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martes, 9 de abril de 2013





¡Que viva México! (11) Las Majestuosa​s Barrancas del Cobre

Barrancas del Cobre


Antonio Ayllón Arquero  





La ciudad de Los Mochis es conocida como la puerta de entrada a las Barrancas del Cobre. De aquí parte el famoso Ferrocarril Chihuahua Pacífico, conocido como "Chepe". El Chepe recorre, atravesando 37 puentes y 86 túneles, 653 km que unen el árido interior del norte de Méjico con la llanura costera del Pacífico. Y lo hace cruzando los majestuosos cañones de las Barrancas del Cobre a través de la extensa Sierra Tarahumara.
Pero ay, por lo que hemos visto, la línea férrea, inaugurada en 1961 después de muchos esfuerzos y décadas de construcción, no pasa por sus mejores momentos. Y esto es porque carece de pasajeros y el turismo, tanto local como extranjero, está por aquí en horas bajas. En los dos días que estuvimos en Los Mochis no encontramos ni Oficina de Turismo, ni extranjeros, y eso que llegamos en Lunes Santo. Sí, nos dijeron, que estaban llenos los ferrys que iban a Los Cabos, uno de los destinos turísticos más bellos y exclusivos de Méjico por sus magníficas playas de arena, y a los que no fuimos por falta de tiempo. Así que ¡adiós a Los Cabos y "Viajeros al Tren"!
Ni cortos ni perezosos, y confiados en la información del Lonely Planet que tenemos (edición de 2008) nos levantamos a las cinco de la mañana para dirigirnos a la estación de ferrocarril de Los Mochis y estar allí con la suficiente antelación para coger el "Clase Económica" de las 7 de la mañana. Menos mal que el conserje nocturno del hotel al decirle que nos íbamos ya a la estación nos comunicó que los únicos trenes que había ahora partían todos a las 6 y que ya no llegábamos. Para asegurarme, y ya que estaba levantado, decidí ir a la estación mientras Nati se volvía a la cama. Cuando llegué a eso de las 7 estaba todo cerrado. Ni un alma. Pregunté a unos obreros que había por allí y me señalaron una puerta lateral. Un señor muy amable me preguntó qué quería, cogió la llave y me abrió la puerta de la estación desierta. Allí estaban los horarios y los precios deseados. Por si alguien viene, hélos aquí actualizados:


De Los Mochis a Chihuahua
Primera Express                                                    Primera Express y Económica
L, X, J y S        Parte a:    Precio en pesos             M, V y D    Precio en pesos
Los Mochis            6.00                                                                       
El Fuerte                8:16          420                                               265       
Bahuichivo            12:20         886                                               559
Posada Barrancas 13:43      1.034                                               651
Divisadero             14:22      1.048                                               660
Creel                      15:44      1.251                                               788
Chihuahua             20:54       2.288                                           1.442

Todo muy diferente a 4 años antes, cuando había un tren de Primera a las 6 y otro de Segunda a las 7, y ambos casi a mitad de precio que ahora. Rotos nuestros planes y, aprovechando que los autocares Azules del Noroeste nos llevaban en 2 horas a El Fuerte, allá que nos fuimos. Si Los Mochis es una ciudad sin ningún atractivo, El Fuerte tiene, pues eso un fuerte y, además, un río con el mismo nombre. Desde su mirador divisamos toda la ciudad y el caudaloso río, y de su museo extraje algunas "perlas" escritas en la Historia Gráfica de la Ciudad:
* Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Navegante español que naufragó en La Florida y caminó perdido durante 8 años llegando hasta el río Sonora. Fue encontrado por españoles en El Fuerte el 15 de marzo de 1536.
* Año de 1767. Expulsión de los Jesuítas. La expulsión fue un atentado brutal y despiadado a la civilización y a la cultura (Alfonso Trueba, historiador). Que en su conciencia lo lleve el Rey Carlos III (Javier Campos, jesuíta).
* 1851: Año del cólera. Murieron entre Culiacán y Álamos 4.000 personas. Muchos fueron sepultados moribundos para evitar el contagio, de ahí la frase que pronunciaban los indios enterradores: "¡Cierra el ojo que ahí va el tierra!
* Al pie de una foto de una señora muy chulapona leímos: La Panchita Güita, su cigarro macucho y su canción preferida: "Las Cuatro Mil Milpas"
Pero recordaremos siempre esta ciudad, a la que dimos la vuelta en el trenecito eléctrico que parte de la plaza, por sus pequeñísimos mosquitos. Estos hijos de p... pican durante el día y desaparecen en cuanto anochece, dejando el primer día una manchita roja diminuta, que se convierte en un coágulo rojo al día siguiente. Nos echamos repelente, pero aun así salimos crucificados. Hasta debajo de los ojos nos picaron.


A la mañana siguiente era Viernes Santo. No había autobús local así que, en un taxi y acompañados por Jasmi, una joven suiza-alemana, llegamos a la estación de El Fuerte hacia las 8. Los mosquitos estaban presentes también aquí y ya había algunos turistas echándose repelente, rascándose e intentando ahuyentarlos de sus caras. Habría unos 100 personas, la mayoría mejicanos y unos 20 extranjeros desperdigados a lo largo del andén. Vimos que la gente se iba al final de la estación hacia los vagones de Segunda. Hablamos con algunos de ellos y vimos que la mayoría se apeaba en Posada Barrancas y luego en Creel para, desde allí, hacer las excursiones más interesantes por las barrancas. Nosotros decidimos hacer tres paradas, dos en tren y una en autobús: en Bahuichivo para bajar hasta Urique y  ver las Barrancas desde abajo, en Posada Barrancas para ir hasta Divisadero andando y verlas desde allí arriba, y finalmente en Creel.

Al fin divisamos el tren, ya con retraso. Dediquémosle unos versos de un acróstico de Socorro Armando:

Ferrocarril del Chepe
Estampas esplendorosas
Rieles en paralelas
Recorren la Tarahumara
Orografía de por medio
Comodidad y confianza
Asombrosas montañas
Reina la tranquilidad
Ruta de ensueño y misterio
Impresionantes barrancas
Les invitamos a conocerlas

El mítico Chepe hizo su entrada lento y majestuoso sonando el silbato, con sus 20 vagones, la mitad de Primera verde-amarillos y después los de Segunda verde-rojos. La gente se apiñaba en la cola. Nos fuimos con otros extranjeros al último vagón, que iba vacío,  y nos colocamos a la derecha, donde están las mejores vistas. Los locales ya lo saben y se sientan, por deferencia, a la izquierda, así que el vagón parecía puro "apartheid": los locales a un lado y los forasteros al otro. El Chepe partió lentamente, a unos 30 km por hora, velocidad que mantuvo a lo largo del recorrido. Al principio las tierras eran áridas, llanas, con las montañas a lo lejos, un paisaje bastante desolador al final de la temporada seca en la que estamos. Después, el "trenecito" se metió entre montañas que, a veces, casi tocaba. Muchos cactus a la vista. Cruzamos el río Urique y empezamos a subir, a atravesar túneles y puentes, y a ver enormes estructuras geológicas que se acercaban y alejaban de nosotros. El tren serpenteaba a lo largo de la barranca y, en algunas curvas, se dejaba ver entero desde el último vagón. Cuando atravesaba un largo puente se paraba casi para que viéramos, a mil metros más abajo, los cañones, las barrancas, el río y los excarpados farallones de la Sierra Tarahumara. Pasamos por Témoris y su famosa "pera" (tres círculos que da el tren subiendo) y llegamos a Bahuichivo hacia las 2, con dos horas de retraso. Allí, y acompañados por una pareja de franceses jóvenes que trabajan en Ciudad de Méjico, nos bajamos y nos metimos en una camioneta hacia Urique. Antes tuvimos que arrastrar las maletas unos 300 metros por encima de las vías porque no había suficiente andén para la cantidad de vagones que llevaba el tren. ¡No sabíamos lo que nos esperaba!

Todo fue bien al principio. Pasamos por Cerocahui a 16 km y llegamos al impresionante mirador del Cerro del Gallego. El chófer paró la camioneta y nos invitó a ver el panorama mientras esperaban los demás pasajeros. El paisaje a nuestros pies era espectacular: al fondo el cañón de Urique, su río, las dos ciudades del valle: Urique y Uapalai casi juntas, y las gigantescas y muy distintas formaciones geológicas de mil metros de altura. La mayoría de los tarahumaras que nos acompañaban, con sus elegantes y coloridos vestidos las mujeres e impolutos sombreros blancos y serena dignidad los hombres, habían descendido ya de la camioneta al grito de "Baja" y despidiéndose del conductor, después de pagarle, con un "Gracias, que Dios le bendiga". Quedábamos unas 10 personas. Y empezamos a bajar los mil metros hasta Urique por un camino infame de tierra, grava y pedruscos, pura curva tras curva de bamboleo. Y empezamos a jugarnos la vida porque la "carreterita" terminaba en el mismo borde del precipicio. La barranca de Urique ("Asómese a su espectacular belleza", así la anuncian) es el cañón más profundo de las Barrancas y por aquí suben y bajan sus habitantes (unos 1.500) a 10 km por hora, por eso se tarda unas tres horas en recorrer los 54 km que la separan de Bahuichivo. Y además este problema no tiene solución porque, como nos decía su conductor, el día que arreglen la carretera habrá más muertos que ahora ya que, tal como está, no se puede ir a más velocidad.
Llegamos al fin con el corazón encogido, cenamos, salimos a ver el valle y el río y nos fuimos, invitados por la familia del conductor de la camioneta, a presenciar un "aquelarre" tarahumara en el cercano pueblo de Uapalai. Era una especie de "lucha entre moriscos" que, nos dijeron, habían introducido los jesuítas hace ya siglos. Se hace durante la noche de Viernes Santo, empieza a las 6 de la tarde y termina hacia las 10 de la mañana siguiente quemando al Judas. En la hora y pico que estuvimos allí, casi a oscuras y con policías vigilando, vimos a las mujeres indias entrando en procesión a la iglesia y rezando dentro, mientras los hombres, con el cuerpo desnudo y pintarrajeado, se peleaban al son de un tambor y zarandeaban al Judas (un muñeco de trapo y paja) de un lado para otro entre olor a marihuana y polvaredas de los combates. Por cierto, los milenarios tarahumara se parecen mucho a los pieles rojas de los westerns. Viéndolos me acordaba de "El Gran Combate" fordiano y de la impasible serenidad de los indios de esta película encabezados por Roberto Montalban y Dolores del Río, que al fin y al cabo eran mejicanos.
Otro aspecto de Urique, y en general de todos los pueblos del valle, es que la economía aquí es "drogodependiente" ya que no es difícil ver, al fondo de las barrancas donde hay agua, "manchas verdes" que destacan entre los secarrales. Y en el pueblo se nota: los nuevos modelos de camionetas Nissan, Ford y Toyota están por todas partes.

Nos despedimos de los uriquenses yendo a la fiesta deportiva que tenían montada en el polideportivo de la plaza el Sábado Santo por la tarde-noche. Vimos algunos minutos de la final "femenil" de basket, cenamos en los chiringuitos de la fiesta y nos dispusimos a presenciar el concurso de triples y la disputada final "varonil" entre "Los Profesores de Urique", convenientemente reforzados con un pivot de 2 metros y un "águila a lo Drazen Petrovic", y "Los Gavilanes de Creel y Chihuahua". A los gritos de "¡Vamos cabrón!, ¡No lo dejen, no lo dejen!, ¡Ay, ándele!, ¡Irving, hasta la cocina!, ¡Sáquelo, sáquelo!, ¡Mátele pues!, ¡Pégale, pégale!, ¡Agarren al 8!, ¡Que no tire ese 8! y similares, llegamos al último minuto del partido con 86-88 a favor de los profesores y con las dos aficiones desgañitándose. Para mí que los dos árbitros querían que ganaran los locales, no pitaron algunas personales en los últimos segundos, y los profes ganaron por un punto ante la algarabía general. El premio: una buena caja de latas de cerveza.

A cuatro de estos jugadores nos los encontramos a la mañana siguiente subiendo hacia Bahuichivo en la misma camioneta en la que bajamos dos días antes. Se dirigían hacia Chihuahua y tuvimos tiempo suficiente para mantener con ellos una agradable conversación. En la subida, de nuevo los mismos espectaculares paisajes, los mismos espeluznantes precipicios a un palmo de la camioneta y la misma sensación de estar jugándote la vida. Hasta el conductor tuvo que parar 3 ó 4 veces para echar agua al radiador y seguir subiendo.

De Bahuichivo a Posada Barrancas, nuestra siguiente parada, tardamos unas dos horas, después de esperar unas tres en la estación. Y eso que, esta vez, el Chepe vino con sólo una hora de retraso sobre el horario previsto. Subimos hasta los 2.500 m de altitud (horas antes lo habíamos hecho desde los 550 m de Urique hasta los 2.200 de Bahuichivo), divisando esta vez mayor verdor en las montañas e incluso mayores precipicios. Nos alojamos dos noches en Cabañas Rogelio, cuyo propietario nos recogió en la estación con su camioneta. En Posada Barrancas encontramos todo más caro que en otros sitios pero es que parar aquí con el "trenecito" es imprescindible. Y la razón es clara: aquí están las vistas más impresionantes, más espectaculares y más inigualables de las barrancas. Esta enorme red de más de 20 espectaculares cañones  supone un tercio del territorio del extenso Estado de Chihuahua y es cuatro veces más larga y profunda que el Cañón del Colorado en Arizona. Imaginad sus 600 km de longitud, 250 km de anchura y de 1.500 a 2.400 m de altura.
Al día siguiente de llegar nos encaminamos al Parque Posada Barrancas, que tiene dos entradas: una a un kilómetro de la estación de Posadas y otra 4 km más adelante en Divisadero, lugar donde se detiene el Chepe unos 20 minutos para que los turistas que vengan en el tren puedan disfrutar de las majestuosas vistas desde un mirador que hay a un minuto de la estación.
Lo ideal es recorrer el parque de una entrada a la otra -habrá unos 4 km- y luego volver a Posadas en transporte público, dado que en Divisadero es mucho más difícil encontrar alojamiento. Y eso fue lo que hicimos. Lo absurdo es que no pudimos entrar al parque por el comienzo -que es donde pagas la entrada- sino que tuvimos que caminar unos 500 metros por la carretera y entrar por una pista de aterrizaje de aeronaves. Una vez dentro llegamos finalmente hasta un sendero bien pavimentado que, a todo lo largo del parque, bordea los inigualables precipicios de las barrancas, y que tiene 5 ó 6 magníficos miradores. Al principio íbamos solos por el sendero, luego nos encontramos con dos o tres chicas tarahumara que iban a vender en sus puestos y, más tarde, con un montón de turistas mejicanos en el famoso Mirador Piedra Volada. No os podéis imaginar las panorámicas y las vistas desde allí. ¡Qué bárbaro! ¡Qué vertigo! ¡Qué increíble! ¡Qué impresionante! Se queda uno sin adjetivos.
La Piedra Volada es una enorme roca vertical de increíble altura y corte perpendicular, que parece que se va a desprender al ser la parte superior mucho más grande que la base. Y tiene forma de cara vista lateralmente. Los cañones del fondo son dos o tres de distinta orografía. Aunque ya eran las 12 y caía el sol a plomo, la  brisa hacía la caminata muy agradable. El mirador es grande y está lleno de puestos de vendedores indios. Y los turistas mejicanos incluso hacían picnic ya que tenían sus autobuses al lado.
Al final del mirador está el teleférico y las tirolesas. La oferta aquí es hacer nada menos que 7 tramos de tirolesas que van de montaña a montaña por 800 pesos o montarte en el teleférico por 250 pesos para ir hacia una montaña próxima y volver.
En el parque estuvimos prácticamente todo el día. Otro magnífico mirador, yendo hacia Divisadero, es el del Vidrio, llamado así por tener antes su plataforma de cristal, que ha sido sustituida ahora por una estructura metálica. Sobresale unos 5 metros del borde del cañón y al mirar hacia abajo las vistas son espeluznantes. Al final del parque, muy cerca ya de Divisadero, hay otros 3 ó 4 excelentes miradores unidos por un puente colgante. El último, el Mirador Huererachi, está enfrente de la estación del tren y, desde él, se divisan espectacularmente la Barranca de Urique, la Barranca del Cobre y el Cañón de Tararécuero.

Cansados de la tardanza con que siempre llega el Chepe y de sus precios abusivos (de Posada Barrancas a Creel el tren cuesta seis veces más que el autobús), decidimos irnos a Creel (pronúnciese Kril) en el autocar de línea que tardó poco más de una hora. Aquí nos hospedarnos en Casa Margarita, el hostal más famoso de estos lares, que oferta una buena habitación doble con desayuno y cena por sólo 400 pesos.
Creel, un tranquilo pueblito rodeado de montañas y bosques de pinos a  2.300 m de altitud y con unos 6.000 habitantes, es muy popular porque la gente viene a hacer las excursiones de la Barranca del Cobre. Excursiones de todo tipo: en coche, andando, a caballo, en bici, en moto, en karts, siempre que tengas cuidado y suerte y no te hagas ningún esguince como la vecina nuestra alemana del hotel. Y caminatas a las barrancas, ríos, aguas termales, cataratas, cuevas de los tarahumara, lagos y a donde quieras ir pero acompañados siempre por un guía tarahumara. Para contratarlas no hay más que dejarse abordar por alguien que, en cuanto vea a un turista le ofrecerá sus servicios. También puedes ir a la excursión más cara (4.500 pesos) bajando hasta Batopilas (algo parecido a lo que hicimos en Urique, pero más largo), aunque de momento está suspendida la bajada por obras en la carretera. En fin, que todo el pueblo depende aquí del turismo.
Nosotros, para no ser menos, contratamos el "tour" más facilito:
Primero fuimos a ver a la tarahumara Doña Petra, de unos 70 años, que vive en una cueva debajo de una enorme roca ennegrecida por completo por los humos de la cocina La señora se está curando una diabetes -o, por lo menos, eso nos dijo- con mucho té y yerbitas que le cogen sus hijas del campo. Porque tiene 5 hijas vivas, una de las cuales la cuida y vive con ella en la cueva pero las otras 4 habitan una casa moderna anexa que les construyó el Gobierno. Doña Petra no ha querido mudarse. También tuvo otros 4 hijos, algunos varones, que se murieron, al igual que su marido que "ya está en el Panteón a Dios gracias"porque era un borrachín y la pegaba. Nos dijo que le gustaba mucho comer tortillas, frijoles y sopa marucha, y que el agua se la traen de un pozo a unos 4 km de la cueva.
Nos fuimos después a pasear por las sierras de los Tarahumaras, vimos un montón de cuevas, más indios vendiendo sus artesanías, bidones grandes de agua que se supone usan los indígenas, cultivos de maíz, muchos caballos y enormes formaciones geológicas por todas partes.
A continuación nos esperaban el Valle de los Hongos, el de las Ranas y el de los Monjes porque sus excepcionales y numerosas formas rocosas se asemejan mucho a hongos, ranas y monjes. Y finalmente recorrimos los alrededores del bello Lago Arareko de aguas verdes y tranquilas, rodeado de rocas, pinos y hasta con una cueva en medio. También pasamos por la rústica y encantadora Iglesia de S. Ignacio de 1744 con sus dos cruces en el atrio, la del Castigo y la del Perdón. En la primera atan y azotan los indígenas a los que hacen "cosas malas como robar", tal y como nos dijo el guía. En fin, una excursión "deja vu" típica y tópica para nosotros, que llevamos aquí más de cuatro meses, pero muy "apañadita".
Al día siguiente, y para despedirnos desde lo alto de "Creel-Corazón de las Barrancas", subimos al Cerro Cristo Rey. Desde allí  divisamos todo: la línea férrea del Chepe y la ciudad que ha crecido a su largo, los bosques de pinos y las sorprendentes formaciones rocosas, el valle, las montañas circundantes y hasta nuestro hostal pintado de azul añil.

De Creel tocaba bajar a Chihuahua. Se acabó la sierra y el frío y apareció el árido altiplano y el calor otra vez. Parte del recorrido del autocar va paralelo a la línea férrea y hasta varias veces la cruzamos. Tardamos unas 4 horas y aún tuvimos tiempo suficiente para comer. Con el Chepe habríamos llegado de noche y nos habría costado mucho más.
El centro histórico de Chihuahua no tiene mucho que ofrecer al turista y lo que más asombra es lo amplio y despejado que es, con luz a raudales, poco ruido de tráfico y nada de contaminación. Parece diseñado a principios del siglo XX. Eso sí, los pocos edificios coloniales bellos, como la Catedral y el Palacio de Gobierno, están rodeados de feas construcciones modernas de cristal y cemento que albergan algunas instituciones del Estado. Nos paseamos por aquí con nuestra amiga Jasmi, que nos ha acompañado durante la última semana; entramos en la Catedral de fachada "churrigueresca total"; llegamos hasta la iglesia de S. Francisco en la que encontramos la cabeza esculpida del patriota Miguel Hidalgo, cuyo cadáver decapitado fue sepultado aquí; vimos el neoclásico Teatro de la Ciudad o antiguo Cine Colonial; nos sentamos debajo de la Columna de la Libertad con la estatua del Angel Guardián en su parte superior; y recorrimos el bello Palacio de Gobierno de 1890 admirando sus magníficos frescos en las dos plantas que rodean el patio central y que muestran la historia de Chihuahua. En un lado del patio se encuentra la "llama eterna" en el sitio preciso donde fue fusilado el Padre Hidalgo. Allí se lee: "En este lugar fue sacrificado el Señor Cura Miguel Hidalgo, Padre de la Independencia Nacional el 30 de julio de 1811 a las 7 de la mañana". A destacar los buenos trabajos de restauración del Palacio iniciados en 1941 y terminados en 1947.
Otro museo interesante es la Casa de Pancho Villa, llamado ahora pomposamente Museo Histórico de la Revolución. Es una mansión de 48 habitaciones donde residió el famoso bandido convertido ahora en uno de los máximos héroes de la Revolución Mejicana. Después de su asesinato en 1923, la casa la heredó su "mujer legal" Luz Corral, de las 23 que tuvo. Al morir Doña Luz la casa pasó a ser propiedad del Gobierno mejicano. Hay cuatro salas describiendo el Porfirismo en Chihuahua, el inicio de la Revolución, la Lucha Popular y el camino hacia la Institucionalización del país; una sala de armas con carabinas, revólveres, fusiles, ametralladoras y hasta sables, pistolas y cananas de la época; más salas conteniendo objetos personales de Pancho Villa y su mujer; y todas las habitaciones de la casa y la joya del museo: el coche Dodge Brothers modelo 1922 en el que fue acribillado Pancho Villa en Hidalgo del Parral, con los 16 balazos incrustados en la carrocería. El magnífico museo incluye un corto de 40 minutos con guión de Enrique Krauze sobre la vida de este Robin Hood mejicano, de este Villa Superstar, de este Centauro del Norte y de este "Liberator of México", que por todos estos nombres se le recuerda. El corto se concentra en estudiar los diez convulsos años de la revolución, los que van de 1910, fecha en que Villa se alía con Madero para derrocar al dictador Porfirio Diaz, y 1920 en que Villa depone las armas. Vimos también un poster de 1915 que es la invitación de Pancho Villa a los norteamericanos que quisieran alistarse en su ejército en busca de oro y gloria, prometiendo pagos semanales en oro.

Hace ya algunos días que estamos en Durango para seguir por la "ruta virreinal" camino de Méjico capital.

 

lunes, 28 de enero de 2013



Viva México! (5) En Guatemala (Imponente Tikal) y Honduras (Hermoso Copan)




Tikal




Antonio Ayllón Arquero

Compramos lo que creíamos que era un primera clase para hacer las 8 horas de Chetumal a Flores y resultó ser una furgoneta guatemalteca de San Juan Travel, con la que partimos a las 7 de la mañana en compañía de otros veinte desprevenidos turistas para dejar Méjico, atravesar Belice casi de punta a punta, y llegar sobre las 5 a Flores, de un tirón y sin comer.

Al final, y después de muchas consideraciones, decidimos ir directamente a Guatemala, sin quedarnos ningún día en Belice, por dos razones fundamentales. La primera porque en este país de habla inglesa y cultura hispana no hay más que ver que los cayos del Norte y las ruinas de Lamanaí, a las que se llega en lancha, no sé qué río arriba, durante hora y media. Y la segunda razón, porque no queremos que se nos eche el tiempo encima, al final del viaje allá para abril-mayo, y no podamos ir ni a la Baja California ni a la Barranca del Cobre por falta de tiempo.

Así que los 20 extranjeros que éramos nos armamos de paciencia y nos acomodamos como pudimos en los duros asientos. Nada más salir nos topamos con la frontera norte entre Méjico y Belice (Subteniente Lopez-Santa Elena) en medio de un fuerte tormentón. Maleta en ristre, a pulso y entre charcos (ya había casi escampado afortunadamente) nos dirigimos al hangar donde Aduanas de Méjico nos hizo pagar 300 pesos (sin recibo) del Impuesto de Salida, nos quitó la Tarjeta de Turista y, sin inspeccionar las maletas, nos dejó salir. Unos metros más allá, en otro hangar, Belice nos puso el sello de entrada. Pasamos por Corozal ("Keep Corozal Clean, Ranchito Welcomes you") y, bajando por la Northern Highway y la Western Highway asfixiados de calor, llegamos unas horas después a la otra frontera entre Belice y Guatemala: Benque Viejo. Aquí tuvimos que pagar otra tasa de salida casi igual a la de Méjico, pero en dólares EE UU o dólares de Belice, previo cambio con uno de los numerosos cambistas, que manejando tacos de billetes y calculadora en mano, funcionaban como "bancos móviles" y mareaban a los despistados turistas. Turistas que, medio dormidos, hambrientos y cansados, se hacían ya un lío con los pesos mejicanos, los dólares EE UU, los dólares de Belice e incluso los quetzales guatemaltecos. Cambiamos como pudimos y pagamos lo que nos pidieron, incluyendo una tasa de entrada a Guatemala de 20 quetzales. De vuelta a la camioneta pude ver Santa Elena, 28 km. ¡Gracias a Dios! Flores estaba ya al lado.

Nada más llegar, buscamos un hotel con vistas al lago y salimos a comer-cenar. Luego, buscamos información del viaje al famoso Tikal. Nos dijeron que si queríamos ver la salida del sol en las ruinas, el tour empezaba a las 3 de la madrugada y la broma te costaba 550 Q por guía, viaje y entrada. Hay que decir que la mayor parte de los días está nublado, que un euro debe equivaler a unos 10 quetzales y que, teniendo en cuenta el nivel de vida guatemalteco, podréis ver lo abultados que son estos precios y lo avispados que son los tour operadores.

Al final, y después de regatear, conseguimos una buena rebaja: recogida a las 4:30 del hotel para estar en las ruinas a las 6 de la mañana por sólo 250 quetzalitos todo incluido (a partir de las 6 de la mañana el precio de entrada baja). La vuelta, sin cerrar. La última camioneta sale a las 6 pero no es recomendable esperar tanto por si hay problemas de plazas (todas las furgonetas que vimos son pequeñas, de 10-15 plazas como máximo).

Antes de ir a Tikal, es decir al día siguiente, nos dedicamos a dar un "voltio" por la isla Flores, que tiene vistas espectaculares sobre el Lago de Petén Itzá, y está unida por una estrecha carretera de 500 metros con la horrorosa ciudad costera de Santa Elena, donde está ubicada la estación de autobuses, el aeropuerto, bancos y supermercados. Dio la casualidad que nuestra visita a Flores (¡Bienvenidos a la Tierra del Jaguar y de los Mayas! ¡Bienvenidos al Corazón del Mundo Maya!) coincidió con las fiestas del Cristo de Petén, por lo que los ¡Peteneros con Orgullo! y ¡100% Orgullosamente Peteneros! llenaron las calles de ruido, cohetes, tracas, música y procesiones.

Y, para más "inri", el ferial estaba situado en Sta. Elena, justo enfrente de nuestra habitación, lo que significó que durante todas las santas noches que estuvimos allí no pudimos pegar ojo ya que la maldita música ratonera y el ruido de las atracciones reverberaban por encima del lago hasta retumbar con mayor volumen dentro de nuestra habitación.

Pero bueno, quien algo quiere, algo le cuesta. La verdadera estrella aquí es la imponente Tikal, a 27 km de Flores. La admiración que suscita, su interés científico (dicen que aquí hay más de 4.000 estructuras o construcciones de diversa índole, desde el 800 a.C. hasta el 900 d.C), el hecho de que las ruinas estén en lo más profundo de la jungla y fueran en su época el centro religioso y administrativo más importante de la civilización maya durante 1.700 años, la buena restauración de sus estructuras desde 1956, y la riqueza y grandiosidad del sitio la hacen comparable a Chichén.

Tikal es tan grande que necesitas, sí o sí, un guía. Y eso tan solo recorriendo las estructuras centrales ya que no fuimos ni al Templo VI (a media hora de ida y otra de vuelta de la Gran Plaza) ni a la Zona Norte (otra hora entre ir y volver). Afortunadamente aquí no hay ni bicis ni triciclos, así que si quieres ir, hay que caminar...

Aunque tengas un mapa, y nosotros lo llevábamos de la Oficina de Turismo de Flores, es lo mismo: te vas a perder y, en el caso de que no te pierdas, caminarás mucho más porque el guía te lleva por atajos que no están señalizados y por los que llegas antes a los diversos templos, plazas y monumentos. Así que a correr detrás del guía maya sin saber si vas o vienes, y aguantando sus pobres explicaciones, falsedades y sublimaciones del mundo maya.

Empezamos en el Complejo Q, en el que subimos y bajamos una pequeña pirámide de unos 40 escalones. En este complejo hay cuatro pirámides pero las otras tres están todavía enterradas (se calcula que el 80% de las estructuras de todo Tikal están sin excavar). Seguimos hacia lo más espectacular: El Templo I del Gran Jaguar, la Acrópolis del Norte, la Acrópolis Central y el Templo II. Los dos templos son los que impresionan más. En esta Gran Plaza descansamos media hora. Después nos dirigimos al Templo III (medio cubierto por la vegetación y que casi no se ve porque lo tapa la vegetación circundante), el Palacio de las Ventanas y el famoso Templo IV, el más alto y el más fácil de escalar ya que subimos por unas escaleras laterales de madera. La vista desde arriba (64 metros) os la podéis imaginar: espectacular. Un interminable mar verde de jungla y las cumbres de los Templos III y I asomando tímidamente entre la vegetación. Bajamos, descansamos de nuevo y nos dirigimos hacia el enigmático Mundo Perdido o Plaza de la Gran Pirámide (nada que ver con la película de Spielberg, a decir del guía), la Plaza de los 7 Templos, y el Templo V (la Acrópolis del Sur está todavía sin excavar y no venía indicada ni siquiera en nuestro mapa). Este Templo V, el último que vimos, ha sido magníficamente restaurado sólo en su escalera central, en 1991, con la ayudad de, ¡sííí, bravo, lo habéis adivinado: España!. Vimos una buena explicación de los trabajos efectuados y una inscripción de que la Infanta Cristina había estado allí inaugurándolo.


En total, casi 6 horas de caminata. El guía se volvió en la camioneta de las 12:30 y nosotros decidimos (¡uf, qué alivio, solos al fin!) quedarnos disfrutando del entorno antes de volvernos a las 2 de la tarde. Se supone que para visitar todas las estructuras de Tikal debes estar preparado para caminar al menos 10 km. También es necesario llevar botas porque en la jungla los caminos están "resbalosos", como dicen por aquí; repelente de insectos, agua y algo para comer. Deciros también que en la agencia nos prometieron un guía en español, pero al final no apareció ninguno y nos pusieron con un grupo de inglés que nos lo explicó (¡qué horror!) en los dos idiomas, por culpa --nos dijeron-- del trasnocheo, las fiestas y las borracheras del personal en Flores y Santa Elena. ¡Que no se levantó ninguno de los guías a trabajar, vamos!


Indicaros que en Tikal no vimos ni tours masivos, ni muchos turistas. Tampoco había puestos de recuerdos ni parafernalia para el visitante. Las furgonetas que allí llegan son todas de unas 15 plazas (como la nuestra) y ni siquiera a la una de la tarde había más de 50 personas en la Gran Plaza.


Copan

De Flores nos fuimos a Río Dulce en un autocar FDN (Fuente del Norte) con la idea de:
1) hacer el viajecito en canoa hacia Livingston
y 2) saltar a Copan Ruinas en Honduras para completar así el "1-2-3 Maya": Chichén, Tikal y Copán.

Río Dulce, al este del Lago Izabal, ni siquiera parece una ciudad. Es una larga carretera asfaltada con un ruido ensordecedor de camiones de gran tonelaje que se dirigen hacia el puente más largo de Centro América de reciente construcción. Los hoteles, restaurantes, mercados, bancos, estación de autobuses, etc. están bordeando esta calle y justo al comienzo de este enorme puente. No es de extrañar que muchos turistas prefieran dormir en alguna de las cabañas que se asoman al lago. Lo que no hicimos claro porque, entre otras cosas, están lejos del pueblo, a 10 ó 15 minutos en lancha, y te quedas completamente aislado.

Menos mal que encontramos un par de buenos restaurantes (Bruno's especialmente) en el embarcadero con terrazas mirando al lago, pescaíto frito, buenos desayunos y wifi. Bruno's es el punto de encuentro de los pocos turistas que llegan hasta aquí y de una buena cantidad de "gringos" viejos que, con sus yates aparcados en el lago, residen durante la temporada invernal. Hay dos pasarelas de madera que se adentran en el lago y que, con sus lanchas y yates fondeados alrededor, y sus esplendorosas vistas las hacen el lugar ideal para estar en Río Dulce.

La tarde que llegamos fuimos a visitar por tierra el recién restaurado Fuerte de San Felipe que fue, en su tiempo, un importante refugio ante el acoso de los piratas caribeños. Y, al día siguiente, nos fuimos río abajo camino de Lívingston.

Salimos a las 9 y media en una lancha con un letrero bien visible de "Bienvenidos a bordo. Dios cuide nuestro camino", a las 12 ya estábamos en Lívingston y volvimos a las 2 y media de la tarde. En la ida te pasean: divisamos el Fuerte de San Felipe, recogimos a más pasajeros, atravesamos la Isla de los Pájaros, la Isla de las Flores y el Golfete, nos bañamos un rato en un manantial de agua caliente algo zarrapastroso y, entrando ya hacia Lívingston, vimos cómo el río se estrechaba y aparecían una serie de enormes cañones, cascadas y barrancos cubiertos de jungla. ¡Qué belleza, ¡Qué gargantas!, ¡Qué impresionante el cañón! y exclamaciones así.

Lívingston, eso sí, nos recibió con un calor, un paisaje y un paisanaje típicamente africano ya que, por cultura y tradición, esta ciudad costera se encuentra más cerca de Belice que de la propia Guatemala. Yendo de un extremo (el puerto) al otro (las playas) a través de su calle principal, nos encontramos con dos cooperantes españolas veinteañeras, una catalana y otra madrileña, que estaban sentadas a la sombra, y con las que mantuvimos una agradable "charleta". De las playas, ¡olvidaros!: contaminación y suciedad, y del paisanaje igual: la mayoría de la población masculina sentada en las calles sin hacer nada a la sombra, las féminas trabajando en la pequeña infraestructura turística de la ciudad y los jóvenes conduciendo mototaxis de un lado para otro. Vimos algún que otro mochilero despistado y poco más.

La vuelta a Río Dulce fue desastrosa, no por la vuelta en sí (en una hora regresamos) sino por los resultados: Dos días de fiebre y descanso absoluto en el hotel. ¡Sí, señor, una maldita insolación se había apoderado de mí! Nati se había puesto afortunadamente en la parte trasera de la lancha. Imaginaros el calor que hacía. ¡Madre mía, qué debilidad! ¡Qué dolor de cabeza! ¡Qué forma de beber agua y de poner la cabeza debajo del grifo de agua fría!

Había que parar y recuperarse, pues. Menos mal que la tele del hotel tenía 120 canales, así que, mientras Nati salía y entraba a por hielo, agua y comida, yo cogí el mando y... a zapear (¡con fiebre o sin ella!). Sólo recordaros los títulos que "pesqué" entre la bazofia disponible: un magnífico Lean (Brief Encounter): la peli "es" tan emocionante que yo no sabía si lloraba por la fiebre que tenía o por la emoción que emanaba del film, La Dolce Vita, Nazarín, partes de "11 de Septiembre", la película de la fabricación de la bomba atómica en Palo Alto en 1944-45 con Paul Newman y Oppenhemeir enfrentados, otra peli norteamericana en la que tres amigos se quedan en el paro (Matt Damon, ¿o era Ben Affleck?, Tommy Lee Jones y Kevin Costner), etc...

Repuesto ya, tres días después, salimos hacia Copán. Ya no hay en Río Dulce ninguna agencia (antes había dos) que te haga el viaje directo a Copan Ruinas, en Honduras; así que la única solución fue ir a Florido. Sólo hay un bus diario hacia este puesto fronterizo, lo que os da idea de la poca demanda turística existente. Salimos a las 9 de la mañana en un desvencijado 2ª clase provisto de letreros que decían: "Se vende agua pura y coca cola" (entiéndase que es el propio revisor el que te lo vende), "Muy amigo serás pero el paisaje lo pagarás", "Si tu novia te engaña, desquítate conmigo", "Tus desprecios me dan risa", "Si lleva prisa, levántese temprano" y otros así de chistosos. Íbamos con una "gringa" de Chicago, con faldas y a lo loco, llena de picaduras de mosquitos y con el e-book y los cascos puestos, tan despistada como nosotros y sin saber español, que apareció por allí a última hora.
En el mapa parecía cerca pero sí, sí... Pasamos por Morales, Quiriguá, Río Hondo, Zacapa y Chiquimulá. Aquí cambiamos a una furgoneta y las maletas nos las pusieron en la baca (¡menos mal que no llovía aunque amenazaba!), con la que llegamos a Jacotán, en donde tuvimos que cambiar a otra, en la que ponía ya "Frontera El Florido". No me extiendo en el paso fronterizo, ¡para qué!: pagas a la salida de Guatemala y pagas a la entrada de Honduras y, con las maletas en ristre, nos fuimos hacia las furgonetas que, aparcadas un poco más allá, esperaban para llevarnos a Copán en unos diez minutos. Previamente, cambiamos algunos quetzales a lempiras.

La bella, tranquila y pequeña Copán (7.000 personas) nos recibió con un frío invernal. Lo primero que hicimos, una vez encontrado el hotel, fue sacar la ropa de abrigo y pedir un par de mantas en el hotel para entrar en calor. ¡Nati ya estaba otra vez resfriada y yo con asma! Será el frío o la vegetación, quien sabe, porque aquí están los árboles floreciendo como si ya fuera primavera. O también el estrés acumulado del viaje.



Ubicado entre montañas (nos recordó a Cuzco en pequeño), en Copán Ruinas todo queda a tiro de piedra. El punto de referencia es, como siempre, el Parque o Plaza Central, y en 2 ó 3 manzanas alrededor se encuentran la mayoría de los hoteles, bares, restaurantes, bancos y tiendas. Calles empedradas y empinadas, casas de adobe con tejas color ladrillo, una atractiva iglesia colonial y un pacífico ambiente intemporal. Lástima de los triciclos y coches que pasan de vez en cuando y que te ahogan llenándote los pulmones de chorros negruzcos y malolientes de gases mal quemados.

"En el camino (de Guatemala) a la ciudad de S. Pedro, en el primer pueblo dentro de la provincia de Honduras, llamado Copán, hay ciertas ruinas y vestigios de una gran población y de soberbios edificios, de tal habilidad y esplendor, de tanta arte y suntuosidad, que parece que nunca pudieron ser construidos por los nativos..."

Estas son las primeras noticias de las ruinas de Copán que llegaron a Europa en una carta enviada a Felipe II, en 1576, por Diego García de Palacios. Las palabras de Palacios no tuvieron mucho eco en su tiempo pero llamaron la atención, ¡casi 3 siglos después!, de otro español, el Coronel Galindo, que visitó las ruinas e hizo el primer mapa de las mismas. A su vez, el informe de Galindo cayó en manos de otro osado aventurero, John Lloyd Stephens, que junto con F. Catherwood, realizó el que es ahora el "clásico viaje exploratorio a Copán".

"Había masas de piedra quebradas por las raíces potentes de los árboles, estelas abrazadas con lianas y erosionadas por agua y sol, una escalinata de jeroglíficos visible apenas bajo el peso con que la selva la cubría, arropada en su sábana tropical. No podíamos ver a diez metros adelante y nunca sabíamos con qué tropezaríamos... La belleza de las esculturas, la solemne quietud del lugar suscitaban en su conjunto un interés superior al que nunca había sentido entre las ruinas del Viejo Mundo. Un cielo terriblemente azul caía a plomo desde la montaña, en el que previo a licuarse en tormenta, iluminaba uno de los espacios históricos más vigorosos de América, la ciudad maya de Copán."

Pues ahí lo tenéis, así contemplaba las ruinas el tal Stephens, en 1840. Los fotos de entonces de Stephens junto con su amigo, arquitecto e ilustrador F. Catherwood y una breve tropa de mozos, bestias y macheteros, son muy ilustrativas. Como lo es el famoso libro que ambos escribieron en 1841 titulado "Incidentes de Viaje en Centroamérica, Chiapas y Yucatán" y que ya me había llamado a mí la atención en la tienda de Chichén (lo mencioné entonces de pasada). Este libro fue el que dio a conocer en el mundo entero las ruinas de Copán.

Hay que decir también, para hacer honor a la verdad, que fue este mismo Stephens el que, dicen las malas lenguas, pretendió comprar las ruinas por $50 y que, al no conseguirlo, lo intentó también en Palenque (a donde iremos el mes próximo).

Quede constancia pues de la admiración de estos dos "gringos" por Copán, así como de la nuestra por "la Atenas de Mesoamérica" o "el París del Mundo Maya", como a menudo se las conoce. ¡Para eso vinimos hasta aquí traspasando fronteras y más fronteras!

Copan

Tempranito pues y bien desayunados, encaramos el kilómetro escaso de angosta carretera que nos conduciría al encuentro con el "mágico mundo maya". Para nuestra agradable sorpresa, nada más salir del pueblo, vimos un sendero empedrado que, paralelo a la carretera, nos condujo a las taquillas, sin tener que preocuparnos por el tráfico de pesados camiones que iba y venía. Pagamos la cara entrada (300 lempiras, ¡más caro que entrar al Louvre!), esperamos un poco a ver si aparecía alguien más para formar un grupo con guía, lo que no conseguimos (sólo otro madrileño apareció por allí en unos 20 minutos e iba también "a su bola"), abrí el Lonely Planet para ver el mapa del lugar y nos dispusimos a seguir a los pocos turistas/grupos que entraban. 15 minutos después de entretenido paseo entre unas multicolores guaras, que no paraban de lanzar graznidos yendo y viniendo de un lado para otro, y de ver watusas, ardillas y otras especies de fauna local, llegamos a la Plaza de las Estelas, ¡a las más grandes, bellas y mejor conservadas estelas mayas! La imponente A, la poderosa B, la rojilla y esplendorosa C, la magnífica D, etc. Todas ellas retratando al gran Rey 18 Conejo y con sus altares para sacrificios delante o cerca de ellas. Subimos y bajamos la Estructura 4 (una pirámide pequeñita), parándonos arriba a descansar y ver el magnífico panorama, y llegamos al Juego de la Pelota, tantas veces visto ya, y al monumento más famoso de Copán: 

La Escalinata Jeroglífica. Construida en el 749 d.C. por el Rey Humo Caracol, es la inscripción maya más larga jamás encontrada y relata la historia de cuatro siglos de dinastía real copaneca en más de 2.000 jeroglíficos y en 63 peldaños. A inicios de 1970 se prohibió al público caminar sobre ella (¡había que ser brutos para permitirlo si estaba ya llena de glifos deteriorados!) y, a partir de 1985, se colocaron toldos de protección. El toldo actual, que tapa toda la escalinata, es tan horroroso que te dan ganas de pasar de largo hacia el magnífico Templo de las Inscripciones, hundido de forma espectacular por esta parte que da a la escalinata. Lo subimos por unas escaleras laterales para darnos de bruces con unas vistas fantásticas a unos 50 m de altura: ceibas enormes, vegetación exuberante, grandiosas montañas que circundan el valle, toda la Gran Plaza al norte a nuestros pies y toda la Acrópolis al sur. ¡Es lo más bonito que hemos visto! ¡Por aquí también es impresionante! ¡Qué hermosura, madre mía! ¡Qué cosa más bonita, por favor! ¡Mira qué vistas, es que no me canso de fotografiarlas! ¡Qué paisajes, es algo increíble!

Nos quedamos allí extasiados entre tanta belleza. Casi no subían turistas y se veían muy pocos en lontananza. A la altura que estábamos (en el centro de todo el magnífico Grupo Principal), estás también en la cima de las escalinatas y, moviéndote un poco, se podían divisar nuevas estructuras y nuevas vistas impresionantes: las de la Plaza Oeste, el Patio de los Jaguares y la Acrópolis por detrás. Los árboles imperiosos se han colocado encima de parte de las estructuras y casi las dominan.
Bajando nos encontramos con el Templo 16 y el famoso Altar Q, que tiene magníficamente esculpidos a los lados (4 en cada lado) los 16 reyes de Copán (siglo VIII). Vimos en un lateral del Templo 16, que está cerrado, una maqueta de las estructuras que se han encontrado dentro de este templo al excavar una serie de túneles: El Templo Rosalila, el templo Margarita y tumbas y paneles de magnífico colorido. Una réplica a tamaño real del Templo Rosalila, descubierto en perfectas condiciones por los arqueólogos en 1989 dentro de la Acrópolis y que permanece allí, se encuentra en el museo.

Copan

Caminando un poco más apareció, en una hondonada, ante nuestros ojos el esplendoroso "El Cementerio", la zona residencial de la élite de Copán y de sus sirvientes. Bajamos a recorrerlo, oyendo de paso el murmullo del río cercano. Todas las edificaciones estaban cubiertas de musgo por la alta humedad y llegamos hasta la valla metálica de protección que indicaba el límite sur de las ruinas.

Ya cansados, nos dirigimos de nuevo a la Plaza Principal, no sin antes pasar por el Patio Oriental, en donde están la salida del túnel Rosalila y la entrada del Túnel de los Jaguares. Estos dos túneles, abiertos al público en 1999, son una nueva invención para sacar los cuartos a los turistas. Puede que sea interesante entrar por ellos, y salir naturalmente, pero es difícil justificar que te exijan otras 300 lempiras (25 cada euro) por hacerlo. Llegamos a la Plaza Principal para admirar de nuevo las bellas estelas. No había casi nadie. Estaba nublado y hasta hacía fresco. Serían poco más de las tres de la tarde. Descansamos allí, en medio de aquella quietud y magnificencia, y, acto seguido, nos volvimos al pueblo a comer-cenar.

Al día siguiente, y como si no hubiéramos tenido bastante, nos fuimos en un tuk-tuk (el triciclo motorizado de por aquí) a las Sepulturas, otra área residencial habitada por la nobleza de Copán, escribanos, astrónomos, artesanos y sirvientes reales y sus familias hace más de 3.000 años. Está a unos 2 kilómetros del pueblo. También mereció la pena. El sitio está bien señalizado y ¡menos mal! porque no vimos a ningún otro turista dentro de la zona en unas 3-4 horas. Después de denegar la invitación de un guía que se nos ofreció a acompañarnos, llegamos, a través de la frondosa selva, al Palacio Celestial, seguimos por el Sendero del Río ("es aquí donde los antiguos mayas decidieron morir y donde prosperaron durante muchos siglos", sentenciaba un letrero), la Casa del Escribano (el conjunto más grande del lugar con 40 ó 50 edificaciones en torno a 11 patios), el Reservorio de agua y la Plaza Central, y volvimos a la entrada.

Acababa así el encanto y la singular e íntima belleza de las pequeñas y bien cuidadas ruinas de Copán:

"No pretenderé interpretar la imagen de los sobrecogedores efectos de los monumentos mismos, tal como se encuentran en el corazón de la selva, silenciosos y solemnes, con su extraña y maravillosa planta, y soberbiamente cincelados". (Stephens, 1840).
Así que, ¡adiós hermoso Copán! Soñaremos contigo de vez en cuando.

Hace varios días llegamos a Antigua, desde donde os escribimos esta crónica.