viernes, 21 de agosto de 2026

Diario Escurialense XXIV: CLARA RON EN MADRID. UN DESTINO TRAS LA REVOLUCIÓN DE FIDEL CASTRO EN 1959. Finishing school, la escuela de etiqueta y de perfeccionamiento en Inglaterra

Clara Ron Fernández
Clara Ron, entre Julia Sáez-Angulo y Carmen Valero




Julia Sáez-Angulo

22/8/26.- El Escorial.- Clara Ron Fernández recuerda siempre que nació en La Habana. (Cuba), que tuvo que quedarse en Madrid, cuando estalló el levantamiento de la revolución de Fidel Castro en su país y les sorprendió a su madre y a las tres hermanas, en un viaje por España y el resto de Europa, en 1959.

A ella le gusta veranear todos los años en San Lorenzo de El Escorial, donde tiene buenas amigas, con las que ha celebrado la “fiesta de fin de verano” cada año. 

Clara nos ha invitado a Carmen Valero y a mí, a almorzar a “Las Viandas”, un restaurante con sombreada terraza frente al Real Monasterio. Recordando nuestras vidas, hemos comentado los acontecimientos históricos que las han ido modelando.

Entre tanto, hemos saboreado el croquetón de centollo, el revuelto de morcilla y el salmón al horno. De postre, flan casero y tarta de queso.

A Clara la conocí en la Tertulia Ilustrada, porque es amiga de María Eugenia Martínez, antigua anfitriona, muy querida por todas nosotras. Nos faltaba almorzar juntas y reposar para ponernos al día de la vida y sus cosas.

“Mi padre, de origen español tenía una gran empresa inmobiliaria. Nos iba bien, pero todo se perdió con la revolución de Fidel que ha llevado la isla al desastre”, comenta Clara y hablamos de la falta de combustible, alimentos, medicamentos y libertades en la isla del Caribe en que Clara nació.

“Soy hija de padres españoles, asturianos los dos. El apellido Ron es d la zona de Asturias y Galicia", nos informa Clara.

    "Salí d Cuba, con mi madre y mis dos hermanas, una tía, y la cuidadora d mi hmna pequeña, en el verano d 1958 para estar un año sabático viajando por Europa, y, cuando llevábamos seis meses, estalló la revolución comunista de Fidel, el 1 d enero d 1959".

    ¡Nunca más pudimos volver a Cuba!"

    "En vista del estallido de la revolución de Fidel, mi mamá nos envió durante un año a un Finishing School, internado inglés de señoritas, a la espera de la situación política en Cuba, pero a la vuelta nos comunicó que había que quedarse en España y ponerse a trabajar”.

En inglés se llaman finishing schools, a las escuelas de etiqueta o de perfeccionamiento. En un sentido académico e institucional más amplio, los centros educativos tradicionales y exclusivos para niñas en el Reino Unido se denominan girls' boarding schools (si son internados) o independent/private girls' schools.

    Las Finishing schools son centros privados enfocados en enseñar modales, protocolo, etiqueta social, idiomas y habilidades domésticas a jóvenes de clases altas.

    Como yo sabía muy bien inglés y debido a nuestros contactos, pude colocarme con facilidad en una empresa española y allí comencé mi carrera laboral traduciendo contratos internacionales, que después pasaban por el Ministerio de Asuntos Exteriores para obtener el visado correspondiente”, nos iba contando Clara.

En aquellos años, primeros de los 60, eran muy pocos los españoles que sabían inglés en España, mientras que, en el sistema de estudios de Cuba, se estudiaba desde la infancia. Aquello facilitaba la cotización de mi trabajo y pude cambiar y ascender de puesto y sueldo en las empresas.

“Además yo me fui formando en Secretaría de Dirección y estaba tan entregada al trabajo, que, a veces, me quedaba -si era necesario- toda una noche, traduciendo y preparando el contrato que se necesitaba al día siguiente”, nos ha contado Clara Ron.

“He sido la mujer de los cursos sucesivos en las universidades de verano, lo que me ha ido formando en interés y curiosidad universal por la cultura”, sigue contando. “He hecho cursos en París, en la Sorbonne, en Londres, Suiza, Nueva York… Siempre he estado estudiando y aprendiendo”. 

Clara Ron, una dama bonita y sonriente permanece soltera, porque como recordaba su mama: “Boda y mortaja del cielo baja”.     Ella añade que la providencia es sabia y, aunque ha tenido pretendientes, no se ha casado.

Una joya de mujer.


CUQUI VALERO Y SU JARDÍN DE PLANTAS AROMÁTICAS. “MURALLAS DE ÁVILA” EN LA PINTURA Y SETOS ELEVADOS DE ARIZÓNICAS PODADAS

Muros de arizónica cortada en el jardín. Muralla de Ávila o/l, por Cuqui Valero


Julia Sáez-Angulo

    Fotos: Carmen Valero

    22/8/26 .- Coto de Puenteviejo.- La pintora Cuqui Valero, en su feudo Coto de Puenteviejo, a 30 km. de Ávila, muestra su último cuadro al óleo “Murallas de Ávila”, que capta la rotundidad de un eterno monumento en piedra, que viene del Medioevo. Al mismo tiempo señala el alto seto de arizónicas, otra muralla vegetal ciclópea en el jardín, fuertemente podada, porque las arizónicas son peligrosas de cara al fuego siempre amenazador en el estío. “Lo ordena la normativa. Todas las coníferas y plantas con resina son susceptibles de prontas llamas y hay que evitarlo. Ahora está prohibido plantarlas”, explica Cuqui (María Luisa Valero para la pintura).

Recorrer en coche las tierras abulenses es contemplar un despliegue de rastrojos dorados o de tierra quemada por siniestros de incendios recientes, que han asolado los campos y bosques.

Y como buena amante de la Naturaleza a la que recrea con frecuencia en su obra artística, Cuqui muestra también los últimos avances y resistencias de su jardín, en el que avanza el árbol de júpiter, “único árbol que echa flores en verano”, así como el olivo, que se mantiene enhiesto con el riego atento del jardinero Marcelino, que actualmente se jubila.

Y parangonando a los monjes medievales en sus claustros, Cuqui ha creado un jardín de plantas aromáticas en su jardín e invita a acariciarlas para percibir su perfume: menta para el té; hierbabuena para la ensalada; albahaca como pesto, para la pasta; hierbaluisa o citronela para ahuyentar los insectos que masacran la piel; laurel, para la carne; lavanda para perfumar las estancias o la ropa dentro de saquitos en el armario… Y, entre medias, claveles chinos con sus colores brillantes al sol y begonias.

Las damas y sus jardines era el asunto de uno de los relatos más hermosos de Soledad Puértolas, titulado «Pisando jardines», publicado originalmente en el volumen colectivo Orosia: Mujeres de sol a sol (2002). O la preciosa novela “Elizabeth y su jardín alemán”, novela autobiográfica y satírica escrita por Elizabeth von Arnim y publicada de forma anónima en 1898. El libro narra, mes a mes, la vida de una mujer atrapada en las rígidas normas sociales de la Prusia decimonónica que encuentra su refugio personal y su particular "paraíso" en el cuidado de un gran jardín descuidado en la región de Pomerania. 

Cuqui Valero es una mujer de jardines y parques. Sus largos paseos, con recomendación médica, por los parques, “El Capricho de la Alameda de Osuna” o el Parque Juan Carlos I, ambos cercanos a su casa madrileña, son motivo de salud y disfrute, por su amor a la Naturaleza.

“Al Parque Juan Carlos I lo vi nacer y, por eso, disfruto su crecimiento y mejora día a día”, explica la anfitriona del Coto de Puenteviejo, durante una cena improvisada que nos preparó, sin pereza y con amor, a su hermana Carmen Valero y a mí, a base de sopa de verduras (al anochecer refresca en el Coto), surimi al ajillo, ensalada con tomates Kumato de sabor... De postre:  melocotones y uvas rojas sin pepitas. Al fondo, un nocturno de luna entre jirones de nubes negras.

    Cuqui nos habla de los parques madrileños que frecuenta:

    El parque Juan Carlos I es público, ubicado al nordeste de Madrid en la zona denominada Campo de las Naciones. Se extiende por un área de 160 ha., que lo convierten en el segundo parque más grande de la capital española, por delante del parque del Retiro y solo superado por el cercano parque forestal de Valdebebas-Felipe VI.

El Jardín de “El Capricho de la Alameda de Osuna”, situado en el distrito de Barajas (abierto sólo fines de semana y festivos) es uno de los parques más bellos y, paradójicamente, más desconocidos de Madrid (sobre todo su búnker de la Guerra Civil). Construido entre 1787 y 1839 para los Duques de Osuna, su principal promotora fue la duquesa, doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel. Protectora de artistas, toreros e intelectuales, la duquesa creó un auténtico paraíso natural que frecuentaron las personalidades más ilustres de la época y en el que trabajaron los artistas, jardineros y escenógrafos con más prestigio. Sus templetes, edículos, estatuas, grutas y palacetes son muy singulares. Goya pintó allí.

Arte y Naturaleza, comida y conversación, se dan cita en el abulense Coto de Puenteviejo, en la casa, el porche y el jardín de la pintora Cuqui Valero.

Cuqui Valero Espinosa, pintora y "jardinera".

Carmen Valero Espinosa, en el Coto de Puenteviejo.



MERCEDES FORMICA. Abogada de las mujeres y adelantada de sus derechos en el franquismo

Mercedes Formica, escritora, abogada y feminista que revolucionó el Código Civil





        Inmaculada de la Fuente

        21/8/26 .- Madrid.- La jurista y escritora Mercedes Formica Corsi-Hezode nació el 9 de agosto de 1913 en una familia acomodada de Cádiz. Su madre se educó en un colegio británico, hablaba varios idiomas y era una aventajada alumna de música que tocaba el arpa forma estimable. Su padre estudió en la Soborna, conoció al matrimonio Curie y le apasionaba la química, pero volvió a su tierra en vez de seguir el camino de la investigación.  Sevilla, adonde la familia se trasladó cuando Mercedes tenía once años, sería la ciudad de su adolescencia y juventud. 

Cuando su madre le dijo a su antigua profesora de música, Mother Paul, que sus hijas irían a la Universidad, esta le advirtió: “Si van, no se casarán en Sevilla”. 

Pero su madre no quería la indefensión de las mujeres educadas a la antigua si fallaba el matrimonio. Así que en 1932 Formica llegó a la Universidad acompañada de una doña de buena familia como carabina para asegurar que la joven mantendría la compostura, sin escandalizar ni distraer a sus compañeros, la gran preocupación de decanos y profesores cuando las pioneras llegaron la Universidad. Mercedes, la primera alumna de Derecho, siempre recordó la buena acogida que le dispensaron lgunos de los catedráticos republicanos o afectos a la Institución Libre de Enseñanza.  

Un año antes, el 14 de abril, se proclamó la Segunda República y las Cortes Constituyentes aprobaron, entre otras normas, el derecho al voto de las mujeres y, en 1932, la Ley de Divorcio por la que Carmen de Burgos y otras mujeres habían batallado. La escritora Concha Espina fue una de las primeras en divorciarse, al igual que Josefina Blanco -esta de Ramón del Valle-Inclán-. La abogada Clara Campoamor asesoró a ambas mujeres. Pero el divorcio llegó también al hogar de los Formica Corsi-Hezode. El padre que había conocido a otra mujer y, con su marcha, la economía familiar mermó de forma considerable. La madre y los hijos se mudaron en 1933 a Madrid a un piso interior, contaba, y los primeros años no fueron fáciles. El divorcio de sus padres dejó una herida profunda en la futura abogada que se removía ante las injusticias contra las mujeres. Afloró en ella, además, cierto rencor hacia la ley del Divorcio. Es difícil determinar si pudo influir en que se afiliara a la recién creada Falange, ya en Madrid, donde continuó Derecho con alguna beca. Se afilió al SEU, fue delegada de este sindicato en Derecho y poco antes de la Guerra Civil fue nombrada por José Antonio Primo de Rivera Delegada nacional del SEU. 

En julio de 1936 estaba en Málaga, donde descansaba por problemas de salud, y cuando pudo marchó a Sevilla, zona nacional. Saber que “se mataba “en mi lado”, narra en sus memorias, “me produjo intensa congoja”. Le preocupaba la suerte de su antiguo profesor, Luis de Rufilanchas, de ideas socialistas, que estaba en zona nacional cuando se produjo el Alzamiento contra la República y se acercó al cuartel de Queipo de Llano a interesarse por él. Allí encontró, para su sorpresa, como asesor jurídico, al pasante de quien había intervenido en el divorcio de sus padres. Fingieron no conocerse y le preguntó por su profesor. “No es un asesino” aseguró dispuesta a avalarlo. Tras cotejar unas fichas, su interlocutor le dijo: “Lo fusilamos en La Coruña  hace un mes”. “Lo habrá fusilado usted. En esa fecha yo me encontraba en Málaga”, contestó.

Al final de la guerra se casó con Eduardo Llosent y Marañón, miembro del círculo de poetas e intelectuales sevillanos de la década de 1930 y fue nombrado director del Museo Nacional de Arte Moderno por el nuevo régimen. Formica terminó Derecho en los cuarenta y comprobó que no podía acceder a la carrera diplomática ni opositar a la Abogacía del Estado o a notarías, pues le faltaba un requisito: ser varón. Así que se dedicó a ejercer como abogada y dirigió un tiempo la revista Medina, de la Sección Femenina. Su experiencia en la revista, donde no podían aparecer palabras extranjeras y se recortaban las fotos para hurtar escotes o se vetaban fajas u otras prendas en la publicidad, la llevó a afirmar en sus memorias: “La rigidez moral, además de resultar ridícula, superaba a la intolerancia política”.  

        EL DOMICILIO CONYUGAL Y LA REFORMICA

A partir de 1952, tras entrar como articulista en ABC, alcanzó una notable popularidad. El 7 de noviembre de 1953 publicó “El domicilio conyugal”, un artículo que el diario retuvo varias semanas en el que denunciaba la discriminación por razón de sexo que convertía a la mujer en una perpetua menor en la legislación franquista. Y que imposibilitaba en la práctica que la mujer se separase de su maltratador. Formica se centró en la desgraciada historia de Antonia Pernia: su marido la mató con doce puñaladas pero ella aguantó su maltrato para no perder a sus hijos y la vivienda. No era un caso aislado. El maltrato psicológico o la bofetada era algo asumido, y los casos de muerte se denominaban crímenes pasionales o motivados por los celos. No hay cifras de crímenes machistas de aquella época, ya que los registros de víctimas son muy recientes. Hoy la sociedad se revuelve contra estos crímenes, y hay mayor sensibilidad hacia la violencia machista. Pero queda mucha pedagogía  por hacer, sobre todo entre los jóvenes  que confunden el romanticismo o el amor con el control y la posesión. 

 Formica denunciaba que la mujer que se separaba, aunque fuera inocente, tenía que pasar por el trámite de ser depositada fuera del domicilio. Ya se vería si se le entregaban luego los hijos o se le daba una pensión. Lo que no iba a hacer un magistrado, según la ley en vigor, es ordenar al marido que abandonara el domicilio. De facto, la casa era del marido, no de la familia.

MUJERES QUE LA APOYARON

Este vibrante artículo desencadenó una campaña para reformar los artículos más lesivos del Código Civil que subordinaban a la mujer ante el varón. Periodistas como Josefina Carabias o Carmen Castro y la historiadora Carmen Llorca apoyaron el envite de Formica. Era una crítica al sistema dentro del sistema y juristas de prestigio la mayoría varones fueron entrevistados sobre una posible reforma. La bogada María Telo, que años después tarde abordaría cambios de mayor calado, intervino en el debate. 

Formica pidió audiencia a Franco y fue acompañada por un sacerdote especializado en Derecho Canónico, lo que daría fuerza a su petición. El resultado fue la Ley de 24 de abril de 1958, un primer paso que abría la puerta a modificaciones futuras.  Se llamó la Reformica en honor a la abogada.

La jurista explicó que no perseguía una reforma feminista, palabra anatema. Defendía que se cambiara el término domicilio del marido por domicilio conyugal. Que se apoyara al cónyuge inocente y si era la mujer que esta no tuviera que abandonar el hogar ni ser depositada por el marido en casa de sus padres o en un convento. Y que los hijos quedaran con la madre salvo motivos graves. En la Reformica se limitaron también ciertas prerrogativas del marido referente a la administración y venta de los bienes gananciales: a partir de entonces tendría que tener el consentimiento de su cónyuge. Las viudas que se casaran de nuevo mantendrían la patria potestad sobre sus hijos, es decir, no pasaría al marido.

En definitiva, Formica y quienes la apoyaron hicieron algo menos dura la vida de las mujeres casadas y separadas. Pero la asimetría respecto al adulterio se mantuvo y siguió siendo punible solo para la mujer hasta 1978. Una sola relación extramatrimonial permitía al marido denunciarla. El marido, sin embargo, no cometía delito si era discreto, salvo por amancebamiento (mantener una manceba en la casa conyugal), algo difícil de probar. 

Unos años antes, en 1951, la Sección Femenina organizó el Congreso Hispanoamericano-Filipino sobre la mujer y Formica fue invitada a presentar una ponencia. La letrada la preparó con otras profesionales de diversos ámbitos y la envió a las organizadoras, pero no llegó a leerse. Demasiado feminista, dijeron. Sin embargo, a partir de 1960, la Sección Femenina empezaría a interesarse por la discriminación de la mujer en el campo laboral -de la que era responsable al vetar el trabajo de la mujer casada durante años para no perjudicar a los varones-, y  rescató en una ley aprobada en 1971 algunas ideas rechazadas en 1951. 

Mercedes Formica, con sus contradicciones, pero con la valentía de defender opiniones propias sin romper us vínculos con las elites franquistas, tendió puentes con otras muchas españolas. En torno a 1965, su amiga Marichu de la Mora, colaboradora en el diario Madrid sobre moda y temas femeninos, le preguntó por alguien que pudiera escribir artículos sobre temas legales que afectaban a las mujeres y  Formica le recomendó a Lidia Falcón, una abogada con la que no siempre estaba de acuerdo. Eso demuestra su falta de sectarismo. De algún modo reanudó el debate feminista que quedó roto en 1936. 

Conocí a Mercedes Formica en sus últimos años. Era elegante, sociable y escribía narrativa y biografías. Me llamó la atención su sensibilidad hacia las injusticias. La incluí en mi libro Mujeres de la posguerra publicado en 2002 y reeditado en 2017. Recomiendo a los interesados en ella que lean sus memorias: Visto y vivido (1931-1937), el primer tomo, publicado en 1982, y Escucho el silencio, el segundo, sobre la posguerra, que apareció en 1984. 


jueves, 20 de agosto de 2026

Diario Escurialense XXV. LA COLECCIONISTA DE CONCHAS MARINAS. Mil quinientas piezas catalogadas, con final inesperado

Thacheria mirabilis y nautilus pompilius.
Escalera del Museo Guggenheim. Nueva York.

Julia Sáez-Angulo

20/8/26.- El Escorial.- Dicen que coleccionar es propio de los géminis, pero se dicen tantas cosas… Mi amiga Palmira Elías, que es Leo y actualmente se dedica a la pintura, tuvo una pasión anterior que le llevó a recorrer el mundo para conseguir conchas marinas “recién cogidas, con los bichos dentro, para que sirva en la colección. No sirven las conchas rodadas en la arena, porque están gastadas y pierden propiedades”, me explica la coleccionista de conchas marinas, que llegó a reunir más de mil quinientas catalogadas y otras muchas repetidas.

“Era una verdadera pasión recoger conchas personalmente viajando y buceando en las costas de Noruega, Bali, el Caribe…, comprando o intercambiando ejemplares, conversando con otros coleccionistas… sobre todo con uno de Chile y otro de Oviedo. Éste último estuvo comiendo en casa y conoció mi colección de conchas”, cuenta la coleccionista.

    A los coleccionistas y estudiosos de las conchas se les llama conquiliólogos, y a su afición o ciencia se le conoce como conquiliología (una rama de la malacología, que es el estudio de los moluscos). "Mi colección era especialmente de caracoles, más que bivalvos", aclara la coleccionista.

    "Resulta asombroso descubrir la proporción áurea o la secuencia de Fibonacci en algunas de las conchas marinas", comenta.

    “Yo he llegado a pagar diez mil pesetas por el ejemplar de una concha marina y hasta veinte mil, por un libro especializado en el tema, procedente de los Estados Unidos. Era una locura, una obsesión que lleva pasión, interés, conocimiento … Yo visitaba con frecuencia el Museo Nacional de Ciencias Naturales en Madrid, para chequear algunas piezas o re-catalogar algunas conchas, dato que figuraba en las distintas fichas (especie, autor, localidad…) que yo almacenaba en exhaustivo proceso de datos. Algunos ejemplares tenían hasta tres catalogaciones, si no distintas, no siempre iguales”, sigue explicándome la coleccionista con renovada pasión.

    La coleccionista de conchas marinas saca libros de un anaquel, con una bibliografía extensa sobre la materia y muestra las imágenes de preciosos ejemplares, en los que ella destaca el brillo exterior, la porcelana o el preciado nácar interno de ejemplares utilizados para camafeos, botones y otros elementos ornamentales. Incluso una concha enorme, utilizada como benditera o pila bautismal en muchas iglesias. No se olvida de los cauris para hacerse collares, o de los que sirvieron como monedas en algunas civilizaciones de la humanidad. El campo de estudio es infinito.

    Me habla de moluscos vivos, de cefalópodos, gasterópodos, bivalvos, estrombos, trompos o peonzas, caracoles, túrridos, conos, piramidélidos, olivas, del nautilus… me aturdo. Creo que mezclo géneros con especies, pero ella los distingue muy bien. Me señala una rapana venenosa, en las que, una vez vacías y llevadas a la oreja “se escucha el mar. “Si le cortas el otro extremo sirve de instrumento de llamada a modo de cuerno”.

    La coleccionista de conchas marinas se detiene especialmente en la thatcheria mirabilis, la concha en la que el arquitecto del Museo Guggenheim de Nueva York se inspiró, para diseñar la célebre escalera en rampa. La naturaleza siempre es fuente de inspiración para los artistas.

    El arquitecto del Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York fue el estadounidense Frank Lloyd Wright. El diseñó el icónico edificio en forma de espiral en 1943 y se inauguró en octubre de 1959.

    No olvida la coleccionista, la sabrosa carne de muchos de los moluscos encerrados en las conchas marinas, que ella ha comido cruda y directamente del orificio a la boca. “Algunos son más sabrosos que las ostras”.

    Vuelve para señalarme los murex troscheli, con largas patas, espinas o costillas, que le ayudan a caminar a saltos sobre la arena y evitar ser sepultado por ella. “Es espectacular verlos moverse”. La coleccionista me explica el valor de las rádulas para alimentarse o de los opérculos de diversos moluscos para protegerse.

    La entrevista, casi conferencia, duró dos horas. Y el final no pudo ser más desconcertante. La colección le fue robada en su día “por un malababa que quiso vengarse y que, seguramente, la destruyó para que no lo pillasen con ella. Pero ésta es otra historia, que te contaré otro día”, concluye la coleccionista.

    “Sentí y lloré más, mucho más, la pérdida de esta colección, que el robo de mi estuche de joyas en otra etapa de mi vida. No volví a coleccionar más conchas marinas”, se lamenta la coleccionista de conchas marinas.

Museo Guggenheim al exterior. Nueva York.

angaria vicdani
phasianella australis