miércoles, 13 de marzo de 2024
CLARA OBLIGADO. “Tres maneras de decir adiós”, una honda reflexión sobre escribir y escribirse
OLGA LUJAN, escritora ciega, ateneísta de la Agrupación de Novela e Historia Pérez Galdós, y autora de novela negra
Julia Sáez-Angulo
13/3/24.- Madrid.- Olga Lujan es una escritora ciega, ateneísta, y autora de novela negra. Tiene en su haber una novela publicada “Entre vinos hablaos” (2021), una segunda entregada a una editorial que la sacará en otoño y una tercera en marcha. Todas ellas se desarrollan en momentos históricos concretos de los siglos XIX y XX -la época que le interesa- y en ellos inserta una trama negra de intriga y captación del lector. La autora es Premio Artes Literarias 2021 y Premio Aportación Mujer a la Cultura.
Nos encontramos en un almuerzo en la Casa de Extremadura, en plena Gran Vía madrileña, donde nos presenta un amigo común, el historiador Carlos Sánchez Tárrago y nos acompaña Cuca Berenguer. El menú: ricos garbanzos con callos, bacalao con tomate y piña o arroz con leche. Buena y sabrosa cocina, que agradecemos a Elisa, cuando se acerca a la mesa para saludarnos.
Olga Luján Rodríguez (Madrid, 1969) estudió Enfermería en la Universidad de Comillas, y a los 33 años sufrió una ceguera genética, que le llevó a cambiar de actividad y derivó en la escritura. Su ordenador está adaptado a la audición, a la hora de escribir y leer, según un programa de la ONCE, entidad a la que Olga pertenece y a la que quiere y elogia: “Doy gracias a Dios por haberme quedado ciega en España, porque el alcance y la protección de la ONCE nos favorece y ayuda”.
La escritora madrileña cuenta, que su familia procede de Talavera y que era su abuelo Flores Luján, quien hablaba de “entre vinos hablaos”, que es como se disfruta un buen trago y no en soledad. Su novela con ese título establece un contraste marcado entre el ambiente rural y la gran ciudad.
Aunque Olga Luján no es historiadora, insiste en que investiga en la historia hasta el último detalle, porque le gusta ser rigurosa a la hora, no solo de los grandes hechos, sino los mínimos detalles sociales. La escritora pertenece a la Agrupación de Novela e Historia Pérez Galdós, del Ateneo de Madrid, y está en su junta directiva junto a Antonio Pérez Henares, Chani, y Juan Eslava Galán. A ella pertenece también Isabel San Sebastián, que al igual que Chani, tienen novela actual o inminente para la Feria del Libro. Otros miembros de esta Agrupación son Santiago Posteguillo, Antonio Pérez Henares, Almudena Arteaga, Luz Gabás, José Calvo Poyato, Javier Sierra, Jorge Molist…
Olga Luján inquieta y activa, lleva a cabo diversas convocatorias culturales en el Ateneo, últimamente en la Cantina, donde pronto se presentará un libro de Calvo Poyato. También pronto se publicará y presentará un libro de relatos de los miembros de la Agrupación, en los que participa Olga Luján.
Para la escritora "Fortunata y Jacinta" de Don Benito Pérez Galdós, "es una obra maestra, casi por encima de El Quijote". Adora a Pérez Galdós.
Los Clubs de Lectura son muy queridos y aplaudidos por la escritora, que asegura que, gracias a ellos y a las redes sociales, sobre todo Facebook e Instagram, su novela se ha difundido de manera imparable y le ha permitido entrar en contacto con gente de interés. “La página Web para escritores no resulta, porque apenas se consulta. Estoy en las redes sociales que es lo más vivo en estos tiempos. Facebook funciona por los sentimientos e Instagram por el buen humor con gente más joven o dinámica. En mi caso, el hecho de ser escritora ciega también llama la atención". dice. "Hay que seguir las leyes de mercado, incluso para subir un texto a las redes".
Olga Luján es verbosa, conversadora, amena, no le falta tema ni energía… Acaba de hacer un curso de expresión oral en el Ateneo y en él ha aprendido elementos o trucos de muchos políticos para subrayar o enfatizar lo que les interesa a la hora de lanzar o transmitir su mensaje”.
De su próxima novela negra o de la siguiente prefiere reservarse y no hablar, para no dar pistas y jugar en su momento con el factor sorpresa. Olga sabe y entiende de tácticas de mercado. De momento está satisfecha del resultado de su primera novela “Entre vinos hablaos”, agotada la edición y actualmente en Amazón.
En el almuerzo hablamos también con Carlos S. Tarrago y Cuca Berenguer. Del primero sabemos que va a presentar, en la sede del diario “Información”, el libro “Historia del Sáhara Español”. De la colonización hasta el abandono (1884 -1976), de Gerardo Muñoz Llorente, editado por Almuzara. “Es una historia, perfectamente documentada, de todo lo que ha ido sucediendo en el proceso del territorio”, señaló Tárrago.
También se incorporó en el almuerzo, Javier, marido de Olga Luján, que sacó las fotos.
Cuca Berenguer nos contó una divertida anécdota que le sucedió cuando iba cerca de las Cortes y un guardia civil le pidió que caminara un poco más alejada de esa sede. Ella, un tanto “touché” le replicó: “Mire señor, no se confunda, yo soy una ciudadana honrada que paga sus impuestos, mientras que los verdaderos delincuentes están ahí adentro.” y señaló el edificio del Congreso. El guardia civil se quedó impávido; lo debía de haber escuchado más veces. Nos reímos, porque no es para menos.
Carlos S. Tárrago, Elisa y Javier
martes, 12 de marzo de 2024
NACHO HERREROS y NICOLÁS PÉREZ COSTA en "Dos tronos, dos reinas", en los Teatros Luchana de Madrid. Texto del argentino Pepe Cibrián
Con el actor Nacho Herreros
La verdad sobre la Agenda 2030. Un programa totalitario y liberticida. Similitudes con el comunismo. La Agenda 2030 está siendo un calamitoso fracaso
Arrozales de Sekinchan (Foto: Civilitatis)
por Fernando del Pino Calvo-Sotelo
5 de marzo de 2024 .- La dictadura comunista soviética repetía machaconamente sus consignas para que calaran bien en la población. Del mismo modo, la obsesiva repetición del término «sostenible» y la ubicua presencia del logo multicolor de la Agenda 2030 son signos del nuevo totalitarismo que nos están colando por la puerta de atrás en una sociedad debilitada por la Cultura del Miedo y por la pérdida de referentes morales. A esto hay que sumar el poder de la corrección política, concepto creado por el marxismo-leninismo, la cual marca unas lindes ―infranqueables bajo pena de linchamiento u ostracismo― hoy decididas por una misteriosa Autoridad Superior y transmitidas por los obedientes medios de comunicación. Hay que reconocer que la corrección política ha cumplido con su misión: asfixiar el libre pensamiento y crear un miedo generalizado a disentir.
En el caso de la Agenda 2030, la mayoría de las empresas e instituciones repite la consigna como muestra de virtud social, aunque nadie conozca muy bien su contenido. ¿Qué es la Agenda 2030? Y, si es tan importante, ¿por qué no ha sido votada por nadie?
¿Qué es en realidad la Agenda 2030?
La «Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible» es un acuerdo propiciado por la ONU en el año 2015 para sustituir a la olvidada Declaración del Milenio (2000-2015). Una diferencia importante entre ambos textos estriba en que ésta pasó desapercibida mientras que la Agenda 2030 ha sido embutida, encajada, empujada, encastrada, empotrada en la sociedad con tanta fuerza que, en comparación, la alimentación forzada de las ocas parece un acto de libre albedrío de los pobres animales.
La Agenda posee 17 objetivos y 169 metas con la aparente finalidad de «poner fin a la pobreza y el hambre (…) y proteger al planeta». Su lenguaje es voluntarista y rimbombante: «Aspiramos a un mundo sin pobreza, hambre, enfermedades ni privaciones» con un crecimiento «sostenible, inclusivo y sostenido» (soniquete que se repite como un mantra). De hecho, el texto es completamente utópico, lo que por sí mismo debería ser una primera fuente de preocupación, no en balde las utopías del s. XX ―en especial, el comunismo― mataron a más de 100 millones de personas en todo el mundo.
El lenguaje del documento ofrece bastantes indicios sobre su verdadera naturaleza. En sus cuarenta páginas[1] la palabra «sostenible» aparece mencionada 223 veces y la palabra inclusivo, 23. Por el contrario, el término «libertad» sólo se menciona en 3 ocasiones, «familia» sólo en 1 y «propiedad privada», ninguna, o sea, 0, coincidiendo con el eslogan del Foro Económico Mundial de Davos (WEF), «socio estratégico» de la Agenda 2030: «No tendrás nada y serás feliz».
Una de las tres únicas veces en que se menciona la palabra libertad es para afirmar que la Agenda busca «fortalecer la paz universal dentro de un concepto más amplio de la libertad». Es ésta una expresión inquietante, dado que el término libertad no requiere de nuevas reinterpretaciones. Así, dada la naturaleza orwelliana del texto, resulta imperativo acudir a la «neolengua» descrita en la novela 1984, en la que el Ministerio del Amor se dedicaba a la represión y el de la Verdad, a la propaganda más engañosa. De este modo, la traducción real de la frase anterior sería la siguiente: «La Agenda 2030 tiene como objeto fortalecer la dominación universal dentro de un concepto más restringido de libertad». Se comprende mejor, ¿verdad?
Para discernir la verdad sobre la oscura sombra que proyecta esta iniciativa de la ONU ―es decir, del globalismo― es necesario distinguir entre los objetivos que propugna, aparentemente loables, y los medios que propone para alcanzarlos, completamente opuestos a la consecución de dichos fines. Recuerden que el abismo existente entre unos fines aparentemente benéficos y unos medios perversos ha sido precisamente lo que ha caracterizado a las utopías más destructivas de la Historia.
Un programa totalitario y liberticida
La primera crítica que puede hacerse al utópico programa de la Agenda 2030 es su carácter totalitario, pues aspira a controlar la totalidad de la vida de los individuos ―incluyendo qué y cuánto comen, y qué y cuánto consumen―. Como hemos mencionado, el concepto de libertad brilla por su ausencia y es remplazado por un acérrimo estatismo. En efecto, la libertad individual y la iniciativa privada son ninguneadas a favor de un constante intervencionismo estatal al que se atribuye un carácter benéfico y una capacidad sobrehumana de solucionar todos los problemas.
El intervencionismo que propone resulta tan exagerado que recuerda a los Planes Quinquenales de la extinta URSS. Por ejemplo, especifica objetivos concretos de crecimiento del PIB en los países menos adelantados y la «duplicación» (¿por imperativo legal?) del peso de la industria («inclusiva y sostenible») en el PIB de esos mismos países.
Las similitudes con el comunismo continúan, pues también propone reducir no sólo la desigualdad de oportunidades, sino también «la desigualdad de resultados». En esta línea, se compromete a efectuar «cambios fundamentales en la manera en que nuestras sociedades producen y consumen bienes y servicios» y formula un axioma revelador: el crecimiento económico (sostenido, inclusivo y sostenible) «solo será posible si se comparte la riqueza y se combate la desigualdad de los ingresos». Así, aboga por aumentar la progresividad de los impuestos y reforzar «la reglamentación y vigilancia de las instituciones» desde un Estado al que se le otorga «plena soberanía permanente sobre la totalidad de su riqueza, sus recursos naturales y su actividad económica».
Por último, declara pomposamente que actúa «en nombre de los pueblos a los que servimos». Exactamente, ¿cómo y cuándo se han manifestado «los pueblos» sobre la Agenda 2030? ¿Y podrían decirme en qué país el poder político sirve al pueblo en vez de servirse de él?
La ideología y la religión climática en la Agenda 2030
Sin embargo, lo más determinante de la Agenda 2030 es que, lejos de ser un documento políticamente aséptico, posee una carga ideológica muy determinada.
En primer lugar, es materialista, pues omite toda dimensión trascendental del ser humano, convertido en poco más que un animal o un robot, a pesar de que el 72% de la población del planeta ―el pueblo al que dicen servir― cree en Dios (sólo el 10% se declara ateo) y que una amplia mayoría cree que hay vida después de la muerte[2]. Aunque el 62% de la población mundial vive en países donde se conculca el derecho a la libertad religiosa (siendo la religión cristiana la más perseguida[3]), el texto en ningún momento la menciona, como tampoco menciona la libertad de expresión. Asimismo, su desprecio por el ser humano lleva a colocarlo al mismo nivel que las demás criaturas en un mundo «donde todas las formas de vida puedan prosperar sin temor ni violencia».
Cómo no, la Agenda 2030 defiende la ideología de género (palabra repetida 15 veces en el documento): «la incorporación sistemática de una perspectiva de género en la implementación de esta Agenda es crucial». También apoya el aborto bajo el eufemismo de «salud reproductiva de la mujer» y relega a la familia a un puesto secundario en un mundo caracterizado por la relación de servidumbre entre el amo (el Estado omnipotente) y su siervo, un individuo aislado y solo, ninguneando a la familia como unidad fundamental de la sociedad y como sujeto de derechos previos a la existencia del Estado.
En cuanto a su apoyo a la religión climática ―que menciona 20 veces― la Agenda 2030 tiene el mismo tinte pesimista y catastrofista del primer informe del Club de Roma ―un documento seminal del movimiento globalista― con una conciencia de escasez cuya única solución es, aparentemente, la aceptación de una tiranía global dirigida por una élite que quiere hacernos la vida ciertamente incómoda mientras nos salva de un peligro inexistente. Así, repite la habitual letanía apocalíptica climática alertando del «peligro para la supervivencia de muchas sociedades» causado (entre otros factores) por un pretendido aumento de los desastres naturales y de las sequías y un supuesto agotamiento de los recursos, tres afirmaciones no sustentadas por los datos[4].
Naturalmente, la Agenda 2030 propone aumentar la proporción de energías renovables para lograr un suministro de energía «asequible, fiable y sostenible» y «duplicar» la eficiencia energética. El problema es que las energías renovables a las que implícitamente hace referencia (eólica y fotovoltaica) nunca serán ni eficientes, ni fiables ni asequibles al ser intermitentes y depender de la existencia de suficiente viento o radiación solar, que sólo se dan en determinadas latitudes, estaciones u horas del día. Así, las fuentes renovables exigirán siempre un respaldo de energías térmicas tradicionales, lo que implica una cara redundancia de sistemas de generación o, en su defecto, una vida vivida entre apagones intermitentes.
Objetivo: reducir la producción de alimentos
Con similares contradicciones —en lo que quizá sea la prueba más evidente de su hipocresía—, la Agenda 2030 asegura querer poner fin al hambre y duplicar la productividad agrícola mientras propone medidas que promueven justo lo contrario, es decir, que crearán hambrunas. Así, bajo la habitual coartada medioambiental el texto supone una verdadera declaración de guerra al campo, lo que ha llevado en muchos países a una justificada reacción de ganaderos y agricultores que luchan por su supervivencia, que es la nuestra.
En el caso de los ganaderos, la guerra toma la forma de una grotesca demonización del ganado como emisor de metano y de una inmoral campaña contra el consumo de carne y proteína animal, clave para la salud. En el caso de los agricultores, la Agenda 2030 quiere imponer una reducción en el uso de agua, fertilizantes y pesticidas. Con su doblez habitual, afirma querer «aumentar el uso eficiente de los recursos hídricos», pero a la vez obliga a «restablecer los ecosistemas relacionados con el agua, incluidos los ríos» (es decir, destruir presas), lo que merma la capacidad de riego. Asimismo, con el pretexto de reducir la contaminación marina, propone primero controlar las «actividades terrestres», incluyendo «la polución por nutrientes» (es decir, los fertilizantes), y luego reducir «la liberación de productos químicos a la atmósfera, el agua y el suelo» (es decir, los pesticidas). Sin agua para alimentar las plantas, sin fertilizantes para nutrir la tierra y sin pesticidas para eliminar las plagas, ¿cómo se va a mejorar la productividad agrícola? ¿No se logrará más bien revertir la maravillosa Revolución Verde, que permitió multiplicar el rendimiento de los cultivos y alimentar a una población creciente? Voy más allá: ¿Creen ustedes que los autores de la Agenda 2030 ignoran que éste será precisamente el resultado?
El caso de Sri Lanka es el canario en la mina. En 2021, el gobierno de aquel país decidió prohibir los fertilizantes químicos y los pesticidas con los típicos argumentos medioambientales. Su presidente alardeó de ello en un discurso en la cumbre climática del COP26 en el que abogó por la agricultura orgánica y por las energías renovables. «El hombre debe vivir en sintonía con la naturaleza», afirmó citando textualmente un punto de la Agenda 2030. Tres años antes, el Foro Económico Mundial (WEF) había publicado un artículo del entonces primer ministro en el que publicitaba su “visión”. El país logró un rating ESG de 98.1 sobre 100 y se convirtió en el niño mimado de la ONU y en un modelo de aplicación de la Agenda 2030. Pues bien, en sólo seis meses la producción agrícola cayó un 20% y los precios aumentaron un 50% mientras ciertos productos, como los tomates y las zanahorias, multiplicaban su precio por cinco. En un país productor de arroz, el gobierno se vio obligado a importarlo, y finalmente llegó la hambruna, las masas asaltaron el palacio presidencial y el presidente huyó mientras el WEF corría a borrar el mencionado artículo de su web, pero el daño estaba hecho: hoy la desnutrición infantil sigue siendo un problema en Sri Lanka[5].
Conclusión
Bajo el bonito manto de unos fines aparentemente nobles, la Agenda 2030 oculta un programa empobrecedor y misántropo y nos dirige hacia un mundo con permanentes cartillas de racionamiento. Afirma querer combatir la pobreza, pero sus políticas no harán más que aumentarla al suprimir la libertad y la propiedad privada, piezas clave para el progreso económico. Enaltece a un Estado al que dota de atributos divinos (omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia) mientras desprecia a la persona, a la que reserva el papel de siervo de la élite gobernante. Hace creer, contra de toda evidencia, que son los Estados y no los individuos los que crean riqueza, olvidando que es el individuo el que crea riqueza y el Estado parasitario el que se apropia de ella. Finalmente, plantea una actitud paternalista y neocolonialista hacia los habitantes de los países más pobres, negándoles la dignidad que les corresponde y la capacidad de ser protagonistas de su destino.
El globalismo que inspira la Agenda 2030 sabe que el control (y la reducción) de la población mundial requiere del control de las fuentes de energía y de los alimentos, y éste es el verdadero objetivo de esa ingeniería social astutamente denominada cambio climático.
Finalmente, como no podía ser de otra manera, desde el punto de vista de sus resultados la Agenda 2030 está siendo un calamitoso fracaso, algo reconocido ya por la propia ONU[6] y el Banco Mundial[7]. En efecto, habiendo transcurrido más de la mitad del plazo con que contaba para lograr sus objetivos aparentes, no se ha reducido la pobreza extrema ni el hambre, la mortalidad infantil y maternal apenas han variado, la mortalidad por malaria, lejos de disminuir, ha aumentado (gracias al veto de pesticidas por razones «medioambientales»), y el «pleno empleo» sigue siendo una quimera.
Sin embargo, a los autores de la Agenda 2030 sus 17 objetivos no les importan en absoluto. Su verdadero objetivo es sólo uno: la dominación, lograda mediante la imposición de un nuevo orden mundial basado en un férreo control estatal y en la servidumbre de un ser humano despojado de derechos.
[1] Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (unctad.org)
[2] More Prone to Believe in God than Identify as Religious. More Likely to Believe in Heaven than in Hell.: gallup-international.com
[3] ACN Informe Libertad Religiosa (acninternational.org)
[4] IPCC AR5, Working Group 1, Chapter 2.6, p.214-220
[5] Sequía y demolición de presas – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[6] Halfway to 2030, world ‘nowhere near’ reaching Global Goals, UN warns | UN News
[7] Poverty Overview: Development news, research, data | World Bank
Nec laudibus nec timore, sed sola veritate
lunes, 11 de marzo de 2024
Mujeres del Golfo. Dhai Dubai, la luz que nunca se apaga
Nº 2
Por Jahel Sanzsalazar
11.03.2024.- Madrid.- El Festival de la Luz de Dubái explora la interacción de la luz y la sombra en la cultura emiratí, reflejando la dicotomía entre tradición y modernidad: un escenario donde el papel de las mujeres artistas es prominente
En mi primera visita a Dubái descubro con asombro el paisaje de una ciudad que apenas existía hace cincuenta años, un relieve de altos rascacielos construidos a una velocidad trepidante y que no cesa de crecer. Constato como la sociedad emiratí se ha propulsado de manera casi milagrosa, pasando del más oscuro medievo a la ultra modernidad. Su apuesta futurista convive con expresiones artísticas que se esfuerzan en inmortalizar arraigadas tradiciones abocadas a la desaparición.
Es lo que hemos visto en la primera edición del Festival de la luz de Dubái (Dhai Dubai Light Art Festival), inaugurado el pasado 26 de enero en la Al Wasl Plaza, una exposición al aire libre organizada por la Expo City Dubai, que ha iluminado la ciudad durante diez noches. Incluye instalaciones de siete artistas del país, entre ellos el mundialmente conocido Mattar Bin Lahej, diseñador de la fachada del famoso y emblemático Museo del Futuro, quien presentó una monumental escultura de brillante acero con líneas estilizadas que nos evoca la caligrafía árabe, y que representa tres caballos galopando a gran velocidad, como símbolo del espíritu incansable y del dinamismo de la sociedad emiratí (fig.1).
Tuvimos la oportunidad de conversar con los comisarios del evento, la emiratí Amma Abulhoul y el australiano Anthony Bastic, quien nos explica cómo surgió la idea de esta muestra: “¿y si propusiéramos a los artistas crear instalaciones en las que exploren cómo la luz influye en sus vidas? No siendo de aquí, me di cuenta de que, en un país como éste sometido a altas temperaturas, la sombra tiene tanta importancia como la luz; algo con lo que siempre juegan los arquitectos, diseñadores y artistas de la región”. Así, la exposición se organiza alrededor de una gigantesca cúpula de 130 metros, un espacio diáfano que deja a su vez correr el aire, donde se han proyectado vídeos mapping, recreando un universo de luces y sombras a 360 grados. Ha sido importante para los comisarios contar con diferentes artistas, algunos consagrados, otros emergentes y otros que habían abandonado el arte, y plantearles el reto de incluir la luz en sus instalaciones, algo que no habían hecho con anterioridad. La comisaria se muestra satisfecha con el resultado, porque “este festival de la luz es el lienzo de los latidos de nuestra ciudad. Cada obra es el eco de las vivencias de un artista y forma una sinfonía luminosa”. Anthony Bastic subraya que el festival va “más allá de una visión estética”, pues ofrece la oportunidad de “zambullirse en las profundidades del alma de una nación y de una ciudad que recibe al visitante con los brazos abiertos”.
La dicotomía entre desarrollo y tradición es el denominador común de las obras presentes en la exposición, cuyos artistas se expresan en un lenguaje que es fundamentalmente identitario. Su arte es el reflejo de sus vivencias, en el ámbito geográfico y cultural que les ha tocado vivir, y los motivos que retoman son muy suyos. Abdalla Almulla, por ejemplo, investiga la interacción entre tradición y tecnología sirviéndose de un minarete con decorado geométrico en cuya superficie hace bailar la luz, que está programada para que cambie según la posición del sol. Evoca el paso del tiempo que se ve marcado por esta torre desde cuya altura se llama al rezo y al encuentro cinco veces al día. El tronco de una palmera es el motivo central de la instalación interactiva de Khalid Alshafar, ‘The Nomad 2.0’, de donde hace emanar rayos de luz psicodélica reflejados en una serie de espejos encerrados en un cubo trasparente, con el que pretende crear en el visitante una sensación de ligereza y libertad.
En este contexto, y en contra de mis ideas preconcebidas, la mujer ocupa un lugar prominente, convertida en el agente de una apertura insospechada, que conjuga la globalización con la tradición. En la gigantesca cúpula se suceden distintas proyecciones que llevan por título ‘Sisters of the Desert’ (Hermanas del desierto), rindiendo homenaje a la perseverancia de las mujeres artistas emiratís, en particular a la fallecida Dhabia Juma Lamlah, que produjo más de 200 obras a pesar de ser muda y estar impedida de la mano derecha (fig. 2) La obra presentada por la pionera pintora abstracta Najat Makki, ‘The Scent of Memories’ (El aroma de los recuerdos), evoca la fortaleza de la mujer emiratí y la conexión con sus raíces a través de siete siluetas femeninas monumentales y luminiscentes, plantadas en la arena, donde las luces proyectan un suelo cambiante (fig. 3). La artista invita al visitante a adentrarse en este espacio y a pasearse por él. Su intención es que nos sintamos otra vez como niños jugando en la playa, y nos hace experimentar la desproporción de esas desmesuradas mujeres adultas a nuestro alrededor, logrando con acierto recrear una sensación que todos recordamos, cuando siendo pequeños vivíamos inmersos en un mundo donde todo parecía más grande.
En esto conjuga con la obra presentada por Mohamed Yousef, “I’m still a child” (Aún soy un niño), que también evoca los recuerdos de su infancia en un universo femenino. Incluye una figura de seis metros de alto, alrededor de la cual se congregan otras doce más pequeñas, mujeres en procesión y niñas danzantes, envueltas en tradicionales cesterías de palma, que ilumina por la noche con tecnología led.
Maitha Hamdan ha vuelto a ejercer el arte con otro viaje al pasado, presentando “Afterlife” (Más allá), una obra que está marcada por la influencia de otra mujer, su abuela. Le rinde homenaje con una instalación en la que expone un pañuelo que le tejió mientras ella estaba enferma, con las palabras de amor que bordó en él y los inciensos con los que lo perfumó. Explora así la manera en la que experimentamos el dolor y el sufrimiento de la enfermedad, así como el consuelo que puede proporcionar un objeto entregado por alguien que nos ama.
Por último, la prominente Reem Al Ghaith presenta, bajo el título “Daraweezna” (Nuestras puertas), un conjunto de tres portones metálicos con arco ojival que derivan de las que se encontraban en las casas del antiguo Dubái y que aún pueden verse en algunos pueblos de la península arábica (fig. 4). Decoradas con vivos colores y con motivos geométricos, animalísticos, vegetales o marinos, estas puertas no sólo separaban el mundo público del privado, sino que constituían una marca identitaria de la familia que vivía en su interior. Cada familia o comunidad se identificaba por los motivos y colores de sus cancelas como si se tratara de su blasón. Reem Al Ghait las ha reproducido a escala monumental y, durante la noche, se iluminan con luces proyectadas que reproducen de manera cambiante el decorado del pasado. Se completan con sonidos que permiten imaginar lo que ocurría tras ellas: la voz de una abuela relatando a sus nietos la historia familiar evoca la importancia de la transmisión oral en los pueblos beduinos. La artista expresa así la dicotomía existente entre la identidad cultural y el progreso, pues estas puertas han desaparecido con el desarrollo y la transformación de la cuidad. Cuando le preguntamos si hay en su expresión un sentimiento nostálgico, la artista afirma que no, y nos comunica el entusiasmo con el que ve el progreso. Su intención es documentar y celebrar estas puertas como un icono de belleza que representan al alma de su ciudad.
El festival de la luz de Dubái toma forma y sentido durante la noche, que es cuando la ciudad se despierta. Dubái vive y rebulla de noche, la luz artificial sucede a la natural tomando notas exacerbadas con el uso de todos los recursos lumínicos que ofrece la tecnología moderna.
Pies de foto:
Fig. 1. Mattar Bin Lahej, “Movement of Stillness” (Movimiento de la quietud). Dhai Dubai Art Festival.
Fig. 2. “Sisters of the Desert” (Hermanas del desierto). Proyección Dhai Dubai Art Festival.
Fig. 3. Najat Makki, ‘The Scent of Memories’ (El aroma de los recuerdos). Dhai Dubai Art Festival
Fig. 4. Reem Al Ghaith, “Daraweezna” (Nuestras puertas). Dhai Dubai Art Festival.
