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viernes, 21 de agosto de 2026

Diario Escurialense XXIV: CLARA RON EN EL ESCORIAL. UN DESTINO TRAS LA REVOLUCIÓN DE FIDEL CASTRO EN 1959. Finishing school, la escuela de etiqueta y de perfeccionamiento en Inglaterra

Clara Ron Fernández
Clara Ron, entre Julia Sáez-Angulo y Carmen Valero




Julia Sáez-Angulo

22/8/26.- El Escorial.- Clara Ron Fernández recuerda siempre que nació en La Habana. (Cuba), que tuvo que quedarse en Madrid, cuando estalló el levantamiento de la revolución de Fidel Castro en su país y les sorprendió a su madre y a las tres hermanas, en un viaje por España y el resto de Europa, en 1959.

A ella le gusta veranear todos los años en San Lorenzo de El Escorial, donde tiene buenas amigas, con las que ha celebrado la “fiesta de fin de verano” cada año. 

Clara nos ha invitado a Carmen Valero y a mí, a almorzar a “Las Viandas”, un restaurante con sombreada terraza frente al Real Monasterio. Recordando nuestras vidas, hemos comentado los acontecimientos históricos que las han ido modelando.

Entre tanto, hemos saboreado el croquetón de centollo, el revuelto de morcilla y el salmón al horno. De postre, flan casero y tarta de queso.

A Clara la conocí en la Tertulia Ilustrada, porque es amiga de María Eugenia Martínez, antigua anfitriona, muy querida por todas nosotras. Nos faltaba almorzar juntas y reposar para ponernos al día de la vida y sus cosas.

“Mi padre, de origen español tenía una gran empresa inmobiliaria. Nos iba bien, pero todo se perdió con la revolución de Fidel que ha llevado la isla al desastre”, comenta Clara y hablamos de la falta de combustible, alimentos, medicamentos y libertades en la isla del Caribe en que Clara nació.

“Soy hija de padres españoles, asturianos los dos. El apellido Ron es d la zona de Asturias y Galicia", nos informa Clara.

    "Salí d Cuba, con mi madre y mis dos hermanas, una tía, y la cuidadora d mi hmna pequeña, en el verano d 1958 para estar un año sabático viajando por Europa, y, cuando llevábamos seis meses, estalló la revolución comunista de Fidel, el 1 d enero d 1959".

    ¡Nunca más pudimos volver a Cuba!"

    "En vista del estallido de la revolución de Fidel, mi mamá nos envió durante un año a un Finishing School, internado inglés de señoritas, a la espera de la situación política en Cuba, pero a la vuelta nos comunicó que había que quedarse en España y ponerse a trabajar”.

En inglés se llaman finishing schools, a las escuelas de etiqueta o de perfeccionamiento. En un sentido académico e institucional más amplio, los centros educativos tradicionales y exclusivos para niñas en el Reino Unido se denominan girls' boarding schools (si son internados) o independent/private girls' schools.

    Las Finishing schools son centros privados enfocados en enseñar modales, protocolo, etiqueta social, idiomas y habilidades domésticas a jóvenes de clases altas.

    Como yo sabía muy bien inglés y debido a nuestros contactos, pude colocarme con facilidad en una empresa española y allí comencé mi carrera laboral traduciendo contratos internacionales, que después pasaban por el Ministerio de Asuntos Exteriores para obtener el visado correspondiente”, nos iba contando Clara.

En aquellos años, primeros de los 60, eran muy pocos los españoles que sabían inglés en España, mientras que, en el sistema de estudios de Cuba, se estudiaba desde la infancia. Aquello facilitaba la cotización de mi trabajo y pude cambiar y ascender de puesto y sueldo en las empresas.

“Además yo me fui formando en Secretaría de Dirección y estaba tan entregada al trabajo, que, a veces, me quedaba -si era necesario- toda una noche, traduciendo y preparando el contrato que se necesitaba al día siguiente”, nos ha contado Clara Ron.

“He sido la mujer de los cursos sucesivos en las universidades de verano, lo que me ha ido formando en interés y curiosidad universal por la cultura”, sigue contando. “He hecho cursos en París, en la Sorbonne, en Londres, Suiza, Nueva York… Siempre he estado estudiando y aprendiendo”. 

Clara Ron, una dama bonita y sonriente permanece soltera, porque como recordaba su mama: “Boda y mortaja del cielo baja”.     Ella añade que la providencia es sabia y, aunque ha tenido pretendientes, no se ha casado.

Una joya de mujer.


miércoles, 15 de julio de 2026

MADRID, CIUDAD HISTÓRICA, ABIERTA, DE ACOGIDA, ARTÍSTICA, DE NATURALEZA… CAPITAL DE LAS ESPAÑAS


Museo del Prado. Edificio de Juan de Villanueva


Julia Sáez-Angulo

15/7/26.- Madrid.- Mi amigo el profesor farmacólogo José Luis Alloza me explica que su apellido significa almendruco: la almendra cuando todavía está verde y puede comerse entera. Él, aragonés hasta la médula, lo cuenta con ese orgullo sereno de quien sabe de dónde viene. Yo, riojana y vecina de Aragón, tampoco oculto el mío. La Rioja formó parte de aquella Castilla naciente por la que cabalgó el conde Fernán González cuando Castilla aún era un condado y no un reino. Las raíces importan; ayudan a comprender el presente sin necesidad de levantar fronteras entre españoles.

    Quizá por eso, tanto el profesor Alloza como yo nos sentimos herederos de una historia común que acabó cristalizando en la España de Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón. Hace años escribí, por descuido, que las Islas Canarias se habían incorporado a la Corona de España en 1496. El historiador amigo Pastor Garrigues me corrigió con razón: “las Islas se incorporaron a la Corona de Castilla”. La precisión histórica nunca sobra. La historia tiene sus hechos y no debería depender de las modas políticas ni de las sucesivas leyes de memoria.

    Con esa mirada llegamos siempre a Madrid, una ciudad que ambos, Alloza y yo, queremos profundamente. No tanto por un supuesto casticismo, que a veces acaba convertido en caricatura, sino por algo mucho más valioso: su capacidad para recibir a cualquiera como si llevara toda la vida viviendo en ella. Madrid posee esa rara virtud de no preguntar nunca de dónde vienes. Basta con llegar para sentirse un poco madrileño. Andrés Trapiello cuenta Madrid en un buen libro.

    Es una ciudad hecha para visitantes, más que para turistas. El visitante camina, observa, entra en una iglesia, se detiene en un museo, escucha las conversaciones de un café y procura comprender el alma del lugar. El turista, en cambio, suele limitarse a invadir la Puerta del Sol o la Plaza Mayor, hacerse una fotografía apresurada y continuar hacia el siguiente destino. Los hoteles, los bares y los restaurantes viven de ellos y bien está que así sea, pero Madrid merece una contemplación mucho más pausada.

    No falta quien afirma que lo mejor de Madrid está en sus alrededores. Y algo de verdad hay en esa afirmación. Toledo, Segovia y Ávila forman un triángulo irrepetible de historia castellana. Son ciudades admiradas por Unamuno y por tantos escritores que encontraron en ellas la esencia de España. El argentino Enrique Larreta dejó quizá las páginas más hermosas sobre Ávila en su novela “La Casa de Don Ramiro”. Sin embargo, quienes recorren esas ciudades regresan al anochecer a Madrid. La capital sigue siendo el gran punto de encuentro desde el que Castilla se deja descubrir.

    Confieso que el Madrid castizo me entusiasma menos. Algunas romanzas de zarzuela me gustan, pero los diálogos de chulapos y manolas de chotis nunca terminaron de conquistarme. Aun así, más de una vez me he vestido de chulapa para celebrar San Isidro, por complacer a mi amiga María Eugenia Martínez. 

    El “kilómetro ilustrado”

Si tuviera que enseñar Madrid a un extranjero, no empezaría por la Puerta del Sol. Lo llevaría al gran “Kilómetro Ilustrado” que comienza en la Biblioteca Nacional, junto al monumento a Colón, y concluye en Atocha. En ese recorrido se suceden la Biblioteca Nacional, CentroCentro Cibeles, Museo del Prado, Museo Thyssen-Bornemisza, Real Jardín Botánico y Museo Reina Sofía. Pocas ciudades europeas concentran tanta inteligencia, tanta belleza y tanta memoria en apenas un paseo. Ni siquiera la célebre Isla de los Museos de Berlín ofrece una continuidad semejante.

    Madrid también vive en sus plazas, mercados, cafés y tertulias. En ellas se mezclan escritores, pintores, músicos, periodistas, profesores y amigos que conversan sin prisa, como si el tiempo todavía pudiera permitirse el lujo de detenerse. Entre todas ellas ocupa un lugar especial la Tertulia Ilustrada, presidida por la argentina Adriana Zapisek y dirigida por quien esto suscribe Esta tertulia acaba de cumplir veinticinco años, más que la de Pombo. Un cuarto de siglo reuniendo personas alrededor de la cultura constituye ya una pequeña victoria sobre estos tiempos apresurados.

    En estos días de verano Madrid parece celebrar un Corpus Christi fuera de calendario. Las florecillas blancas de las acacias caen lentamente sobre las aceras formando una alfombra efímera que los barrenderos apenas consiguen retirar antes de que el viento vuelva a sembrarlas. Madrid tiene cuatro estaciones bien marcadas, y esa riqueza también forma parte de su carácter. Sus árboles, sus parques y sus paseos hacen olvidar muchas veces la ausencia del mar. Hoy se recuperan bulevares, donde el paseo vuelve a ser un placer.

    De Madrid nunqvam satis, de Madrid nunca se hablará bastante. Cada generación descubre una ciudad distinta y, sin embargo, permanece siempre la misma. Es una capital llena de historia, de arte de museos, de teatros, de universidades, de librerías y de cafés donde todavía se conversa. Aquí parece cumplirse aquel viejo principio latino según el cual el hombre se hace más humano en la ciudad, cuando la ciudad sabe acoger.

    Madrid es, en definitiva, una ciudad abierta y entrañable. En ella hay sitio para todos. No tiene mar, cierto, pero tampoco parece necesitarlo. Las nuevas comunicaciones acercan el Mediterráneo en pocas horas, mientras Madrid continúa ofreciendo algo que ningún tren de alta velocidad puede transportar: esa hospitalidad discreta que convierte a los forasteros en vecinos y hace que, después de marcharse, siempre quede el deseo de volver.

«Madrid, centro y capital de España, rompeolas de sus varias regiones, crisol también de todas...» decía don Antonio Machado en su artículo titulado Madrid y en su verso “rompeolas de todas las Españas”. En esta calificación coincidía con los carlistas.

Biblioteca Nacional de España
Teatro Español en la plaza de Santa Ana

Ateneo de Madrid en la calle del Prado


miércoles, 24 de junio de 2026

DANIEL INNERARITY. “EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA” LIBRO Y DEBATE EN LA FUNDACIÓN TELEFÓNICA


Daniel Innenarity junto a Máriam Martínez-Bascuñán y María Eugenia Rodríguez Palop.  


Julia Sáez-Angulo

Fotos: Adriana Zapisek

23/6/26.- Madrid.- El profesor Daniel Innerarity dialogó con Máriam Martínez-Bascuñán y María Eugenia Rodríguez Palop en torno al ensayo “El futuro de la democracia” para evaluar los desafíos que la amenazan hoy y reflexionó sobre su porvenir. Innerarity es el autor del libro “El futuro de la democracia”, publicado por la editorial Galaxia Gutenberg.

“Vivimos una época de brutalismo en la política”, dijo Innerarity, que “hay que fijarse en los males de la democracia, más que en los malos, para tratar de solucionarlos. Vivimos una democracia de presentismo: de golpes de miedo o de asalto a los cielos”, de desconfiar de los tecno-oligarcas que hablan de la “huida a Marte”, de la necesidad de una Oposición responsable y paciente para esperar la alternancia. “Hay que redimensionar la relación del individuo y la colectividad”---

    Sinopsis del libro.- La democracia, tan desafiada actualmente, es una de las cosas cuya consolidación y mejora no sabemos exactamente qué nos está requiriendo: ¿indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia? ¿Son debidos sus males a la incompetencia de los dirigentes o a la estupidez de las masas? ¿Hasta qué punto podemos confiar en quienes aseguran defenderla? La historia de la democracia ha estado siempre acompañada por ese tipo de dilemas, lo cual parece indicarnos mucho acerca de su naturaleza, de ese equilibrio inestable en el que se articulan y renegocian los principios que la caracterizan. En este libro no hablo de su agitada historia sino de su incierto porvenir. Si la democracia es una forma de gobierno abierta al cuestionamiento y la renegociación de lo que se daba por establecido, la reflexión acerca de ella no está menos obligada a revisar sus conceptos, prácticas y previsiones.

    Daniel Innerarity (Bilbao, 1959), catedrático de filosofía social y política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, dirige actualmente el Instituto de Gobernanza Democrática, con sede en San Sebastián. Ha sido profesor invitado en diversas universidades europeas y americanas, como la Universidad de la Sorbona y el Instituto Europeo de Florencia, y colabora de forma habitual en diferentes medios de comunicación como El País y El Correo / Diario Vasco. Sus obras, entre las que se cuentan Ética de la hospitalidad, La transformación de la política, El nuevo espacio público, El futuro y sus enemigos, La democracia del conocimiento y la más reciente La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales, con Javier Solana como coautor, han interesado a públicos amplios y le han hecho merecedor de diversos premios, entre otros el Nacional de literatura en la modalidad de ensayo.

Daniel Innenarity firmando libros

Daniel Innenarity junto a Máriam Martínez-Bascuñán y María Eugenia Rodríguez Palop.
En el coloquio.



viernes, 15 de mayo de 2026

MADRID EN SAN ISIDRO, 2026. UN LATIDO CONSTANTE DE CHULAPOS Y CASTIZAS

María Eugenia Martínez Gómez en la Puerta del Sol

Nuria Martí, M. Eugenia Martínez y Julia Sáez-Angulo


Julia Sáez-Angulo

    Fotos: Nuria Martí

15/5/26.- Madrid.- El centro de Madrid no es un lugar, es un latido. Los barrios —palabra que algunos venezolanos recién llegados consideran despectiva en su español caribeño— desembocan inevitablemente en ese corazón urbano que palpita entre la Puerta del Sol, la Plaza Mayor y el Palacio Real. Ya lo decía Giulio Carlo Argan (1909-1992), arquitecto, historiador, alcalde comunista de Roma y gran pensador de las ciudades: el centro es el corazón al que concurren arterias y venas, es decir, los ciudadanos. Y en San Isidro ese corazón late con fuerza castiza de Madrid.

    La calle Mayor, Arenal y la Puerta del Sol eran un río humano de chulapos y chulapas. Agrupaciones castizas de todos los colores avanzaban escoltadas por coches de policía camino de la plaza de Oriente, donde el chotis aguardaba como una liturgia madrileña. Madrid, siempre cosmopolita, sonaba a Babel: guías turísticos con acento argentino, familias italianas, venezolanos elegantísimos, japoneses fotografiándolo todo y norteamericanos preguntando dónde se compraban los claveles rojos.

    Entre aquella multitud apareció María Eugenia Martínez, amiga sabia y madrileña de abolengo, farmacéutica, bióloga y experta en investigación de médula ósea. Llegó vestida con un mantón de Manila soberbio, bordado en colores con flores y pájaros imposibles. Confesó, casi disculpándose, que no era herencia familiar:

   —Lo compré a un anticuario.

    El mantón tenía tanta presencia que parecía haber pertenecido a una infanta. Pesaba como pesan las cosas valiosas. Los entendidos se detenían a contemplarlo, con la misma mirada experta con que los ladrones de relojes distinguen un Rolex verdadero entre la multitud.

    Yo me veía un poco disfrazada, con mi pañuelo y mantón de Manila. Ella, M Eugenia, lo llevaba con el garbo natural de una auténtica gachí madrileña. Hay quien lleva Madrid en el DNI y quien lo lleva en el ADN. (Gachí es un término coloquial popular madrileño, a veces considerado vulgar o despectivo, utilizado en España para referirse a una mujer o muchacha, generalmente joven. Proviene del caló gachí (femenino de gachó), adoptado para definir a la mujer "no gitana" o mujer en sentido general. A veces se usa con connotación de "mujer guapa", explica la RAE).

    Antes de alcanzar la Plaza Mayor para el aperitivo, pasé por la Posada del Peine. Allí surgieron recuerdos de la antigua Droguería Martínez, negocio familiar de los abuelos de María Eugenia, sostén económico de varias generaciones junto a unos terrenos en Villaverde que hoy valen una fortuna.

—Doscientos cincuenta años de familia madrileña —contaba orgullosa—: bisabuelos, abuelos, padres y ahora los hijos. Cuatro generaciones de Eugenias, que yo rompí con mi hija.

    Nuria Martí, su hija, (CEO de CRIS, en favor del cáncer) también envuelta en mantón de Manila, negro, bordado en blanco y gris. La juventud sabe convertir la tradición en belleza instantánea. Me conmueve el cariño con que la hija trata y mima a su madre.

    Un señor de Burgos y otro de Murcia -parece de Mihura- nos pidieron posar para una fotografía. Poco después hizo lo mismo un panameño entusiasmado. Eso, evidentemente, es un éxito internacional.

    Dios sabe dónde acabarán esas imágenes. Tal vez en un álbum familiar de Panamá o en una red social de Burgos bajo el título “Madrileñas auténticas”. Hay que asumir riesgos, cuando uno decide ser amable con turistas y visitantes.

    Pedimos chopitos, cerveza y Coca-Cola. Algunas parejas parecían escapadas de una zarzuela: él entre una morena y una rubia como un moderno don Julián castizo. Madrid seguía desfilando delante de nuestras mesas, entre claveles reventones, pañuelos blancos, chalecos ajustados, gorros y mantones que parecían jardines bordados. Quien no va vestido de chulapo o chulapa, no por eso deja de lucir un clavel reventón. en la indumentaria.

    María Eugenia contemplaba la fiesta feliz, como quien reconoce el alma de su ciudad entre el ruido y la alegría. Porque Madrid tiene algo de pueblo manchego sentimental y algo de capital del mundo. Una ciudad capaz de mezclar organillos y turistas japoneses, chotis y acentos argentinos, aristocracia antigua y vermú de grifo.

    Y mientras el sol y las nubes de mayo caían sobre las cornisas y los balcones, el centro seguía latiendo, exactamente como imaginó Giulio Carlo Argan: un corazón inmenso donde todas las venas de Madrid terminan encontrándose en San Isidro.

Detalle del mantón de María Eugenia

calle Arenal
Don Julián y la pelirroja
Agrupaciones de castizos









lunes, 22 de diciembre de 2025

M. EUGENIA MARTÍNEZ, investigadora de la Vitamina D en España



Fotos: Nuria Martí

24/4/23.- Madrid.- La Doctora en Farmacia y profesora honoraria en Medicina María Eugenia Martínez (Madrid, 1950), ha sido la gran investigadora sobre la vitamina D en España.  Ella cuenta los pasos de su investigación en equipo sobre la vitamina D en España, durante las décadas de los 80 y 90 del XX y los ilustra con gráficos:
    “El mayor problema de la deficiencia de vitamina D se observó en el siglo XVIII durante la revolución industrial cuando las personas emigraron a del campo a la ciudad, sobre todo en personas de piel oscura”.
“Al saber que los humanos producían vitamina D en la piel, ya no se consideró una vitamina, sino una hormona, que se sintetiza en el hígado, en otro metabolito activo, y en el riñón, en otro mucho más activo”.
    “Nosotros vimos que en España había falta de vitamina D en las mujeres pos- menopáusicas y en los ancianos con fractura de cadera, las dosis que se deben de tomar son 80000 unidades una vez al mes en los meses de octubre a marzo”
    “En nuestro laboratorio hicimos estudios también en embarazadas; estás tienen más vitamina D activa, al formarse en la placenta, pero las diabéticas la tienen baja y esto puede producir problemas en el recién nacido; en los pacientes con tuberculosis hay más vitamina D al formarse en el granuloma; los pacientes con problemas renales tienen falta de la forma activa y tienen muchos problemas óseos”
    “Los niños en España, durante el verano, no deben de tomar suplementos de vit. D, porque toman más el sol”.
     “Yo trabajé en la universidad de Oklahoma en ratas con insuficiencia renal y más tarde en la universidad de Los Ángeles en California, durante un año. A la vuelta a España empezamos a realizar cultivo de células óseas humanas para diferentes estudios”, explica María Eugenia Martínez.
Más información




domingo, 28 de septiembre de 2025

LUIS G.TEJEDOR, tenor, actor, rapsoda y humorista, actuó en la Tertulia Ilustrada

Luis G. Tejedor
Luis G. Tejedor, en el papel de Don Hilarión de la zarzuela "La verbena de la Paloma"
Adriana Zapisek, presidenta de la Tertulia, da la bienvenida


J.S.A.

Fotos: Luis Magán

28/9/25.- Madrid.-  Luis González Tejedor, tenor, actor, rapsoda y humorista, actuó en la Tertulia Ilustrada, que comienza una nueva etapa bajo la presidencia de Adriana Zapisek y continúa con la dirección de Julia Sáez-Angulo.  La afluencia fue masiva y el artista fue muy aplaudido por su virtuosismo, entrega y buen humor.

Luis G. Tejedor, que comenzó su carrera artística a los 42 años, es ingeniero de Telecomunicación, trabajo que desempeñó a lo largo de su carrera profesional, al tiempo que cultivaba su entrega al Bel Canto de ópera y zarzuela fundamentalmente. "La ópera es un teatro cantado", recordó el tenor.

“Estoy enamorado de la música y mi mujer -la pintora Ana Muñoz- y yo somos asiduos a la ópera. Mi repertorio de arias en enorme y disfruto interpretándolas, como igualmente disfruté mi carrera de ingeniero en los distintos proyectos que tuve”, declara el artista, quien trabajó en un proyecto de Siemens en Buenos Aires y allí disfrutó su música de tangos.

Luis G. Tejedor interpretó dos escenas, dos dúos de Rigoletto y un fragmento de la zarzuela “La Tabernera del Puerto” y la canción del Sembrador. Cuando representó a Don Hilarión, el personaje de la zarzuela “La verbena de la Paloma”, hizo las delicias del auditorio.

Como rapsoda recitó con gracia dos poemas del escritor argentino Rafael Amor y del español Rafael de León.

    Entre los asistentes al acto: Graciela Roger, Lady Margaret, marquesa del Salobral, Carlos S. Tárrago, Pedro García Molano, May Pire, Amalia Fernández de Córdoba, Cecilia Lassaletta, José Luis Alloza, María Jesús Domínguez, Antonino Nieto, Dolores Tomás, Ignacio Puras, Carmen Román, Pedro Nasarre, Teresa Escarpenter, Susana Arregui, Giovanna Calderón, Cuca Berenguer, Luis Magán, Belén Dorado, Carmen Lastra...

    La Tertulia Ilustrada fue fundada por María Eugenia Martínez y Julia Sáez-Angulo en 2000.

        Más información

https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=Luis+Gonz%C3%A1lez+Tejedor

Adriana Zapisek y su cuadro al fondo

Luis G. Tejedor recibe el Diploma de la Tertulia Ilustrada

Foto de grupo de los asistentes

Auditorio general

Chira, Teresa, Adriana y Elena

lunes, 4 de agosto de 2025

RECUERDOS FAMILIARES XIII.- Mi hermana Elisa. Los pagos a san Antonio. Discrepancias sobre Marc Chagall

Elisa Sáez Angulo, Dama de Honor de la Almudena
Juana Pericás y Elisa Sáez Angulo recibieron los Diplomas de Excelencia entregados por María Eugenia Martínez, presidenta de la Tertulia Ilustrada de Madrid.

Julia Sáez-Angulo

3/8/25.- El Escorial .- Aunque el afecto era el mismo, mi hermana Elisín era la favorita de mi padre, ella era simpática, graciosa. Yo lo era de mi madre, porque sacaba buenas calificaciones académicas y eso le gustaba. Mi hermana era cuatro años menor que yo. Cuando mi Elisín era adolescente, tenía las piernas tan largas, que mi padre decía que parecía una cigüeña. Hoy, su nieta adolescente, Isabel, es como ella.

La llamábamos Elisín, porque llevaba el nombre de mi madre, Elisa, y había que diferenciarlas. Mi padre decía que, al teléfono teníamos las voces idénticas y no podía diferenciarnos. Los hijos de los vecinos en Uruñuela (La Rioja) se llamaba Felisín, Basilín, Ambrosín y Jesusín -no me lo estoy inventando, es real-, por lo que cuando ellos y mi hermana estaban jugando por el patio o las huertas respectivas, y oían el grito familiar de un nombre acabado en “in”, decían que era llamada para el otro, o acudían a la vez para saber que querían de ellos.

Mi hermana tenía buen carácter y caía muy bien. En Uruñuela, saludaba a todo el mundo interesándose por la familia. Yo era más expeditiva con la gente. El resultado era, que a ella le regalaban peras, manzanas, tomates, lechugas… y a mí, nada.

Elisín estudió Políticas, pese a su bachillerato en Ciencias. Se casó con un abogado, Guillermo Slöcker, apellido austriaco de un descendiente del médico que trajo la reina María Cristina de Habsburgo Lorena de Viena, el Dr. Slöcker, que se afincó en la península. Mi hermana decidió estudiar Derecho para enriquecer el despacho conyugal, porque le convalidaban numerosas asignaturas. En vez de la abogacía, ella ejerció como procuradora de tribunales para practicar la conciliación familiar. Los juzgados en Madrid están tan dispersos , que ella decía que tenía que andar toda la mañana corriendo como "geisha por arrozal", para llegar puntual a sus obligaciones jurídicas. Suspiraba por la Ciudad de la Justicia que unificaría a todos los juzgados.

Tenía buen humor y se tomaba la vida con gachonería. Paseaba a Chuy, un perro juguete, cuya raza no recuerdo. Un día lo dejó en mi casa, porque asistíamos a una boda, y el animal se quedó en el jardín, pero el can como era diminuto se escapó por la gatera. Al no ver a Chuy cuando regresamos en la tarde, Ely -también la llamábamos así- se puso nerviosísima y fuimos a buscarlo al cercano parque Eva Duarte. Entre tanto le iba ofreciendo dinero a San Antonio, para que le ayudara a encontrarlo. Nunca le fallaba el santo, según decía. Ella preguntaba a todo el mundo por su perro perdido y, al fin, unas señoras le dijeron que lo habían visto con otra mujer, que pensaba llevarlo al veterinario o a la perrera. Mi hermana se asustó con esta última posibilidad. Fue subiendo la oferta a San Antonio, porque decía que era un santo muy interesado en favor de sus pobres. La llamada de su veterinaria la tranquilizó. Chuy estaba con ella en la clínica. San Antonio cumplió y ella le entregó doscientas mil pesetas en su cepillo para sus pobres. “Si mi marido lo sabe, me mata”.

Otra pérdida también le costó un dinero. Al bajar del autobús, por la noche, en plena nevada madrileña, se le cayó el anillo de oro con un escudo del apellido, muy en boga en los 70. Ella y tres pasajeros más que descendieron, le ayudaban a buscarlo entre la nieve, pero el anillo no aparecía. De pronto uno de ellos se puso a imprecar a los otros porque el anillo había caído allí y si no aparecía era porque alguno de ellos se había quedado con él. Mi hermana, perpleja, trataba de calmarlo y los otros, incómodos, se despidieron. Elisín me contó la historia por la noche, calificando de energúmeno al que reprochó a los otros. Ella seguía ofreciendo dinero a san Antonio para encontrar su anillo. A la mañana siguiente, ella volvió al lugar, rebuscó entre la nieve ya marrón y casi derretida. Allí estaba la joya. Su tesis era que el energúmeno se llevó su anillo, y que san Antonio le depositó otro en el lugar para ella. Le había ofrecido una buena cantidad para sus pobres y no quiso desperdiciarla.

En los comienzos de la Transición, a partir de 1975, Elisín se afilió al partido carlista -una línea familiar paterna- con objetivos cooperativistas y autogestionarios (socialismo sui generis). Trató de cerca a don Carlos Hugo de Borbón, al que me presentó un día. Era un hombre inteligente y atractivo. El nombre de Elisa figuró en el listado de las papeletas electorales. No llegaron al cinco por ciento que se requiere legalmente para continuar como partido. El carlismo se disolvió. Don Carlos Hugo acabó separado de su esposa la princesa Irene de Holanda y dando clases en una Universidad norteamericana.

El arte de Marc Chagall

A Elisín le gustaba el arte y acudía a los cursos que el Obispado de Madrid impartía en Alcalá de Henares. Ella daba, a su vez, algunas conferencias de arte, en el aula de la iglesia de San Ginés los sábados en la mañana. Un día dio una sobre Marc Chagall (1887-1955) y dijo que era un pintor excelente de las vanguardias parisinas, uno de los más relevantes de la primera mitad del siglo XX, un colorista excepcional… En el coloquio, le llevé la contraria: Chagall no era un gran pintor, era un ilustrador colorista, un narrador de historias por encima de la pintura, un dibujante de cuentos, un cuenta-cuentos… La pintura es otra cosa, enfaticé. Nos enzarzamos un poco y el auditorio escuchaba perplejo nuestro debate. Terminó en tablas.

Mi hermana murió en 2015 de un infarto. Fue terrible. Se desplomó en el vestíbulo del Colegio Profesional de Procuradores de Madrid.  Un médico forense acudió rápido en su ayuda, pero no había nada que hacer. Yo me pellizcaba, porque no creía lo sucedido. Ella era más joven que yo. Iba contra natura. Creo que lloré más mi pérdida que su muerte. Dios me perdone. Ella había heredado el piso de mis padres, donde vivía, cerca de mi casa y yo me prometía una jubilación cercana a ella, con las ventajas afectivas que ello suponía. Teníamos muchas complicidades. Nos gustaba hablar de la familia y calificar con humor a cada miembro. La historia de Caín y Abel nos parecía inconcebible. Elisa fue una mujer irrepetible. Quienes la conocieron me recuerdan lo encantadora y elegante que era. Dicen, que Dios se lleva primero a los buenos, a los que están preparados y listos. Yo tengo para rato.

    El Colegio de Procuradores de Madrid le dedicó una placa, con el nombre de Elisa Sáez Angulo, en su sede.

Sé que la semblanza hecha de mi hermana Elisa Sáez Angulo ha quedado pobre. Ella merecería algo más serio y profundo. Queden estos párrafos como un simple apunte de recuerdos y cariño.

De mi hermano Luis no hablaré, porque afortunadamente sigue vivo. Estudió Periodismo y fue director adjunto del periódico “La Rioja”, diario al que consagró toda su energía profesional. Su única hija Ainhoa, es mi adorada ahijada. La familia, con todas sus ocasionales contradicciones, ofrece, sobre todo, raíces, además de alegrías y satisfacciones.

    Más información

https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=Elisa+S%C3%A1ez+Angulo 

https://lamiradaactual.blogspot.com/2012/07/virgenes-de-madrid-historia-y-tradicion_02.html

Placa en el Colegio de Procuradores de Madrid.
Elisa Sáez-Angulo, primera a la izda, con un grupo de amigos.


jueves, 15 de mayo de 2025

FIESTAS DE SAN ISIDRO. Madrileños y latino-madrileños del presente y futuro inmediato- visitantes en la Pradera del santo.

Pradera de San Isidro 2025 (Foto Luis Magán)
María Eugenia Martínez, madrileña de pro y amigas


Julia Sáez-Angulo
Fotos : Jaime Barrientos y Luis Magán

16/5/25.- Madrid.- Centenares de madrileños y latinoamericanos -los madrileños del presente y futuro inmediato- llenaban la pradera de San Isidro en familias con niños, grupos y parejas, en su mayoría vestidos con el traje típico regional de Madrid: ellas con traje largo ajustado, de largo volante final y pañuelo a la cabeza con claveles reventones y mantón de Manila; ellos, con pantalón oscuro, chaleco de cuadrito fino, pañuelo de bolsillo y clavel reventón, más gorra de visera a juego. Trajes perfectos para bailar el schotis, pues no se han de mover del espacio de una baldosa en el suelo. Las chulapas no necesitan tantos volantes como las sevillanas, ellas y ellos, los madrileños, van marcando figura.
          Durante la semana en curso, eran muchos los niños que se veían entrar o salir de los colegios, con el atuendo de chulapos y chulapas.
La tradición de vuelta a la Pradera de San Isidro, en el oeste de Madrid, al lado de la pequeña ermita del santo, ha venido con furor. Colas larguísimas de devotos ante la ermita, para recibir la bendición de cuatro jóvenes sacerdotes en su interior.
No faltaban los tenderetes de venta de dulces, con las rosquillas tontas, listas y de santa Clara, en honor de san Isidro o encurtidos de berenjenas o pepinillos..., además de las especialidades latinoamericanas como son los ceviches o empanadillas propias.
No se podía dar un paso, pero la gente parecía feliz y encantada de rendir homenaje a San Isidro labrador, casado con santa María de la Cabeza, el patrón de Madrid, que nació en el siglo XII y fue declarado santo por aclamación en el siglo XVII, si bien, canonizado por Gregorio XV en 1662. El matrimonio tuvo un hijo que se llamó Illán. 
El cuerpo de San Isidro se conserva en un arca de plata y cristal expuesta en una capilla lateral de la colegiata que lleva su nombre. La iglesia, situada en el número 37 de la calle Toledo, fue durante siglos el templo principal de la diócesis de Madrid.
La iconografía sacra presenta a san Isidro con azadón, arado y/o guadaña. 
    Más información

La Pradera de San Isidro con la silueta de Madrid al fondo





Chulapos madrileños