Pilar Engelmo en Prado del Molino
Adelfas y dondiegos de noche (Mirabilis jalapa)
Julia Sáez-Angulo
Fotos: J.S.A.
11/8/26.- El Escorial.- Me gusta cumplir con el ritual de visitar cada verano a las Pilares, madre e hija pintoras, en su finca llamada Prado del Molino, junto al Tamajón, pradera de la dehesa, la Hípica... son varias fincas unidas. Todas ellas están dentro de la conocida Cerca de Felipe II, el territorio de caza del monarca creador del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Una Cerca con exigente normativa de preservación del territorio, que impide poner placas solares en los tejados.
Es una costumbre, la de visitarlas, que se ha ido convirtiendo con los años en una de esas pequeñas ceremonias de la vida que uno espera con ilusión, porque hay lugares a los que no se va solamente para estar, sino para reencontrarse.
Prado del Molino es una dehesa, no un bosque, recalca Pilar Engelmo, tiene sus propios habitantes. No son únicamente las personas que viven o pasan allí durante el verano junto a las anfitrionas. Son también los árboles, los animales, los pájaros, los reptiles, los insectos… Y, por supuesto, las vacas, cercadas en una de las fincas anexas, pastoreadas por un diligente y simpático vaquero. Y los caballos de la hípica, cuando está en funcionamiento.
Y cinco habitantes excepcionales: los mastines: Martín, Dardo, Trem (de Tremendo), Lía y Lavanda. Durmientes durante el día y vigilantes audaces y ladradores en la noche.
Los fresnos son quizá los árboles que primero llaman la atención. Hay también encinas, recias y austeras, acostumbradas a la sequedad de Castilla; robles que dan al paisaje una cierta solemnidad, ailantos y otros árboles más humildes que completan esa comunidad vegetal que hace de Prado del Molino un lugar singular.
Uno puede sentarse allí y tener la sensación de que el campo habla. Pero hay que saber escucharlo, advierte Pilar Suja, "ornitóloga" de conocimientos, frente a Pilar Engelmo, que es sabia en botánica.
Al amanecer comienzan los pájaros. Primero se oye alguno escondido entre las ramas y después se va levantando una verdadera conversación. Cada especie tiene su voz y su hora, como si todos conocieran perfectamente el papel que les corresponde representar.
Por encima de todos aparece habitual el águila calzada, majestuosa, cruzando el cielo con ese vuelo que parece no necesitar esfuerzo. Su presencia es siempre bien contemplada. Uno levanta la cabeza y la sigue con la mirada hasta que se pierde en la distancia.
Más difícil es descubrir al cárabo, que pertenece a la noche y al misterio. Su voz puede escucharse cuando ya ha desaparecido la luz, y entonces la dehesa adquiere otra dimensión. El autillo, pequeño y discreto, también forma parte de ese concierto nocturno. Y están el búho común y el milano, cada uno dueño de una parte del cielo y del paisaje. Pilar los distingue perfectamente y los contrasta con los registrados digitalmente.
“Así, Prado del Molino tiene una vida que continúa cuando nosotros nos acostamos”.
Durante el día, los pájaros y los insectos parecen ocupar el espacio; al caer la tarde comienzan a aparecer otros habitantes. Hubo un tiempo en que hubo unos lagartos, “comestibles en algunos lugares de Extremadura”, me cuenta Pilar, y hasta una serpiente de unos dos metros, no venenosa ciertamente, pero su picadura no hubiera sido precisamente una caricia. Están también los conejos, liebres, sapos, topos, cigarras, avispas... (El Urbasón está cerca, por si llegara la picadura)
“Vinieron dos guardas de SEPRONA para verla y hacerse cargo, pero, astuta como una serpiente, se escondió entre las rocas y no hubo manera de contemplarla bien”.
“La dehesa cambia de voz y de ritmo, según las horas. Me gusta pensar que todos estos animales estaban allí antes de que nosotros llegáramos y seguirán estando cuando nosotros nos hayamos ido. Son la vida y riqueza de la Naturaleza”, comenta la anfitriona.
Las Pilares conocen bien ese mundo. Han vivido tantos años en la finca que saben distinguir muchos de sus sonidos animales o astrales, y reconocer los cambios del campo. Para quien llega de la ciudad, Prado del Molino puede parecer simplemente una dehesa hermosa. Para ellas es mucho más: es una casa, un paisaje y también una historia. Y quizá por eso gusta tanto volver.
Generosas de verdad, Prado del Molino cuenta con frecuencia con presencia de amigos invitados que pasan con ellas varios días. María, la empleada hondureña, también está muy fundida y encantada con Prado del Molino, al igual que los vaqueros.
Cada verano encuentro lo mismo en Prado del Molino y, al mismo tiempo, algo diferente, por eso vuelvo. Los fresnos siguen allí, la encina continúa resistiendo el calor, los robles cambian lentamente con las estaciones…Pero nosotros no somos exactamente los mismos. Los años pasan por las personas mucho más deprisa que por los árboles, que casi todos sobrepasan el centenario.
Uno puede contemplar un roble y preguntarse cuántas generaciones habrá visto pasar bajo sus ramas. Cuántas conversaciones, cuántas despedidas, cuántos niños convertidos en adultos. Quizá los árboles sean los verdaderos testigos de la historia de Prado del Molino, porque son más longevos que nosotros. El Real Monasterio, el monte Abantos y las mellizas Machotas ponen fondo y telón a Prado del Molino y a la Cerca de Felipe II.
Y luego están las aves. Me gusta imaginar que cada una de ellas conoce su territorio mejor que nosotros. El águila calzada conoce el cielo; el milano, las corrientes de aire; el cárabo y el autillo, la noche; el búho, las sombras. Nosotros apenas somos visitantes en un mundo que ellos habitan de verdad. Por eso llamo a este relato Los habitantes de Prado del Molino. Nosotros somos pasajeros y ellos permanecen.
Y después del paseo por la dehesa, un buen baño en la piscina de sal, que no de cloro, para paliar el calor de la meseta castellana, a más de 600 metros de altura.
Las dos Pilares, pintoras, de compras.
Mastines durante el día.
Camino hacia la piscina de sal.
"La mano de Buda", cítrico en maceta de la terraza.
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