Julia Sáez-Angulo
Fotos: Cuqui y Carmen Valero
31/8/25.- Puenteviejo (Ávila).- La pintora anfitriona Cuqui Valero insiste en que, pese a lo que algunos piensan, la pintura requiere largo aliento y mucha energía, ella la ha tenido baja en los últimos meses, pero, aún así, prepara una tercera exposición “Dos generaciones, dos estilos”, con su hija también pintora, Mónica Mittendorffer (el papá es austriaco). Sitios para exponer tiene: los centros culturales Gloria Fuertes o Teresa de Calcuta y la Sala Eduardo Chicharro, será cuestión de pensar y decidirse. De momento, en su casa de Puenteviejo, Cuqui Valero muestra en casa pintura de sus series “Isla del Hierro” y “Flores”.
Los artistas suelen ser buenos chefs de cocina, al fin y al cabo, todo es cuestión de ingredientes sobre un soporte. El caso de Cuqui no es una excepción y nos ofrece, entre otras delicias, judías verdes con patatas que son tiernas como mantequilla. Nos da la clave del asunto. Ella busca sobre todo calidad y la encuentra en los productos nacionales, y, si son locales, ¡mejor! Ha encontrado patatas excelentes de Madrid, que ya tienen denominación de origen. Así que los deliciosos cachelos gallegos se pueden echar a temblar. “No compro frutas ni hortalizas de Marruecos, porque sabe Dios si las riegan con aguas fecales. Aquí la normativa europea es exigente y segura”, afirma la pintora, que exige productos nacionales en los supermercados que visita.
Hablamos de las ancas de rana, muy típicas en toda la provincia de Segovia. El restaurante Cándido las ofrece, además de su clásico cochinillo asado. Sanchidrián (Ávila) tiene un curioso monumento, una enorme rana hecha de chatarra, en honor a los raneros, gentilicio de sus habitantes. En muchas tascas o tabernas de Madrid también se ofrece este sabroso manjar para quienes lo aprecian.
Las provincias de Ávila y Segovia, a base de ondas, se enlazan, dividen y juntan en el mapa, cada tres por dos, cuando se viaja en coche.
Cuqui es un pozo de historias y anécdotas como mujer sociable y buena narradora. Uno de sus recuerdos que nos contó fue que el torero El Jaro le brindó un toro en la plaza de las Ventas de Madrid, siendo joven. Todo un orgullo. A ella y a mí nos gustan los toros. “Mi padre prefería el fútbol. Era del Real Madrid”, cuenta Cuqui.
La vida sigue con sus avatares en Puenteviejo. Les llega la noticia de que ha fallecido su tía política Josefina Marugán, a los 105 años. Carmen Valero, mujer piadosa, se apresura a encargar una misa a don Enrique Santamaría, el párroco de Maello, en la capilla de San Lorenzo de Puenteviejo. El cura tiene asignados otros dos pueblos más: Blasco Sancho y Pajares de Adaja. En esta capilla de Puenteviejo descubrimos el mural frontal de apreciado pintor Daniel Merino, que tenía casa conyugal por estos lares.
Paseamos por la antigua carretera de Carlos III, que nos lleva al puente viejo del XVIII, sobre el río Voltoya bordeado de eucaliptos y chopos, ranas y culebras. La maleza reseca de la mala hierba sube hasta la cintura. Hay que hacer una higa para que el fuego no llegue a estos lares del Voltoya. ¿Dónde está la normativa municipal que obliga a segar la falsa avena? No escarmentamos.
Regresamos a Puenteviejo, donde reciben las cuatro banderas con el protocolo perfecto: nacional, eropea, provincial y comunitaria.
Al entrar en el jardín de la casa, nos recibe el olivo de paz, qe Carmen Valero se trajo de na masía amiga de Cataluña. El laurel de la derecha ha crecido en bella forma cónica. El árbol de Júpiter, que Cuqui plantó con ilusión el pasado verano, porque es uno de los árboles que da flores vistosas en estío, cuando ella está, amenaza con secarse. Veremos.
La albahaca de la entrada ahuyenta los insectos. El viejo huerto de aromas que cultivaban los frailes en el claustro, es el sueño de los jardines.
Los ladridos de perro solo llegan al atardecer.