jueves, 21 de mayo de 2026

DE JARDINES, PARAÍSOS, ARCADIA, JARDÍN DEL EDÉN Y LA MADRESELVA RAMPANTE EN MIS MUROS, QUE LUCHA CON LA HIEDRA Y ABSORBE LA POLUCIÓN


Madreselva luchando con la hiedra. La Guindalera. Madrid



Julia Sáez-Angulo

21/5/26.- Madrid.- Para Cicerón el placer de la vida estaba en un jardín y una biblioteca. El paraíso terrenal en la tradición judeo-cristiana se sitúa en el Jardín del Edén descrito por el Génesis, donde nuestros primeros ancestros, según la teología, disfrutaban de los bienes preternaturales: perfecciones extraordinarias que Dios concedió a Adán y Eva antes del pecado original. Estos dones no superaban los límites de la naturaleza creada, pero la elevaban por encima de sus propias leyes, eximiéndola de sus fragilidades: impasibilidad ante el dolor, armonía perfecta entre la razón, la voluntad y los instintos, y ciencia infusa. 

El Jardín del Edén se situaba entre el Eúfrates y el Tigris (hoy Irak)

En el arte, la granada es el símbolo de aquel paraíso perdido (la Arcadia feliz para la tradición greco-romana), por la abundancia de sus granos encarnados en el fruto, “fruta sagrada que crece en los jardines celestiales”, la describe el Corán. El pavo real, ave del paraíso, es el símbolo de ese edén perdido -recuperable en la vida futura-, por la riqueza y esplendor de su plumaje y sus ojos iridiscentes.

Recordemos que, en la mitología, la Arcadia representa el paraíso terrenal: lugar idílico, rústico y utópico, donde el ser humano vive en perfecta armonía con la naturaleza. Más allá del mito, era una región real y montañosa en el Peloponeso griego. Su nombre proviene de Arcas, hijo de Zeus y Calisto, y era el hogar de Pan, el dios de los pastores y los rebaños.

Pero pasemos del mito al logos, a los jardines propios y ajenos de hoy y ahora, ante los que hay que estar atentos para disfrutar de la fertilidad de la tierra y de la belleza de sus frutos. La primavera radiante los hace restallar con su verde tierno y su flores aromáticas o cautivadoras. Los frutos, si los hay, llegarán en verano.

Por los jardines de mi madrileña colonia de Madrid Moderno (1928) han ido pasando las glicinias en racimos generosos y morados como uvas garnachas, le siguieron las trepadoras rosas de abril (bank roses) -que se adelantan a marzo por el cambio climático-, que no tienen olor, pero si fragancia y esponjan la respiración con placer. Llegaron las blancas y perfumadas celindas del jardín de enfrente, que me obligaban a cruzar de acera para disfrutar su aroma.

Ahora ha explosionado la madreselva (lonicera)sobre mis muros y compite valerosamente con la invasiva hiedra, capaz de agrietar los muros más firmes. Adoro la madreselva por su potente presencia, que cabalga sin miedo para multiplicar sus ramas y cubrir cuanto tropieza. Tiene mucho de boscaje.

La madreselva es un arbusto arqueado, una parra sarmentosa, con flores en forma de campana, a la que se atribuyen propiedades medicinales y antioxidantes, que yo no utilizo, pero sí de un beneficio descubierto recientemente, como una de las plantas capaces de absorber más polución mejorando significativamente la calidad del aire a su alrededor, por ser una planta que crece fácilmente en cualquier parte.

La madreselva ha sido propuesta como parte de un proyecto de Holanda  para limpiar el aire de las grandes ciudades. La primera ciudad en realizar un proyecto con la lonicera será Ámsterdam, donde se creará un parque en forma de G alrededor de toda la ciudad. Este corredor verde tendrá más de 25.000 hectáreas de tierra.

El jardín simboliza el paraíso porque representa la armonía perfecta entre el ser humano y la naturaleza. Frente a un entorno salvaje y hostil, el jardín es un espacio acotado y domesticado que evoca la paz, la abundancia y el equilibrio que la humanidad ha anhelado desde sus orígenes. Es el hortus conclusus medieval, el huerto cerrado para el disfrute, el recinto amurallado por la naturaleza que envuelve y nos recuerda que somos parte de ella, aunque, ¡ay! vivamos en una cadena trófica imparable, como me recuerda siempre la hispanista Ioana Zlotescu, planteándome un problema teológico al respecto. El misterio de la existencia nunca cesa.

Algunos sostienen que el jardin nacio frente a la idea del desierto, en las culturas de Oriente Medio, donde surgió la idea del paraíso terrenal, donde el desierto representaba la sequedad, el peligro y la muerte. El jardín, con su sombra, flores y agua, era el oasis definitivo: un milagro de vida floreciendo en medio de la desolación. Es el orden frente al caos, donde la belleza y la exuberancia de las flores producen alivio y consuelo a la agitada y enigmática vida del hombre.

Ahora es tiempo de disfrute de jardines y la madreselva. Tiempo de flores por excelencia. Disfrutemos de los jardines propios y ajenos. En otoño, los jardines se mustian.







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