Saverio Ungheri :100 años de futuro
Arte contemporaneo
28 de septiembre de 2026•8 min read
Por Claudio Fiorentini
Si consultamos la red para saber qué es la creatividad artística, encontraremos a menudo referencias a las emociones. Pues bien, creo que esto es una limitación, porque el arte, que parte de una vocación, es, precisamente, evocación, es decir, la acción de traer a la mente algo que normalmente se esconde en lo más profundo, convirtiéndose casi en un ritual instantáneo que permite que nuestros demonios y nuestros ángeles vuelvan a mostrarse tal como son: esa parte de nosotros mismos que a menudo rechazamos o que, sencillamente, descuidamos.
El trabajo del artista consiste principalmente en esto: e-vocar, sacar la voz hacia fuera, fijar la atención en la llamada del alma, es decir, de aquello que nos anima.
El arte tiene, por tanto, un sentido mágico, quizá metafísico, a veces incluso religioso; con toda seguridad es un activador de dinámicas interiores que nace de un acto desordenadamente meditativo o contemplativo, y puede incluirse entre aquellas disciplinas, hoy vulgarizadas por la new age, que trazan un camino destinado a vivir la experiencia mística.
La creatividad artística es también capacidad para resolver enigmas, pero la solución solo puede representarse a través del propio arte, donde la obra tiene la función de transmitirse como solución sin exponer el problema que, por tanto, permanece envuelto en el misterio, pero que, una vez e-vocado, retrata el enigma común, es decir, la pregunta primordial, común a toda la humanidad, que se pregunta cuál es el sentido de la vida.
El viaje por la creatividad del artista no implica solamente recorrer de nuevo la historia personal que narran sus obras; más bien consiste en descubrir que esa historia es patrimonio común y que, si el artista ha afrontado su misterio logrando plasmar su danza, el espectador, situado ante la solución del enigma, ve el enigma que lleva dentro y se relaciona con la obra de arte reencontrando esa inquietud universal que, precisamente por serlo, nos hermana, porque el arte es lenguaje de humanidad.
No debe sorprender que muchos artistas hayan vivido en la locura, o al menos en la visión de un mundo diferente, en la exploración del espacio onírico o en la convicción de que la «realidad» oculta de las cosas es su propia alma, porque para el artista la realidad debe ser desnudada: el artista explora aquello que la realidad oculta.
Pero he aquí las palabras clave: visión, exploración y… locura.
El artista es un loco: lo que hace es inútil y lo hace sin saber por qué.
El artista es un explorador que, aun sabiendo que su búsqueda solo da sentido a su propia búsqueda, busca el sentido del ser.
El artista es un visionario que no acepta que su tiempo sea su límite y sueña con un mundo mejor o, al menos, diferente.
Y es desde aquí que partimos para hablar de la obra de Saverio Ungheri, que ya en 2024 fue ennoblecida por una exposición en el Palazzo Merulana y que hasta el 11 de octubre de 2026 puede descubrirse en una exposición antológica instalada en las dependencias del antiguo matadero de Roma.
Como todo artista que pueda considerarse artista, Saverio Ungheri pasó por distintas fases, abandonando lo consolidado para explorar nuevos caminos.
Así, aunque partió de la academia, dejó una huella en el arte matérico y en el arte conceptual, dio vida a tres manifiestos, inventó nuevos lenguajes y, armado de cultura, herramientas, habilidad manual, ingenio y voluntad desobediente, inventó nuevas maneras de hacer arte.
La voluntad desobediente es un elemento fundamental en la vida de un artista. Esta desobediencia conduce a la ruptura de los cánones, a la rebelión creativa, motor de cualquier innovación artística, y Saverio Ungheri lo demostró más que muchos de sus contemporáneos.
De la desobediencia nace lo nuevo y, con la voluntad creativa, se puede plasmar. Un acto de valentía necesario en el mundo del arte, porque lo «nuevo» molesta, desestabiliza e inquieta; lo «nuevo» no tranquiliza, razón por la cual muchos artistas renuncian a ello y permanecen en lo consolidado, mientras que quienes lo exploran a menudo son obstaculizados por sus contemporáneos, para ser reevaluados, por desgracia, demasiado tarde.
En Ungheri, la desobediencia toma forma primero con el Astralismo Romano, movimiento que fundó en 1959 junto a Sante Monachesi, Sandro Trotti, Claudio Del Sole y David Grazioso (los mejor informados cuentan que el manifiesto fue escrito sobre un mantel de papel de una pizzería romana), y después en el Arte Bionika, donde una serie de esculturas conceptuales cobran vida a través del movimiento y la luz porque están animadas por un elemento fundamental de la vida cotidiana, la energía eléctrica, que aquí se convierte en herramienta de trabajo, como lo son el martillo y el cincel.
¿La energía eléctrica como si fuera un pincel? Una intuición genial para aquellos años: las esculturas se mueven, murmuran, se iluminan, poseen un ritmo expresivo que trasciende la contemplación pasiva y se integra en la obra, donde la mecánica tiene su propia sangre que pulsa por las venas de los materiales que la componen. Pero no solo movimiento, porque los materiales, a menudo de desecho, renacen en una escultura, como por ejemplo en «La Mantide», donde la cabeza es el depósito de combustible de un ciclomotor, los ojos que se iluminan son las carcasas de los intermitentes de un Fiat 500 y las alas, que se entrecierran como si palpitaran, se asemejan a aspas de ventiladores en polipropileno, un material que por entonces acababa de entrar en nuestras vidas.
Más allá de los aspectos puramente mecánicos y de realización de las obras, sin embargo, existe un aspecto metafísico, porque la escultura trasciende a sí misma y se convierte en manifestación del espíritu de la ciencia. No hay que olvidar que la ciencia, en los años sesenta, era admirada, respetada, temida y observada, y algunos artistas tomaron una parte de ella para incorporarla a su lenguaje creativo; por tanto, no se limitaron a padecerla, sino que la animaron y la representaron, elogiándola en la fusión entre arte, estudio e investigación.
En la visión de Ungheri, la ciencia no era solo un campo de estudio, sino que formaba parte de la vida, y sabía que pronto se convertiría en protagonista. La ciencia que nos llevó al espacio, sin embargo, es la misma que nos ha llevado a llenar el océano de plástico; por tanto, no solo ciencia, sino también una alarma ante el ecosistema que, víctima de las fechorías humanas, se encuentra en grave peligro, como narran algunas instalaciones del artista, visibles en su espacio-museo de Roma.
Pero Ungheri nunca se limitó a ser artista; su intuición más disruptiva la encontramos precisamente en Roma, y es el centro de promoción de la cultura y de las artes llamado «Polmone Pulsante», que encontramos en Salita del Grillo 21 y que, durante casi medio siglo, fue uno de los principales centros de promoción artística y cultural, permaneciendo fiel, incluso después de la muerte del artista y gracias a la incansable labor de su hijo Andrea, a su filosofía: arte y ciencia, pero también metafísica, espiritualidad, búsqueda del ser y del más allá que todos llevamos dentro.
Y es precisamente el Polmone Pulsante la mayor de las obras de Ungheri, porque es signo de apertura y de compartir, valores amenazados ya desde los años sesenta (otra intuición del artista), porque un lugar de convivencia se convierte en obra de arte, pero sobre todo porque es allí donde su propia vida se transformó en obra de arte. En definitiva, el «capolavoro vivente», resultado de las diversas transformaciones del lenguaje artístico de Ungheri, está precisamente allí, en Roma, donde todavía se puede visitar su estudio, donde se puede asistir y participar en eventos culturales y donde, provistos de luces de emergencia y casco, se pueden visitar los 180 metros cuadrados de espacio subterráneo que, además de ser un fragmento de la historia de la ciudad, alberga el museo personal de Saverio Ungheri.
Incluso Ernesto Pérez Zuñiga, uno de los mayores escritores españoles contemporáneos, quedó fascinado por su visita al Polmone Pulsante y, durante el viaje de regreso, decidió ambientar precisamente en Roma su última novela, «Veníamos de la noche» (Galaxia Gutenberg), con algunas escenas cruciales ambientadas en el Polmone Pulsante.
Resumiendo el recorrido, vamos de la academia al astralismo, del astralismo al arte bionika y del arte bionika al «capolavoro vivente», el Polmone Pulsante. Todo ello es metáfora de un proceso que va del estudio a la observación de lo desconocido, que se transforma en energía como elemento de la escultura para abrirse al mundo en un centro que experimenta y comparte. La semilla que se abre (academia), el brote que se lanza hacia el espacio exterior (astralismo), la planta que crece (arte bionika) y el fruto que se ofrece al mundo (Polmone Pulsante).
Pero todo parte de la inspiración cósmica, algo muy diferente de la inspiración de la que se habla a menudo, porque lo que mueve al artista es la intuición de la grandeza que llevamos dentro, reflejada en la grandeza que percibimos cuando levantamos la mirada hacia el firmamento, ¡y el alma se nos llena de asombro!
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