sábado, 23 de abril de 2022

CRÓNICAS DE JERUSALÉN XIV.- El desierto de Judea, el oasis de Jericó y Nazaret


Desierto de Judea y nivel del mar

Marion, Julia y Teresa en el nivel del mar del desierto de Judea hacia el mar Muerto


Julia Sáez-Angulo
24/4/22.- Jerusalén.- Cuando yo residía en Londres en los años 70 y más de una vez hube de desalojar el metro a marchas forzadas, ante las amenazas del IRA, el Ejercito Irlandés terrorista contra los británicos, se contaba el chiste aquel de la detención de un hombre al que el duro interrogador le preguntaba:
-¿Católico o protestante?
El hombre, aterrado ante tamaño discurso binario y amenazador, se apresuró a contestar:
-¡Judío!
-Mohammed, ¡este es para ti!, replicaba el  interrogador.

El chiste me vino a la memoria cuando al entrar en Nazaret, una de las personas que me acompañaba me señaló un comercio de moda femenina de unos amigos cristianos suyos, que en su día fue agredido con piedras por unos islamistas en Nazaret, que desean ver la ciudad libre de cristianos. Son los amantes del gueto que haberlos, haylos, en todas las culturas y creencias. “Nosotros, judíos, culpables de nuestro propio gueto!”, se lamentó Simone Veil en cierta ocasión. Organizar una ciudad por guetos equivale, por un lado, a protección endogámica y, por otra, a futuro conflicto con el exterior. Las comunidades judía y árabe en Israel, se reparten como tales guetos. Tel Aviv-Yafo fue denominada así, institucionalmente, para evitar la separación de la comunidad árabe de Yafo, respecto a Tel Aviv (colina florida), comunidad judía. La intención es buena, pero no funciona; las dos comunidades separadas siguen ahí.
En fin, dejemos esto, porque me lleva a un pesimismo antropológico progresivo en una tierra santa que respeto y quiero. 

Sentirse a 400 metros por debajo del nivel mar en el desierto de Judea es una sensación extraña que cuesta imaginarse, pues es como estar dentro de una caldera en la que sufrimos los 37 grados al mediodía y dicen que a los 50 en los meses de verano. El desierto siempre es hermoso y sugerente; el paisaje de las colinas del de Judea es bellísimo.         Carmen Ros, la española que lleva veinticuatro años en Israel y lo ama con fruición, se extasía ante esas ondulaciones por las que tuvo que caminar Cristo de Galilea a Jerusalén. No es difícil imaginar las suaves colinas como un antiguo fondo marino, cuando aquellas tierras formaban parte del mar Mediterráneo, pero las placas tectónicas se desplazaron hasta incomunicarlo. El cromatismo del desierto pasa, de la pelusilla verde primaveral al ocre pardo más intenso en verano.
De vez en cuando se divisan campamentos de beduinos, que viven con sus pollinos, cabras y camellos en el desierto, como lo hicieran en tiempo de Jesús. Sus casas son chabolas, que los vendavales arrebatan y acaban con ellas, a menos que las sujeten con metal, como se les recomienda actualmente. Pero el aspecto de esas viviendas es tan feo y precario, que parece increíble que exista en un país rico del XXI.
Llegar al oasis de Jericó y ver los inmensos palmerales, me recordó, por analogía, a las amplias extensiones de olivos en Jaén. Las cosechas de dátiles en aquella tierra feraz es una bendición de Dios, que se exporta y es riqueza para los árabes. Menos estéticos son los numerosos invernaderos de plásticos que se han instalado a lo largo del calor y la riqueza de agua freática. De ahí llegan al mercado excelente tomates, rábanos o lechugas. Son el signo de los tiempos.
    Una oportuna parada junto al río Jordán, donde se bautizó Cristo. Dos iglesias, la católica y la ortodoxa conmemoran allí ese acontecimiento bíblico. El papa celebró una misa en una explanada adjunta al aire libre. Al otro lado, cerca de  donde vigila un soldado, jordano también se alza otra iglesia conmemorativa, para los cristianos de Jordania. Las aguas del Jordán corren achocolatadas.
Pasar de Jericó, zona árabe, a territorio mayoritariamente judío, exige llevar el pasaporte en el bolsillo, porque los controles policiales existen, aunque se resida en el mismo país. Son medidas de seguridad habituales ante los sempiternos recelos y/o conflictos puntuales y periódicos. En Nablús, donde está el pozo de la Samaritana, se advierte en un cartel a la entrada, que no se responde de la seguridad de los judíos visitantes. Las matrículas de los coches son de color diferente: amarillas las israelíes y blancas las árabes. La lapidación viene desde tiempos remotos. Si uno se equivoca y llega al final con la piedra, se le llama “efecto colateral” y tira “p´alante”. La vida humana es abundante y barata.
        Atravesamos Caná, allí se muestran tinajas del tiempo de Cristo, donde fue convertida el agua en vino, en el primer milagro del Mesías, a petición de María, su madre.
Nazaret es una gran ciudad árabe que conserva la devoción de los cristianos con santos lugares como la capilla de la Anunciación y la cripta del “Verbum caro factum est”, la iglesia de san José, el taller del esposo de María y la tumba del Justo, que se atribuye con visos de probabilidad a la tumba de san José y que albergan con cariño y celo las Damas de Nazaret, unas monjas apostólicas deliciosas. Al lado está el convento de las hermanas de Teresa de Calcuta. 
    El pozo de la Virgen lo custodian los ortodoxos, que se encuentran en plena exaltación de su Pascua de Resurrección, por mor de los calendarios prescritos. Los franciscanos dicen que el pozo de la Virgen está en otro lugar. Afortunadamente nada es dogma de fe en este campo y cada cual puede acogerse a la mejor versión o a ambas. ¿Por qué no? Ya sabemos aquello de que "en todo error hay una parte de verdad".
Visitar las ruinas arqueológicas que subyacen bajo iglesias y conventos, en este caso de Nazaret, es apasionante. Se pueden ver con claridad los vestigios romanos; las huellas del primer siglo d. C., cuando los cristianos comenzaron a edificar sus pequeñas y primitivas iglesias; las rotundas presencias de basílicas bizantinas del siglo V, y las reconstrucciones posteriores de los Cruzados... Son fáciles de distinguir por la forma diferente de sumar los sillares y la argamasa. Cisternas y pozos indican la presencia del agua y el uso en el pasado paara carpinterías y fraguas. En la tumba del Justo san José, impresiona ver las muescas de la cuerda en el brocal del pozo para sacar agua o la gran piedra redonda para tapar las tumbas.
Como toda ciudad árabe, Nazaret es más alborotada, menos ordenada y más sucia. Tampoco es que tengan facilidades los árabes para el transporte público, por lo que han de llevar el automóvil propio de mejor control, lo que organiza atascos en el tráfico. Se ven buenas mansiones árabes en la ciudad, lo que indica que hay árabes ricos; son los que hacen pingües negocios con los judíos, porque en esto del interés crematístico, todos somos vulnerables.

En el río Jordán, frontera con Jordania.  Bautismo de Cristo.
Río Jordán

En Nazaret


En el desierto de Judea. Foto junto al camello del beduino.

En la tumba del Varon Justo, San José

3 comentarios:

Juana Mari Herce dijo...

Historia ilustrada del Israel Bíblico.Gracias Yuli,un día más ,por tan bellísima crónica.
Siempre una delicia leerte.
Besos.

Julia Saez Angulo y Dolores Gallardo dijo...

palmira rius: Me encanta leer las crònicas de Tus viajes
Jerusalem ...increible
palmira rius

Julia Saez Angulo y Dolores Gallardo dijo...

Julia, felicidades, enjundia y pedagogía. Tomás

Tomas Paredes Romero

Julia, excelente, sólo un pero, la palabra hinchapelotas en esa crónica no me parece muy apropiada