Julia Sáez-Angulo
Fotos: Carmen Valero
14/6/26 .- Madrid.- La barraca es una historia que habla de la eterna lucha entre la razón y la violencia, de una comunidad enferma con comportamientos salvajes. Una historia que nos habla, de la identidad que da el arraigo a la tierra en la que se nace. Esa tierra que se convierte en desierto sin su alimento principal, el agua.
“En la versión teatral que propongo intervienen los personajes principales de la novela y unos entes a los que llamo “sombras” que encarnan a la masa de vecinos y otras presencias que ayudan a recrear atmósferas y el paso del tiempo”, dice Marta Torres, adaptadora del texto.
. El texto está estructurado en tres partes: Pasado y presente, Los intrusos y El fuego:
PASADO Y PRESENTE: En esta primera parte conocemos a la familia Borrull, la historia del desahucio de la familia Barret y el motivo por el cual el resto de la huerta impide que otra familia se instale en la que fue su barraca.
LOS INTRUSOS: En la segunda parte transcurren los hechos que van desde la llegada de la familia de Batiste a la barraca del tío Barret hasta la muerte de su hijo menor. Toda la huerta les hace la vida imposible, pero al conocerse tal desgracia, los vecinos se sienten responsables y mostrando una nueva cara revestida de piedad, acuden a la barraca para acompañar a la familia en su dolor.
EL FUEGO: El tiempo ha pasado. Los considerados intrusos son falsamente aceptados y viven como unos vecinos más, pero lo que tanto temían los huertanos, ha sucedido: los propietarios, viendo por fin habitada la barraca del tío Barret y perdido el miedo a los labriegos, vuelven a exigir más y más. Una noche de fiesta y bebida desata las emociones contenidas dando fin a la falsa concordia y provocando el trágico final.
La obra, en la sala Guirao, cuenta con un elenco coral integrado por Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Claudia Taboada, Elena Alférez y Jaime Riba
NOTA CRÍTICA: Obra de teatro dura, naturalista, como la propia novela de Blasco Ibáñez. Sin salida esperanzadora. Es el momo homini lupus de Hobbes. El hombre es un lobo para el hombre. El amo con los campesinos y los campesinos entre ellos, particularmente con los extraños -los extranjeros hoy. Es la crueldad o la indiferencia de la Naturaleza, en este caso, de la naturaleza humana. Solo la ilustración, la educación podría mitigarla.
La angustia es tal, que al espectador solo le cabe respirar hondo y tragar saliva. Superar esa angustia por la catarsis.
La puesta en escena es excelente. La dirección, magnífica, como no esperábamos otra cosa de Magüi Mira. Los ocho actores que intervienen, dan vida a los personajes vestidos de miseria, más que pobreza, con harapos grises, ocres… hasta fundirse con la tierra que aman y trabajan, aunque la sepan dura y la califiquen maldita. La dirección los mueve como grupos escultóricos, como el Laocoonte o como encuadres pictóricos: “El año del hambre en Madrid” (1818) de José Aparicio, o “Todavía dicen que la pesca es cara”, de Sorolla, incluso, como “El Ángelus” de Millet, donde unos padres lloran la muerte de su hijo, aunque le cambiaran el título, que no el concepto. En suma, belleza plástica, estética formidable. Ética al denunciar los abusos e incomprensiones de una humanidad doliente y culpable.
“Ahora comprendo que se tenga que matar”, grita la desesperación de Batiste, protagonista.
Del 21 de mayo al 21 de junio de 2026
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