Julia Sáez-Angulo
Fotos: J.S.A.
El Escorial, 2 de agosto de 2026.- Las vidas que no se miden por los años, sino por los objetos que han ido recogiendo el paso del tiempo. Basta entrar en una casa para descubrir quién ha vivido en ella. Un libro abierto, una escultura, un cuadro, una porcelana… Todo habla en voz baja. La casa de Michi (Ana María Muela) ha sido, durante muchos años, un pequeño museo de afectos.
Fue corredora de seguros cuando aquella profesión exigía recorrer oficinas, llamar a muchas puertas y convencer con la palabra. Eran los años ochenta y noventa. Ella recuerda aquel tiempo con una serenidad desprovista de nostalgia. Confiesa, sin rodeos, que ganó mucho dinero. «Tenía poder de convicción», dice. Pero enseguida explica que la convicción nacía del entusiasmo. Nunca vendía con artificios; hablaba con fe en aquello que ofrecía.
Su aspecto acompañaba siempre esa manera de ser. Vestía traje sastre de impecable corte, zapatos discretos y un pequeño sombrero sujeto sobre el cabello. Sin ostentación. Sin joyas llamativas. Con esa elegancia silenciosa que no busca llamar la atención y, precisamente por eso, la consigue.
El sombrero la caracterizaba. Tiene una buena variedad de ellos.
Nunca olvidó el comentario que un día hizo el director de una importante empresa constructora. La condujo hasta la sala donde trabajaban todos sus empleados y, señalándola con cordialidad, dijo:
—Así debe venir una persona a trabajar. Tomen nota.
No era un elogio a la moda. Era un homenaje al respeto por el trabajo bien hecho.
Con los años Michi fue comprando cuadros, esculturas, grabados y libros de artista. Decía que adquirir una obra era también una forma de ayudar a quien la había creado. Las paredes comenzaron a llenarse, los rincones desaparecieron bajo nuevas piezas y terminó comprando un chalet en la sierra oeste de Madrid, donde el arte encontró por fin espacio para respirar.
Pero había otra colección mucho más entrañable.
Desde muy joven comenzó a reunir elefantes. Llegó a juntar 500.
No fue un capricho. Ella misma cuenta que descubrió en la India la extraordinaria nobleza de ese animal. Le impresionó verlo ayudar al ser humano, transportar personas y cargas con una paciencia inmensa y una fuerza siempre obediente. Comprendió entonces que la grandeza puede ir unida a la mansedumbre.
Había además un recuerdo de infancia. En los circos, cuando aparecía el elefante, los niños olvidaban todo lo demás. Su inmensa presencia despertaba admiración y ternura al mismo tiempo. Era el gigante bueno, el animal capaz de llenar por sí solo toda la pista con su caminar pausado.
Quizá por eso comenzó una colección que la acompañaría durante toda la vida.
Elefantes de porcelana, bronce, ónice, obsidiana, metal, cristal, papel maché… Grandes y diminutos. Familias enteras con padre, madre e hijo en fila india. Colgantes, pendientes, pequeñas figuras traídas de viajes y otras regaladas por amigos que conocían aquella pasión.
Hoy, cuando frisa los ochenta años, contempla aquella inmensa manada con una sonrisa tranquila. Ya no siente deseo de conservarla. Al contrario. Quiere que cada elefante encuentre un nuevo hogar. Muchos los entrega a mercadillos solidarios de la Iglesia para que, al venderse, continúen haciendo el bien de otra manera.
He almorzado hoy con ella es su chalet de Las Matas. Al despedirnos, abrió una vitrina y dijo con toda sencillez:
—Escoge un elefante. Quiero que lo tengas como recuerdo mío.
Recorrí lentamente la mirada por aquella multitud de elefantes y me detuve en uno de bronce, pequeño, sobrio, con la trompa levantada hacia el cielo. Descubrí que en aquella trompa podía colgar mis anillos cuando llegara a casa.
Ahora permanece sobre una cómoda. Algunas tardes la luz se posa sobre el bronce y parece devolverle vida. Entonces comprendo que aquel elefante no es solamente un recuerdo. Es el símbolo de una amistad, de una mujer que supo trabajar con entusiasmo, vivir con elegancia, apoyar a los artistas y desprenderse de sus tesoros con la misma alegría con la que los reunió.
Tal vez esa sea la más hermosa de todas las colecciones: la de las personas que dejan huella sin hacer ruido, igual que los elefantes, cuyo paso parece lento, pero permanece para siempre en la memoria de quienes los han visto pasar.
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Michi Muela, corredora de Seguros y coleccionista.





