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martes, 2 de septiembre de 2025

RETORNO A PUENTE VIEJO V.- Volaron las cigüeñas del Pinar de Puenteviejo. Los canteros vascos de Mingorría, para el Real Monasterio de El Escorial. El cuento de Azorín.

Cigüeñas
El Pinar de Puente Viejo


Julia Sáez Angulo

Fotos: J.S.A.

3/9/25.- Puente Viejo (Ávila).- Todo son comentarios y escenas rurales vibrantes en esta zona de Ávila. Las numerosas cigüeñas del Pinar de Puente Viejo han desaparecido de los pinares donde anidaban sobre sus copas y, a veces, las hundían. (Recordé el primer párrafo de una antigua lectura: “Las cigüeñas con las aves de mayor tamaño que nidifican cerca del hombre). Habrá sido el humo de los fuegos próximos lo que las asustó y se marcharon, comenta Cuqui Valero

    Merendamos torreznos, queso curado y jamón en casa del matrimonio de Juli y Jose Dueñas, antiguo administrador de El Pinar de Coto Viejo, nos explican que ha sido la retirada del vertedero de Sanchidrián, lo que ha obligado a emigrar a las cigüeñas. La falta de comida.

    Sale en conversación las grandes fincas del Conde de Mayalde, la cantante Conchita Piquer o los Canusa… En ellas hay patrimonio ganadero y agrícola. Las pueblas y las dehesas son focos de riqueza. Los pueblos están muy juntos. También hay minifundio. Los viajeros románticos ingleses, Richard Ford o George Barrows los recorrieron y escribieron sobre ellos. También el filósofo norteamericano George Santayana, nacido en Ávila, estuvo por aquí.

    Se afirma que la legumbre y las patatas de la comarca de la Moraña es la mejor, pero algunos recelan del agua freática, porque alegan que tiene arsénico. El chulentón de Ávila no tiene parangón de abundante y rico.

    El pueblo de abulense de Mingorría llama la atención por su sonoridad vasca y también lo percibió a Azorín que escribió un curioso cuento en la zona titulado “Los vascos de Mingorría” (1936), que hace referencia a una probable colonia de canteros vascos, principalmente de la región de Guipúzcoa, que se estableció en la localidad abulense de Mingorría durante el siglo XVI para trabajar la piedra destinada a la construcción del Monasterio de El Escorial. Aunque se les atribuye origen vasco a través de la jefatura de un grupo de Andoáin y una posible leyenda sobre el nombre del pueblo, actualmente no quedan huellas significativas de su presencia en los apellidos de la población actual de Mingorría, señala la IA, al contrario del cuento de Azorín. 

    El autor del cuento se interesó por Mingorría, pueblo vasco en el corazón de Castilla, mientras leía la guía de los Ferrocarriles del Norte, o el Manual para viajeros de Richard Ford publicado en 1845, cuya lectura reseña en Castilla (1912). La Mingorríana era entonces una de las posadas menos malas de la capital abulense decía Ford; la «Fuente de las Mingorrianas» se hallaba en el paraje de la capital abulense de «Las Santidades» en la zona de la Encarnación; y el camino carretero de Mingorría, que iba de Ávila a Arévalo, destacaba por la actividad comercial de arrieros y trajinantes. 

FELIPE II Y DON JOSÉ CHINCHURRETA

    En 1956, Máximo Alfayate, secretario del Ayuntamiento de Mingorría escribió en respuesta a una consulta sobre el origen del pueblo que le hace M.C.: “En la época en que el Rey de España Don Felipe II se encontraba construyendo el Monasterio del Escorial, acamparon en varios lugares, donde ahora es termino de Mingorría, varias colonias vascas, con objeto de labrar piedra para las obras, de orden del Rey antedicho, entre las cuales se encontraba una, que era la envidia de las demás y la admiración del Rey, por los buenos y bonitos trabajos que ejecutaban; al frente de esta colonia venía un señor, natural de Andoain, provincia de San Sebastián, que se llamaba don José Chinchurreta, que era muy apreciado del Rey y debido a la confianza que tenía en él, le concedió el honor de entrar en Palacio sin descubrirse (Caballero cubierto). -150 Crónica de Historia Natural- Una de las veces que se presentó en Palacio don José Chinchurreta a dar cuenta al Rey Don Felipe, de que en la colonia se había presentado una enfermedad que en aquel entonces la denominaban “Mal Rojo“ y que en vista de que la enfermedad iba en aumento, le rogaba el nombramiento de Médicos para que pudiesen curar la enfermedad. 

El Rey, después de escucharle detenidamente y de recoger muchos datos referentes a la situación de la colonia que don José Chinchurreta le proporcionó, el Rey le preguntó: ¿Qué enfermedad es esa? Min...Gorria... Jauna, contestó don José Chinchurreta. Por lo visto la palabra “Min” es mal; la palabra “Gorria“, es rojo y la palabra “Jauna“ es señor. Esta enfermedad que antes, o sea en aquel entonces, la llamaban Mal Rojo (Min-Gorria) es la que ahora está denominada con el nombre de sarampión. 

    Don José Chinchurreta, recibió la alegría de que el Rey ordenara la salida de Palacio de Médicos especializados en esta clase de enfermedades que curasen dicha enfermedad y en conmemoración de este hecho pusieron a la colonia el nombre de Mingorria, y por eso en las guías de Turismo ponen “Mingorría”, antigua colonia vasca. Son los datos que puedo facilitar en contestación a su atenta. de fecha 23 de los que cursan ofreciéndose a la vez incondicional s. s. q. e. s. m.

    Interesante, pero el cuento de Azorín me gusta más. Ahí lo aporto, un poco chusco.

Más información

chttps://www.aranzadi.eus/fileadmin/docs/Munibe/1956148150.pdf

https://es.scribd.com/document/740954766/Los-vascos-de-Mingorria

Mingorría (Ávila)

Cuqui, Juli y Carmen en el supermercado de Sanchidrián

lunes, 11 de diciembre de 2017

La Biblioteca Nacional de España homenajea a Azorín en el 50 aniversario de su muerte




Muestra bibliográfica del 12 de diciembre al 20 de enero



L.M.A.

-11 de diciembre de 2017- La Biblioteca Nacional de España se une al 50 aniversario de la muerte de José Martínez Ruíz, Azorín (Monóvar, 1873-Madrid, 1967) con una muestra bibliográfica que podrá contemplarse desde el 12 de diciembre hasta el 20 de enero del 2018 y con un acto homenaje en el que participarán Luis Alberto de Cuenca, presidente del Real Patronato de la BNE y José Payá, director de la Casa-Museo Azorín.
Este martes 12 de diciembre se celebra a partir de las 19.00 horas el homenaje al autor en el Salón de Actos de la BNE. En el acto, organizado en colaboración con la Casa-Museo Azorín de la Fundación Caja Mediterráneo, Luis Alberto de Cuenca y José Payá recordarán la figura y la obra de Azorín, novelista, articulista, ensayista y dramaturgo perteneciente a la Generación del 98.
Además, este mismo día se inaugura la muestra José Martínez Ruíz Azorín  (1873-1967): Clásico y moderno, que podrá verse en la antesala del Salón General de Lectura de la BNE. La exposición presenta un recorrido por el legado del escritor que, a lo largo de su casi centenaria vida, nos dejó más 140 libros, 400 cuentos y 5.500 cuentos en los que plasmó una visión melancólica de un mundo que siempre pareció observar desde la distancia, como si procediera de otra época.
A través de una escritura de apariencia sencilla pero laboriosamente elaborada, José Martínez Ruiz quiso hacer brillar el castellano en su más esplendorosa riqueza. Miembro de la Generación del 98 y cronista de la misma, su figura le convirtió en un clásico intocable, pero quien se acerque a su obra sin prejuicios descubrirá a un contemporáneo que habla con sabiduría y cercanía.
 “El estilo no es nada. El estilo es escribir de tal manera que quien lo lea piense: esto lo hago yo. Y que, sin embargo, no pueda hacer eso tan sencillo –quien así lo crea-; y que eso que no es nada, sea lo más difícil, lo más trabajoso, lo más complicado”. Nadie ha definido mejor que el propio Azorín su escritura, con unas palabras que muestran su búsqueda incesante de la pureza, una destilación que evita lo superfluo y casi alcanza la abstracción, recuperando el castellano más arcaico para remozarlo hasta darle una nueva vida.

Tras estudiar con los escolapios en Yecla (Murcia), en 1888 se trasladó a Valencia, donde inició sus estudios en Derecho, que nunca llegó a completar. Su precoz interés por la literatura se hizo público por primera vez en la conferencia que presentó en el Ateneo Literario de Valencia sobre “La crítica literaria en España”. Pronto aparecerían sus primeras obras impresas, Moratín (1893) o Buscapiés (1894), para las que utilizaría pseudónimos como Cándido o Ahrrimán, y que hoy en día son tesoros bibliográficos prácticamente imposibles de encontrar.

En 1896 se muda a Madrid, donde se gana la vida precariamente gracias a sus colaboraciones en la prensa (El País), y traba amistad con otros jóvenes literatos, como Valle-Inclán, Baroja o Juan Ramón Jiménez, a quienes más tarde se conocería como la Generación del 98, denominación ideada por el propio Azorín en Clásicos y modernos (1913). Con la publicación de Charivari (1887), una ácida crítica del mundillo literario, su nombre empezará a hacerse conocido. Pese a que su irrupción en los círculos artísticos y periodísticos llegó acompañada de unos postulados radicales, pronto evolucionaría hacia posturas más conservadoras.

En 1902 aparece la que es considerada como su primera novela importante, La voluntad, a la que seguirá un año después Antonio Azorín. Son libros con una fuerte carga autobiográfica en los que se percibe una mirada poética. En 1905 comienza a colaborar en el ABC, en el que ya permanecerá hasta el final de sus días, y publica Los pueblos, donde demuestra su maestría en la descripción paisajística. En sus libros cada vez se centra más en ciertos autores tradicionales, con títulos como Al margen de los clásicos (1915). En 1924 con motivo de su ingreso en la RAE, escribe el discurso Una hora de España, uno de sus textos más recordados.

Posteriormente, seguirá tratando de innovar, aunque siempre dentro de un estilo muy característico. En sus libros anteriores a la Guerra Civil, como Félix Vargas (1928), experimenta con una prosa cada vez más concisa. También practicará el relato corto, caso de Blanco en azul, de 1929, y el teatro, en títulos como Comedia del arte, de 1928, aunque en este género, al que traslada su austeridad exenta de artificio, no tendrá ningún éxito. Tras el inicio de la guerra se exilia en Francia, donde escribe varios libros evocativos sobre el país que se ha visto forzado a abandonar, como Pensando en España, de 1940.

Al volver a Madrid, prefirió vivir en un particular aislamiento, refugiado en sus recuerdos y en el estudio de los clásicos más queridos. En 1946 publicó sus Memorias inmemoriales y en años posteriores continuó con su incansable labor como articulista. En sus últimos años regresó a su infancia y publicó algunos libros, como Posdata (1959), dedicados a recuperar algunas de sus vivencias más íntimas. Azorín, en palabras de Dolores Franco, es el autor de la vida cotidiana, a la que observa con una mirada mortecina, pero repleta de cariño y caridad, y que describe con una suave ternura. Supo fijar una España que venía de muy lejos y que se iba.

  


jueves, 24 de agosto de 2017

Alcázar de San Juan, ciudad manchega, cervantina y de la Orden Hospitalaria de Jerusalén



Molino de viento

Torreón del Gran Prior




Julia Sáez-Angulo

            24.08.17 .- Aunque el tórrido verano no sea la época más adecuada para visitarla, la ciudad de Alcázar de San Juan es un interesante enclave histórico y natural de La Mancha, que vale la pena visitar. Es tierra de molinos, cervantina y fue Encomienda de la Orden Ecuestre y Hospitalaria de Jerusalén, Rodas y Malta, de la que aún perduran vestigios de su conjunto palacial, sobre todo el torreón del Gran Prior. La ciudad se ofrece con el eslogan: Alcázar, Turismo todo el año.

            Además de lo citado, la ciudad manchega ofrece el Museo Municipal, con ricos mosaicos y otros fondos de villas romanas del entorno de Alcázar de San Juan y en el término de Piédrola ha aparecido un conjunto arqueológico espléndido, del que se entusiasma el concejal de Cultura, Mariano Fernández, porque en él se encuentran juntos pero no superpuestos, yacimientos íberos, romanos, hispano-musulmanes y otros. Es un gran tesoro que brillará cuando salga a la luz, pues va a constituir un gran parque histórico real y no pastiche.

            El Museo del Hidalgo es otro lugar visitable por viajeros y turistas, porque es un vivo testimonio de cómo vivía un hidalgo acomodado de La Mancha, que, a todo el que lo mira, trae a la memoria, por analogía, al gran hidalgo de Don Quijote.  Utensilios de labranza, trajes, armaduras, utillaje doméstico, documentos históricos, entre ellos una partida de nacimiento de un Miguel de Cervantes…

            Con motivo del centenario de libro de Azorín, La ruta de Don Quijote, que inexorablemente pasa por Alcázar de San Juan, ha hecho concebir algunos proyectos de evocación viajera y literaria a la ciudad, que se irán concretando paulatinamente.

            El Museo de Alfarería de la Mancha, el FORMMA, cuenta con una amplia colección particular de piezas de barro de la comarca que recoge todas las tiplogías de la cerámica tanto de la casa como del campo. Un paseo para los amantes del barro blanco, negro y rojizo.

            Como buen nudo ferroviario, Alcázar de San Juan, de solera ferroviaria, ofrece en el Museo del Ferrocarril más de 900 piezas que forman las distintas colecciones: locomotoras de distintas épocas, vagones cerrados del XIX, semáforos, señales mecánicas, maquinaria de vía… Y de la parte interior de las estaciones: billetes y máquinas expendedoras, gorras, centralitas de teléfono, maquetas, material eléctrico de catenarias… Para los que adoran la historia del ferrocarril, este es su museo.

            En sus paseos y plazas, Alcázar de San Juan ofrece piadosa sombra para el viajero con tupidos conjuntos de olmos de bola, árbol que ya se encontraba en el conjunto palacial y sigue presente en la ciudad.  Se trata del olmo de Bola -Ulmus Minor Umbraculifera-,  que fue replantado en la ciudad  a finales de los años 70. El técnico medioambiental, cuenta que hay 30 tipos diferentes de olmos plantados en Alcázar de San Juan.

            No lejos de la ciudad cervantina se encuentra un complejo lagunar rico en flora y fauna, con una amplia panoplia de aves como la cerceta y la cuchara común, el tarro blanco, el pato colorado, la malvasía cabeciblanca, la cigüeñuela, el flamenco común, la garza real, el fumarel, la pagaza, el colirrojo, el abejaruco, el alcaraván, el aguilucho… Un disfrute para los ornitólogos y amantes de las aves.

            De la flora lagunera destaquemos el limonium, el carrizo, la espadaña, el almajo y la malva… de todas estas plantas no está lejos el escarabajo avispa.

            No olvidemos que Alcázar de San Juan cuenta con tres humedales, auténticos microclimas: laguna de la Veguilla, laguna del Camino de Villafranca y la laguna de Yeguas.




           

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