Museo del Prado. Edificio de Juan de Villanueva
Julia Sáez-Angulo
15/7/26.- Madrid.- Mi amigo el profesor farmacólogo José Luis Alloza me explica que su apellido significa almendruco: la almendra cuando todavía está verde y puede comerse entera. Él, aragonés hasta la médula, lo cuenta con ese orgullo sereno de quien sabe de dónde viene. Yo, riojana y vecina de Aragón, tampoco oculto el mío. La Rioja formó parte de aquella Castilla naciente por la que cabalgó el conde Fernán González cuando Castilla aún era un condado y no un reino. Las raíces importan; ayudan a comprender el presente sin necesidad de levantar fronteras entre españoles.
Quizá por eso, tanto el profesor Alloza como yo nos sentimos herederos de una historia común que acabó cristalizando en la España de Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón. Hace años escribí, por descuido, que las Islas Canarias se habían incorporado a la Corona de España en 1496. El historiador amigo Pastor Garrigues me corrigió con razón: “las Islas se incorporaron a la Corona de Castilla”. La precisión histórica nunca sobra. La historia tiene sus hechos y no debería depender de las modas políticas ni de las sucesivas leyes de memoria.
Con esa mirada llegamos siempre a Madrid, una ciudad que ambos, Alloza y yo, queremos profundamente. No tanto por un supuesto casticismo, que a veces acaba convertido en caricatura, sino por algo mucho más valioso: su capacidad para recibir a cualquiera como si llevara toda la vida viviendo en ella. Madrid posee esa rara virtud de no preguntar nunca de dónde vienes. Basta con llegar para sentirse un poco madrileño. Andrés Trapiello cuenta Madrid en un buen libro.
Es una ciudad hecha para visitantes, más que para turistas. El visitante camina, observa, entra en una iglesia, se detiene en un museo, escucha las conversaciones de un café y procura comprender el alma del lugar. El turista, en cambio, suele limitarse a invadir la Puerta del Sol o la Plaza Mayor, hacerse una fotografía apresurada y continuar hacia el siguiente destino. Los hoteles, los bares y los restaurantes viven de ellos y bien está que así sea, pero Madrid merece una contemplación mucho más pausada.
No falta quien afirma que lo mejor de Madrid está en sus alrededores. Y algo de verdad hay en esa afirmación. Toledo, Segovia y Ávila forman un triángulo irrepetible de historia castellana. Son ciudades admiradas por Unamuno y por tantos escritores que encontraron en ellas la esencia de España. El argentino Enrique Larreta dejó quizá las páginas más hermosas sobre Ávila en su novela “La Casa de Don Ramiro”. Sin embargo, quienes recorren esas ciudades regresan al anochecer a Madrid. La capital sigue siendo el gran punto de encuentro desde el que Castilla se deja descubrir.
Confieso que el Madrid castizo me entusiasma menos. Algunas romanzas de zarzuela me gustan, pero los diálogos de chulapos y manolas de chotis nunca terminaron de conquistarme. Aun así, más de una vez me he vestido de chulapa para celebrar San Isidro, por complacer a mi amiga María Eugenia Martínez.
El “kilómetro ilustrado”
Si tuviera que enseñar Madrid a un extranjero, no empezaría por la Puerta del Sol. Lo llevaría al gran “Kilómetro Ilustrado” que comienza en la Biblioteca Nacional, junto al monumento a Colón, y concluye en Atocha. En ese recorrido se suceden la Biblioteca Nacional, CentroCentro Cibeles, Museo del Prado, Museo Thyssen-Bornemisza, Real Jardín Botánico y Museo Reina Sofía. Pocas ciudades europeas concentran tanta inteligencia, tanta belleza y tanta memoria en apenas un paseo. Ni siquiera la célebre Isla de los Museos de Berlín ofrece una continuidad semejante.
Madrid también vive en sus plazas, mercados, cafés y tertulias. En ellas se mezclan escritores, pintores, músicos, periodistas, profesores y amigos que conversan sin prisa, como si el tiempo todavía pudiera permitirse el lujo de detenerse. Entre todas ellas ocupa un lugar especial la Tertulia Ilustrada, presidida por la argentina Adriana Zapisek y dirigida por quien esto suscribe Esta tertulia acaba de cumplir veinticinco años, más que la de Pombo. Un cuarto de siglo reuniendo personas alrededor de la cultura constituye ya una pequeña victoria sobre estos tiempos apresurados.
En estos días de verano Madrid parece celebrar un Corpus Christi fuera de calendario. Las florecillas blancas de las acacias caen lentamente sobre las aceras formando una alfombra efímera que los barrenderos apenas consiguen retirar antes de que el viento vuelva a sembrarlas. Madrid tiene cuatro estaciones bien marcadas, y esa riqueza también forma parte de su carácter. Sus árboles, sus parques y sus paseos hacen olvidar muchas veces la ausencia del mar. Hoy se recuperan bulevares, donde el paseo vuelve a ser un placer.
De Madrid nunqvam satis, de Madrid nunca se hablará bastante. Cada generación descubre una ciudad distinta y, sin embargo, permanece siempre la misma. Es una capital llena de historia, de arte de museos, de teatros, de universidades, de librerías y de cafés donde todavía se conversa. Aquí parece cumplirse aquel viejo principio latino según el cual el hombre se hace más humano en la ciudad, cuando la ciudad sabe acoger.
Madrid es, en definitiva, una ciudad abierta y entrañable. En ella hay sitio para todos. No tiene mar, cierto, pero tampoco parece necesitarlo. Las nuevas comunicaciones acercan el Mediterráneo en pocas horas, mientras Madrid continúa ofreciendo algo que ningún tren de alta velocidad puede transportar: esa hospitalidad discreta que convierte a los forasteros en vecinos y hace que, después de marcharse, siempre quede el deseo de volver.
«Madrid, centro y capital de España, rompeolas de sus varias regiones, crisol también de todas...» decía don Antonio Machado en su artículo titulado Madrid y en su verso “rompeolas de todas las Españas”. En esta calificación coincidía con los carlistas.
Biblioteca Nacional de España
Teatro Español en la plaza de Santa Ana
Ateneo de Madrid en la calle del Prado