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miércoles, 13 de mayo de 2020

EL APELLIDO VASCO Y LOS AÑOS DE PLOMO, relato de Julia Sáez-Angulo




por Julia Sáez-Angulo

13.05.2020.- Madrid

            Pertenecemos una familia residente en territorio riojano desde el Medioevo, cuando Don García Sánchez el III, monarca del reino de Nájera-Pamplona, cabalgaba, durante el siglo XI, por caminos y veredas de la sierra de la Demanda y se acercó con su halcón en la mano hasta las profundidades del bosque; allí encontró, en una cueva, la imagen de una Virgen y una terraza con azucenas. El rey quiso dar culto a aquella imagen escondida para salvarla de la incuria musulmana, por lo que Don García el de Nájera ordenó la construcción de un monasterio, el de Santa María la Real de Nájera y creó la Orden de Santa maría de la Terraza, una de las órdenes militares más antiguas de Europa.
            La sierra y el río Najerilla cercanos al monasterio proporcionaban el viento y la humedad precisa sobre nuestros campos y viñas, para hacer brotar dorados cereales y cuidados vinos.

            A finales del XIX, mi tatarabuelo paterno, Antonio, era el mejor viticultor y el mejor criador de vinos en sus bodegas cercanas al río Yalde. “Los vinos no se fabrican, se crían”, nos explicaba a los nietos, a quienes enseñaba a comer la uvas grano a grano, tomándolos con la mano, y no con la boca, como a veces hacíamos para probar nuestra pericia en alcanzarlos. Las cubas y barricas iban desgastándose después de tantos años acogiendo el mosto en su seno, por lo que mi tatarabuelo hizo llamar a un maestro cubero para que las reparase y ampliara su bodega con otras nuevas. El joven que le enviaron del País Vasco se llamaba Koldo Amezúa y procedía de un caserío de Bérriz en el norte; la concordancia vizcaína de sus frases dejaba bastante que desear para entenderlo, pero el tatarabuelo y el maestro cubero acabaron por entenderse y entre ambos llevaron a cabo con eficacia el adecentamiento y ampliación de las bodegas.

            Koldo Amezúa era un muchacho fuerte y bien parecido, que no tardó en fijarse en Máxima, la hija única, bella y rica heredera del tatarabuelo. Ambos se miraron, hablaron con pocas palabras, se desearon y acabaron en boda. A los pocos invitados que acudieron a la ceremonia nupcial desde Berriz, se les situó solos y en una mesa aparte del banquete, porque no había manera de entenderse con ellos, ya que hablaban su lengua de caserío y apenas si conocían la extendida lengua de Castilla.
            Todo iba bien en la familia, hasta que el apellido vasco Amezúa empezó, a tomarse como un apodo despectivo en el pueblo para los descendientes de Koldo y de Máxima, algo que no gustaba precisamente a los afectados. En los 60, los Amezúa descubrieron que algunos de los descendientes sucesivos nacían con Rh negativo en la sangre, según les explicó un médico avezado, debido a la sangre vasca en la familia, lo que llevaba a ciertas complicaciones de supervivencia y salud en los recién nacidos. Había que renovarles la sangre. Varios bebés murieron por esta razón; el pueblo tomó este hecho como una maldición de los Amezúa.
            La situación se enredó, todavía más, en los años de plomo, 1970-80 de la banda terrorista vasca ETA, sanguinaria y cruel como ninguna otra en la Historia, porque los jóvenes de nuestra familia que portaban el apellido vasco eran detenidos en sus vehículos por la Guardia Civil, cuando recorrían  las carreteras del territorio de la Demanda; les pedían la documentación del vehículo y de ellos mismos, por el simple dato de tener apellido vasco. Mi primo Jose contaba como una metralleta de un guardia civil se metió por la ventanilla de su coche y le apuntaba la cara. Se les tomaba como posibles sospechosos de terroristas infiltrados en La Rioja, procedentes del país norteño de los nacionalistas recoge-nueces, aquellos que amparaban a los terroristas de fauces sangrientas y se beneficiaban sus muertes y fechorías. A veces mis jóvenes primos quedaban detenidos en el cuartelillo de la Guardia Civil, hasta la aclaración correspondiente.
            Las jornadas de atentados terroristas llenaban de sangre y féretros las calles, seguidas de los balcones con  banderas a media asta y crespones de luto en ellas. Esos días era más peligroso salir con los coches a las carreteras.
            Toda la familia acabó poco menos que por detestar el apellido vasco que tantas contraindicaciones vitales tenía.

            Las nuevas generaciones ampliaron aún más las bodegas riojanas de la familia, pero obviaron denominar a su nuevos vinos con el apellido vasco, que tantas complicaciones traía en sus vidas. ¡En buena hora la bisabuela Máxima Sáez se casó con el maestro cubero Koldo Amezúa!, se lamentaba en la casa durante los años de plomo.



            El abuelo Amezúa, elegido alcalde del pueblo, fue invitado a la ceremonia del inicio del Patronato de Santa María la Real de Nájera entre riojanos, navarros y vascos en el citado monasterio. Allí están enterrados los reyes del reino de Nájera-Pamplona; los López de Haro, señores de Vizcaya y los Manrique de Lara, duques de Nájera. Una buena conjunción de datos y nombres históricos para entender que las fronteras entre territorios son trazas artificiosas y discutibles de separación entre los hombres, que solo las voluntades y los matrimonios unen de verdad. El abuelo así lo contaba a sus nietos en su deseo de pacificación de los ánimos, pero mis primos seguían hartos de su apellido vasco durante los años duros de las Parabelum y muerte. Ni un solo vino de las bodegas de nuestra familia se denominó Amezúa. Eran los años plomo, dolor, muerte, para unos, y recoge-nueces, para otros.

Julia Sáez-Angulo

domingo, 12 de abril de 2020

ENTRE DOS MUJERES. Relato sobre tiempos de pandemia




Julia Sáez-Angulo
12.04.2020

            Águeda Ahíllas había leído novelas sobre médicos en su adolescencia, sobre todo las del escritor y médico británico A. J. Cronin; las historias del Dr. Finley basadas en su propia vida eran emocionantes. También leyó la novela Doctor Zhivago, de Boris Pasternak premio Nobel de Literatura 1958, y la titulada MASH, de Richard Hooker. Después vio la serie televisiva Centro Médico, de la que era protagonista el Doctor Joe Gannon... ¡Apasionante! La profesión de médico le sedujo hasta el punto estudiar en la Universidad y obtener el título de Doctora en Medicina.
            A su padre le parecía un tanto atrevido que su hija estudiara aquella carrera tan dura y larga, pero ella tuvo la ayuda de su tío, el doctor Manuel Ahillas, que ejercía de médico en otra ciudad distinta a la suya y que le había hablado a su padre: Convéncete, la Medicina es cosa de mujeres, porque ellas nacieron para cuidar y curar, es lo que hacen con sus hijos desde que los engendran en su seno y ya para toda la vida. No hay más que verlas en los hospitales lo listas y diligentes que son.  Lo que de verdad es de hombres es la cocina, añadió el Dr. Ahíllas, fíjate como los grandes cocineros son hombres. Ellas solo saben hacer la comida sencilla de cada día.   
           El padre de Águeda se quedó pensativo.

            Águeda, inteligente y obstinada, logró su propósito. La misma dificultad tuvo, por otra parte, su hermana, cuando, al año siguiente, quiso estudiar Bellas Artes y su padre se enteró de que tenía que dibujar y pintar con modelos desnudos de hombres y mujeres. Ella no tuvo un tío pintor y abogado, como tuvo Águeda. Era a principios de los años 80.

            Fue emocionante para Águeda comenzar a trabajar como médico de familia en el ambulatorio de un barrio popular, por el que pasaban desde jóvenes con un catarro brutal –así decían ellos- a mujeres con hipertensión por obesidad, diabetes, hipotiroidismo o dolores de espalda casi crónicos por haber levantado mucho peso con los hijos; también ancianos aburridos que se quejaban continuamente de sus rodillas y de su torpeza al andar. Una Medicina que si no curaba, al menos aliviaba de molestias y dolencias. El juramento hipocrático de salvar vidas se le antojaba a Manuela una hipérbole en aquel lugar.

            Pero Águeda, cuando pasó a trabajar un hospital, no imaginó jamás que le iba a tocar vivir una pandemia como la del Covid-19 en pleno siglo XXI, un neumonía contagiosa y generalizada, como una peste medieval, a extremos de no poder contar con plazas suficientes en el hospital, ni las necesarias plazas en la UCI, ni contar con respiradores para permitir el aliento de todos los enfermos graves, ni mascarillas adecuadas para quirófanos, ni guantes a propósito para auscultar pacientes... Era la locura y la necesidad de calma y control al mismo tiempo. Los médicos eran el baluarte de aquel pandemónium, que arrojaba cifras de muertos hasta acercarse al millar a diario. Se improvisaron hospitales de campaña y hoteles de recuperación de enfermos. La morgue del hospital estaba saturada, las funerarias también; se habilitaron los palacios de hielo para acoger a ristras de ataúdes. Los cementerios establecían turnos; solo una persona podía asistir al sepelio; estaban prohibidos los funerales... Se estableció el confinamiento casi total de la población.
            Las jornadas de catorce o dieciséis horas eran agotadoras para Águeda. Cuando regresaba a casa se tiraba momentáneamente en el sofá y no quería escuchar radio, ni televisión, porque hablaban de lo mismo que ella acababa de ver y dejar. Quería olvidar. Sus hijos la miraban preocupados. Necesitaba silencio y dormir; ni siquiera música. La Doctora Ahíllas recordó el dicho de su padre valenciano: Tú lo quisiste fraile Montén, tú lo quisiste, tú te lo ten. Ella había elegido la Medicina y tenía que apechugar con todas las consecuencias. La vida manda, pero lo hace siempre con dificultades y obstáculos por medio. Tenía tres hijos y estaba separada; eso lo complicaba todo. ¿Qué hacer? Reflexionó: un médico no se improvisa y todos somos pocos para atender esta situación apocalíptica. Habló con su ex marido, pero él no estaba dispuesto a  quedarse con los chicos. Águeda temía no poder atenderlos que lo requerían y, lo que era peor, temía contagiarles el maldito virus. Llamó a su madre viuda, ella sí respondió a su requerimiento: se quedaría con sus hijos, mientras ella se dedicaba a los hijos y padres de los demás. La doctora respiró aliviada. Las mujeres siempre responden, pensó.

            Y vuelta a empezar con el ingreso masivo de pacientes afectados por la fiebre, el malestar de garganta, la tos seca, los ahogos en su respiración, las filas en urgencias... ¡Necesito dos respiradores!, dijo la Doctora Ahíllas para dos pacientes, mujeres de 65 y 67 años respectivamente. No hay más que uno, respondió la enfermera. ¿Qué hacer? ¿A quién se lo pongo? ¿Qué decía en estos casos la asignatura Deontología Médica?, pensó la doctora, todo ello en una fracción de segundo. Y en su leal saber y entender, tomó una determinación y actuó.
            A los cinco minutos escribió en su cuaderno de notas la palabra Exitus, mirando a una de las dos mujeres.