21.06.2026.- Madrid.-
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Ante todo, quiero dar las gracias a las tres personas que han hecho posible este encuentro. Me refiero al catedrático y escritor Ilia Galán, al poeta y hombre de teatro Luis Bodelón y al Presidente del Círculo de Bellas Artes, Juan Miguel Hernández León. Debo empezar diciendo que Juan Miguel va camino de los 81 años y que fue alumno mío de Estética hace 55 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Además de alumno y amigo, colaboró en las investigaciones que entonces hacía sobre los patios platerescos o renacentistas españoles, de los que estaba elaborando una gramática generativa mediante la cual diseñar los patios platerescos existentes y todos los de ese estilo. Debo decir que Juan Miguel, como se ve en sus libros no es solo gran estudioso de la arquitectura y del paisaje, sino también de la filosofía, que en sus libros ha acertado a combinar con la arquitectura. A Ilia lo conocí en una cena que daban en su casa mi viejo amigo y gran poeta Marcos Ricardo Barnatán y su esposa, la periodista cultural Rosa María Pereda. Los libros de filosofía, poesía, novela de Ilia son tantos y de tan alta calidad que ponerme a describirlos sería como meterme en un laberinto. A Luis lo conocí cuando, hace ya unos cuantos años, me hizo una larga entrevista para la revista Cuadernos Hispanoamericanos, tarea que nos ocupó varios meses y cuyo resultado fue la entrevista literariamente más completa que se me haya hecho en los últimos ochenta años. Luis es un hombre de gran cultura y especialmente dedicado a la investigación teatral y también a la música. Por eso es seguro que aquí va a interpretar muy bien un papel importante. Con esto lo que quiero deciros es que en esta célebre Sala de Juntas estamos entre amigos, lo que es esencial cuando se llega a la edad a la que yo he llegado, y que esos amigos son personas de alta cultura.
Pero no quiero ocultaros que, en algún momento, me he sentido como si me hubiese muerto, pues esta clase de homenajes se suele hacer con ocasión de la muerte del homenajeado. Ya sabéis la famosa frase latina De mortuis nihil nisi bonum, o sea, de los muertos solo hay que decir lo bueno. Por eso, si queréis evitarme esa sensación funeraria, espero que digáis de mí algo malo, pues así me sentiré vivo.
La ruta que he seguido a lo largo de mi vida, desde mi más tierna infancia, ha sido la de los libros. Recuerdo que cuando tenía unos seis o siete años y vivía en mi casa familiar de Peñaranda de Bracamonte quise escribir una novela sobre el emperador Carlomagno, pues probablemente había leído algo sobre su persona. Empecé a hacerlo con gran pasión y seguridad, pero, de pronto, me di cuenta que no estaba capacitado para escribir ni una página de esa novela, pues de la vida no sabía nada, ni de la guerra o la gobernación de un Estado, no digamos de un Imperio. O sea, lo primero que supe es que no sabía nada. Y eso es lo que he pensado al arribar a los 80 años. Sé de muchas cosas menudas, pero no sé si sé. Bueno, en todo caso sé que se me está haciendo un homenaje. Pero, ¿qué es esto que se llama homenaje? En los diccionarios se le define como “una forma de celebrar la vida, trayectoria o aportes de alguien”. Me alegra saber que los que aquí me acompañáis pensáis que he aportado algo al mundo de la cultura. Digo, de la literatura y el arte, de la filosofía y la ciencia. Es verdad que yo, a los catorce años, empecé a escribir poesía, que he publicado en mi librito Poemas de un adolescente, y que cuando cumplí los dieciocho me pasé al experimentalismo poético de la poesía concreta y semiótica, la poesía de acción y pública, como se ha podido ver en la exposición que me dedicó hace cuatro años el MNCARS y un año antes el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza. A partir de entonces puede decirse que todos los géneros literarios me han cautivado, como se ve en mis libros, en los que de la novela se pasa a la filosofía, de la filosofía a la historia, de la historia, en suma, a la vida. Mi vinculación con el arte no ha sido menor, lo que explica en parte que nos encontremos ahora en el Círculo de Bellas Artes. He tratado sobre todo de artistas contemporáneos, con los que me unió la amistad, empezando por el gran Salvador Dalí, que me hizo el honor de ser amigo suyo y, por supuesto, estudioso de su obra.
A este respecto diré que el 3 de septiembre de 2005 presenté con estas palabras El libro de los artistas que acababa de publicar Ediciones Asimétricas:
“Cuando hace unos días me puse a leer, ya en su fase final de edición, El libro de los artistas, pensé algo tan obvio como que lo que tenía entre las manos era una recopilación de textos. La sorpresa vino cuando, al ir avanzando en la lectura, en vez de encontrarme con la prevista recopilación, lo que se me revelaba era… mi vida, y El libro de los artistas se iba transformando, sin previo aviso y sin que se alterase una coma, en El libro de mi vida.
Pues allí estaba mi vida desde que, en los primeros años 60, con dieciséis años, trabo amistad con dos de los artistas que figuran en este libro: Manolo Quejido y Herminio Molero, y poco después, con Eusebio Sempere y, a los diecinueve, con Alain Arias-Misson, a cuya casa acudía a menudo acompañado de no pocos amigos para perdernos en interminables conversaciones sobre poesía experimental, de acción, pública, filosofía, lingüística… Y el tren de la vida sigue y sigue su curso y hace paradas, sin salir del carril de los 60, en estaciones de nombres no menos conocidos, como Lugán, Julio Plaza, Elena Asins y Javier Utray. Y, entre los años 60 y los 70, en otras que se llaman Isidoro Valcárcel Medina, Pablo Pérez-Mínguez y William Burroughs. En los 70 este tren mío de la vida pasará por las de Guillermo Pérez Villalta, José Hernández, Fernando González de Canales, Carlos Durán, Bola Barrionuevo, Carlos Forns, Alfonso Albacete, Chema Cobo, Brigitte Szenczi, Juan Antonio Mañas, y, sobre todo, por la del gran Salvador Dalí y toda una familia de artistas, los Pichot o Pitxot, con la que Dalí tenía tanta amistad. El tren atravesó las estaciones de los años 80 y los 90, cruzó la frontera del nuevo milenio, y yo me he preguntado, finalmente, si El libro de los artistas no será, en realidad, un libro de viajes, algo así como El libro del viaje de la vida con los artistas.
Al estampar este nuevo título, me doy cuenta de que debo hacer una puntualización, casi una rectificación. Pues la sensación más profunda que he tenido al leer El libro de los artistas, no era tanto la de estar leyendo El libro de mi vida, como La novela de mi vida.
La sensación de estar leyendo una novela responde a que los personajes que protagonizan este libro, o sea, los artistas, no sólo son personajes reales, con los que he coincidido en innumerables ocasiones, a los que conozco o creo conocer a fondo, tanto en su entidad personal, como en sus operaciones artísticas, sino que también son, de alguna manera, seres de ficción, dada la naturaleza de su actividad artística, y, también, dada la naturaleza de la mía, al ponerme a escribir sobre ellos y su obra. La exactitud y el conocimiento no están reñidos con la ficción y el relato. En buena medida, se complementan.
De hecho, el conocimiento que tengo de ellos me ha permitido ir más allá de lo convencional, aprovechar circunstancias concretas de la vida y del momento, como pueden ser las galerías en que exponen, las conversaciones habidas con ellos, las lecturas que yo hacía al ponerme a escribir, con el resultado de desplegar un largo e intrincado friso, en el que se les ve desfilar nimbados de historias personales y especulaciones estéticas, de lugares no menos que de conceptos.
No necesito decir que, además del arte, me dediqué, sobre todo, a la filosofía, a la novela, a la historia, al ensayo, a los diarios personales. De ahí debería mencionar a escritores a lo que me une la admiración y la amistad. Entre otros, quiero mencNunca vi incompatibilidad entre esas modalidades, que para mí son complementarias y se enriquecen mutuamente. La dedicación a la filosofía no me ha impedido escribir poesía, novela y teatro. En el campo de las letras debo mencionar a mis admirados amigos Luis Alberto de Cuenca, Gabriel Albiac, Agapito Maestre, José Manuel Cabra de Luna, Juan Miguel González y otros muchos.
En la primavera de 1916 Hugo Ball puso las bases (unas bases más bien liquidas) al Dadaísmo cuando abrió a un público estremecido por los horrores de la Gran Guerra y refugiado en Suiza el Cabaret Voltaire. El local estaba en la llamada Alquería holandesa, sita en el número 1 de la calle Spiegelgasse de Zurich. Por allí pasarían Tristan Tzara, Marcel y Georges Janco, Jean Arp y un activista entonces desconocido llamado Lenin (yo mismo, hace tiempo, tuve la suerte de poder entrar en ese mismo local). Un año antes de tomar esa resolución tan preñada de futuro, Ball escribió en su Diario estas palabras: «Es un error creer en mi presencia. Tengo que hacer grandes esfuerzos para engañarme a mí mismo con una existencia real.»
Algo así es lo que me ocurre cuando me miro en El libro de los artistas y, también, en esta Sala de Juntas del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde ahora nos encontramos. Creo que es un error creer en mi presencia. Pienso que tengo una existencia real, pero también que ese pensamiento es el mayor de los engaños. Por eso he hablado de La novela de mi vida y de que también se podría hablar de La novela de los artistas, digo, de su ficción. Pues los que circulamos en estas páginas, ¿existimos realmente? ¿O no somos más bien las simpáticas marionetas con las que se entretiene el Sumo Artista para paliar su eterno e infinito tedio?”
Espero, queridos amigos, que este 19 de junio de 2026 en el que cumplo 80 años, superemos, al menos los aquí presentes, la condición de marionetas y nos convirtamos en auténticos hombres de teatro. Digo, del teatro de la vida, del arte y de las letras. Y que sigamos teniendo encuentros como este durante muchos años. Y que a todos los que ahora me acompañáis se os haga un homenaje como el que aquí me estáis haciendo. He dicho.
Ignacio Gómez de Liaño



