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domingo, 23 de agosto de 2026

Diario Escurialense XXVI.-PUEBLOS DE CASTILLA EN ÁVILA Y SEGOVIA: Villacastín, Maello, Labajos, Muñopedro, Peromingo, Aldeavieja…“Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”

Balsas junto al parador. Villacastín

Cuqui Valero y Julia Sáez-Angulo bajo las arcadas de la plaza del Ayuntamiento. Villacastín.


Julia Sáez-Angulo

23/8/26.- Coto de Puente Viejo (Ávila).- Moverse por algunos pueblos de Ávila y Segovia, provincias acendradas de la Vieja Castilla, es una experiencia de historias, sucesos, anécdotas, comunidades, toque artísticos, leyendas… Nada que ver con residencia en la ciudad, donde el anonimato diluye las vidas y dispersa los intereses.

Residir o vivir en un pueblo acerca enseguida a las personas con nombre y apellidos, a los vecinos, a la gente. Castilla no parece rica, pero emana la dignidad que le confiere su historia. A la memoria me viene esas frases intercambiadas y matizadas entre dos intelectuales españoles: 

    “Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla”, del historiador abulense Claudio Sánchez-Albornoz, quien la pronunció en 1931 como respuesta a una idea previa de José Ortega y Gasset: "Castilla hizo a España y la deshizo".

    Algunos de estos pueblos de alrededor del Coto de Puenteviejo donde me encuentro: Villacastín, Maello, Labajos, Muñopedro, Peromingo,  Aldeavieja… muestran casas unifamiliares o chalets estupendos y me aclaran mis anfitrionas: “Muchas de estas buenas casas son de los que, vaciando los pueblos, se fueron a la ciudad, ahorraron y, jubilados, regresan al pueblo al final de sus días, como los antiguos indianos que iban a América”.

    Viajamos de Villacastín a Labajos para oír misa y el pueblo celebra la fiesta y procesión del Santo Cristo de la Agonía, una imagen barroca en la iglesia del XVI. Me llama la atención un rico tornavoz sobre el púlpito. 

    Fiestas en Labajos y Villacastín. Banderas de España por todas partes. "Yo no la pongo porque los de izquierdas me tachas de facha", oigo a mi lado.

    A la salida de Labajos, observamos el monumento a Onésimo Redondo, un monolito con una cruz de piedra situado a las afueras del pueblo. Se erigió en el lugar donde el dirigente y fundador de las JONS fue abatido el 24 de julio de 1936, por “los Hunos”, incapaces de entenderse con “los Hotros” y viceversa. Y siguen igual, con pintadas guerra-civilistas unos contra otros. Intransigencia y odio, sembrados siempre desde los malos políticos y gobernantes.

    Regresamos hacia Villacastín, para tomar el aperitivo. Vemos unas “granjas de gallinas felices”, al decir de Cuqui Valero, porque tienen instalaciones nuevas, cómodas, limpias, donde pueden comer, beber y picotear por una gran extensión de campo, como solicita la exigente normativa europea. Hemos cenado de estos huevos y son exquisitos.

    En Villacastín, municipio de “esplendor hidalgo”, las hermanas Valero me muestran la gran casa noble de los Pérez de la Concha, con escudo de la plaza del Ayuntamiento, donde ellas y su familia veranearon durante veinte años, antes de trasladarse a Puenteviejo. La casa tenía catorce habitaciones y una capilla. Esta casa pasó a los Pérez, de la célebre Casa Labra en Madrid.

    Cuqui me pone en antecedentes de un acontecimiento histórico tremendo, al pasar por un derruido palacio de las dos reinas en Villacastín, en 1945: Doña Leonor de Aragón, reina viuda de Portugal y su hermana Doña María de Aragón, reina de Castilla, que murieron con un día de diferencia. Todos sospecharon de envenenamiento con hierbas, dados los síntomas idénticos de dolores fuertes de cabeza, dificultades respiratorias y manchas cárdenas en la piel… Estudios realizados posteriormente dicen que murieron, ambas contagiadas de meningitis meningocócica (mortal si no hay tratamiento).  ¡Vaya usted a saber! Don Álvaro de Luna, ilustre bastardo, tenía entonces mucha influencia como privado de Juan II. Y es que “la historia sucede allí donde no se mira”, como recuerda Rafael Álvarez, cronista oficial de Villacastín. (Hablaaremos de aquellas más adelante).

    Al pasar por el término municipal de Muñopedro, alguien menciona que por allí va mucho la Infanta Elena y se la puede ver algunas veces en la misa dominical de la parroquia o tomando el aperitivo en uno de sus bares. Hay por allí una rica miel que se llama “La Infanta”, yo la he probado y no está nada mal.

Llegamos al Coto de Puenteviejo, pero antes quisimos dar un largo paseo por las pueblas, con sus dehesas y toros albinos o rubios, que llegan hasta Maello. Atravesamos las urbanizaciones de Prado Encinas, El Monte y el Pinar de Puenteviejo. Los campos son rastrojos dorados y abundosas nubes blancas bajo el azul del cielo. Castilla es una gran tierra bajo el firmamento.

Tornavoz del púlpito en la iglesia de Labajos

Roquedales en las dehesas.
Toros albinos y rubios. Maello.
Paseo. Coto de Puenteviejo.


martes, 20 de agosto de 2024

MARTÍN PÉREZ Y LA TABERNA DEL TUERTO PIRÓN, EN VILLACASTÍN (Segovia)


Retrato realizado por la Guardia Civil en 1870 con el objetivo de prevenir a la población y arrestar al bandolero 

Sierra de Guadarrama, hoy parque natural desde 2013

A Carmen Valero Espinosa, que me contó 

esta historia y queda como narradora oral

 


Julia Sáez-Angulo

    20/8/24.- Villacastín.- Martín Pérez Bermejo era un buen amigo de mi padre, el abogado don Antonio Valero. Algo más joven que mi progenitor, Martín era un hombre educado y culto, pero sin oficio ni beneficio claro, por lo que andaba casi siempre con poco dinero. Nos alquiló indefinidamente su casona en la localidad segoviana de Villacastín, con un ostentoso escudo en la fachada, en medio de la Plaza Mayor. La casona tenía catorce habitaciones y una capilla. Martín dormía en lo que él llamaba la habitación de Felipe II, porque era muy grande y la cama tenía dosel con cortinas. En esa casa pasamos todos los veranos de infancia, mis padres, mis dos hermanas y yo, la mayor de las tres, además del perro Churi. Todos residíamos en Madrid, durante el curso escolar. 

    Mi padre quería tanto a Martín, que le permitió alojarse en la amplia casa situada al fondo del amplio patio ajardinado de la nuestra casa alquilada, que tenía también entrada por la calle de atrás. Y no solo eso, papá invitaba a comer a su amigo todos los días a casa, durante los meses de verano que disfrutábamos del “otro lado de la sierra de Guadarrama”, que nos separaba de Madrid, para que, según mis padres, respirásemos sano y sus hijas no cogiéramos la tuberculosis imperante en los años 50.     Martín solo dejaba de venir a casa, cuando papá tenía que volver a Madrid, durante los días del mes de julio en que tenía que trabajar en la capital, si bien regresaba los fines de semana. Era un detalle para preservar la honra de mi madre, doña Sofía Espinosa.

    Martín Pérez era tan educado, que siempre se ponía en pie y hacia una ligera inclinación de cabeza, cuando mamá o alguna de nosotras llegaba a casa o al bar, en su presencia. No dejaba de hacer su saludo y reverencia, incluso, cuando estaba algo bebido y balbuceaba las palabras. Todos en la familia lo apreciábamos

    Martín Pérez era hijo de Doña Baldomera Bermejo, una mujer viuda, de carácter, excelente cocinera, que regentaba la taberna Casa Labra en Madrid, cuya especialidad, cordero con guisantes, era el furor, antes de especializarse en bacalao rebozado y croquetas, que es el atractivo posterior de hoy. En 1897, Pablo Iglesias (que no Turrión, el de la coleta) fundó el Partido Socialista Obrero Español, PSOE, en Casa Labra. 

    El hijo, Martín Pérez, ayudaba a Doña Baldomera y se querían, pero no faltaban las discusiones entre ambos, por lo que Martín se sentía más a gusto en Villacastín, donde tenía refugio, aunque hubiera alquilado su casa.

    Siempre pensé que Martín estaba un poco acomplejado, porque no terminó los estudios universitarios como todos sus primos, que resultaron excelentes profesionales del Derecho y de la Banca, incluso tenía una brillante prima filósofa, María Riaza Pérez, discípula ilustre del profesor Julián Marías, el seguidor de la filosofía de José Ortega y Gasset. Su sobrino Román Riaza era catedrático en la Escuela  de Ingenieros de Minas de Madrid. 

    Un día, a Martín Pérez se le ocurrió crear una taberna privada en Villacastín y pidió permiso a mi padre para hacerlo en la casa de atrás del patio ajardinado. Mi padre se lo concedió, porque el sitio tenía entrada por la calle de atrás, aunque pudiera hacerse también desde el zaguán de nuestra casa. Martín estuvo pensando en un nombre para su establecimiento hostelero privado y, tras consultar con papá, se decidió a llamarlo Taberna del Tuerto Pirón, en honor a un destacado bandolero de la zona segoviana y madrileña en torno a la sierra de Guadarrama, a finales del XIX, al que le gustaba comer bien y lo hacía periódicamente, en las fondas y tabernas de distintos pueblos. La Guardia Civil no podía dar con él, porque andaba siempre bien custodiado por los suyos y contaba con la complicidad de taberneros y posaderos. También se decía que disfrutaba de la amistad y/o tolerancia del marqués de Lozoya, porque nunca atracó ni robó en sus fincas segovianas.

    La Taberna del Tuerto Pirón en Villacastín fue un éxito por el nombre y lo bien que se comía en ella. Martín Pérez se creció en seguridad en sí mismo. Se hizo amigo del maestro asador segoviano Cándido López Sanz (1903-1992), Mesonero Mayor de Castilla, que elogiaba mucho su cocina. Ambos restauradores se visitaban con frecuencia en sus respectivos establecimientos -privado y público respectivamente- y cambiaban impresiones sobre la forma de asar el cochinillo o de preparar las ancas de rana, tan populares en la región segoviana.

           La taberna nos la prestaba Martín a las jovencitas -así nos llamaba- cuando hacíamos guateques en el patio.

        Martín se gastaba el dinero del alquiler, a los dos días de cobrarlo, sobre todo en cenas con sus amigos en la Taberna. Era un derrochador nato. Acababa los meses pidiendo prestado a mi padre, que ganaba muy bien en aquella época.

       Un bandolero de leyenda

    De inmediato, todos los residentes en Villacastín nos reciclamos sobre quien había sido el Tuerto Tirón, famoso como leyenda, pero desconocido en los detalles de su vida:

    Fernando Delgado Sanz, conocido como El Tuerto de Pirón o Tuerto Pirón (Santo Domingo de Pirón, Segovia, 1846 – Valencia, 1914), tenía una densa nube en un ojo, que él cubría con un parche. Sabía leer y escribir, incluso morse para trabajar como telegrafista en su pueblo. Sus andanzas como bandolero, comenzaron después del servicio militar, cuando regresó al pueblo y vio que su novia Lola había sido obligada por su padre, a casarse con otro mozo más acaudalado que él. Para vengarse le robó el mejor cordero al fallido suegro y le dejó los despojos en su puerta con la nota “Para el padrino”. Aunque él estuvo con diversas mujeres, el Tuerto Pirón siempre amó en silencio a Lola.

    El Tuerto Pirón huyó del pueblo y comenzó sus fechorías de robos de todo tipo, por los aledaños, junto a amigos secuaces, que le seguían devotamente en la banda: Aquilino, Paco, Geñico, Barroso, El Madrileño, Consuegra y los tres hermanos conocidos por Los Tormentas.

    Todos ellos cabalgaban por las estribaciones de la sierra de Guadarrama, entre los ríos Pirón y Lozoya. También se dice que se acercó hasta las riberas del río Voltoya. Los asaltantes y ladrones se refugiaban en bosques, cuevas como la de Murciganillos o la Vaquera, en ermitas o iglesias solitarias… incluso en las oquedades de los olmos, como el de Losana de Pirón, de 300 años, desde el que escuchaba información provechosa para futuros robos.

    Dicen que, por su cultura lectora, al Tuerto Pirón le repugnaba la sangre y solo mató a “El Madrileño, uno de sus secuaces, que huyó del grupo para denunciar el paradero del Tuerto Tirón y sus cuatreros, y así, poder cobrar la recompensa ofrecida por su detención. El Tuerto Pirón lo retó a un duelo de navajas, en el que lo tiró al suelo y lo apuñaló con saña. El Tuerto Pirón permitió también, que otro secuaz matara igualmente a otro traidor y soplón de la banda. 

    Los robos y huidas del Tuerto Pirón eran de todo tipo, pero se hicieron célebres los de ciertas ermitas e iglesias donde lo hacía sin dejar huella alguna, por lo que la Guardia Civil no lograba dar don él. Su fama y leyenda crecían entre la gente del lugar y, más de uno, lo miraba con simpatía. Al terreno de la sierra, que recorrían los bandoleros, lo llamaban el Reino del Tuerto.

    La Guardia Civil lo perseguía y ofrecía recompensas. En sus bandos describía así al Tuerto Pirón: “Edad, 35 años; estatura, más bien alto que bajo; ancho y cargado de espaldas; cara, ancha; color, moreno; barba afeitada; con un poco de bigote. Como seña particular, un granizo en el ojo izquierdo. Viste pantalón azul, chaleco de paño pardo y un chaquetón largo ó cazadora á cuadros; buenos borceguíes negros, y sombrero ancho ó boina azul muy usada."

    El bandolero Tuerto Tirón fue detenido en dos ocasiones, una de ellas estuvo prófugo 15 años, pero, al fin, fue detenido, juzgado y condenado a cadena perpetua en 1888, por su ensañamiento al apuñalar al secuaz Madrileño. No pudieron legalmente aplicarle la pena de muerte, porque no disparó contra la Guardia Civil. El Tuerto conoció las cárceles Modelo de Madrid, Ceuta y finalmente, la de Valencia. Cuentan que murió de pena y soledad, de tristeza por su encierro, de nostalgia por sus días de libertad en la sierra segoviana y madrileña del Guadarrama, de melancolía por no haber amado nunca a Lola, su novia de juventud. Nunca la había olvidado. La amó en silencio.

    Eñ Tuerto Pirón se portaba bien en la cárcel, por lo que él mismo pidió un indulto, pero éste no llegó a tiempo. 

    Crecieron los romances, las coplas y los murales sobre el famoso bandolero Tuerto Pirón. Su nombre y hazañas se hicieron legendarias, sobre todo en Segovia y Madrid. Hoy se evoca la figura del bandolero  diseñando rutas con su nombre, por sus cabalgadas en la sierra, visitando las ermitas e iglesias en las que robó, siguiendo sus andanzas, ribeteando los ríos Lozoya y Pirón en los que se abastecía de agua para sí y sus caballos…

    Han puesto el nombre de Tuerto Pirón a distintos establecimientos hosteleros de la zona, pero ninguno de ellos puede cotejarse con la Taberna del Tuerto Pirón que fundó Martín Pérez, el amigo de mi padre, en Villacastín. Ni punto de comparación.

    *****

    En las fiestas patronales de San Sebastián de la localidad segoviana, hay toros y vaquillas, a los que mis padres y sus amigos asistían, y, por supuesto, Martín Pérez junto a ellos. En una de las corridas, Martín Pérez, buen aficionado a la tauromaquia, hizo amistad con El Jaro, matador que había tenido un gran éxito en la plaza. Estuvieron tan animados juntos, tomando unos vinos en la Taberna del Tuerto Tirón, que Martín lo invitó a quedarse, pues tenía un cuarto libre en la parte de atrás de la taberna,  que ya quedó reservada como la "habitación de El Jaro", siempre que asistía a las ferias de Villacastín.

    El 8 de septiembre, cuando llegan las fiestas de la Virgen del Cubillo, papá y Martín vendían con humor las almendras garrapiñadas, que preparaban las monjas clarisas de Villacastín, para ayudar con los ingresos a esas religiosas de clausura, que los querían mucho por su gentileza como caballeros. Agradecidas, estas monjas rezaban por nuestra familia todo el año. También por la de Martín Pérez, que en el fondo era un hombre de fe: miembro de la Cofradía de los Esclavos, la más antigua de Villacastín, fundada en 1632; se ocupaba de conservar la ermita del Cristo del Valle en la carretera hacia Ávila.

       Martín Pérez acabó debiendo a mi padre tanto dinero prestado, que le quiso vender la casa a cuenta del mismo. Pero papa, un caballero, no lo consintió.

*****

Cuando cumplí 20 años y viajé a Londres, para aprender inglés en el colegio de las Carmelitas Vedruna de Wimbledon, recibí una primera y bonita postal de la puerta de Alcalá. El ella, Martín Pérez me decía: “Desde que te fuiste, Madrid y Villacastín, están muy tristes sin ti”. Eché la moviola de la memoria atrás, removí recuerdos, recompuse escenas, recordé miradas y evoqué palabras del amigo de mi padre. Comprendí entonces, que Martín Pérez siempre había estado enamorado de mí. 

    Nunca le comenté a mi padre aquella correspondencia postal intensa de Martín Pérez, que solo tuvo una dirección: Inglaterra. Pensé que no debía hacerlo, por si interfería de alguna manera en su mutua amistad. Amar en silencio es siempre algo hermoso, como le sucedió al Tuerto Pirón. FIN

Paraje del rio Pirón (Segovia)
Iglesia de Santo Domingo de Pirón, localidad natal del bandolero, con espadaña de doble campana
Supuesto retrato de Tuerto Pirón (Wikipedia)
Casa de Martín Pérez Bermejo en la Plaza Mayor de Villacastín

domingo, 5 de junio de 2022

CRÓNICA FOTOGRAFICA DE VILLACASTÍN, MUNICIPIO HISTORICO-ARTÍSTICO DE SEGOVIA

 

por Carmen Valero Espinosa

Fotos: Maigualida Pire Flores


        05.06.2022.- Madrid.- Ha sido el municipio segoviano donde mis padres y nosotras, tres hermanas: Carmen Maria Luisa (Cuqui) y Pili, hemos pasado los veraneos de nuestra infancia en la hermosa casa con escudo de los Pérez de la Concha. La alquilaba mi padre a su amigo Martín Pérez ( hijo de Doña Baldomera, de Casa Labra en Madrid, la célebre casa del bacalao) y a nuestro amigo y casero le dábamos cobijo cuando el llegaba al municipio segoviano.

    Cuando yo, veintiañera, viajé a Londres en los 70 para aprender inglés, Martín Pérez me escribía postales muy afectivas, que yo, por pudor, nunca enseñé a mi padre. Fueron también ara mí una sorpresa.

    De Villacastín guardo los mejores recuerdos con amigas como María Ángeles Ferrari (Muro) y otros personajes castellanos puros del pueblo con un corazón de oro.

    Tiene una bella plaza mayor castellana, un iglesia enorme como una basílica, tenía una balsa donde nos bañábamos, hoy tiene piscina como es lógico...

    Villacastín es un municipio y localidad española de la provincia de Segovia, en la comunidad autónoma de Castilla y León, explica Vikipedia. "El topónimo del lugar ha sido objeto de diversas teorías populares pero los estudios formales apuntan que Castín o Castil es lo mismo que Castillo, derivado del latín Castrum de igual manera que ocurre con Castilla, y que significa campamento fortificado. No es de extrañar que tenga la misma procedencia que Foncastín (Valladolid) al cual se refieren algunos escritos como PontCastilla. Tampoco puede pasarse por alto la condición fronteriza que tenía este lugar en el siglo xi, lo que apunta a que su denominación provenga de Villa Castilla, quizás entendiéndose Castilla como lugar fortificado o bien atendiendo a que «las incursiones cristianas procedieron de la Billa de Castilla». Los dos castillos que aparecen en su escudo podrían deberse a la fuerte adhesión y lealtad de este lugar a la Corona y al Reino de Castilla".

 














jueves, 2 de junio de 2022

50 años del "Mural de los Cabreros" sobre el episodio cervantino, en un Hostal de Villacastín

Don Quijote y Sancho Panza (Wikipedia)
Carmen Valero, artista y crítica de arte


Carmen Valero Espinosa

2/6/22.- Villacastín. Segovia.-  He vuelto a ver el Mural de los Cabreros en el antiguo Hostal San Sebastián de Villacastín (Segovia), que realicé junto al pintor Daniel Quintero hace cinco lustros, cuando yo contaba con 26 años.  El Hostal quedó descolgado de la carretera general, al construirse la autopista, y el negocio hostelero se vino abajo.
    El hecho de que haya pasado medio siglo y siga allí impecable y apreciado por los dueños me conmueve, sobre todo de Tomasa García Martín, que sigue residiendo en el antiguo hostal. Me recuerda el viejo dicho latino: vita brevis, ars longa. La vida es más breve que el arte, porque éste se prolonga en el tiempo. Algunos de los once hijos de Antonio García Martín, dueños del hostal han fallecido, pero otros siguen viviendo y recuerdan el tiempo en que se hizo aquel precioso mural de cemento que permanece con la fuerza de le da el cemento.
    Los recuerdos iban y venían sobre aquel verano de los 70, a medida que contemplaba el mural y resonaban en mí algunos párrafos del episodio cervantino sobre la Edad de Oro:
    Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. 
    Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia (…) Del  capítulo XI del libro "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha"
 José Antonio García Martín, uno de los once hermanos, era buen amigo mío y en su finca de la sierra abulense, al lado de la que poseía Conchita Piquer, conversábamos mucho de filosofía de la vida y la existencia. Él era un buen pensador, amigo del profesor don Enrique Tierno Galván, entonces profesor en Salamanca y, curiosamente, yo lo era también del hijo del viejo profesor. Nos veíamos en Madrid. 
    Un día, José Antonio se puso a recitarme en voz alta el episodio de los Cabreros, en la parte en la que Don Quijote alaba la edad dorada, en la que todo llegaba de forma fácil e igualitaria a los hombres. Mi amigo era visionario y muy sensible al deseo de igualdad y superación de todos los ciudadanos. Sabedor de mis estudios de arte en la Escuela de Fomento de las Artes me dijo de pronto:
-¿Por qué no haces un mural sobre este tema cervantino?
    No lo dudé ni un momento y le dije que sí, porque tenía conocimiento y experiencia de murales en cemento, aprendido en la Escuela y llevados a cabo en Inglaterra (más tarde también en Cataluña). Cuando llegué a casa, se lo comenté a mi hermana Cuqui, que entonces salía con el pintor Daniel Quintero (Málaga, 1949), que “apuntaba maneras” de llegar a ser un gran artista. Lo comentamos con él y se ofreció a hacer los bocetos; yo sería la realizadora libre de los mismos con un criterio amplio. Manos a la obra. Para representar a Don Quijote, le pedimos que posara Florencio Becerril, un vecino al que siempre que pasaba por nuestra casa le ladraba nuestro perro Churi.
    -Florencio es tan delgado que solo tiene huesos y Churi se relame de pensarlo, decía mi padre con humor.
    Para el personaje de Sancho Panza, Quintero me hizo posar a mí -yo entonces estaba rellenita- y quiso tomar mis rasgos de modo inicial. Yo guardo con todo celo y aprecio este boceto que él me regaló, además de un precioso aguafuerte suyo.
    Terminada la realización del mural, totalmente por mi parte, Daniel Quintero aplicó algunas manchas de color sobre los personajes.
    Junto al mural coloqué un cuadro con el capítulo del episodio de los Cabreros, escrito con letra artística sobre pergamino, para que los huéspedes del comedor pudieran recordar mejor el capítulo quijotesco, cuadro que también permanece en el antiguo edificio.
    Así fue como surgió aquel Mural de los Cabreros en el Hostal San Sebastián de Villacastín. Fue hace medio siglo, cuando yo contaba con 26 años, recibí un encargo de J.A. García Martín y lo compartí con un pintor emergente, Daniel Quintero, que llegaría a ser cotizado artista, pues expuso, primero en la galería Juana Mordó y después en la Marlborough. Aquel mismo verano de 1970, el pintor realizó un retrato del dueño del Hostal San Sebastián, que ha expuesto en algunas de sus exposiciones retrospectivas, como la de Ávila.
    El Mural de los Cabreros en Villacastín sigue incólume -el cemento es eterno-, para mi satisfacción y la de sus propietarios. Tomasa García Martín me dijo que un norteamericano le había ofrecido comprar el mural, pero ella le dijo que no estaba en venta.
    Ahora veraneo en Puente Viejo (Ávila), no lejos de Villastín, y procuro visitar mi mural cada año.

Más información

Casa de veraneo en Villacastín (Segovia) de la familia Valero Espinosa, durante muchos años (Foto May Pire)



lunes, 11 de febrero de 2013

Carmen Valero y Daniel Quintero: Mural de Don Quijote y los cabreros en Villacastín

Carmen Valero (Foto: María José)
 Villacastín (Segovia)


Julia Sáez-Angulo
         11.02.13 .- MADRID .- Carmen Valero Espinosa y Daniel Quintero fueron los autores del mural “Don Quijote y los cabreros” en el Hotel San Sebastián de Villacastín (Segovia). La obra, firmada por ambos artistas en 1970, es el orgullo de los propietarios, que hicieron el encargo en su día a Carmen Valero, cuya familia veraneaba habitualmente en Villacastín. Hoy Tomasa García Martín una de los propietarios lo muestra con orgullo a los visitantes.

         “Hubo americanos que nos lo quisieron comprar en su día”, dice con orgullo Tomasa García, una de las propietarias del restaurante San Sebastián, hoy varado en la antigua carretera general, desde que se abriera la autopista hacia Madrid y La Coruña. “Fue una catástrofe la autopista para nosotros, obra de los politicastros”, dice Tomasa sin resignación.

         Volviendo al mural, que representa la célebre arenga de Don Quijote de la Mancha a los cabreros en presencia de Sancho, Carmen Valero Espinosa (Madrid, 1944) recuerda ante la presencia de Tomasa, como se estropeó las manos con el cemento, tierras y pigmentos que se utilizaron en el mural, conocimientos adquiridos por la artista en la Escuela Fomento de las Artes, FAE, en la calle Presidente Carmona de Madrid, donde estudio con colegas como Carmen Lastra e Isabel Gemudio. La farmacéutica de Villacastín, María Ángeles Ferrari, corrobora la afirmación de aquel trabajo ímprobo de Carmen Valero y Daniel Quintero. 
    Valero guarda el boceto de Sancho Panza en un gran rollo de papel de estraza, porque Quintero se inspiró en ella para la cara de Sancho

         "El encargo de la familia, concretamente de José Antonio García Martín, un pensador, el mayor de los once hermanos que se hicieron cargo del establecimiento, fue a Carmen Valero, buena amiga de la familia. La elaboración de la idea se gestó en numerosas conversaciones entre ambos, debates en la finca de la familia en plena sierra segoviana, sobre la idea de compartir las cosas en la tierra, elucubrando sobre la justicia social entre los hombres.

Grabado de Don Quijote y los cabreros

Siguió la idea de compartir la realización del mural con Daniel Quintero (Málaga, 1944), residente en Madrid y entonces amigo de su hermana María Luisa Valero, también artista y del que tenía excelentes referencias, a través de las obras que exponía en el estudio de decoración de Eleuterio Martínez, en la calle Altamirano de Madrid, donde trabajó María Luisa y frecuentaba el profesor de Bellas Artes Amadeo Roca.

         Valero y Quintero concibieron el mural y se pusieron manos a la obra. La obra mereció grandes elogios por los numerosos clientes del restaurante. Carmen Valero añadió en la pared siguiente un gran papiro con el episodio cervantino escrito en letra artística, alusivo al capítulo de los cabreros. Cuadro que todavía se conserva en el antiguo restaurante.

         Carmen Valero había ya realizado varios murales y vidrieras en los conventos de santa Joaquina Vedruna en Stratford-upon-Avon y en el Mount Carmel de Wilbledon (Inglaterra), en colaboración con la artista inglesa Eileen Graham y María Antonia Badía Santacana durante los años 60. 
         El padre de los once hermanos García Martín, propietario del Hostal San Sebastián, terminó sus últimos años en silla de ruedas por una enfermedad neurovegetativa y fue retratado por Daniel Quintero. El retrato se ha expuesto recientemente en el palacio de los Serranos en Ávila. Figuraba con el título de su lugar de nacimiento como “Un hombre de Maello”, pueblo en la provincia abulense.

Carmen Valero (Foto María José)
        
Carmen Valero, abogado (2021), retrato a plumilla por Juan Jiménez