Julia Sáez-Angulo
18/2/26.- Madrid.- “Luces de bohemia”, esta gran obra de teatro del escritor Valle Inclán, ha logrado, una vez más, nueva representación en la escena, como gran obra clásica que es, que es lo mismo que decir: permanente. El Teatro Español nos ofrece una nueva y potente versión de esta pieza coral, a base de escenas en un Madrid de bohemia y miseria. Obra dirigida por Eduardo Vasco e interpretada por Ginés García Millán y Antonio Molero en los papeles principales de Max Estrella y Don Latino.
Eduardo Vasco su director explica el porqué de esta vuelta de “la noche de Max Estrella”: “En el Teatro Español teníamos muchos motivos para representar la pasada temporada Luces de bohemia, más allá de nuestra sempiterna pasión por Valle-Inclán y de que sea una obra trascendental de nuestro repertorio; quizás la pieza dramática más bella, más importante de la literatura dramática española del Siglo XX.
De entre todos los motivos uno, si quieren, de carácter institucional, era celebrar en el 2024 el centenario de su edición definitiva. Es sabido que, aunque parte de la obra había aparecido por entregas en el semanario “España” durante cuatro meses de 1920, su edición completa en libro, con variaciones decisivas, tal y como la conocemos hoy se publicó en 1924 incluida en Opera Omnia, ese cuidado proyecto editorial de aires modernistas que el propio escritor realizó de sus obras.
Otra razón de gran peso, más vinculada con nuestro amor a la profesión, fue que, por increíble que parezca, el periplo del poeta ciego y el golfo hispalense durante la noche madrileña nunca se había representado sobre las tablas de este teatro. Sabemos (al menos así apareció en la prensa de la época) que Cipriano de Rivas Cherif, ese hombre de teatro esencial en la historia de nuestro arte escénico, tuvo el propósito en 1932, durante su etapa en el Español, de llevar a escena este primer esperpento del escritor gallego en el contexto de una temporada estival de gran teatro popular. Pero aquel proyecto nunca se llevó a cabo, así que, de alguna manera, sentimos que aquel era un buen momento para que Max Estrella y toda la bohemia de su tiempo habitasen, por fin, nuestro escenario.
Y ya en esta temporada 25/26 otra razón —esta ocurre pocas veces— se ha sumado a las anteriores: la extraordinaria acogida que tuvo el espectáculo, definitorio de nuestra nueva etapa, entre oficiantes y espectadores. Así que reponemos estas Luces de bohemia con una alegría inmensa y la seguridad de que siempre es un buen momento para volver al “gran don Ramón de las barbas de chivo” que adoró su contemporáneo —y personaje— Rubén Darío.
Conviene recordar que hasta los años 60 no comenzamos a dar al teatro de Valle-Inclán la consideración que merecía, sobre todo en escena, así que podemos hablar de don Ramón como de un clásico reciente de nuestro repertorio escénico, acaso ya (con permiso de Lorca y los áureos) el más estimado, el más admirado por un oficio que tuvo que desarrollar lenguajes nuevos y dejarse calar por las vanguardias para asimilar aquella propuesta postmodernista, que se antojaba casi como un enigma. Y aquí estamos de nuevo los del teatro: tratando de representarlo mientras intentamos entender y asimilar su densidad estética, deslumbrante e inalcanzable.
Como sucede con todas las grandes obras, Luces aparece en cada época, en cada generación, como un faro que ilumina el presente y, en nuestro caso, lo hace desde un pasado que nos pertenece y que nos ha convertido en lo que somos: herederos de los hipogrifos de Calderón, de los caprichos de Goya, de Quevedo y Cervantes, y de los folletines y las parodias escénicas de aquel Madrid absurdo, brillante y hambriento, y de tantas cosas... Por eso necesitamos retomar en escena cada cierto tiempo la elegía de Malaestrella, y reencontrarnos con aquella sátira, ¡tan española!, tan lejana en estos tiempos en los que parece vetada la práctica del humor inteligente en este país hipersensible”.
Un reparto de 25 actores que ponen en pie, con maestría bien dirigida, una sociedad agitada por la pobreza y el anarquismo del momento, con una interpretación hermosa subrayada por acordes musicales.
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