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miércoles, 24 de noviembre de 2021

"Los cipreses", davanti San Guido, Giosue’ Carducci (1835 -1907)

La gata Ariel en el jardín, con cipreses al fondo (Foto Mónica Lavino-Mariani)



24.11.2021.- Lago de Como



I cipressi che a Bólgheri alti e schietti

van da San Guido in duplice filar,

quasi in corsa giganti giovinetti

mi balzarono incontro e mi guardar.

Mi riconobbero, e— Ben torni omai — Bisbigliaron vèr' me co 'l capo chino — Perché non scendi ? Perché non ristai ? fresca è la sera e a te noto il cammino.

Oh sièditi a le nostre ombre odorate

ove soffia dal mare il maestrale:

ira non ti serbiam de le sassate

tue d'una volta: oh non facean già male!

Nidi portiamo ancor di rusignoli:

deh perché fuggi rapido cosí ?

Le passere la sera intreccian voli

a noi d'intorno ancora. Oh resta qui! —

— Bei cipressetti, cipressetti miei,

fedeli amici d'un tempo migliore,

oh di che cuor con voi mi resterei— Guardando lor rispondeva — oh di che cuore ! Ma, cipressetti miei, lasciatem'ire:

or non è piú quel tempo e quell'età.

Se voi sapeste!... via, non fo per dire,

ma oggi sono una celebrità.

E so legger di greco e di latino,

e scrivo e scrivo, e ho molte altre virtú:

non son piú, cipressetti, un birichino,

e sassi in specie non ne tiro piú.

E massime a le piante. — Un mormorio

pe' dubitanti vertici ondeggiò

e il dí cadente con un ghigno pio

tra i verdi cupi roseo brillò.

Intesi allora che i cipressi e il sole

una gentil pietade avean di me,

e presto il mormorio si fe' parole:

— Ben lo sappiamo: un pover uom tu se'.

Ben lo sappiamo, e il vento ce lo disse

che rapisce de gli uomini i sospir,

come dentro al tuo petto eterne risse

ardon che tu né sai né puoi lenir.

A le querce ed a noi qui puoi contare

l'umana tua tristezza e il vostro duol.

Vedi come pacato e azzurro è il mare,

come ridente a lui discende il sol!

E come questo occaso è pien di voli,

com'è allegro de' passeri il garrire!

A notte canteranno i rusignoli:

rimanti, e i rei fantasmi oh non seguire;

i rei fantasmi che da' fondi neri

de i cuor vostri battuti dal pensier guizzan come da i vostri cimiteri

putride fiamme innanzi al passegger. Rimanti; e noi, dimani, a mezzo il giorno, che de le grandi querce a l'ombra stan ammusando i cavalli e intorno intorno tutto è silenzio ne l'ardente pian,

ti canteremo noi cipressi i cori

che vanno eterni fra la terra e il cielo:

da quegli olmi le ninfe usciran fuori

te ventilando co 'l lor bianco velo;

e Pan l'eterno che su l'erme alture

a quell'ora e ne i pian solingo va

il dissidio, o mortal, de le tue cure

ne la diva armonia sommergerà. —

Ed io—Lontano, oltre Apennin, m'aspetta la Tittí — rispondea; — lasciatem'ire.

È la Tittí come una passeretta,

ma non ha penne per il suo vestire.

E mangia altro che bacche di cipresso;

né io sono per anche un manzoniano

che tiri quattro paghe per il lesso.

Addio, cipressi! addio, dolce mio piano! — — Che vuoi che diciam dunque al cimitero dove la nonna tua sepolta sta? —

E fuggíano, e pareano un corteo nero

che brontolando in fretta in fretta va.

Di cima al poggio allor, dal cimitero,

giú de' cipressi per la verde via,

alta, solenne, vestita di nero

parvemi riveder nonna Lucia:

la signora Lucia, da la cui bocca,

tra l'ondeggiar de i candidi capelli,

la favella toscana, ch'è sí sciocca

nel manzonismo de gli stenterelli,

canora discendea, co 'l mesto accento

de la Versilia che nel cuor mi sta,

come da un sirventese del trecento,

piena di forza e di soavità.

O nonna, o nonna! deh com'era bella quand'ero bimbo! ditemela ancor,

ditela a quest'uom savio la novella

di lei che cerca il suo perduto amor!

— Sette paia di scarpe ho consumate

di tutto ferro per te ritrovare:

sette verghe di ferro ho logorate

per appoggiarmi nel fatale andare:

sette fiasche di lacrime ho colmate,


sette lunghi anni, di lacrime amare:

tu dormi a le mie grida disperate,

e il gallo canta, e non ti vuoi svegliare.

— Deh come bella, o nonna, e come vera

è la novella ancor! Proprio cosí.

E quello che cercai mattina e sera

tanti e tanti anni in vano, è forse qui,

sotto questi cipressi, ove non spero,

ove non penso di posarmi piú:

forse, nonna, è nel vostro cimitero

tra quegli altri cipressi ermo là su. Ansimando fuggía la vaporiera

mentr'io cosí piangeva entro il mio cuore;

e di polledri una leggiadra schiera annitrendo correa lieta al rumore.

Ma un asin bigio, rosicchiando un cardo rosso e turchino, non si scomodò:

tutto quel chiasso ei non degnò d'un guardo e a brucar serio e lento seguitò.

Davanti a San Guido

*****

El ciprés de Silos, de Gerardo Diego

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas de Arlanza
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales.

Como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.


martes, 23 de noviembre de 2021

LOS CIPRESES DE "LA CALAHORRA" EN LA GUINDALERA

Cipreses de La Calahorra en La Guindalera (23/11/21)


23.11.2021.- Madrid

Julia Sáez-Angulo

Mis cinco cipreses del jardín han desaparecido. Llegaron cuatro hombres macedonios y, con una pericia insólita, los fueron podando, primero y talando después. Los cipreses eran el orgullo de mi casa, ornada con aquellos árboles de la memoria, como llaman en la Toscana, donde plantan un ciprés, allí donde aparecen ruinas romanas, etruscas, etrurias… 

    El ciprés es la columna de la naturaleza y compite en belleza con los fustes y capiteles dóricos, jónicos o corintios, que aparecen en las excavaciones. Sus raíces crecen pivotantes, de modo infinito, sin dañar los muros, tanto o más profundas como el tronco firme y la copa verdinegra que muestran hacia afuera. Sus fuertes hojas alineadas en pareja y decusadas, caducas y perennes al mismo tiempo, caían sobre mis arriates como el herbicida más poderoso e implacable, sin dar tregua a una flor. No importaba. La solemnidad de los cipreses compensaba con creces su exterminio herbáceo. 

    El ciprés es un árbol perfecto: hermafrodita. El mundo greco-romano lo veneraba. Era el árbol de Plutón. El nombre de ciprés viene de su nativo Chipre (Cyprus) y Ciparisa, en la Fócida, tomaba su nombre de la abundancia de cipreses en su seno. Los navíos codiciaban su madera. Las puertas de Constantinopla se hicieron con sus troncos y duraron más de mil años; las de la Santa Sede siguen su ejemplo en los doscientos que llevan en pie. La madera de este árbol se estima incorruptible.

    Los románticos, pintores, escultores y literatos, adoraban el ciprés y lo siguen haciendo, porque sintoniza con su ascesis y melancolía.

    Como árbol de la memoria en el Mediterráneo, los cipreses se situaron en los cementerios para recordar a nuestros difuntos queridos, sus copas ascendentes al cielo nos señalan el lugar donde se alojan sus almas o aspiran a subir tras purgar sus faltas. Los cipreses creen en Dios, afirmaba Gironella. Dicen que, con el humus de los muertos, los cipreses crecen más robustos y sanos en los camposantos. (En Inglaterra, el árbol del cementerio es el tejo).

    Los monjes medievales y renacentistas situaban siempre un ciprés en el claustro, jardín de plantas aromáticas para la cocina. Es el sacro índice del elevado destino que aguarda a los frailes consagrados. El ciprés, árbol esbelto, resta menos luz y visión al claustro superior, o a las filigranas en piedra que pueda tener el monasterio o convento.

En Cataluña y Baleares, los cipreses han servido como símbolo de hospitalidad a los viajeros, anuncio y llamada de alojamiento y comida en las masías. Un camino o sendero de cipreses anuncia que una casa noble aguarda al fondo. Desde los carros y carruajes se divisaba un ciprés y se sabía que allí se proveía de agua; si había dos, de agua y vino; si había tres, de agua, vino y comida; si había cuatro, se ofrecía también alojamiento. Era mi caso en plena meseta castellana, en la Villa y Corte de Madrid, en la capital de España… 

Todas estas referencias las narraba yo, orgullosa, a mis pacientes amigos visitantes, que en más de una ocasión ya las habían escuchado de mi boca. Eran momentos para mostrar mi dotes de narradora oral, superiores, en mi opinión, a las escritas. Tengo un punto pedante, ¡qué le vamos a hacer!

Los cipreses eran mi orgullo. Nadie en la colonia Iturbe de Madrid Moderno, en la Guindalera, construida en 1928, tenía cipreses como los míos. Había aligustres, nísperos, perales de jardín, naranjos, arces -un bello árbol de Júpiter que desapareció misteriosamente- como el ailanto… pero no había cipreses. Eran la singularidad de mi casa.

Más, ¡ay dolor!, de pronto dos cipreses comenzaron a crecer con pata de elefante en la base. Las raíces no podían horadar más la tierra capitalina. Los otros rompieron sin piedad los arriates enconchados por el marino Peri, que había vivido antes que yo en esta casa que llamo La Calahorra, en memoria de la finca que heredé de mi madre y me permitió adquirirla con su venta. Mamá nunca se hubiera desprendido de aquella, antes hubiera pedido limosna en la Puerta del Sol, pero las cosas suceden así entre generaciones.

    Los amigos, botánicos expertos, me advertían que si no talaba los cipreses pudieran empezar a bambolearse por falta de firmeza, al no poder profundizar más hacia el Hades. Su cuerpo, mucho más alto que el tejado caería, con posible peligro sobre la casa o la calle y los viandantes. El vendaval de la Filomena a comienzos de 2021 los humilló despelujando sus ramas como si fueran palmeras. Consulté al Consistorio y envió una inspección de ediles y forestales. Planos, fotos, impresos rellenos, permisos cautelosos y pago de elevadas tasas. Talar un árbol es un sacrificio impío; talar un ciprés, árbol sagrado de la memoria, lo es aún más. La seguridad ha pesado como prioritaria sobre la belleza y el mito.

    Lamentablemente no hubo más salida que llamar a los macedonios, que mostraron una vez más su pericia en la tarea. Con sus músculos de titanes de bronce, comenzaron a escalar con ganchos, cuerdas y aserradora de mano, para cortar ramas y troncos con destreza. En mi casa no podían gritar ¡Árbol va!, como lo hacen en los bosques de su tierra. Lo hicieron con pausa y cuidado, a base de cortes y lonchas para no romper muros ni molestar al prójimo viandante.

    Unos gendarmes se presentaron de improviso tras la llamada de un vecino ante la tala. Hicieron muy bien unos y otros. A la flora hay que protegerla como a la fauna. Hay que controlar los excesos contra la normativa municipal, harto abundantes en la colonia. Con los papeles en regla, solo hubo intercambio de saludos con los amables agentes.

    El ciprés, una vez talado no crece más, es un árbol muy suyo que no retoña, me informó el titán jefe de los macedonios. Su base en la tierra le servirá como peana para las macetas. 

    Dos amigos escultores me han pedido algunos troncos para su trabajo artístico. Será un destino noble de mis cipreses que bien lo merecen.

    He ganado en luz, pero he perdido la gallardía de los cipreses y su muralla protectora de vientos e intimidades.  Su memoria greco-romana. Su elegante ascetismo.


Los cipreses desde el otro lado (Foto Helena Gil)