sábado, 11 de julio de 2026

NUESTROS AMIGOS, LOS CHINOS. Comida china genuina. Cultura milenaria. Las mujeres chinas gustan de retoques. Desastrosos escaparates comerciales

Pekín, capital de China


Julia Sáez-Angulo

11/7/26.- Madrid.- Unos amigos acaban de regresar de China. Han recorrido Pekín y otras ciudades y, como suele ocurrir después de un viaje argo e lintenso, traían la maleta llena de recuerdos y la cabeza repleta de impresiones. Para escucharlos con calma, quedamos a comer en un restaurante chino situado junto a la plaza de España, en Madrid: Sinchuam Kitchen (calle Maestro Guerrero, 4 -aire acondicionado flojo).  Ellos lo eligieron sin vacilar. «Es el lugar donde más se acerca uno a la auténtica cocina china», nos dijeron. Según su experiencia, la mayor parte de los restaurantes chinos de Europa han adaptado tanto sus recetas al paladar occidental que apenas conservan semejanza con los sabores que se encuentran allí. La comida que probaron en China les pareció infinitamente más rica, variada y refinada.

    La conversación fue derivando desde la gastronomía hacia la sociedad china. Nuestros amigos, grandes admiradores de aquel país, no ocultaban tampoco una mirada crítica. Comentaban que percibieron una sociedad muy cohesionada, con una fuerte conciencia nacional y un gran orgullo por su historia. Les llamó la atención la presencia mayoritaria de ciudadanos chinos en colegios, universidades y conservatorios, algo lógico tratándose de un país con más de mil cuatrocientos millones de habitantes, aunque ellos lo interpretaban también como una manifestación de una cultura muy inclusiva, centrada en sí misma. actualmente les permiten tener dos hijos, cuando vieron que disminuía la población al dejarles tener solo uno.

    La mujeres chinas son presumidas -según contaron. Les encantan los móviles último modelo y hacerse retoques en el cuerpo. Dos médicos italianos van una vez a Pekín a retocarlas y hacen fortuna.

    Surgió entonces una cuestión más delicada. Una de nuestras amigas sostenía que había percibido cierta desconfianza hacia Occidente. No hablaba exactamente de odio, sino de una mezcla de recelo y distancia. A su juicio, algunos chinos consideran que los europeos mostramos un exceso de orgullo por nuestro legado grecorromano y jerosolimitano que la civilización china posee una continuidad histórica todavía más antigua. Era, naturalmente, una impresión personal nacida de sus conversaciones durante el viaje, pero resultaba interesante escucharla.

En la sobremesa apareció otro asunto mucho más cercano. Cecilia de Lassaletta, excelente pintora y observadora incansable de cuanto tiene que ver con la belleza urbana, lanzó una reflexión que despertó sonrisas y también asentimientos. Decía que le gustaría reunirse con el alcalde de Madrid Martínez Almeida, para proponer que los comerciantes chinos recibíeran asesoramiento sobre escaparatismo y estética comercial. No cuestionaba la calidad de su trabajo ni su capacidad empresarial de lo barato, sino la imagen que ofrecen muchos establecimientos. «En China —decía— los comercios modernos son mejores más cuidados; sin embargo, aquí muchos locales parecen improvisados, con escaparates recargados y una disposición poco atractiva.»

    Su observación tenía algo de reivindicación estética. Madrid ha ganado mucho en belleza urbana durante las últimas décadas y sería deseable que todos los comercios, sean de quien sean, contribuyeran a embellecer las calles. Hay tiendas de ropa regentadas por ciudadanos chinos que presentan mejor imagen, mientras que algunos establecimientos de alimentación ofrecen un aspecto más desordenado. No es una cuestión de nacionalidad, sino de gusto y cuidado comercial.

También comentaban que determinados grupos de turistas chinos conservan hábitos como hablar muy alto en la calle y hoteles o escupir en espacios públicos, costumbres que aquí resultan chocantes y desaparecieron. Dejaron de fabricarse escupideras. Del mismo modo, cualquier viajero español sabe que también nosotros podemos sorprender o incomodar en otros países con comportamientos que allí consideran poco apropiados.

Terminamos el café con una conclusión sencilla. China es una civilización fascinante, de una riqueza histórica, artística y humana extraordinaria. Sus ciudadanos, como los de cualquier otro país, reúnen virtudes y defectos, ejemplos admirables y comportamientos mejorables. Viajar sirve precisamente para descubrir esa complejidad y para comprender que ningún pueblo cabe en un tópico. Quizá por eso las mejores conversaciones son para seguir aprendiendo unos de otros.

Pequeños comercios chinos


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