viernes, 7 de abril de 2023

CAMPANAS MUDAS y CARRACÓN LOCUAZ. Cuento de Javier Villán


Torre de la iglesia de San Servando y San Germán. Uruñuela. La Rioja (s. XVI)


        Viernes Santo 07.04.2023

Hasta que suenen y retumben los gozos de la Resurrección de Cristo, las campanas de las iglesias hoy permanecerán calladas. Al menos, eso ocurría lo recuerdo nebulosamente en mi aldea de Palencia, Torre de los Molinos. La llamada a los Oficios Divinos se efectuaba con el carracón, una carraca grande compuesta de un cuerpo sólido, una manivela, una rueda dentada, y una lengüeta fina de madera, que, al deslizarse sobre la rueda dentada producía un sonido estridente. Había que tener un brazo fuerte para manejar el carracón, cuyo llamado substituía alas campanas. Las campanas de las iglesias de los pueblos encerraban un código de signos que sólo el campanero o sacristán podía manejar, pero cuyo significado conocían todos los vecinos. Existía el volteo de júbilo y gloria en las procesiones, el toque a rebato para alertar de un peligro inminente, un incendió, una inundación. El volteo de campanas se hacía por parejas y con frecuencia se convertía en una competición. Gran hazaña era dormir la campana, dejarla sin sonido, pues la velocidad dejaba suspendido en el vacío el badajo. Me parece que también había un toque para avisar que se acercaba una tormenta de pedrisco, rayos y truenos, y que algunos creían conjurar con el repique; el simple sonido campanil alejaba la tormenta. Eso decían y creían los labradores, siempre mirando al cielo por si llovía o por si no llovía. Había también el toque de difuntos para anunciar que alguien había fallecido, el toque para convocar a misa, tres toques espaciados por unos diez minutos, que urgían a las vecinas a acudir a misa, al rosario o a la novena que correspondiere. La novena eran unos rezos en honor de algún santo o santa para pedirle cosas y favores.  No todos los santos respondían a las preces y célebre era el sucedido aquel de un san Antonio, tallado en madera de árbol frutal y cerrado a las tercas peticiones del fuera dueño del árbol, jooder tio , que yo ¡!te conocí ciruelo antes que santo!!. Las mujeres salían de casa poniéndose a toda prisa el velo, sin el cual no podían entrar en la iglesia, y avisando a las vecinas vamos que ya han dado dos toques y llegamos tarde. Nunca llegaban tarde y yo, que era monaguillo de ayudar a misa todos los domingos y preparar los ornamentos, sabía de las piadosas complicidades del señor cura que las esperaba algunos minutos si era preciso. 

Javier Villán


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