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martes, 28 de julio de 2026

Diario Escurialense V. EL REGRESO VERANIEGO A EL ESCORIAL. Los pequeños cambios: cambio de rótulo, de mendigos… Amigos

Rotulo actual del Antiguo Salón.
Antiguo rótulo, hoy desechado.


Julia Sáez-Angulo

28/7/26.- Madrid.- Se vuelve siempre al mismo lugar. Y, sin embargo, nunca es el mismo. Tampoco nosotros lo somos. Este año la llegada a El Escorial se hizo esperar. La operación de cataratas retrasó el viaje y, cuando por fin pude instalarme, apenas habían transcurrido tres días cuando hubo que regresar apresuradamente a Madrid. El incendio que avanzaba desde la limítrofe provincia de Ávila parecía buscar las laderas del Abantos. Durante unas horas el monte desapareció. Solo quedó una inmensa nube gris que lo envolvía todo. Desde la terraza acristalada de mi casa contemplaba aquel espectáculo silencioso. 

    La casa conserva fiel el aire de los años sesenta. Los tapetes de ganchillo siguen cubriendo los brazos de los viejos sofás, que yo me apresuro a conservar para no romper el estilo. El tiempo ha respetado ese pequeño mundo doméstico que ya casi pertenece a otra España. Afuera, el humo. Dentro, la memoria.

    Luego todo vuelve despacio a su cauce. El humo se disipa. Regresan los pájaros. Las conversaciones recuperan su tono cotidiano. Cervantes sabía que el tiempo acaba poniendo cada cosa en su sitio. Basta con esperar.

    El verano en El Escorial consiste, sobre todo, en reencontrar rostros conocidos. Amigos que solo aparecen cuando llegan los calores de julio. Vecinos que nunca abandonan el Real Sitio. Se conversa donde siempre. Se pasea por las mismas calles. Se descubren, sin embargo, pequeñas novedades que hacen pensar que los años no pasan en vano.

    Una me produjo una satisfacción íntima. El antiguo salón situado junto al Ayuntamiento ha retirado, por fin, aquel desafortunado rótulo que lucía una innecesaria diéresis sobre la palabra «Antiguo». Durante años envié escritos al alcalde reclamando aquella corrección. Parecía una batalla insignificante. No lo era. El idioma también forma parte del patrimonio. Ahora el error ha desaparecido. Ignoro quién tomó la decisión. He enviado una carta de agradecimiento al Consistorio. Las administraciones también merecen gratitud cuando rectifican.

Iglesia histórica del XVI

    Entro después en la iglesia de San Bernabé. Francisco de Mora levantó este templo en los días de Felipe II. Sus piedras conservan una serenidad antigua. El pórtico ofrece otra novedad. El mendigo marroquí, que durante tantos años ocupó aquel rincón ya no está. Ahora pide limosna una mujer moldava. Se lo pregunté con naturalidad. Ella pide con un delicado plato de porcelana irisada. Son otras pobrezas. Otros caminos de Europa que desembocan aquí, a la sombra del Real Monasterio.

    Este verano ayuda en la parroquia un sacerdote joven venido de África. También eso habla de nuestro tiempo. Europa envejece. África envía sacerdotes donde antes los enviábamos nosotros. Levanto la vista. Junto al retablo desciende el Espíritu Santo en forma de paloma sobre un círculo de halos dorados que la rodean, todo él en madera estofada. Hay imágenes que parecen suspendidas fuera del tiempo.

    Pienso entonces en Gregorio Prieto. El pintor manchego sentía verdadera pasión por estas representaciones del Espíritu Santo y de arcángeles. Las buscaba en anticuarios, almonedas, sacristías, monasterios o conventos. Con ellas reunió una colección notable, que hoy puede contemplarse en su museo de Valdepeñas. Algunas veces una afición termina convirtiéndose en patrimonio de todos.    El pintor expuso todas sus tallas en el Club Urbis en 1975. Se hizo un catálogo.

    La vida continúa con sus pequeñas ceremonias. Desayunar con el pintor Juan Diego Roldán en la Casita del Príncipe. Conversar con Conchita Pérez. Escuchar a Joaquín Abós hablar de sus memorias, que hace unos veranos fueron presentadas por la alcaldesa de San Lorenzo, Carlota López Esteban. Comer en el Cafetín Croché con el pintor japonés Yurihito Otsuki y su esposa, Marina Aldecoa.

    Otsuki acaba de regresar de Tokio. Allí ha expuesto sus cuadros figurativos, llenos de relatos y símbolos. Ahora piensa en santa Teresa de Jesús. Quiere pintar una serie inspirada en Las Fundaciones. No me sorprende. El Escorial acaba conduciendo siempre hacia la historia, hacia la mística o hacia el arte. A veces hacia las tres cosas a la vez.

    Camino entre los árboles centenarios. Robles, fresnos, castaños. Han visto pasar generaciones enteras. Permanecen inmóviles mientras nosotros cambiamos. Solo queda un deseo. Que el fuego nunca alcance estos montes. Que el Abantos conserve siempre su silencio y su sombra.

    En las redes sociales alguien escribía con ironía que el incendio jamás llegaría a El Escorial, porque aquí posee una residencia el ministro del Interior. Son bromas de un tiempo inclinado al sarcasmo. Yo prefiero pensar que estos bosques seguirán salvándose gracias a la prudencia de quienes los cuidan y a la vieja fortuna que parece proteger, desde hace más de cuatro siglos, este lugar elegido por Felipe II para dialogar con la piedra, con la naturaleza, con el tiempo y, sobre todo, con Dios.

Iglesia de San Bartolomé. S. XVI, por Francisco de Mora.
Casita del Príncipe Carlos IV. s. XVIII.