viernes, 23 de enero de 2026

DOÑA JUANA CÉSPEDES, de la grandeza a lo humilde. Una vida entregada por amor al Cottolengo del Padre Alegre


    Carlos S. Tárrago

    23-01.2026 .- Juana Céspedes fue una mujer de coraje silencioso y bondad profunda. Nacida y criada en Barcelona, conoció desde muy joven el esfuerzo cotidiano: acompañaba a su padre a vender pescado por las calles y trabajó durante años en una pequeña tienda de bacalao y verdura, con jornadas interminables.

    No tuvo estudios brillantes ni reconocimientos públicos, pero poseía una inteligencia interior poco común, una mirada limpia y una capacidad natural para comprender a las personas.

    Desde niña mostró una madurez sorprendente. Con apenas ocho años había leído Los Miserables y, a esa misma edad, entró sola en la Catedral para hacer la Primera Comunión, sin celebración ni acompañantes, movida únicamente por la fe y por lo que sentía por dentro.

    Así fue siempre: independiente, verdadera, obstinada en sus empeños y generosa sin cálculo.

    Durante más de cuarenta años, Juana fue una de las colaboradoras más constantes y entregadas del Cottolengo del Padre Alegre. Allí no acudía por obligación, sino por alegría.

    “Tendría que pagar por venir, de la alegría que me da estar aquí”, repetía.

    Las hermanas la conocían bien y las niñas la adoraban. Pasaba horas con ellas: cantándoles, dándoles de comer, mimándolas, cuidándolas. Las llevaba a su casa, a la playa, a las cabalgatas de Reyes, a pasear por la ciudad.

    Para Juana, el Cottolengo no era un lugar al que ir, sino una extensión natural de su manera de amar.

    El Cottolengo al que entregó gran parte de su vida nació de un carisma muy concreto: el de San José Benito Cottolengo, sacerdote italiano que quiso que los enfermos más pobres fueran acogidos con dignidad y sostenidos por la confianza en la Divina Providencia.

    Ese espíritu llegó a Barcelona de la mano del Padre Jacinto Alegre Pujals, quien soñó una casa donde los pobres no fueran solo asistidos, sino tratados como familia.

    Ese ideal silencioso y radical fue el que Juana hizo suyo, día tras día, durante décadas.

    La enfermedad y la dignidad

    El 7 de marzo de 1997 sufrió un ictus que la dejó paralizada del lado derecho, consciente, pero sin habla. Diez días después se repitió. Aquella mujer que siempre había cuidado de todos pasó a necesitar cuidados constantes. Sin embargo, ni su lucidez ni su carácter se apagaron.

    Con una voluntad férrea, y con la ayuda incondicional de su hijo, volvió a caminar, recuperó parte del habla y siguió viviendo —en la medida de lo posible— una vida normal: paseos, cine, viajes, risas, discusiones, peluquería, mar y ciudad.

    Vestida de blanco, como le gustaba, siguió recorriendo sus lugares queridos: el puerto, Colón, el Tibidabo, Sitges, Castelldefels, Garraf, la calle Muntaner, La Bonanova

    Repartía besos a todo aquello que le provocaba emoción, que era casi todo.

    Su risa —“me ríen los huesos”, decía— seguía brotando del alma.

    Pedro Ruiz: la fidelidad aprendida

    Durante más de doce años, su hijo Pedro Ruiz dejó su vida para hacer la vida de ambos. No viajaba para estar con ella y, cuando debía hacerlo, no perdía el contacto ni un solo día. Desde cualquier lugar, la llamaba, se preocupaba, la mantenía al tanto de todo.

    Lo mismo daba un estreno que una actuación: su madre estaba siempre presente.

    Cuidarla no fue un gesto puntual, sino una dedicación absoluta, casi inimaginable en estos tiempos. Pedro asumió que querer de verdad implica estar, y que poder cuidar y no hacerlo dice mucho de una persona.

    “Mi madre me ha enseñado la diferencia entre lo admirable y lo no admirable”, ha dicho. Y lo aprendió viviéndolo.

    Inventaron juntos juegos para volver a hablar, se forzaron con humor y tozudez, avanzaron. Él no se resignó nunca a permitirle apagarse.

    A pesar del cansancio, de los momentos durísimos y del dolor de verla dependiente cuando siempre había sido la cuidadora, mantuvieron una comunicación más profunda que nunca: dos almas fundidas.

    Pedro ha prorrogado recientemente su espectáculo Mi vida es una anécdota. Quienes lo han visto saben que cada función es distinta: siempre hay algo nuevo, algo vivo, algo compartido con el público.

    Tal vez porque en su manera de estar en escena late la misma verdad que marcó la vida de su madre.

    El Cottolengo: una vocación compartida

    Mi interés por la institución del Cottolengo nació a raíz de un estudio profundo que realicé sobre la Las Hurdes, que cristalizó en un trabajo dedicado a los viajes de Alfonso XIII a dicha comarca en los años 1922 y 1930.

A ese interés se sumaron otros hitos: el número extraordinario que la publicación El Cottolengo del P. Alegre dedicó en 1954 al Cottolengo de Fragosa; el programa de Canal Extremadura TV, Cottolengo, un viaje al corazón de las Hurdes; y el libro El Cottolengo de las Hurdes, de María Jacinta Sánchez Marcos, que tuvo la amabilidad de hacerme llegar José Antonio Monago.

    Todo ello despertó no solo mi interés, sino una profunda admiración por la labor que esta institución viene desarrollando desde hace décadas gracias a personas como Dª Juana Céspedes, que encarnó como pocas ese espíritu de entrega callada.

    El Cottolengo de Las Hurdes fue propuesto por la Pía Unión de Hermanas Servidoras de Jesús, acogido por el Padre Guim, S.J., y ubicado finalmente en Fragosa, alquería del término municipal de Nuñomoral (Cáceres).

    Desde su inicio en 1952, con medios precarios, hasta sus posteriores ampliaciones, ha sido siempre un lugar donde la caridad se vivió como presencia, no como discurso.

    Epílogo

    Juana Céspedes no fue famosa, ni poderosa, ni reconocida por la historia.

    Pero fue esencial. En el Cottolengo. En su familia. En su hijo.

    Su vida demuestra que la grandeza no hace ruido y que la caridad, cuando es verdadera, deja huellas que no se borran.

    Este artículo es para ella. Para siempre y para todo.

    Nota final

Como apunte informativo, señalar que     Pedro Ruiz ofrecerá el 25 de enero la última función de su espectáculo Mi vida es una anécdota, que ha venido protagonizando en el Palacio de la Prensa de Madrid.



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