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viernes, 27 de septiembre de 2019

Mónika Rabassa habla del escultor Manuel Marín, desde su casa/estudio en Alhaurín de la Torre (Málaga)



 Manuel Marín, escultor (2006)
Escultura de Manuel Marín (Colección Saslovsky)
Mónica Rabassa ante esculturas de pequeño formato de Manuel Marín


Julia Sáez-Angulo

            27/9/19 .- Madrid .- Guarda con celo las obras de su marido el escultor Manuel Marín en su casa/estudio de Alhaurín de la Torre (Málaga), donde vivieron 30 años, entre soberbios pinos, naranjos, macetas, arriates floridos y un laurel. Las grandes esculturas del artista se distribuyen al aire libre poniendo movimiento, gracia y color al viento y la brisa, dando cuenta de su gran ligereza; la más grande junto a la entrada del estudio; al final de la escalera que asciende la ladera de la montaña aparece otra gran escultura con alusiones figurativas a un toro.  “Los días de más viento, es impresionante ver girar la gran escultura de Manuel que tiene un mecanismo específico para poder hacerlo”, explica la viuda, Mónika Rabassa.
          Algunas de las esculturas tienen vagas referencias a animales. "Esta que alude a un perro, la hizo Manuel para mí, cuando perdí a uno de mis perros más queridos, con la intención de consolarme", cuenta su viuda.
            Dentro de la casa las hay esculturas más pequeñas y hasta diminutas, junto a pinturas de Warhol, Miró y otros autores que Manuel coleccionó en vida. Mónika custodia este valioso legado y de vez en cuando cede algunas piezas a los coleccionistas que se interesan por ellas. Tres perros, Nala, Lenon y Chocolate la acompañan y protegen, amén una veintena de gatos –animales profilácticos donde los haya- que campan a sus anchas hasta las nueve de la noche en que Mónika les sirve la gran comida del día; si aluna vez se retrasa, la reclaman con un buen concierto de maullidos.

            Mónika Rabassa (Santo Domingo, República Dominicana, 1956) desciende de familia sefardita con familia griega, afincada en la isla caribeña desde los años del presidente Rafael Leonidas Trujillo. Cuando ella tenía ocho años, sus padres se trasladaron a vivir a Nueva York, ciudad en la que conoció a Manuel Marín cuando ambos compraban fruta en una tienda. El hecho de hablar español los unió con facilidad. “Manuel tenía muy buen carácter, siempre estaba de buen humor y dispuesto a la risa”, declara Mónika, quién también cuenta la gran nostalgia del escultor por regresar a España, por lo que acabaron en su país a mediados de los años 80. Vivieron juntos y se casaron en 1990, cuando ella esperaba su primera hija.
            Manuel Marín Fernandez (Cieza, Murcia, 1942 –Alhaurín de la Torre, Málaga, 2007), viajó a Inglaterra muy joven y, con 17 años, comenzó a trabajar en el taller de Henry Moore. Más adelante, en 1964, se traslado a los Estados Unidos, donde trabajó como restaurador de arte y comenzó a construir sus esculturas, siguiendo el lenguaje de Alexander Calder y Joan Miró. Su relación con los artistas americanos de su tiempo como Andy Warhol, Basquiat y tantos otros le proporcionó un buen mercado en de sus piezas en los Estados Unidos, algunas de ellas se subastaron con buenos resultados en Sothebys o Bonhans. “Manuel mantuvo una cierta relación con Henry Kissinger y los Kennedy, que le compró varias esculturas y yo con Liza Minelli, desde que nos conocimos en un evento. Fueron muchos años”, comenta Mónika.
            Emprendedor y reinventor de sí mismo, Manuel Marín abrió una galería de arte indio, la American Indian Art Gallery, porque así se lo pidió Andy Warhol, buen aficionado a este arte. “Nosotros lo visitábamos con frecuencia en su establecimiento de La Fábrica”, cuenta Mónika.

            En Málaga situó esculturas móviles al aire libre en el aeropuerto y en el pueblo Alhaurín de la Torre donde se le reconoce y mima su memoria; allí se le hizo un notable exposición retrospectiva, Además sus obras móviles figuran de en numerosos jardines privados que se ornan con ellas en toda España. El empresario Mario Saslovsky ha sido el más reciente comprador de una de sus esculturas móviles de interior.

            Un cáncer de colon acabó con la vida del escultor Manuel Marín a los 63 años. Mónica Rabassa eligió permanecer en España tras su fallecimiento, aunque sus hijos residan fuera del país. “Aquí están las obras de Manuel y yo las tengo que situar en colecciones privadas de interés y lugares públicos adecuados”, explica. “Son todas obras únicas; Manuel no trabajó nunca con múltiples. “Todas las piezas están unidas con remaches y no con soldadura, porque resultan más estéticas”, concluye Mónika.
        Manuel Marín recibió este año la Medalla de Oro Mayte Spínola a título póstumo.

 Más información

 Monika Rabassa junto a Mercedes Ballesteros y Julia Sáez-Angulo

"Toro", por Manuel Marín
"El perro" de Manuel Marín

jueves, 28 de febrero de 2019

MANUEL MARÍN, ESCULTURAS MÓVILES, ALADAS Y COMPLICES DEL VIENTO





Manuel Marín, esculturas

Julia Sáez-Angulo


            28/2/19 .- El escultor Manuel Marín ha recibido la Medalla de Oro Mayte Spínola, a título póstumo, en la Casa Museo El Romeral. Mónika Rabassa, viuda del artista, acompañada de Pedro Sandoval, director del Grupo pro Arte y Cultura, recibió el galardón en medio de emocionados aplausos. Rabassa, que reside en Málaga conserva las piezas realizada que dejó su esposo antes de su fallecimiento. La Casa Museo El Romeral cuenta con una  de ellas.

            Aunque trabajó desde muy joven, en 1962, a los 17 años, como ayudante del escultor británico Henry Moore para fundir piezas de bronce, no fue este escultor británico el que le motivó e influyó a Manuel Marín a la hora de lanzarse a realizar su propia obra artística, sino el norteamericano Alexander Calder y el español Joan Miró. Su atención visual se enraizó en las vanguardias. Los acabados fuertes, limpios y pulidos de las obras de Marín las dotan de tal presencia y elegancia, que las definen con firmeza. Ello explica los numerosos coleccionistas internacionales que atesoran su escultura.

            No fue el bronce, sino la plancha de hierro policromada junto al hilo de acero, los materiales que captaron la atención plástica de Manuel Marín (Cieza, Murcia, 1942 –Alhaurín de la Torre, Málaga, 2007), porque era aquel que le proporcionaba los efectos que andaba buscando: la materialización prevista del color, la lisura y el pulimiento ligero, la ductilidad necesaria, el peso adecuado para hacer móvil la escultura... con piezas que a veces alcanzan hasta los 5 metros de altura o de longitud en el espacio.

            Trabajador impenitente y espíritu inquieto, Manuel Marín viajó en 1964 de Gran Bretaña a los Nueva York, donde desempeñó tareas de galerista, hasta entregarse de lleno al arte de la tercera dimensión como vocación profunda y elección vital. En los Estados Unidos, el escultor se relacionó con los artistas del momento, en la década de 60, como  ndy Warhol, Willem de Kooning, Jean Michel Basquiat, Keit Haring...

            El resultado de su indagación visual, de su investigación plástica en el taller, fue la realización de una fecunda serie de esculturas aladas, móviles... que dialogan con la brisa y el viento, en el interior de un hábitat privado o en el espacio público de una ciudad. Esculturas de suelo, de techo de pared... sin límites, con prolongación en el espacio.

            Los colores lisos, puros y brillantes iban a ser un factor determinante en su arte tridimensional. Con un repertorio fundamentalmente de negros, rojos, amarillos y azules, es capaz de crear una sinfonía infinita de formas y efectos móviles que funcionan como hojas de un árbol, como notas musicales, como guirnaldas que se bambolean en el aire...

            Los títulos dinamizan con frecuencia la interpretación del espectador y el autor no se ha privado de crear una suerte de fauna abstracta con sugerencias visuales, como El pájaro loco, enorme monumento público en los Jardines de Alhaurín de la Torre, o La Gacela en la rotonda del Peñón, amén de otras muchas, en distintos espacios internacionales, entre ellos el monumento del Aeropuerto de Málaga. Fauna de tierra, de selva, de aire, de mar... La interpretación es libre. También hay numerosas obras con la simple referencia de S/T (sin título)

            No siempre hay referencias a la figuración en esta obra; podemos ver instalaciones monocromas y abstractas, a modo de guirnaldas geométricas en el interior de un espacio, que compone de por sí una escena en el aire, una instalación audaz, casi fugaz. Son siempre artefactos de belleza. Formas ágiles en complicidad con la expectación.

            Todas las esculturas de Manuel Marín rezuman color y movimiento para gozo de los espectadores, que transitan cercanos a ellas en los lugares concurridos allí donde se instalan. Países como Estados Unidos, Canadá, México, Puerto Rico, China, Japón... y en Europa Italia y España principalmente, cuentan con soberbias piezas del escultor, tanto en monumentos públicos como en colecciones particulares.

            Las esculturas de Manuel Marín ponen acentos de arte, color y movimiento en las plazas, parques, jardines. La Naturaleza junto a la obra artística del hombre. El verdor, junto a los colores puros del escultor/pintor. Lo vegetal y sus curvas junto a las rectas y lisura del acero. La brisa y el viento juegan con los móviles silenciosos o ligeramente sonoros, para deleite de quien los mira y contempla. Una escultura que así, multiplica su espacio en el aire. Regocijo de pequeños y mayores. Piezas bellas y lúdicas. Alegría en la estética. La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte, decía Leonardo da Vinci.

            Manuel Marín es un referente en la escultura española de los móviles y del color. Su viuda conserva con atención y mimo su legado artístico, sabe que su obra sigue cotizando enteros en la apreciación de las subastas y coleccionistas.

Más información
http://esculturasmanuelmarin.blogspot.com/