Durante la lectura de Las armas y las letras, de Andrés Trapiello, fui tomando nota de unos cuantos libros que me llamaron la atención entre los muchos que se comentan en esta interesantísima obra. Uno de ellos es Meditaciones en el desierto, una recopilación de unos textos que, a modo de diario íntimo, redactó Gaziel (nombre de pluma de Agustí Calvet) en su “exilio interior” en Madrid entre 1946 y 1953. En sus páginas dejó el autor su visión sobre la España que se recuperaba de la guerra civil y sobre el mundo ya polarizado tras la segunda gran guerra.
Escribió las Meditaciones en catalán, y la versión que he leído es una traducción reciente de Felip Tobar que cuenta con un prólogo de Jordi Amat, quien traza una interesante semblanza de Calvet. Se dedicó este al periodismo sin abandonar nunca su labor de columnista, incluso durante los años en que dirigió La Vanguardia. Su profesión le permitió viajar como corresponsal a muchos países, actividad que fue particularmente intensa en los años de la primera gran guerra, de la cual cubrió numerosos frentes. Fue, sin duda, un hombre con una excelente formación y de gran cultura, lo que queda patente a lo largo de la lectura de este libro.
En la introducción, redactada años después de haber finalizado estas meditaciones, aclara Calvet que las escribió como catarsis para expresar lo que difícilmente habría podido publicar entonces. Además, pone sobre aviso al lector de que son reflexiones hijas de la frustración y pide disculpas por si el cariz pesimista de las mismas pudiera incomodarlo. No pude sino acordarme de Goya y sus pinturas negras cuando leía estas líneas.
Pertenece Gaziel a ese grupo de compatriotas de aquellos tiempos que algunos encasillan en la llamada tercera España. Esto concuerda con la descripción que hace de sí mismo, declarándose sin reparos un burgués que abominaba de las ideologías que cautivaron a muchos de su generación. Su templanza en política le hacía sentir admiración por las que él denominaba “grandes democracias europeas”, como Inglaterra (sic.) y Francia, y no ahorró críticas a la burguesía española, que, en su opinión, debería haber liderado con mejor acierto la Segunda República y a la que culpó de haber claudicado ante la izquierda marxista y anarquista que, sin fe en ella, la apoyaron de manera oportunista para sus propios fines: “Nos cayó del cielo una república y no supimos qué hacer con ella…”. A pesar de que aborrecía del comunismo, erró al vaticinar un futuro halagüeño a los países de la órbita soviética.
Abundan en el libro, y son muy interesantes, comentarios sobre las muchas personas de España y del extranjero a las que conoció a lo largo de su vida. No cultiva Calvet la hagiografía y, además de las virtudes, resalta también los supuestos defectos de la persona mentada. Uno de ellos fue Francesc Cambó, a quien admiraba y con quien trabó una amistad duradera. Me llamó la atención que destacara de él la ganancia de dinero como una pasión dominante; el acúmulo de riqueza como confirmación de la propia valía. Gregorio Marañón, también amigo, aparece repetidamente por estas páginas y no todo son elogios, ya que en algún momento habla de su “incurable temperamento de vedette, que necesita, más que el pan que come, figurar siempre en escena en primera fila, con todos los focos encendidos”. El que sale peor parado es, sin duda, José Ortega y Gasset, a quien dedica un largo artículo tras haber asistido a una conferencia suya en diciembre de 1948 en el Círculo de la Unión Mercantil. Es una diatriba absolutamente demoledora, y nada mejor que transcribir el último párrafo, que puede tomarse como unas conclusiones: “Ayer la figura de Ortega, ya viejo, conformista y acomodaticio, tratando aún de construir con fuegos de artificio verbales un «Instituto de Humanidades», ante un público de burgueses desorientados, pudientes y cobardes, en el fondo más que nada unos bons vivants, y bajo una oleografía barata de Franco coronada por el lema de la Falange, francamente, era un espectáculo para echarse a llorar”.
El autor tuvo, sin duda, un acusado interés por la historia, lo que queda de manifiesto en los numerosos comentarios sobre los condicionantes, próximos y remotos, más decisivos, no solo de la de España, sino también de la de otras naciones. Me gustó especialmente un extenso relato sobre la historia de Inglaterra y la decadencia del imperio británico, con un punto de vista que probablemente no guste a un conservador nacionalista de ese país. También me llamó la atención que la tan denostada Restauración borbónica fuera para Gaziel uno de nuestros mejores momentos como nación y que sitúe a Cánovas del Castillo, de quien se declara admirador, en el podio de nuestros gobernantes de todos los tiempos, un auténtico estadista según él.
La escritura cobra un nuevo cariz a partir de 1950, después del inicio del apoyo de los Estados Unidos de América a España durante el segundo mandato de Truman, supongo que debido a la convicción de que la dictadura de Franco se iba a prolongar más de lo que él había pensado y deseado hasta entonces. Criticó mucho el apoyo interesado de la gran potencia a una España que no era muy bien vista en el ámbito internacional, como también lo hizo con el Reino Unido de Churchill por su aparente neutralidad y apoyo encubierto a Franco durante y después de la guerra civil. En estos años, de manera algo obsesiva, Gaziel interpreta una y otra vez la historia de España a través de los siglos, con un ángulo de visión noventayochista que en algún momento causa hastío. Queda esta retratada como país pobre y poblado por personas incultas, perezosas y tendentes al fanatismo. Un país al que le tocó la suerte de heredar un imperio y que, de chiripa, llegó a otro continente allende el mar para dejar allí las semillas de sus lacras.
A tenor de lo que escribió Gaziel en su introducción muchos años después, se puede entender que esta visión tan negativa de la patria estuviera determinada en su momento por el vivo dolor causado por la tragedia de nuestra guerra civil y la ausencia de reconciliación durante los largos años del régimen de Franco. Una herida permanentemente abierta en su espíritu, un sentimiento pertinaz de fracaso que no le abandonó jamás. He de reconocer que durante algún tiempo yo mismo tenía en parte esta visión pesimista de la historia de España que muchos, fuera y dentro de nuestras fronteras, se afanaron en transmitir.
Estas meditaciones dejan ver que fue Calvet un catalanista convencido, fervoroso en su juventud y sereno en su adultez, que amaba a su tierra, especialmente a San Feliú de Guíxols, el pueblo del Bajo Ampurdán donde vino al mundo. Sin embargo, no parecía gustarle la Cataluña y, especialmente, la Barcelona de los años en que escribió estas páginas, entre otras cosas porque le resultaba difícil de digerir la cantidad de paisanos que, para medrar, habían decidido cambiar de chaqueta. Quizá fuera esta una de las razones que le impulsaron a tomar la decisión de vivir y trabajar en Madrid, amén de mejores oportunidades para ganarse la vida. Pese a todo, mantuvo hasta el final el amor por su tierra y su lengua, lo que no le impedía tener una visión objetiva sobre las mismas, alejada de los sesgos y distorsiones propias del nacionalismo. El autor proclama el escaso peso de la lengua catalana en la cultura hasta bien entrado el siglo XIX (la Renaixença), sin caer en el victimismo y sin hacer responsable de ello a ninguna imposición externa.
El tono íntimo del libro y la visión personal sobre personas, lugares y acontecimientos, sin atisbo de tópicos, hacen que la lectura sea muy interesante. Por último, quiero señalar que he disfrutado de su estilo claro y carente de retórica, aunque esto que digo debe interpretarse sabiendo que he leído una traducción al español del texto original en catalán, por lo que hago extensivo al traductor lo dicho sobre el traducido.
Juan Berenguer
27 de abril de 2026
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