miércoles, 24 de enero de 2024

ESCULTURA TÍMIDA. Diálogo entre la joyería tradicional y la contemporánea, en el Museo del Traje

Lugar: Sala de exposiciones temporales, primera planta. Fechas: 25 de enero - 5 de mayo 2024. Comisariado: Concha Herranz y Helena RohnerCoordinación: María del Mar Belver y Mariana Jiménez. Diseño de museografía: Marta Muñoz. Organiza: Museo del Traje. Colabora: Consentino.- Entrada libre hasta completar aforo.




Julia Sáez-Angulo

24/1/24.- Madrid.- Helena del Hierro, directora del Museo del Traje y las comisarias de la muestra, Concha Herranz y Helena Rohner, diseñadora de joyas, han inaugurado la exposición “ESCULTURA TÍMIDA. Diálogo entre la joyería tradicional y la contemporánea”, en el Museo del Traje. El evento estuvo muy concurrido de diseñadores de joyas y de moda de toda España.

Doscientas piezas de los fondos del Museo del Traje, junto a préstamos del  Disseny Huba de Barcelona, del Museo de Artes Decorativas de Madrid , de prestadores particulafres y de diseñadores  de joyas como Joaquín Berao, Chelo Sastre, Andrés Galardo, Enric Majoral, Luisa del Valle, Vicente Gracia o Suma Cruz entre otros.

La muestra recorre la mejor creación contemporánea española a través de la lectura común de aquellas raíces atávicas que la conectan con la tradición joyera que custodia el Museo del Traje.Las comisarias Concha Herranz, conservadora de la colección de joyas del Museo del Traje y Helena Rohner, diseñadora de joyas, reflexionan, a través de la museografía de Marta Muñoz, sobre qué es la joyería moderna, dónde hunde sus raíces y cuál es su trascendencia dentro del concepto más amplio de “moda”. 

Las joyas tradicionales dialogan con las creaciones de representativos artistas de joyería contemporánea en España a través de elementos en común que revitalizan la pervivencia de la creatividad como nexo que une ambas formas de hacer y de pensar las joyas.

La posibilidad de adornarnos, de distinguirnos, de enfrentarnos, de protegernos…, a través de distintos objetos, carga de percepciones individuales esas pequeñas esculturas íntimas que son las joyas y que incorporamos a nuestro cuerpo y a nuestra identidad a través de un proceso en el que participan sentimientos, creencias, conocimientos y experiencias.

La exposición evita la cronología en la que fueron creadas las piezas para centrarse en su temática, su capacidad como símbolo, el uso para el que fueron concebidas y el diálogo personal y colectivo que generan, para sentar las bases de una nueva historia de la joyería española.

Este proyecto se enmarca dentro del Madrid Design Festival. Enlace externo, se abre en ventana nueva es un evento internacional que abarca todas las disciplinas de diseño y tiene como objetivo convertir a Madrid en la capital del diseño y situarla en un lugar privilegiado en el contexto internacional.

        Más información

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RAFAEL CANOGAR expone su pintura "Huellas" en Alcalá de Henares


martes, 23 de enero de 2024

Premios Latinos de Turismo, Premios Peregrino-Turista 2023 a Lanzarote, Jordania y México




Organizadores y premiados



Julia Sáez-Angulo

23/1/24.- Madrid.- Los Premios Latinos de Turismo, Premios Peregrino-Turista 2023 que correspondieron a Lanzarote, Jordania y Secretaria de Turismo de México, se han entregado en el Hotel Sancho de Madrid, en vísperas de la inauguración de FITUR en IFEMA los días 24 al 28 de enero de 2024.
El acto, que estuvo presidido por Tomás J. Rodríguez Arteaga y Antón Alonso, con la colaboración de María Carretero y Domingo de Famara, contó con el patrocinio de vinos rosado y tinto de León y de Malvasía de Lanzarote, cecinas y quesos, que se saborearon al final del evento.
Varios videos informaron sobre distintos puntos turísticos, entre ellos el Monumento al Peregrino en el Camino de Santiago francés en Sarría (Galicia), realizado por María Carretero, del que se ha tomado modelo para el trofeo entregado a los ganadores de los premios. 
Se habló de “Jordania, el Reino del Tiempo” y de “México, país de la Historia y del futuro”. Y de Lanzarote, además de su belleza, se elogió su apuesta gastronómica que cuenta con el festiva “Saborea”. A Domingo de Famara, Saavedra, el que fuera presidente de la Comunidad canaria, nombró a Domingo de Famara "embajador del Archipiélago Chinijo", los islotes cercanos a las islas afortunadas.
Hubo dos intervenciones musicales: “La Parranda”, de la Casa de Canarias en Madrid, y dos solistas de la Orquesta venezolana Cruz Díez.




Luis Landero : "La última función" (2024). Una lectura


    Tusquets Editores
     
   Concha D’Olhaberriague
  
      Luis Landero (Alburquerque 1948), reconocido desde su primera, asombrosa y galardonada novela, Juegos de la edad tardía, (1989) cuyo atractivo aumenta con los años, es hoy uno de nuestros grandes novelistas.
     No obstante, más allá de los numerosos y merecidos premios recibidos por el escritor en las tres décadas largas de carrera literaria -el último de relevancia es el Nacional de las Letras del 2022- nos importa destacar la calidad y el encanto de su prosa musical de raigambre clásica, tan culta como popular, así como la pericia narrativa, fruto en gran medida de la tradición oral con la que se deleitó y aprendió de niño: los cuentos de la abuela tantas veces rememorados con gratitud por Landero, dueño y señor de un mundo propio, imaginativo, sugerente, hondo y cercano a la vez, simbólico y muy humano, virtudes de difícil harmonización si no fuera por el humor, en especial el arte de la parodia, el ingenio y la renuencia a la solemnidad, aspectos que  maneja con soltura y maestría.
      Pues bien, la novela que presentamos, La última función -dividida en  Primer acto y Segundo acto- sintetiza como ninguna otra de sus obras todo ese universo landeriano tan fulgurante como melancólico, habitado por caracteres desiderativos, seres de corazón y de voluntad soñadora antes que de razón y espíritu práctico, que se enardecen y consagran su ánimo entero sin miramientos en pro de una ilusión que justifique su lugar en el mundo y encauce su “afán”, aquello por lo que preguntó el niño al abuelo que tanto repetía esa palabra en Juegos de la edad tardía:
      “El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán”, (p.48, 1ªedición) -respondió el abuelo.
       Estamos, sin duda, ante una novela con los ingredientes genuinos de la obra de Luis Landero, llevados a su fórmula más esencial: personajes -protagonistas y secundarios- bien tallados y carismáticos a su manera, con un fondo de pureza inocente, intuitivos, fabuladores y más dados a la fantasía que a la erudición. Así, Tito, el protagonista masculino, o Paula, con su azacaneo desasosegante, quien no quiere desprenderse por completo de la infancia, época en la que conoció la felicidad, mujer llena de fragilidades e inquietudes que nos resultan muy familiares, cuya alegría y asombro durante el amor adolescente se trocaron en temor al llegar a la madurez.
     Tampoco faltan referencias autobiográficas (emigración del campo a la ciudad a finales de los cincuenta y la nostalgia por lo que se pierde, p.157), ni la agudeza de algún personaje para detectar aspectos de gran simplicidad en los vocablos, que pasan de brillantes a cómicos, según se mire: “las dos vertientes del problema”,  que comenta incisivo Tito (pp.49-50). 
      En cuanto al estilo, sobresale la grata fluidez de la lengua con trimembraciones rítmicas, (“insinuante, lúbrica, mimosa”, p.120),(“variopinta, devota y jovial”, p.155) y momentos en los que se adensa en “bodegones”o  enumeraciones lopescas. A causa de la devoción de Tito por Lorca, dice el narrador: “Por su mente pululaban a todas horas el fragor de las fraguas, las lunas sangrientas, los tricornios, los jinetes solitarios y trágicos, el agua que corre o se estanca, la hondura siniestra de los pozos, el mortal brillo del acero”. 
     Infunden color y calidez a la prosa ciertas derivaciones neológicas como “hierbatos”,(p.130) o “cantiñeaba”, (p.85) o bien el portuguesismo “bicheando”, (p.96), y remansan el ritmo de la narración los símiles de gran belleza y expresividad,  …”se observaron y vigilaron en silencio y en completa quietud, con una mezcla de recelo y de asombro, midiéndose con la mirada, como dos animales en el claro de un bosque”,(p.34); “Se envolvió en el abrigo, ciñéndoselo amorosamente, como si se abrazara a sí misma”, (p.183); “Torció un poco la cabeza como los perros que hacen por entender”, (p.83); “Escuchaba absorta, como un niño embelesado con un cuento”, (p.185).
     Son notables, asimismo, el gusto por la hipérbole (virtudes de la voz de Tito, p.24) y el dominio de la técnica del contraste. Así, la locuacidad de Tito frente al temple taciturno y remiso de Fonseca. 
     Se inicia la novela con una escena que evoca la primera secuencia de un clásico del cine del Oeste: un hombre, aparentemente forastero, entra en el bar de un pueblo mortecino. Nos lo cuenta un narrador interno, testigo de los hechos, voz de voces, confidente de los personajes, a los que con frecuencia deja hablar en primera persona, y cómplice del lector. 
       Brevemente, tal como hacían los contadores orales ante su público, menciona a los dos protagonistas, Tito y Paula, -“figuras”, dice él-, acota el tiempo narrativo de la historia y anuncia el desvanecimiento y abandono del pueblo, en suma, una ajustada composición de lugar con el objeto de centrar la atención de quien está a la escucha. Ahora bien, si lo de Tito es la llegada al pueblo, en el caso de Paula, por motivos de fuste que descubrirá el lector, el narrador nos hablará de “aparición”. 
     Con técnicas anticipatorias de esta guisa actuaban los viejos aedos, bardos  rapsodas y demás troveros. Porque la novela, por decirlo así, transcribe un cuento contado en voz alta a un público que incluye al lector, a cada lector.
     Por tal motivo, son notables los procedimientos de repetición, tan útiles para que el oyente no pierda el hilo: anáforas:  “Vio.., Vio”… (con ecos del juglar del Mío Cid, p.31) o la serie de “serían”, “sería” y “sin”, donde a la anáfora doble se suma la aliteración múltiple de la silbante; paronomasias: …”perderlas ni perderlo”, (p.35); “aparador aparatoso”, (p.184); anadiplosis: …”cuando conoció a Blas. Blas es el hombre más raro”…(p.76).
    Sugiero, por ello, si me lo permiten, que quien se disponga a leer La última función se convierta en uno más entre la gente atenta al relato de unos narradores de turno. Porque esta historia se oye y debe escucharse atentamente primero. Después pide una lectura reposada. O quizá a la inversa, por qué no. 
    De igual modo, el lector ha de andar ojo avizor y no pasar por alto escenas propias del mejor cine expresionista, aquel que. con un par de imágenes percutientes, nos plasma una atmósfera.
    Yendo Paula-Claudia en la moto con Fonseca, camino de San Albín, ve pasar por delante un animal raudo, luego un ave le roza la cabeza, y luego irrumpe un perro en desbandada. Perpleja por el entorno cimarrón en que se ve súbitamente inmersa, pregunta a Fonseca qué ha sido eso, y él responde sin inmutarse:“ Un caballo salvaje…Un búho….Algún perro sin amo” (p.39).
    En Tito, Landero erige un personaje sustentador de toda la trama, fascinante, legendario y a la vez próximo, apabullado y rebelde frente a los designios paternos, de antaño y de ahora, marcado por el don de una voz excepcional, que, como la fuerza en el mito de Hércules, se aprecia desde la cuna, aunque ya por entonces alguien ducho en supersticiones vaticina cómo el prodigio comporta una cara contradictoria y maligna, una cierta “tara” o “anomalía”. 
    La paradoja, la contradicción y la faz en claroscuro son notas que revelan la riqueza y complejidad de los rasgos, los dones y los estados humanos en la visión del escritor extremeño, desprovista de esquemas, simplificaciones y recursos de remediavagos de cualquier índole. 
     Si la voz de Tito es una presea y a la vez una condena, la rutina de la vida cotidiana aporta “paz” y orden a la par que “desdicha” y a la larga “destrucción” (p.115), y, de igual modo,  Paula experimenta un “impulso” ambivalente de “miedo” con “esperanza” (p.181). 
     Tito no sabe cantar. En ocasiones, lo desaforado de su brío vocal ahuyenta a las mujeres y le impide trabajar en doblaje al no haber personaje para tamaña voz. En la universidad se ríen de él cuando lee textos jurídicos. Aun así, merced al hechizo de su persona, su insobornable vocación de artista, poeta y recitador de gran personalidad, y su innegable magnetismo, seduce al pueblo entero, que, enfervorecido, se suma al proyecto salvador de la recuperación y representación teatral del viejo misterio de la Niña Rosalba. 
     Un corte de la matería narrativa al bies mostraría la combinación de varias perspectivas y modos que se imbrican y entretejen con suma finura: lirismo: Paula-Claudia, en duermevela, divisa desde el tren una cruz de piedra con una guirnalda y una mujer de luto, compungida, junto a ella (p.31); filosofía de la vida: el sueño posee un poder revelador de realidades inadvertidas en la vigilia (p.32), o bien, otro ejemplo: abrigar la esperanza siempre es preferible que recostarse en la inercia y vivir sin ilusión (p.84); relato tradicional: “el faro de la moto iluminaba a fogonazos los caminos y sus contornos, y aquí y allá aparecían de pronto unas rocas, un árbol con ceño y garras de monstruo que amenazaba con lanzarse sobre los viajeros” (p.36); lances propios del teatro del absurdo con profundas reminiscencias pirandellianas, como la conversación entre Claudia y Fonseca camino de San Albín y en el propio pueblo, con una frase memorable: “Usted es la que es”, (p.35) o “Fíjese, si estuviese soñando, usted no existiría en la realidad”, (p.169); lo grotesco de raigambre goliardesca en el episodio de la comilona libidinosa de Tito y Amalia, (pp.119-20), trasunto del comentario del Corbacho sobre lo bien que se llevan gula y lujuria; una fina y piadosa crítica al oportunismo de ciertos gestores de nuestros días que lo fían todo al turismo, Tito pensó por un momento en modernizar la representación colectiva de la leyenda medieval de la Niña Rosalba, trocando a la virgen en cooperante o en activista sindical (p.176); ágiles golpes de humor inesperado: “las psicofonías de los desagües” (p.108) o lo que le aconteció al quejumbroso por antonomasia, Andrés Cruz, cuando sus padres compraron un mueble bar con librería: “Pues bien, mi hermana salió alcohólica, y yo salí lector” (p.148).
      En consonancia con el título, que evoca el final, un final, con todas las connotaciones que tal voz suscita, la novela que nos entrega Luis Landero condensa el vitalismo melancólico antinihilista, constitutivo de su fondo sentimental, la quintaesencia  de su mundo literario: humor, euforia, tristeza, entusiasmo, voluntad, decepción de la que, salvo en Aurora, protagonista de la tragedia moderna Lluvia fina, no se sigue la desesperación sino el consuelo y “la gloria” de haberlo intentado. El talante de Tito, pese a todo, tiene más del ave fénix que de un sísifo.
     El “afán”, antes mencionado, queda en La última función debidamente explícito y aun documentado, en especial en las trayectorias de Tito y Paula, pero también en la pragmática vida del ceñudo padre de Tito, horro de sensibilidad artística, sin que desmerezcan las semblanzas de dos personajes con nombres parlantes, el primero es Ángel Cuervo, el maestro, lector devoto de las vidas ejemplares, que anda a la procura del alumno genial y al fin tiene la fortuna de conocer a Tito, y a partir de ese momento se realiza y se centra con denuedo en descubrir y fomentar las dotes actorales y oratorias sin igual de su discípulo. Y Andrés Cruz, el personaje paródico por excelencia, el colmo de los colmos del pesimismo, hilarante a despecho de sus negrísimos augurios, o bien Blas, el triste marido de Paula, y su cuento de la lechera.
    Otros dos caracteres tienen un papel secundario y solvente. El primero es el melancólico Galindo, instrumentista y director de orquesta, y el  segundo el animoso Rufete, de nombre galdosiano, electricista, manitas y responsable de los efectos especiales. Ambos completan la compañía artística del poeta, escenógrafo y rapsoda Tito Gil. 
    Y, como tantas veces en Landero, en esta novela encontramos escritores: uno con talento, Tito,  otro con vocación dubitativa, Quinito, y otro oculto, Leandro Lobato. 
    En el reparto hay, además, un personaje femenino discreto y por descubrir, Margarita, la secretaria de Tito, y una mujer práctica y resolutiva, doña Lourdes la mesonera, que se pone a lo que se tercie y haya que hacer en tanto que los varones brujulean y divagan a su alrededor, situación que Landero nos ha referido con un toque de ironía jocosa más de una vez tanto en la ficción como en sus libros de raigambre autobiográfica.
     Luis Landero ha escrito su novela más filosófica, diáfana y minimalista, sin dejar de ser por encima de todo una obra de arte y un producto literario donde las partes y el todo brillan por igual y alcanzan la excelencia estética.  Al mismo tiempo, por la gracia de la escritura y los diversos estratos formales y de sentido que amalgama, la historia deviene seguramente asequible para una mayoría de los lectores.
     En La última función surge, remozada, la mejor tradición: el entusiasmo y el esfuerzo infructuoso del héroe cervantino por antonomasia; Calderón con su Gran teatro del mundo; Larra en el lamento del libro que nace en España (p.100); Schopenhauer, (“La vida es un negocio que no cubre gastos”, p.220); Ortega y Gasset en la apuesta, a pesar de los pesares, por una vida en tensión, como el arquero, (“Eso era lo peor: vivir sin ganas, sin tensión, aflojarse, acurrucarse en el tiempo y dejarse mecer por la rutina de los días”, p.56); la sensibilidad compasiva de Dostoievski para con los desvalidos (escena del joven que en el cementerio pide unas flores fiadas y promete una recompensa sin límites cuando le sea posible, p.83); Borges, (“La historia de Tito era la historia de su voz”, p.23), aunque, a diferencia de lo que le sucedía al borgiano hombre de la Esquina Rosada, Tito no se parecía a su voz, y tal desajuste movía al desconcierto; la fuerza del azar o el malentendido existencialista, si bien esta vez no acaba trágicamente sino que la confusión que sufre Paula da en solaz y liberación -por efímera que sea- del absurdo tedioso de su vida impropia.
    Por un tiempo, y merced a las veleidades del destino, dejará de ser la mujer apresurada con fardos en las manos y se convertirá en otra persona, arropada por Tito y requerida por todos los habitantes de San Albín.
     La última función proporcionará, en fin, el mayor alborozo a los lectores asiduos de Landero y resultará, quizá, gracias al formato abreviado y sintético del universo landeriano que ya señalamos, la obra más adecuada para quienes se acerquen a su literatura por vez primera.
     Mas el libro también deja en el aire antiguas cuestiones o inquietudes filosóficas de prosapia cervantina y barroca que, aunque no formuladas de forma patente, se desprenden sin embargo palpitantes de las peripecias y vicisitudes del cuento. 
    Si la vida es representación en el gran teatro del mundo donde todos desempeñamos un papel, acaso el teatro sea ficción de segundo grado, vida subrogada, juego, una bufonada.
    En cambio, bien mirado, resulta problemático dilucidar quién replica a quién: la vida al teatro o el teatro a la vida. No en vano hablamos del arte de la vida. 
    Tampoco es fácil precisar si es o puede hacerse real lo que imaginamos o lo que nos parece. Alguna que otra vez ocurre que hay sueños, ensueños, expectativas y apariencias más fuertes, eficaces y beneficiosos que la mera realidad.

JUAN CARLOS LÁZARO expone su reciente Pintura en la Galería Gurriarán de Madrid


Argensola, 25, 1º C

Enero-febrero 2024

Juan Carlos Lázaro, pintor
Bodegón de Juan Carlos Lázaro


    24-01-2024.- Madrid

La emoción de sentir

Muchas veces la obra de un artista es un espejo de su modo de ser, de trabajar. Reflejo representado en su temática e incluso en la forma en la que es expresada, ofreciéndonos luego la obra acabada. Conocer a Juan Carlos Lázaro, observar su mirada, escuchar su voz pausada, oír su comentario acerca de un pintor que admira, o simplemente detenernos en su modesto estudio donde reposan cuadros y libros en anaqueles, en orden impoluto, es una manera sencilla de conocer a la persona y entender un trabajo cuyas cualidades plásticas no nos dejan indiferente, dejándonos una impresión de difícil olvido.

Desde hace varias décadas el bodegón y el paisaje constituyen los géneros temáticos preferentes en su quehacer. Géneros tradicionales que son solo excusa para interpretar y transmitir una manera de concebir y un modo de aprehender enseres sencillos y cercanos —cuencos, tazas, floreros, platos, tarros, junto a limones, granadas, manzanas, etc.— pintados fuera de todo simbolismo trascendente y mostrados como testigos de una vida quieta, inanimada... naturalezas silenciosas. Objetos en ocasiones ingrávidos en un espacio iridiscente, ubicados en una atmósfera velada y sin embargo luminosa y brillante que convierte al cuadro en auténticas ventanas de luz. No existen contrastes, solo un cauce donde la vista transita atraída por una belleza silente, evocadora, que suscita en nosotros la emoción de ver y no solo de mirar. La obra de Juan Carlos Lázaro solicita una percepción lenta, atenta y curiosa ante esos recipientes que gusta de acompañar con frutos en un grácil juego de volúmenes, donde la luz es protagonista. Las superficies se cubren de trazos casi imperceptibles, de pinceladas leves en un espacio diáfano, donde la configuración de formas, tonos, veladuras y colores crean una obra singular que se aparta de lo habitual. Me atrevería a decir que el trabajo del artista frexnense es excepcional en su concepción del género dentro del panorama pictórico español. Cierto es que algunas de sus composiciones están emparentadas con

¿Pero dónde está el cuadro?

Exclamación de Théophile Gautier a propósito de Las Meninas

Hacer visible lo invisible

Paul Klee


artistas como Juan José Aquerreta, Xavier Valls o Carmen Laffón, por citar tres referentes indiscutibles de la iconografía del bodegón, teniendo en común ese carácter íntimo, atemporal, discreto, de captación de la vida dormida; sin olvidar a Giorgio Morandi, no en su lenguaje, sino en la reiterada dedicación a una temática siempre igual pero distinta.

Notable cualidad de Juan Carlos Lázaro es el juego dual entre la esencialidad de lo pictórico en su reflexiva materialidad y la evocación poética de una figuración sutil, que simultanea lo artificial de una vasija doméstica y lo natural de una fruta. Fusión ajena a la intención primigenia del bodegón de despertar los sentidos, configurando en su lugar una realidad objetual de factura exquisita, difuminada, casi transparente en su claridad deslumbrante. Complemento a esta suerte de díptico temático son sus paisajes, presentes a lo largo de su trayectoria como ejercicio de profundización y búsqueda en un afán de mostrar una visión subjetiva de la realidad natural. Visión escondida y representada a modo de rememoración tal vez de una experiencia, o como metáfora materializada a modo de paisaje. Vistas dibujadas en forma de panorámica que se reducen a dos franjas cromáticas horizontales, elaboradas en gradaciones tonales y gamas de color en supremas matizaciones de carácter abstracto. Otras veces el paisaje se hace más explícito, con pequeños árboles apenas sugeridos por minúsculas manchas perdidas en la lejanía de la composición. Así mismo el paisaje, esta vez pintado, cobra un significado más trascendente con la presencia de camposantos, largos muros blancos en la mitad de la nada, que dotan al paisaje de un especial simbolismo alusivo a la ausencia, a lo perecedero, a la soledad, a la incertidumbre... Todo expresado en una coherencia estilística que define y distingue al autor. Es interesante reparar en el hecho de que la mayoría de sus cuadros no tienen titulación, gesto liberador del condicionante dialéctico entre lo que se ve y lo representado. Un modo de indicar al contemplador que es su mirada la que hace al cuadro. Pero también, esta obra que he definido silente habla a los ojos y al pensamiento. Solo hace falta escrutar, pues es una obra lenitiva para el espíritu. Consideración con la que estaría conforme Cristino de Vera, amigo y trabajador “desde la luz”, como Juan Carlos Lázaro.

Fernando Martín Martín

(Catálogo de la exposición

ANTONIO ARIAS y DIEGO CRESPO: Recital de flauta y órgano en Madrid, el sábado 27 de enero

 


Toda época ha tenido un chivo expiatorio (hasta la antigua Roma)

Matrona en el baño, termas de Sidi Ghrib, Museo Nacional de Cartago. Fabien Dany/Wikimedia Commons, CC BY-SA




por Alicia Valmaña Ochaíta
Profesora Titular de Derecho Romano, Universidad de Castilla-La Mancha

        23.01.2023.- Madrid.- La naturaleza humana tiende a reproducir ciertos comportamientos. Algunos se repiten a lo largo de la historia y nacen cuando no se encuentra explicación ante un acontecimiento.
    Con motivo de la pandemia de la covid-19, las teorías conspiratorias han intentado calmar en algunas mentes el miedo que produce lo desconocido.
    Durante 2020, desde ciertos sectores de la población se culpó a la República Popular China de haber creado y extendido el virus –voluntaria o accidentalmente–. También a los EE. UU. y a las compañías farmacéuticas. La acusación no resolvía el problema, pero tener a alguien a quien cargar con la responsabilidad saciaba, en cierto modo, la incertidumbre de muchos ciudadanos.
    En realidad, la historia está llena de estas escapatorias mentales. Encontrar un chivo expiatorio, a veces con resultados sangrientos, da tranquilidad. Al menos temporalmente.
        El envenenamiento romano del 331 a. e. c.
Un ejemplo lo encontramos en Roma, en unos sucesos que sucedieron en el 331 a. e. c. y que han llegado hasta nosotros relatados por distintas fuentes antiguas, fundamentalmente Livio y Valerio Máximo. En ese año varios hombres notables de la ciudad murieron. Todos ellos presentaban los mismos síntomas.

    En un primer momento, se creyó que la causa de las muertes se debía a una epidemia. Sin embargo, una esclava denunció ante las autoridades que la culpa era de unas mujeres que habían preparado unos venenos. Tras encontrar a algunas matronas elaborando medicamentos, unas veinte mujeres fueron apresadas. Conducidas ante las autoridades, dos de ellas afirmaron que los brebajes eran saludables. La esclava les pidió entonces que los bebiesen y así probasen que ella estaba mintiendo. Las matronas hablaron entre ellas y decidieron beberlos, muriendo a continuación.
    A partir de ahí, fueron juzgadas unas 170 mujeres más, consideradas cómplices, llegando Orosio a hablar en sus escritos de 370 mujeres implicadas.
El relato de Livio ofrece algunas dudas. Por ejemplo, la participación de la esclava. A lo largo de la obra histórica de Tito Livio, en varios casos los denunciantes son esclavos. ¿Puede ser verdad? Puede. Pero también pueden ser casos de concentración histórica, es decir, soluciones que se dan, siempre las mismas, para casos que se repiten en la historia. Así sucede en el intento de restauración de la monarquía en el que estaban implicados los hijos del cónsul Bruto o en el episodio de la represión de las Bacanales. Los esclavos van a aparecer en muchos relatos delatando a sus amos y obteniendo, con ello, importantes beneficios. Son el precedente de los testigos protegidos o los más recientes whistleblowers. Otra cosa es que su participación fuera real.
La explicación
    Pero el relato principal es fiable en los datos básicos y de él podemos extraer varias conclusiones:
• En primer lugar, las propias fuentes dudaron que fueran envenenamientos. El número de casos era suficiente para pensar en una epidemia y los fallecidos presentaban todos los mismos síntomas. Las epidemias eran muy frecuentes en Roma y el mismo Livio llega a narrar un número considerable. Las condiciones atmosféricas en determinadas estaciones del año, así como cuestiones relacionadas con la salubridad, hacen pensar a los científicos que el paludismo llegó a ser una cuestión endémica en Roma.
• En segundo lugar, las mujeres tenían conocimientos de medicina natural, fueran correctos o no, por lo que no sería extraño que, ante una epidemia, buscaran soluciones de este tipo. Después de todo, se dedicaban a la elaboración de venenos/medicamentos (en latín ambas palabras son “neutras”; veneno, por sí sola, no es una palabra con un sentido negativo).
    De hecho, algunos cultos femeninos habrían favorecido una actividad en torno al uso y fabricación de soluciones destinadas a la curación de enfermedades. Así, Macrobio relata en un conocido texto la existencia de una farmacopea en el entorno del templo a la Bona Dea, diosa a cuyo culto estaban llamadas las matronas.
• En tercer lugar, el hecho de que las mujeres murieran al tomar sus brebajes llevó a la detención de muchas más. La muerte de las veinte primeras se entendió como una prueba de culpabilidad. Pero no tenemos fuentes que confirmen esta prueba. Pudo, efectivamente, deberse a que los preparados fueran verdadero veneno. Pero también a que lo que se elaboraba como remedio realmente fuera nocivo para la salud, aunque no hubiera conocimiento de ello ni, mucho menos, intención de causar la muerte.
    Algunos autores entienden que el hacer beber a las detenidas sus medicamentos fue una ordalía, una especie de juicio de Dios que existía en otros pueblos primitivos y que se mantuvo durante la Edad Media en la civilización occidental.
    Proceso penal y religioso
Es cierto que se procesó penalmente a las nuevas detenidas. De hecho, fue el primer procedimiento “por envenenamiento” que tuvo lugar en Roma (después hubo más y también contra mujeres), aunque no sabemos cómo se llevó a cabo.
    De ahí que se haya deducido que el relato de Livio estaba describiendo una ordalía: el envenenamiento se consideró un hecho tan extraordinario que, además de la represión penal, fueron necesarias medidas de naturaleza religiosa para purgar lo que se consideró un prodigio. Es decir, un acontecimiento asombroso que podía significar un aviso de los dioses por algo que podría ocurrir, o una señal de su enfado con los hombres por algo que habría ocurrido. Se nombró entonces a un dictador para que llevase a cabo el acto de expiación.
    Las muertes se consideraron un acto de locura más que de maldad. Por eso se buscó una solución que sirviera para devolver la cordura y mantuviera intacta la paz con los dioses.
    Sin embargo, no sabemos qué pasó en realidad. Probablemente fue una epidemia más de tantas que asolaron Roma. En la fecha en la que se sitúan los hechos no es imaginable una acción organizada de 170 mujeres (que fueron las finalmente condenadas, según Livio), ni hay ningún dato acerca de lo que se habría pretendido conseguir con las muertes, en el caso de que estuviéramos hablando de una acción dolosa. No se vuelve a ver otro “macroproceso” por envenenamiento hasta bastante tiempo después.
    Pero encontrar alguien a quien culpabilizar debió tener un efecto placebo en la sociedad romana del momento. En Atenas tenían sus propios chivos expiatorios, los pharmakoi, utilizados como víctimas de sacrificios para purificar la ciudad y preservarla de cualquier mal. La palabra la encontramos prácticamente igual en español en el término fármaco, que presenta la dualidad entre la enfermedad y el remedio.
    Este caso coincide con la forma que tenía el pueblo romano de “calmar” lo que consideraban una ofensa a los dioses en el s. IV a. e. c.. Las mujeres del relato, como chivos expiatorios, fueron las culpables y, a su vez, con su condena, la solución. La explicación de que habían perdido la razón devolvió la tranquilidad a la ciudad.