió fuertes dolores de cabeza, dificultad respiratoria y aquellas inquietantes manchas que habían cubierto el cuerpo de Leonor. La enfermedad que había llevado a su hermana a la tumba parecía haber elegido ahora a la otra reina. María de Aragón murió al día siguiente.

    Dos hermanas. Dos reinas. Dos muertes separadas apenas por unas horas.

    La imaginación de la época no necesitó muchas pruebas para encontrar un culpable. Pronto comenzó a hablarse de envenenamiento. Se decía que las habían matado con hierbas; otros señalaban a los enemigos políticos de la corte. Y, como sucede tantas veces cuando la muerte llega envuelta en misterio, los rumores fueron creciendo hasta convertirse en una historia.

    El nombre de don Álvaro de Luna comenzó a circular insistentemente. Para unos, era el autor moral de la tragedia; para otros, el hombre que había desencadenado aquel desastre desde las oscuridades del poder. Su figura, ya temida y discutida en vida, quedó atrapada en la leyenda de las dos reinas muertas.

    El rey Juan, que se encontraba en El Espinar, a unos veinte kilómetros de Villacastín, recibió la noticia de la muerte de ambas mujeres. Sin embargo, no se presentó en la villa. Quizás temía a los Infantes de Aragón y desconfiaba de aquellos hombres cuyo comportamiento, según se decía, no inspiraba precisamente confianza. Se a San Martín de Valdeiglesias, sin ofrecer exequias reales a su esposa Doña María.

    Mientras tanto, María de Aragón recibió sepultura en la antigua iglesia de Villacastín. Pero aquella no era su última voluntad. Había expresado en su testamento su deseo de descansar finalmente en el monasterio extremeño de Guadalupe, lugar al que había acudido años atrás junto a su esposo y donde había encontrado el recogimiento de los monjes jerónimos.

    Su hijo, Enrique IV de Castilla, heredero de la Corona, prometió cumplir aquella última voluntad. Y la cumplió nueve años después.

    Con el paso del tiempo, la historia de las dos hermanas fue entrando en ese territorio incierto donde la memoria y la leyenda terminan por confundirse. Sus muertes simultáneas alimentaron durante siglos la sospecha de un crimen. El supuesto envenenamiento encontró defensores y detractores, y el nombre de don Álvaro de Luna quedó ligado para siempre a aquella tragedia.

    Muchos años después, los restos de las reinas fueron objeto de estudios y análisis que apuntaron hacia una explicación médica para aquellas muertes. La enfermedad contagiosa aparecía así, como una posibilidad mucho más prosaica y, quizá por eso mismo, más terrible que el veneno imaginado por sus contemporáneos.

    Pero la duda no desapareció del todo.

    La historia deja a veces una puerta entreabierta, y por ella entra la leyenda.

Hoy, la casa palaciega de Villacastín permanece silencioso. Sus paredes, heridas por el tiempo, parecen guardar todavía el eco de aquellas dos mujeres que llegaron allí para reencontrarse y que no salieron con vida. Cuatro paredes desnudas esperan una mano generosa que las restaure.

    Quizá ningún monumento sea más elocuente que una ruina cuando conserva una historia. Y aquellas piedras conservan una de las más extrañas: la de dos hermanas que fueron reinas, que se encontraron después de una larga separación y que, en apenas dos días, murieron una junto a la otra.

    Desde entonces, Villacastín guarda su secreto en el la casa palaciega, hoy medio derruida, de las dos reinas muertas.


domingo, 23 de agosto de 2026

Diario Escurialense XXVI.-PUEBLOS DE CASTILLA EN ÁVILA Y SEGOVIA: Villacastín, Maello, Labajos, Muñopedro, Peromingo, Aldeavieja…“Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”

Balsas junto al parador. Villacastín

Cuqui Valero y Julia Sáez-Angulo bajo las arcadas de la plaza del Ayuntamiento. Villacastín.


Julia Sáez-Angulo

23/8/26.- Coto de Puente Viejo (Ávila).- Moverse por algunos pueblos de Ávila y Segovia, provincias acendradas de la Vieja Castilla, es una experiencia de historias, sucesos, anécdotas, comunidades, toque artísticos, leyendas… Nada que ver con residencia en la ciudad, donde el anonimato diluye las vidas y dispersa los intereses.

Residir o vivir en un pueblo acerca enseguida a las personas con nombre y apellidos, a los vecinos, a la gente. Castilla no parece rica, pero emana la dignidad que le confiere su historia. A la memoria me viene esas frases intercambiadas y matizadas entre dos intelectuales españoles: 

    “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”, del historiador abulense Claudio Sánchez-Albornoz, quien la pronunció en 1931 como respuesta a una idea previa de José Ortega y Gasset: "Castilla hizo a España y la deshizo".

    Algunos de estos pueblos de alrededor del Coto de Puenteviejo donde me encuentro: Villacastín, Maello, Labajos, Muñopedro, Peromingo,  Aldeavieja… muestran casas unifamiliares o chalets estupendos y me aclaran mis anfitrionas: “Muchas de estas buenas casas son de los que, vaciando los pueblos, se fueron a la ciudad, ahorraron y, jubilados, regresan al pueblo al final de sus días, como los antiguos indianos que iban a América”.

    Viajamos de Villacastín a Labajos para oír misa y el pueblo celebra la fiesta y procesión del Santo Cristo de la Agonía, una imagen barroca en la iglesia del XVI. Me llama la atención un rico tornavoz sobre el púlpito. 

    Fiestas en Labajos y Villacastín. Banderas de España por todas partes. "Yo no la pongo porque los de izquierdas me tachas de facha", oigo a mi lado.

    A la salida de Labajos, observamos el monumento a Onésimo Redondo, un monolito con una cruz de piedra situado a las afueras del pueblo. Se erigió en el lugar donde el dirigente y fundador de las JONS fue abatido el 24 de julio de 1936, por “los Hunos”, incapaces de entenderse con “los Hotros” y viceversa. Y siguen igual, con pintadas guerra-civilistas unos contra otros. Intransigencia y odio, sembrados siempre desde los malos políticos y gobernantes.

    Regresamos hacia Villacastín, para tomar el aperitivo. Vemos unas “granjas de gallinas felices”, al decir de Cuqui Valero, porque tienen instalaciones nuevas, cómodas, limpias, donde pueden comer, beber y picotear por una gran extensión de campo, como solicita la exigente normativa europea. Hemos cenado de estos huevos y son exquisitos.

    En Villacastín, municipio de “esplendor hidalgo”, las hermanas Valero me muestran la gran casa noble de los Pérez de la Concha, con escudo de la plaza del Ayuntamiento, donde ellas y su familia veranearon durante veinte años, antes de trasladarse a Puenteviejo. La casa tenía catorce habitaciones y una capilla. Esta casa pasó a los Pérez, de la célebre Casa Labra en Madrid.

    Cuqui me pone en antecedentes de un acontecimiento histórico tremendo, al pasar por un derruido palacio de las dos reinas en Villacastín, en 1945: Doña Leonor de Aragón, reina viuda de Portugal y su hermana Doña María de Aragón, reina de Castilla, que murieron con un día de diferencia. Todos sospecharon de envenenamiento con hierbas, dados los síntomas idénticos de dolores fuertes de cabeza, dificultades respiratorias y manchas cárdenas en la piel… Estudios realizados posteriormente dicen que murieron, ambas contagiadas de meningitis meningocócica (mortal si no hay tratamiento).  ¡Vaya usted a saber! Don Álvaro de Luna, ilustre bastardo, tenía entonces mucha influencia como privado de Juan II. Y es que “la historia sucede allí donde no se mira”, como recuerda Rafael Álvarez, cronista oficial de Villacastín. (Hablaaremos de aquellas más adelante).

    Al pasar por el término municipal de Muñopedro, alguien menciona que por allí va mucho la Infanta Elena y se la puede ver algunas veces en la misa dominical de la parroquia o tomando el aperitivo en uno de sus bares. Hay por allí una rica miel que se llama “La Infanta”, yo la he probado y no está nada mal.

Llegamos al Coto de Puenteviejo, pero antes quisimos dar un largo paseo por las pueblas, con sus dehesas y toros albinos o rubios, que llegan hasta Maello. Atravesamos las urbanizaciones de Prado Encinas, El Monte y el Pinar de Puenteviejo. Los campos son rastrojos dorados y abundosas nubes blancas bajo el azul del cielo. Castilla es una gran tierra bajo el firmamento.

Tornavoz del púlpito en la iglesia de Labajos

Roquedales en las dehesas.
Toros albinos y rubios. Maello.
Paseo. Coto de Puenteviejo.


ROMERAL EXPONE "LA ATMÓSFERA DE LA MEMORIA" EN TALAVERA DE LA REINA


ARTISTAS DEL GRUPO PRO ARTE Y CULTURA EXPONEN EN LA "IV NIT DE L´ART 2026" EN EL HOTEL ARTMADAMS DE PALMA


viernes, 21 de agosto de 2026

Diario Escurialense XXIV: CLARA RON EN MADRID. UN DESTINO TRAS LA REVOLUCIÓN DE FIDEL CASTRO EN 1959. Finishing school, la escuela de etiqueta y de perfeccionamiento en Inglaterra

Clara Ron Fernández
Clara Ron, entre Julia Sáez-Angulo y Carmen Valero




Julia Sáez-Angulo

22/8/26.- El Escorial.- Clara Ron Fernández recuerda siempre que nació en La Habana. (Cuba), que tuvo que quedarse en Madrid, cuando estalló el levantamiento de la revolución de Fidel Castro en su país y les sorprendió a su madre y a las tres hermanas, en un viaje por España y el resto de Europa, en 1959.

A ella le gusta veranear todos los años en San Lorenzo de El Escorial, donde tiene buenas amigas, con las que ha celebrado la “fiesta de fin de verano” cada año. 

Clara nos ha invitado a Carmen Valero y a mí, a almorzar a “Las Viandas”, un restaurante con sombreada terraza frente al Real Monasterio. Recordando nuestras vidas, hemos comentado los acontecimientos históricos que las han ido modelando.

Entre tanto, hemos saboreado el croquetón de centollo, el revuelto de morcilla y el salmón al horno. De postre, flan casero y tarta de queso.

A Clara la conocí en la Tertulia Ilustrada, porque es amiga de María Eugenia Martínez, antigua anfitriona, muy querida por todas nosotras. Nos faltaba almorzar juntas y reposar para ponernos al día de la vida y sus cosas.

“Mi padre, de origen español tenía una gran empresa inmobiliaria. Nos iba bien, pero todo se perdió con la revolución de Fidel que ha llevado la isla al desastre”, comenta Clara y hablamos de la falta de combustible, alimentos, medicamentos y libertades en la isla del Caribe en que Clara nació.

“Soy hija de padres españoles, asturianos los dos. El apellido Ron es d la zona de Asturias y Galicia", nos informa Clara.

    "Salí d Cuba, con mi madre y mis dos hermanas, una tía, y la cuidadora d mi hmna pequeña, en el verano d 1958 para estar un año sabático viajando por Europa, y, cuando llevábamos seis meses, estalló la revolución comunista de Fidel, el 1 d enero d 1959".

    ¡Nunca más pudimos volver a Cuba!"

    "En vista del estallido de la revolución de Fidel, mi mamá nos envió durante un año a un Finishing School, internado inglés de señoritas, a la espera de la situación política en Cuba, pero a la vuelta nos comunicó que había que quedarse en España y ponerse a trabajar”.

En inglés se llaman finishing schools, a las escuelas de etiqueta o de perfeccionamiento. En un sentido académico e institucional más amplio, los centros educativos tradicionales y exclusivos para niñas en el Reino Unido se denominan girls' boarding schools (si son internados) o independent/private girls' schools.

    Las Finishing schools son centros privados enfocados en enseñar modales, protocolo, etiqueta social, idiomas y habilidades domésticas a jóvenes de clases altas.

    Como yo sabía muy bien inglés y debido a nuestros contactos, pude colocarme con facilidad en una empresa española y allí comencé mi carrera laboral traduciendo contratos internacionales, que después pasaban por el Ministerio de Asuntos Exteriores para obtener el visado correspondiente”, nos iba contando Clara.

En aquellos años, primeros de los 60, eran muy pocos los españoles que sabían inglés en España, mientras que, en el sistema de estudios de Cuba, se estudiaba desde la infancia. Aquello facilitaba la cotización de mi trabajo y pude cambiar y ascender de puesto y sueldo en las empresas.

“Además yo me fui formando en Secretaría de Dirección y estaba tan entregada al trabajo, que, a veces, me quedaba -si era necesario- toda una noche, traduciendo y preparando el contrato que se necesitaba al día siguiente”, nos ha contado Clara Ron.

“He sido la mujer de los cursos sucesivos en las universidades de verano, lo que me ha ido formando en interés y curiosidad universal por la cultura”, sigue contando. “He hecho cursos en París, en la Sorbonne, en Londres, Suiza, Nueva York… Siempre he estado estudiando y aprendiendo”. 

Clara Ron, una dama bonita y sonriente permanece soltera, porque como recordaba su mama: “Boda y mortaja del cielo baja”.     Ella añade que la providencia es sabia y, aunque ha tenido pretendientes, no se ha casado.

Una joya de mujer.


CUQUI VALERO Y SU JARDÍN DE PLANTAS AROMÁTICAS. “MURALLAS DE ÁVILA” EN LA PINTURA Y SETOS ELEVADOS DE ARIZÓNICAS PODADAS

Muros de arizónica cortada en el jardín. Muralla de Ávila o/l, por Cuqui Valero


Julia Sáez-Angulo

    Fotos: Carmen Valero

    22/8/26 .- Coto de Puenteviejo.- La pintora Cuqui Valero, en su feudo Coto de Puenteviejo, a 30 km. de Ávila, muestra su último cuadro al óleo “Murallas de Ávila”, que capta la rotundidad de un eterno monumento en piedra, que viene del Medioevo. Al mismo tiempo señala el alto seto de arizónicas, otra muralla vegetal ciclópea en el jardín, fuertemente podada, porque las arizónicas son peligrosas de cara al fuego siempre amenazador en el estío. “Lo ordena la normativa. Todas las coníferas y plantas con resina son susceptibles de prontas llamas y hay que evitarlo. Ahora está prohibido plantarlas”, explica Cuqui (María Luisa Valero para la pintura).

Recorrer en coche las tierras abulenses es contemplar un despliegue de rastrojos dorados o de tierra quemada por siniestros de incendios recientes, que han asolado los campos y bosques.

Y como buena amante de la Naturaleza a la que recrea con frecuencia en su obra artística, Cuqui muestra también los últimos avances y resistencias de su jardín, en el que avanza el árbol de júpiter, “único árbol que echa flores en verano”, así como el olivo, que se mantiene enhiesto con el riego atento del jardinero Marcelino, que actualmente se jubila.

Y parangonando a los monjes medievales en sus claustros, Cuqui ha creado un jardín de plantas aromáticas en su jardín e invita a acariciarlas para percibir su perfume: menta para el té; hierbabuena para la ensalada; albahaca como pesto, para la pasta; hierbaluisa o citronela para ahuyentar los insectos que masacran la piel; laurel, para la carne; lavanda para perfumar las estancias o la ropa dentro de saquitos en el armario… Y, entre medias, claveles chinos con sus colores brillantes al sol y begonias.

Las damas y sus jardines era el asunto de uno de los relatos más hermosos de Soledad Puértolas, titulado «Pisando jardines», publicado originalmente en el volumen colectivo Orosia: Mujeres de sol a sol (2002). O la preciosa novela “Elizabeth y su jardín alemán”, novela autobiográfica y satírica escrita por Elizabeth von Arnim y publicada de forma anónima en 1898. El libro narra, mes a mes, la vida de una mujer atrapada en las rígidas normas sociales de la Prusia decimonónica que encuentra su refugio personal y su particular "paraíso" en el cuidado de un gran jardín descuidado en la región de Pomerania. 

Cuqui Valero es una mujer de jardines y parques. Sus largos paseos, con recomendación médica, por los parques, “El Capricho de la Alameda de Osuna” o el Parque Juan Carlos I, ambos cercanos a su casa madrileña, son motivo de salud y disfrute, por su amor a la Naturaleza.

“Al Parque Juan Carlos I lo vi nacer y, por eso, disfruto su crecimiento y mejora día a día”, explica la anfitriona del Coto de Puenteviejo, durante una cena improvisada que nos preparó, sin pereza y con amor, a su hermana Carmen Valero y a mí, a base de sopa de verduras (al anochecer refresca en el Coto), surimi al ajillo, ensalada con tomates Kumato de sabor... De postre:  melocotones y uvas rojas sin pepitas. Al fondo, un nocturno de luna entre jirones de nubes negras.

    Cuqui nos habla de los parques madrileños que frecuenta:

    El parque Juan Carlos I es público, ubicado al nordeste de Madrid en la zona denominada Campo de las Naciones. Se extiende por un área de 160 ha., que lo convierten en el segundo parque más grande de la capital española, por delante del parque del Retiro y solo superado por el cercano parque forestal de Valdebebas-Felipe VI.

El Jardín de “El Capricho de la Alameda de Osuna”, situado en el distrito de Barajas (abierto sólo fines de semana y festivos) es uno de los parques más bellos y, paradójicamente, más desconocidos de Madrid (sobre todo su búnker de la Guerra Civil). Construido entre 1787 y 1839 para los Duques de Osuna, su principal promotora fue la duquesa, doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel. Protectora de artistas, toreros e intelectuales, la duquesa creó un auténtico paraíso natural que frecuentaron las personalidades más ilustres de la época y en el que trabajaron los artistas, jardineros y escenógrafos con más prestigio. Sus templetes, edículos, estatuas, grutas y palacetes son muy singulares. Goya pintó allí.

Arte y Naturaleza, comida y conversación, se dan cita en el abulense Coto de Puenteviejo, en la casa, el porche y el jardín de la pintora Cuqui Valero.

Cuqui Valero Espinosa, pintora y "jardinera".

Carmen Valero Espinosa, en el Coto de Puenteviejo.