viernes, 25 de septiembre de 2026

"ENCUENTRO SANTIAGO MORATO & MANUEL SANTIAGO RUIZ" en el Palacio de Barrantes-Cervantes. Trujillo de Extremadura



Por Hernando de Orellana-Pizarro
25/9/26.- Trujillo de Extremadura

El Palacio Barrantes-Cervantes sede de la Fundación Obra de los Pizarro se
complace en presentar la exposición Encuentro: Santiago Morato & Manuel Santiago Ruiz, dos universos creativos de gran calidad estética.
Santiago Morato fue un creador que realizó una obra dentro del expresionismo onírico. Sus composiciones presentan trazos espontáneos o fluidos y en ellas la figura humana, los paisajes y los bodegones adquirieron un estilo muy personal.
Morato intenta ir más allá, explora narrativas con un enfoque experimental. A
través de medios mixtos y una exquisita paleta cromática plasmó una obra humanista plena de significados. Manuel Santiago, por su parte, formula interrogantes, construye y re-construye. La intención de su trabajo reside en una cartografía de la existencia humana y lo hace narrando su propia historia o plasmando la visión colectiva que tiene del mundo. Su arte, es figurativo, pero no realista y nos acerca a la mística de lo esencial. Trabaja con diversos materiales sobre distintos soportes. Su obra es la reinterpretación de la realidad a la que la convierte en metáfora visual y poética.
Desde La fundación Obra Pía de los Pizarro deseamos que nuestra programación alcance exposiciones de un alto nivel de calidad y contenido. De hecho, así lo estamos demostrando con esta exposición Encuentro, donde dos grandes
artistas nos acercan a su mundo interior y estético. Esperamos que el público disfrute de esta muestra y se dejen arrastrar por los múltiples espacios creativos que nos ofrece.

Encuentro es palabra plural, con brazos adunia, y mágica. Hay varias así en nuestra
hermosa lengua, cada día maltratada con sevicia hasta por aquellos que viven de ella. Son palabras misteriosas porque identifican muchas acciones y actitudes
diferentes. En esta ocasión refiere el abrazo creativo de la obra plástica de un padre con la de su hijo. Y que esto ocurra en Extremadura añade emoción al milagro, dada la nacencia de Manuel Santiago Morato en Los Santos de Maimona.
Extremadura es una almáciga de descubridores, fundadores, artistas, humanistas y poetas. Es una tierra diáfana, despejada, con horizonte, a pesar de los bosques de encinas que recuerdan su romanidad, que enseña muchas ciencias, pero sobre todo la naturalidad, la humanidad, la franqueza. Es un territorio de luchadores, que llevaron su savia y sus hábitos al viejo y el nuevo mundo, que los siguen llevando.
    Las encinas de Nertóbriga son en si un monumento natural centenario. Como son instituciones culturales los nombres de Benito Arias Montano, Francisco de Zurbarán, el doctor Francisco de Alceo, El Brocense, José de Espronceda y los
conquistadores del Nuevo Mundo, s. XVI, hoy denostados, pero trascendentes ¿A alguien se le esconde que el primer poeta novohispano de México, es Francisco
de Terrazas, hijo del alcalde de Fregenal de la Sierra?
    Manuel Santiago Morato, 1934-2015, es un pintor narrativo, su mundo está
poblado de hadas y elfos, de muñecas y zoomorfos que dialogan con una
lluvia de colores, provocando de sólito la ensoñación y la ternura. En su ámbito
creativo, con guiños a Paul Klee, crece el misterio y el murmullo de los sueños.
Era un alquimista que transformaba la materia en oro, aleación de emoción y
misterio. Sus monólogos tratan de hacer realidad la materia de las percepciones
y los sueños, el dibujo.
Fue profesor de Bellas Artes, pero, por encima de todo, se quería pintor. A los
veintidós meses de vida, le visitó la polio y eso condicionó su existencia, sin jamás
per-der el humor, ni la sonrisa, ni su irrenunciable devoción por el arte. Era un
hombre atractivo y dicharachero y, en ocasiones, cantaba flamenco sin perder
jamás el compás. Poseía un elevado grado de dignidad. Fue hogareño y padrazo
con sus hijos. Su cromatismo tuvo herederos, como así lo confesaba José Vega
Osorio, extraordinario pintor, hoy silenciado, pero con aureola en los ochenta y
noventa próximos pasados.

ENCUENTRO- A GUISA DE ISAGOGUE
       por Tomás Paredes Romero.     Presidente de Honor de AICA SPAIN

Es complicado crecer entre las pinturas de tu padre y decidir ser pintor y tratar de ahormar tu propio idiolecto.
    Esto es lo que vivió Manuel Santiago Ruiz, Madrid 1975. Sus otros dos hermanos, no intentaron el mismo camino. Pero, Manuel si, desde la adolescencia; se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense
y se entregó a buscar ese léxico cromático y formal que todo artista visual persigue. No sólo en la pintura,
porque tiene publicado el poemario Relato de náufrago. ¡Y ambuezas de lirismo y de poesía se derraman en su
experiencia plástica!
A pesar de las clases y los ambientes de su generación no le fue fácil escapar del cosmos Morato -ese abandono
de las proporciones, el sobresalto del colorido, esa tristalegría de su icono, ese amor al verde Veronés en todos
sus estados, la ternura como inspiración, el expresionismo poético-, pero, lo hizo. Y emprendió una senda que se
ha ramificado y le ha llevado a puntos diversos, no distantes, en los que se reconoce; fragmentario, pero, uno;
con el mismo aire que se reconocía Tristan Corbière en Les amours jaunes, opalescente y sinuoso y múltiple.
Abandonó Madrid, se instaló en Mallorca en 2007 y desde entonces ahí ha desarrollado sus ideas y sus
emociones, su ambición y su soledad. Su lirismo se atenúa en la luz sajelada de la isla, donde se ha dado al poema, la performance, la expresión que congrega todas sus intuiciones, dudas y hallazgos; a la epifanía de las
sensaciones íntimas, límpidas.
Ahora, el destino, o qué sé yo quién, ha querido que sus obras se muestran cabe las de su padre y ambos
fortalezcan este encuentro feraz, no sólo para él, sino para cuantos conocimos y conocemos la oda a la
sensibilidad de Santiago Morato. Desde el realismo mágico, viró hacia una sintaxis de manchas, donde más que
la abstracción, se oye la música de Mozart, o por veces a Vivaldi. No es la misma que se escucha en Manuel
Santiago, más cercano al jazz y a Jimi Hendrix. Mas, lo importante es que en ambas oímos una melodía, que nos
zarandea el sentimiento y que nos mueve a pensar cuando ya hemos sentido.
Es tarea primordial del autor, encontrar, hallar, inventar, levantar el lenguaje especial y único, que más convenga
a la expresión idónea de su personalidad y sentimientos. Lo expletivo deturpa. No se desdicen los lugares
comunes criticándolos; el pintor ha de buscar ese momento sencillo, genuino, sublime, en el que tatúa su
interioridad en el sentir del lector, espectador o caminante.
Aquí se reproduce un texto de Manuel Santiago donde recuerda la importancia del dibujo en la obra de su
padre, su querencia al papel y lo que hacía: un frotage que daba ambiente y misterio a sus dibujos al carboncillo
y, al final, con esa misma técnica, cómo se acercaba a la abstracción, a la imbricación de formas insinuadas,
evanescentes, con la mancha. Y es que el arte no puede prescindir del proceso, porque no se pinta para decorar,
sino para estimular los sentidos, sean de belleza o pensamiento.
    Para evitar confusiones, el montaje preserva sus idiosincrasias. En todo caso, en la primera sala del Palacio de
los Barrantes Cervantes está la obra de Santiago Morato; en la segunda, la de Manuel Santiago; y en la tercera,
la imbricación de sendas propuestas. Justificando así, este encuentro en Trujillo, ciudad monumental, que se
eleva como un piropo de piedra humanizada en un paisaje de canchos y olivos leales al entorno.

 

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