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martes, 26 de mayo de 2026

DON TILO, PATRIARCA DOMINICANO. Relato basado en la realidad, por Carmen Valero

Hermanas Vedruna junto al Obispo y amigos que celebraron con ellas los 200 años, aniversario de la fundación de las Carmelitas de la Caridad, por santa Joaquina Vedruna


Por Carmen Valero Espinosa

26.05.2026.- Madrid

    En Yamasá pueblo interior de la cálida y fecunda República Dominicana, donde el cacao y las fuentes, balnearios y ríos cristalinos le dotan de riqueza y belleza, vivió un hombre al que todos conocían como don Tilo de la Cruz. Su nombre verdadero quizá lo recuerden los registros civiles, pero para su pueblo, para su familia y para cuantos lo trataron, siempre fue simplemente don Tilo: el patriarca, el hombre bueno, el anfitrión generoso, el padre fecundo como los antiguos patriarcas bíblicos.

Había trabajado toda su vida con esfuerzo silencioso. Conocía la tierra, los negocios modestos, la crianza de animales y la difícil tarea de sacar adelante una familia numerosa en una isla golpeada tantas veces por la pobreza y los huracanes. Pero jamás se le oyó lamentarse. Caminaba con la dignidad de quien sabe que la riqueza más grande no está en el dinero sino en las personas que se sientan a la mesa.

Y su mesa era inmensa. Su descendencia, también. Tuvo una veintena hijos.

Veinte vidas nacidas de su sangre y de su esperanza. La mayoría de ellos se casó y tuvo a su vez hijos y nietos, de manera que la casa de don Tilo terminó pareciéndose a una pequeña aldea familiar donde siempre había risas, cazuelas humeantes, niños corriendo y mujeres hablando a la vez en patios llenos de macetas y gallinas.

Él contemplaba aquella multitud con orgullo humilde. A veces, sentado en una mecedora de madera bajo la sombra de un árbol, observaba jugar a sus nietos y decía que Dios lo había bendecido “como las arenas del desierto y las estrellas del cielo”. Y quienes lo escuchaban comprendían que no exageraba. Su descendencia era tan abundante que parecía extenderse por toda la isla.

Pero no solo había cantidad en aquella familia, sino también vocación y servicio.

Dos de sus hijas abrazaron la vida religiosa en las Hermanas Vedruna, las Carmelitas de la Caridad, entregando sus vidas a la enseñanza y a los pobres. Otras hijas suyas fueron franciscanas. Uno de sus hijos llegó a ser sacerdote y más tarde obispo, llevando el Evangelio por caminos donde la necesidad espiritual y material caminaban juntas.

Don Tilo no presumía de ello. Lo contaba con sencillez, como quien habla de la lluvia o del amanecer. Para él, todo era gracia divina.

Cuando yo lo conocí, llegué acompañada precisamente por Cecilia y Fanita, sus hijas religiosas Vedruna. Yo había viajado desde Madrid, enviada por Cáritas Española para colaborar en la reconstrucción de lo posible en Dominicana, tras el devastador paso del huracán Georges en 1998, que había golpeado cruelmente la isla caribeña, dejando pueblos enteros destruidos, escuelas arrasadas y familias sin techo ni esperanza.

Aún recuerdo el camino hasta su casa en Yamasá. El calor húmedo del Caribe, las carreteras maltrechas, los niños descalzos saludando a los coches y las huellas de la tragedia todavía visibles en muchos rincones. Pero al cruzar el umbral de la vivienda de don Tilo, parecía que uno entraba en otro mundo.

Había preparado un almuerzo en mi honor.

No una comida sencilla de cortesía, sino una auténtica fiesta de bienvenida. Ordenó asar un cordero, como el padre del hijo pródigo en el Evangelio. Quería honrar al visitante llegado de lejos, a la persona que venía a ayudar a su pueblo amado. Sobre la mesa aparecieron arroz, frijoles, plátanos, frutas tropicales, café espeso y carnes condimentadas con el sabor fuerte y alegre del Caribe.

Recuerdo su sonrisa franca, sus manos grandes y su mirada brillante de gratitud.

Agradeció mi presencia como si yo fuera alguien importante, cuando en realidad el importante era él. Decía que cualquier ayuda para su patria era un regalo de Dios. Hablaba con emoción de las escuelas que debían reconstruirse, de las iglesias caídas, de los dispensarios médicos, de los gabinetes de higiene que tanta falta hacían en las misiones rurales.

Todavía puedo ver a algunos misioneros lavándose los dientes sobre una palangana y escupiendo después en la tierra, a través de la ventana,  porque ni siquiera tenían cuarto de baño. Aquella pobreza elemental impresionaba profundamente a quien llegaba desde Europa. Y, sin embargo, junto a la pobreza había una enorme dignidad humana.

Don Tilo encarnaba precisamente esa dignidad.

Era un hombre sin estudios elevados, pero poseía una sabiduría antigua, hecha de hospitalidad, fe y experiencia. Entendía que el progreso no consistía solamente en levantar edificios, sino en formar personas buenas, familias unidas y comunidades solidarias.

Tal vez por eso su descendencia prosperó.

Sus hijos trabajaron, estudiaron, levantaron negocios, sirvieron a la Iglesia y ayudaron a otros dominicanos. Los nietos siguieron creciendo con el recuerdo de aquel anciano patriarca cuya casa siempre tenía las puertas abiertas. Y cuando alguno preguntaba de dónde venía aquella bondad familiar, los mayores respondían:

—De don Tilo.

Porque “tilo”, decían algunos ancianos sabios de la isla es el árbol, que cobija con su gran sombra y su aroma amoroso. Y verdaderamente él lo era. Bueno como el pan compartido, Bueno como la sombra en el calor tropical. Bueno como el hombre que nunca niega un plato de comida ni una palabra de ánimo.

En una tierra marcada por la mezcla de sangres y culturas, donde sobreviven todavía ecos de los antiguos taínos que habitaron la isla antes de la llegada de los españoles, don Tilo representaba lo mejor del alma dominicana: la alegría resistente, la fe sencilla, la familia numerosa y el corazón abierto. Tainos significa buenos y así los llamaron los españoles, porque los veían pacíficos

Hoy quizá muchos de sus descendientes estén dispersos por el mundo: algunos en Santo Domingo, otros en Nueva York, Madrid o Miami. Algunos serán médicos, maestros, religiosos, comerciantes o albañiles… Pero todos llevan algo invisible heredado de aquel patriarca caribeño.

Llevan su memoria.

Y mientras exista alguien que recuerde sus banquetes, su generosidad y aquella manera suya de recibir al extranjero como a un hermano, don Tilo, el patriarca fecundo, seguirá vivo en el corazón de República Dominicana. 

Más información

https://mail.google.com/mail/u/0/?tab=rm&ogbl#search/Fanita/KtbxLxGkMfkjMVSMfqpJjkCSxBxBDLJFmL


sábado, 6 de septiembre de 2025

OBITUARIO. Don Julio de la Cruz Matos, empresario dominicano, hombre de bien, tres veces síndico en Yamasá. de la República Dominicana

Julio de la Cruz Matos (1928-2025)
Julio de la Cruz Matos, empresario y alcalde de Yamasa. República Dominicana


    Carmen Valero Espinosa

6/9/25.- Madrid.- Don Julio de la Cruz Matos, empresario dominicano, hombre de bien, tres veces sindico -alcalde-, ha fallecido este mes de septiembre en Yamasá, provincia de Monteplata de la Republicana Dominicana, a los 96 años. Era un hombre muy apreciado en su tierra, como persona y como comerciante de diversos negocios, en especial de gasolineras. Su fama de hacer el bien llegaba a personas jóvenes y mayores, a los que ofrecía empleo y ayudaba en situación críticas. "Un hombre en su naturaleza bueno", que diría el poeta Antonio Machado.

Como alcalde socialcristiano, Julio de la Cruz, al que llamaban cariñosamente “Don Julito”, hizo el ensanche y diseño del tráfico en la localidad de Yamasá. Deja un legado importante de amor al trabajo, ayuda a los ciudadanos… un ejemplo como servidor público. 

    Era Hijo de Virginia Matos y Rafael de la Cruz. Nació en Yamasá,el 15 de Diciembre de 1928. Murió  el 24 de agosto 2025, en Yamasá. Don Julio tuvo numerosos hermanos:  Celestino, Fanita, Cecilia… estas dos últimas religiosas de la congregación de Hermanas Carmelitas de la Caridad, de Santa Joaquina de Vedruna, que en 2026 cumplirá 200 años de su fundación. Hermanos, hijas, sobrinos de la familia Cruz, fueron buenos estudiantes y licenciados.

Cuando el huracán George azotó el Caribe, en 1998, Cáritas Española, dirigida por quien esto suscribe, se instaló, entre otras localidades en Yamasá, para colaborar en la reconstrucción de las escuelas, ambulatorios, botiquines y otros servicios, animada por las hijas Vedruna: Cecilia y Fanita de la Cruz.

El periodista local Julio César, trabajador de Caritas Dominicana ha escrito: La suerte para las comunidades de los países del mundo es que siempre tenemos héroes y heroínas anonim@s, mujeres y hombres que se ponen por encima de las personas comunes, ejerciendo roles que van más ya de las expectativas, de la cotidianidad y escriben historias con tinta indeleble en el sentimiento de los comunitarios y en todos aquellos que conocen de sus talentos. El fenecido se fue con lo suyo, y dejó una impronta incalculable para su provincia. PAZ A SU ALMA. También ha manifestado su condolencia Mariana Marrero, directora de Cáritas Arquidiocesana de Santo Domingo.

        Más información

https://www.facebook.com/watch/?v=2728101807536455

D. Julio de la Cruz Matos (1928-2025)