Alma Pía
Alma Pía y sus hermanos Cristina, Isabel y Guille.
Julia Sáez-Angulo
5/7/26.- Madrid.- Los años siguen haciendo real aquel viejo dicho madrileño de que nuestro clima se reparte entre nueve meses de invierno y tres de infierno. Y, sin embargo, lo llevamos con resignación. Sabemos que, tarde o temprano, llegará el merecido descanso junto al mar o en el frescor de la montaña. A mí me espera, como cada verano, El Escorial, con sus tardes serenas, sus paseos bajo la sombra de sus árboles centenarios y ese aire limpio que parece ordenar también los pensamientos.
Hay noticias que llegan a una familia con la fuerza de un vendaval y otras que se anuncian despacio, como una lluvia fina que va empapando el corazón hasta convertir la ilusión en una certeza. La llegada de Alma Pía pertenece a estas últimas. Durante meses fue una posibilidad remota; hoy ya es una realidad que ha llenado de alegría a toda la familia.
Mi sobrina Elisa y su marido, Emilio, son un matrimonio extraordinario. Ya tenían una familia numerosa, con tres hijos: Isabel, de trece años; Guillermo, de once; y la pequeña Cristina, de seis. Cualquiera habría pensado que bastante tenían con sacar adelante a sus hijos, pero ambos llevaban tiempo profundamente conmovidos por la situación de tantos bebés que permanecen en orfanatos o en centros de protección esperando una oportunidad para crecer en el calor de un hogar.
Por eso decidieron inscribirse en un programa de acogimiento familiar.
No buscaban expresamente la adopción. Lo que deseaban era ofrecer una familia a un niño que la necesitara mientras su situación pudiera resolverse. Presentaron la solicitud, respondieron a todas las entrevistas y, una vez cumplidos los requisitos, la vida volvió a su rutina. Pasaron los meses y casi llegaron a olvidar aquella instancia presentada con responsabilidad.
Hasta que una mañana sonó el teléfono. Era una llamada de los Servicios Sociales. Había una niña para ellos. La emoción e inquietud fue indescriptible.
Les indicaron que fueran a conocerla a la familia de urgencia que la había criado desde que era un bebé. Durante quince meses aquella familia había sido su hogar. Habían contemplado sus primeros pasos, la habían consolado cuando lloraba, celebrado sus pequeños descubrimientos y querido como solo puede quererse a un niño indefenso. Su misión consistía precisamente en eso: cuidar de los pequeños hasta que pudieran incorporarse a una familia de acogida y, si algún día las circunstancias legales lo permitían, quedar en situación de ser adoptados.
Así, mis sobrinos y sus hijos, mis sobrinos nietos, conocieron a Alma Pía.
DE ORIGEN GUINEANO
Había nacido en Madrid, aunque era de origen guineano por parte de su madre. Ésta padece una enfermedad que le impide hacerse cargo de su hija, motivo por el cual los Servicios Sociales habían asumido su protección desde el nacimiento.
Antes de autorizar la incorporación de Alma al nuevo hogar, los técnicos quisieron asegurarse de que toda la familia aceptaba de buen grado aquella decisión. No bastaba con el sí de Elisa y Emilio. Entrevistaron uno por uno a los cinco miembros de la familia y prestaron una atención especial a Cristina, la pequeña de seis años, para comprobar si la llegada de una hermana menor podía despertar en ella sentimientos de reserva o celos. No fue así.
Cristina esperaba a Alma algo circunspecta. Pronto se ha visto que ella será la maestrita de Alma a la que cuidar, proteger y enseñar a hablar. “Tía ella quiere siempre lo que yo tengo en las manos”, me contó.
La familia de acogida les dijo que unas monjitas franciscanas, que conocían la historia de la pequeña, les dijeron con enorme sencillez: “Llevamos rezando por Alma Pía desde que nació y seguiremos haciéndolo toda la vida para que siempre encuentre personas que la quieran”.
Aquellas palabras emocionaron a Elisa y Emilio. Pensaron que, mientras ellos ignoraban incluso la existencia de aquella niña, había personas que ya pedían por ella cada día.
Actualmente, Alma visita a su madre biológica cada dos meses bajo la supervisión de los Servicios Sociales. Por el momento, los responsables consideran prudente que la familia biológica y la familia de acogida no mantengan contacto directo, mientras observan cómo evoluciona la situación y siempre pensando en el bienestar de la niña.
Todos tienen muy claro cuál es el sentido de la acogida. Si la madre biológica consigue recuperarse y puede hacerse cargo de su hija, Alma regresará con ella. Así debe ser y así lo aceptan Elisa, Emilio y los niños con absoluta generosidad. Pero si esa recuperación no llegara a producirse, entonces podría iniciarse el proceso para que la niña fuera adoptada por quienes hoy son ya su verdadera familia de cada día. De momento, Elisa ha conseguido un permiso de maternidad, como si hubiera parido.
Hace unos días vinieron a casa para presentarme oficialmente a la nueva integrante de la familia. Hicimos un buen desayuno en el jardín. La mañana era luminosa y tranquila, algo calurosa. Mientras compartíamos bizcochos, croisants, chocolate, zumos, helados y conversación, todas las miradas se dirigían hacia aquella pequeña de grandes ojos negros que observaba el mundo con una mezcla de curiosidad y prudencia.
Alma estaba completamente feliz junto a Elisa y a sus hermanos. Se notaba que comenzaba a sentirse segura en aquel hogar. Yo intenté acercarme a ella varias veces. Quise acariciarla y cogerla en brazos, pero ella se resistía, aferrándose a su nueva madre.
Pensé que era el viejo instinto de los niños pequeños, que necesitan tiempo para distinguir entre quienes forman parte de su mundo y quienes todavía son unos desconocidos. Ya llegará el día en que venga ella sola a buscarme
La madre mojaba la cabeza de la niña para mitigar el calor, pero su abundante pelo crespo rechazaba el agua y lo impedía. "Alma ya sabe decir algunas palabras: papá, mamá y caca", me contó Elisa.
Toda la familia vive estos días la noticia de la llegada de alma con respeto, admiración y afecto. Todos hemos felicitado a Elisa y a Emilio, porque la acogida generosa de una niña no es solo una decisión de los padres, lo vive y lo comparte toda la familia.
Yo encuentro en Alma Pía a una niña bonita, con una belleza africana, delicada y exótica. Estoy convencida de que, cuando sea mayor, será una mujer hermosa. Al contemplarla no puedo evitar recordar la legendaria historia bíblica de la reina de Saba, la soberana etíope que, según la Escritura, cautivó por su inteligencia y belleza al sabio rey Salomón en Jerusalén.
En septiembre la bautizaremos con su propio nombre civil. Y como Dios dirige el tránsito de los hombres, irá guiando el curso de esta historia.
Cristina, Guillermo, Elisa, Alma Pía e Isabel
Guille, Cristina, Julia, Elisa y Alma Pía
Cristina, Guille y Alma PíaCristina y su gabinete cosmético