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miércoles, 10 de septiembre de 2025

RECUERDOS AMISTOSOS.- Emilio. "Pariente del Gobernador del Banco de España". Economista y narrador. Amante de las palomitas de anís. Veraneante en La Mancha




Julia Sáez-Angulo

22.07.2025.- El Escorial.- Me lo presentó la escritora alicantina Carmen Payá, cuando ambos fuimos invitados por ella a la fiesta de las Fallas, allá por principios de los 80. Se llamaba Emilio, pero he olvidado su apellido. Una vez en Valencia, Carmen dijo que ella no salía, porque tenía muy vistas las Fallas, y además ella era como san Vicente Ferrer, que se sacudía el polvo de las sandalias, cuando dejaba la ciudad del Turia, con la que siempre tuvo un sutil contencioso, y además prefería Alicante, su tierra natal.

Carmen nos pidió que lo pasáramos bien nosotros y que le lleváramos algo de cena en la noche, pues no estaba dispuesta a cocinar. Poco antes de salir de su piso, llegó el señor Torrent, un vecino de la casa, que deseaba saludar a la “ilustre escritora”, según sus palabras. Carmen nos presentó a Emilio y a mí, él se hizo un lío creyendo que éramos un matrimonio y después de aclarar las cosas, lo dejamos con Carmen.

Emilio me encaminó al primer bar que vimos, para tomar una palomita de anís, combinado español que consiste en anís seco y agua fría, que al mezclarse adquieren un color blanquecino, de ahí su nombre. Esta bebida es muy típica de las zonas del Levante, como Alicante y Valencia, donde se toma como aperitivo. Se prepara añadiendo hielo al final para que no se corte la mezcla. Yo desconocía esta bebida, a la que Emilio era tan aficionado, pues tomaba unas cuantas, cada jornada. "Lo más emocionante -decía- es ver como se hacer la mezcla del agua y el anís, con irisaciones de madreperla".

-Bebe una palomita, Juli, ya verás que rica, me dijo.

La bebí y tuve la cabeza zumbada toda la mañana. El paseo por las calles de Valencia era una acumulación de música, ruido y cruce de bandas de todos los pueblos de Levante, que cuando no tocaban “El fallero”, tocaban “Paquito el chocolatero”. Poco a poco fuimos descubriendo las fallas listas para el fuego. Las fallas se me antojaron un espectáculo divertido entre kitsch y guiñol.

Al acercarnos a la catedral, vimos una cola enorme para la ofrenda floral a la Virgen de los Desamparados y yo quise entrar, pero el portero de aquel andamiaje, desde donde se veía el desfile de todas las falleras y bandas de los pueblos levantinos nos echó el alto. 

-Si no tienen sitios reservados, no pueden pasar.

Emilio vio mi decepción o mis ganas de sentarme y me dijo: “espera un poco Juli”. Me agarró del brazo y me llevó de nuevo hasta el portero y allí me soltó. Cogió la mano del hombre, le cerró el puño y le dijo:

-Mire Ud. nosotros somos parientes del… Gobernador del Banco de España”. Pasamos de inmediato.

-¿Qué le has dado?, le pregunté.

-Un billetito de mil pesetas y el hombre está más contento que unas castañuelas.

-Nunca he visto yo una cosa igual, le dije.

-El mundo funciona así, Juli. No lo he inventado yo.

Después de contemplar la ofrenda floral durante una hora, comenzó a hacerse monótono el espectáculo.

-¿Vamos a tomar una palomita, Juli?, me preguntó Emilio.

Ya no pude más y le dije tajante:

-¡Yo me llamo Julia, no Juli!

-Uy, Juli, digo Julia, ¡qué carácter! Yo te llamo Juli, porque me parece más cariñoso.

Lo cierto es que el hombre no se acostumbraba a llamarme Julia -le parecía duro- y cargué con lo de “Juli”, que me sonaba a pueblo directamente.

Emilio se tomó su palomita de anís y yo un refresco. Fue entonces cuando me contó que era economista en un Banco, y que antes había trabajado en la empresa de automoción de Barreiros- Chrysler. El amigo de Carmen era un buen narrador y me contó numerosas anécdotas de su trabajo. Recordó cuando tuvo que enfrentarse a un piquete de obreros en la huelga de la empresa, pues había que preparar las nóminas de fin de mes:

-Nosotros explicamos a los del piquete de la puerta que cerraba el paso a los esquiroles, que si no preparábamos las nóminas el Banco no podría pagarles a fin de mes. El mandamás cogió un megáfono y gritó: “¡Compañeros, llegan los economistas de la empresa y necesitan preparar las nóminas para cobrar a fin de mes. Dejadlos pasar!”.

“La palabra nómina para los obreros era como “Sésamo ábrete”, y el piquete se abrió en dos, como las aguas del mar Rojo para los hebreos. Yo me sentía como un Rey Mago acogido por los niños”.

Al volver a casa, Emilio tenía la lengua como un estropajo de beber tanta palomita. Vocalizba con dicifultad ¡Qué resistencia! Compramos comida para cenar con Carmen en la casa y el reencuentro resultó grato. Carmen Nos contó que el señor Torrent se le había insinuado, pese a ser vecino y conocer ella a su esposa. Emilio disparó la rechifla sobre el señor Torrent y nos reímos un poco.

    Al día siguiente, seguimos viendo las fallas en las calles y Emilio bebiendo palomitas de anís. En estas paradas etílicas me contaba cosas de su familia, en tono humano y divertido. Pertenecía a una familia manchega que emigró a Madrid. Su abuela trabajó desde los 12 años en la Tabacalera, y, cuando las cigarreras la veían cansada o medio dormida, la mandaban a tomar el aire al patio con su muñeca. A casa de esa abuela, en el pueblo manchego, iban su hermano y él a pasar el verano. “Allí disfrutábamos con todo; nos gustaba mirar a los conejos cuando copulaban”, contaba Emilio.

    La verdad es que el economista, por más que tuviera un título universitario de la Complutense, se le veía con gracia el pelo de la dehesa. Decía de mí que yo era una "pijina". Nada más lejos.

    Emilio era un castizo hablando. En una ocasión en que el anís y ele agua no cuajaban bien en la palomita, pues se quedaban separados, le dijo al joven camarero:

    -Chiqui, ¿que me has puesto en el vaso, que esto no cuaja?

        Vivimos juntos la noche de la mascletá, la cremá, un desideratum de gente, pólvora, fuego, llamas, música, estampidas... Una mujer a nuestro lado lloraba como una magdalena. "Yo es que cuando oigo el ruido de la pólvora, me emociono mucho", se justificaba.

    En Madrid, Emilio y yo continuamos viéndonos para tomar palomitas de anís y cervezas sin alcohol respectivamente. Le gustaba ir a la cervecería Portomarín, en la plaza de Lavapiés. No era fácil encontrar mesa y a veces nos tocaba una, donde servía un camarero, al que Emilio calificaba de “acémila”. Llegaba a nosotros, preguntaba elevando la barbilla y se iba sin decir nada. “Es un caso de libro, Juli”, aseguraba Emilio.

    Un día Emilio se me acercó demasiado y lo detuve. “Joé, Juli, ¡ni que yo tuviera gonorrea!”, exclamó.

    Cuando llegó el verano, Emilio y yo dejamos de vernos y no volvimos a coincidir. Se perdió en el tiempo. Él y Carmen Payá han sido dos de esas personas que pasan por la vida y no se olvidan, porque dejan una estela de singularidad  y humor.

Palomita de anís

Portomarín en Lavapiés



lunes, 8 de septiembre de 2025

Recuerdos Amistosos: CARMEN PAYÁ MIRA, UNA MUJER VALIENTE Y LUCHADORA. Concertista, escritora, conferenciante… La lucha por la vida.

Carmen Payá (1917-1996), escritora



Julia Sáez-Angulo

21/7/25.- El Escorial.- He recordado a la escritora Carmen Payá Mira (1917-1996), una mujer alicantina, de Monóvar, residente en Madrid, que colaboraba con frecuencia en periódicos. La he recordado y he querido escribir sobre ella. Era buena amiga del director, Emilio Romero, quien la invitaba a colaborar en el diario Pueblo y a todas las fiestas de la empresa, porque con su figura singular de mujer rubia con ojos azules, su modo de vestir entre exótico, extravagante, hollywoodense o pasado de moda, y sus modales de princesa autosuficiente, ponía una nota de notoriedad en medio de los numerosos invitados convencionales. Carmen atraía las miradas y las cámaras como nadie. Hubiera podido cobrar por asistir a estos eventos, pero ella no hubiera permitido medirse con esas muñecas insípidas que aparecen en el papel couché. No le hubiera venido mal cobrar ciertos honorarios, porque nunca la vi holgada en lo económico, pese a que había nacido en una familia adinerada, pero nunca fue pedigüeña ni quejumbrosa. Todos la saludaban con deferencia, besándole la mano enguantada.

    Carmen Payá colaboró en los periódicos Pueblo, Ya y ABC. Desde joven lo había hecho en periódicos de Monóvar, Elda y Alicante como Renovación, o, La Cháchara.

La conocí en los años 80, en uno de estos saraos y me pareció encantadora. Una superviviente nata de los diversos y difíciles avatares que tuvo que soportar en su vida, debido a las circunstancia políticas y sociales que le ofreció su país, España, en los años 30 y 40 principalmente. Todo ello lo reflejó en su libro de memorias “Una mujer y tres cárceles: memorias de amor y dolor”, que tuvo la gentileza de dedicármelo.

Lo de su paso por las cárceles femeninas de España, nada menos que después de la guerra civil, tenía su explicación. Al estallar la contienda dejó Madrid y regresó a su pueblo natal, Monóvar, donde militó en el partido Sindicalista y fue la primera concejala del municipio. Esta filiación política, su cargo en el Ayuntamiento y sus actividades del momento fueron consideradas causa suficiente para un consejo de guerra en 1939, por auxilio a la rebelión y por perseguir a una familia de derechas, que le aplicó nada menos que 20 años de cárcel, pena que más tarde, quedó conmutada en doce y con la amnistía de 1943 se redujo a cuatro años. Ingresó en la cárcel de mujeres de Santa Clara, en Valencia, ciudad de la que no guardaba buen recuerdo, pese a conservar un piso en la misma.

“Cada vez que me marcho de Valencia, sacudo mis sandalias como hizo San Vicente Ferrer. No soporto esta ciudad ni a su gente. Prefiero Alicante, con diferencia”, decía. Y añadía que la paella alicantina era, con diferencia, mucho mejor que la valenciana.

Carmen Payá se había casado dos veces y tuvo hijo e hija respectivamente de cada uno de sus maridos, que prácticamente no llegaron a conocer a sus vástagos, porque murieron al poco de nacer. El primer matrimonio fue a los 18 años, y el esposo falleció a los diez meses de nacer su descendiente. El segundo matrimonio lo hizo, a los 29 años, en 1936, pero, al poco de nacer su hija, el marido desapareció en el frente de la guerra civil española. “El matrimonio no era lo mío y no volví a intentarlo más veces”, contaba con humor. 

Carmen había estudiado Piano, y Filosofía y Letras, por lo que tenía una formación esmerada, de la que tuvo que echar mano para sobrevivir, a base de conciertos y colaboraciones de prensa y numerosas conferencias por distintos foros, también en el extranjero, donde elogiaba la Historia y la Literatura de España. El marqués de Lozoya la apreciaba y admiraba por esta labor llevada a cabo sin ayuda institucional alguna. “Los libros no dan dinero, a menos que se revelen como superventas”, decía. 

    Ya instalada en Madrid, Carmen publicó en 1934, Las Aventuras de un hombre tímido en París, novela de aventuras.

Mujer viajera impertérrita, conocía bien la capital francesa y podía traducir del francés. Ella recorrió desde muy joven países de Europa, África y Asia. Era una mujer valiente y muy libre, muy consciente de su valía como mujer, feminista y defensora de los derechos de la mujer a la educación y a gobernarse por sí misma, frente a las servidumbres, a las que el Código Civil del momento sometía a la mujer, respecto al padre, primero, y al marido, después.

Más adelante también publicó el ensayo “La mujer y su significación en la vida actual” (1961), conferencia de final de curso en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, AEAE, y “Una mujer triunfa” (1963).

Carmen Payá siempre llevaba guantes puestos en su mano, de cuero en invierno, y de ganchillo en verano. Explicaba que era para evitar el contacto directo con las barras del autobús, que reciben cientos de manos al día. Se tocaba siempre de sombrero o más bien de gorro o turbante, “para ahorrarse la peluquería”, me confesaba en ocasiones. Siempre la conocí escasa de dinero, pero, repito, nunca quejosa o pedigüeña.

Algunas veces, la invité a comer en casa, de imprevisto, sin protocolo alguno. Se la veía disfrutar con la comida casera y en familia. Una vez que había cocido madrileño, Carmen repitió con gusto mientras lo elogiaba. Ella era simpática y locuaz. A mi padre le hacía mucha gracia aquella mujer mayor de aspecto excéntrico, pero agradable y graciosa en su conversación.

    Carmen Payá murió en Elda (Alicante) a los 79 años. Pese a las dificultades y sucesos de su vida, no guardaba rencor alguno al antiguo régimen, o al menos no lo mostraba. Se la veía como mujer serena, animada y positiva. Lejos de la pena y la queja. Una mujer patriota, orgullosa de su país. Su españolidad fue un hecho comprobado. Se relacionó con gente culta que la respetaba, como Emilio Romero, que le abrió las puertas de su periódico para colaborar, o del marqués de Lozoya, Fernando Vizcaíno Casas o Carmen Llorca.

Con motivo de la discutida y cuestionada Ley de Memoria Histórica de 2007, en tiempos del presidente Rodríguez Zapatero, (lo que es memoria, no es Historia, dice los historiadores con rigor), el Ayuntamiento de Monóvar decidió cambiar las denominaciones de algunas calles del municipio y aprovechó la coyuntura para poner nombres de mujer, apenas visibles en el callejero. Carmen Payá Mira fue una de ellas. Seguro que estaría contenta de ver su nombre en una placa en lo alto de un muro de su localidad alicantina natal.

Carmen Payá, escritora (Foto: Biblioteca Pública de Monóvar)