Paisaje portugués
Julia Sáez-Angulo
25/8/26
En nuestra familia, Gonzalo era el hermano rico, y habíamos acabado por llamarlo, con una mezcla de ironía y gratitud, el macho alfa. No porque ejerciera autoridad sobre nosotros, sino porque, llegado el momento, era él quien nos protegía, quien organizaba, quien pagaba y quien parecía dispuesto a resolver las cosas antes incluso de que los demás hubiéramos terminado de plantearlas.
Aquel verano reservó para todos nosotros una quinta en Portugal, cerca de Coimbra. Se llamaba Quinta del Llanto.
El nombre, lejos de inquietarnos, nos pareció romántico. Imaginábamos una antigua casa portuguesa, elevada sobre una loma, con un gran jardín, bosque, piscina y, al fondo, el mar. Gonzalo había reservado quince días y todos esperábamos aquellas vacaciones como quien espera una pequeña tregua en la vida.
Cuando llegamos, nos abrió la puerta una joven estudiante de Turismo que se ocupaba de recibir a los huéspedes.
—Estaba deseando que llegárais —nos dijo—. Crujía el suelo y esta casa me ha dado miedo.
Lo dijo con una naturalidad que, retrospectivamente, debió de servirnos de advertencia.
La quinta estaba efectivamente apartada del pueblo y próxima a un río. El agua parecía haber dejado su huella en todo: en los muros, en las maderas, en el aire mismo. Nada parecía respirar. Había en la casa una humedad antigua, inmóvil, como si durante años nadie hubiera abierto una ventana.
El suelo de madera crujía bajo nuestros pasos. Mi hija mayor, Marisa, y yo nos miramos. No hizo falta decir nada. Las dos habíamos sentido lo mismo.
La casa era oscura. En los salones había numerosos retratos y fotografías de niños. Eran rostros de otras épocas, niños vestidos con ropas que ya no existían, detenidos para siempre en una edad que no podía crecer. Sus miradas, o quizá nuestra imaginación, parecían seguirnos mientras atravesábamos las habitaciones.
No nos gustaron.
En la cocina nos esperaba otra sorpresa. Sobre la encimera avanzaba una pequeña procesión de insectos que no sabíamos identificar: moscas, hormigas y otros seres diminutos que parecían pertenecer más al subsuelo que a una cocina.
Fue entonces cuando Marisa y yo decidimos que en aquella casa no dormiríamos.
Nos acercamos a una ventana. Desde allí vimos a mi nieta, sola en un columpio, en medio de aquella loma. A cierta distancia, la escena tenía una belleza extraña. La niña se balanceaba bajo el cielo, mientras la casa permanecía detrás de nosotras, silenciosa y húmeda.
Por un instante tuve la impresión absurda de que el suelo podía abrirse bajo sus pies y llevársela.
La joven nos entregó siete llaves. Una correspondía a la iglesia anexa a la quinta. Otras abrían distintas habitaciones.
—Hay algunas estancias que permanecen cerradas —explicó—, pero no van a necesitarlas.
Aquella frase terminó de completar el ambiente.
—Yo aquí no duermo —dijo Marisa.
—Yo tampoco —añadí.
Gonzalo nos observaba. Había puesto en aquella quinta toda la ilusión de quien encuentra algo extraordinario y quiere compartirlo con los suyos. Pero comprendió enseguida que la casa podía ser magnífica en los folletos y, sin embargo, imposible para nosotros.
Fue entonces cuando recordamos algo que Gonzalo nos había contado durante el viaje: en Portugal existían antiguas quintas cuyos nombres tenían una tristeza particular. La Quinta de las Lágrimas, la Quinta del Llanto, la Quinta de los Tristes… Nombres que parecían conservar, como una inscripción en piedra, alguna desgracia antigua.
Devolvimos las llaves. No pasaríamos allí ni una sola noche.
Buscamos un hotel para toda la familia y comunicamos nuestra decisión al propietario, un caballero portugués, educado y comprensivo. No discutió con nosotros. Escuchó nuestras razones y nos devolvió el dinero al día siguiente.
Después, Marisa hizo lo que hacemos todos, cuando una inquietud necesita convertirse en certeza: buscó en Google. Y encontró que aquella casa había sido, según la información que leyó, un antiguo convento del siglo XIII, relacionado con enterramientos intra y extramuros. Después fue adquirido por una compleja familia noble durante la desamortización de bienes religiosos en Portugal... A partir de entonces, nuestra imaginación hizo el resto.
Los sepulcros explicaban los insectos. Los retratos explicaban las miradas. La humedad parecía venir de los muertos. Las habitaciones cerradas adquirieron un secreto. La iglesia anexa dejó de ser una iglesia y se convirtió, en nuestra imaginación, en la puerta de comunicación entre dos mundos.La casa tenía un pasado, y aquel pasado parecía gravitar sobre el presente.
Pero quizá lo más extraño no era la casa, sino nosotros.
Días después llegó mi hija menor, la racionalista. Le contamos lo ocurrido y escuchó nuestra historia con la serenidad de quien contempla desde fuera una superstición ajena.
—Os habéis precipitado —dijo finalmente—. Allí no había ningún misterio.
Nos quedamos callados.
—Los hombres y mujeres estamos configurados para nuestra autoconservación —continuó, con aquella manera suya de decir las cosas—. Habéis visto una casa oscura, húmeda, mal ventilada y llena de bichos. Eso es todo.
Tenía razón.
Quizá los muertos no habían salido de sus sepulcros. Quizá ninguna fuerza invisible habitaba las habitaciones cerradas. Quizá los niños de los retratos no nos miraban y la tierra bajo el columpio no tenía intención alguna de tragarse a nuestra nieta.
Tal vez habíamos necesitado solamente unas horas para convertir una casa vieja en una casa maldita.
Y, sin embargo, nunca he olvidado aquella quinta. La recuerdo como se recuerdan ciertas cosas que no llegaron a suceder: con una mezcla de alivio y melancolía. Fue una casa que pudo haber sido el escenario de nuestras vacaciones y no lo fue; una casa que conservaba demasiadas huellas de quienes habían vivido y muerto en ella, para que nosotros pudiéramos sentirnos completamente vivos allí.
Nos despedimos de la Quinta del Llanto como de una historia que no quisimos terminar de conocer. Y quizá fuera mejor así. Hay casas que pertenecen al pasado con tal intensidad que cualquier intento de devolverles el presente resulta inútil.
La nuestra fue, durante quince días, aquella otra casa de Portugal que nunca habitamos. La casa que pudo ser. Y no fue.